Calendario

March 2019
S M T W T F S
24 25 26 27 28 1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31 1 2 3 4 5 6

Acceso

VIDA DE S. L. MURIALDO 22-26

22. HUMILDAD DE SAN LEONARDO MURIALDO

Si alguien me preguntara:

-¿Cuáles fueron las virtudes características de nuestro santo padre?

-La Humildad y la Mortificación, le contestaría sin ambages.

La humildad, virtud necesaria a todo cristiano, debe formar, a una con la caridad, el distintivo de la Congregación Josefina, por el siguiente motivo: San José es nuestro Padre, y, por ende, nuestro natural modelo; él es el varón más santo y más humilde de la tierra, después de Jesús y María.

Leonardo Murialdo, llamado por Dios a fundar una familia Religiosa, debía, naturalmente, practicar en grado eminente esta santa virtud, ya que debía ser un dechado de perfección para sus hijos y el primero y más fiel imitador de San José.

La humildad del santo llevaba el sello de la naturalidad y sencillez, pues estaba basada en dos seguros cimientos: un conocimiento claro y amoroso de la bondad divina y un sincero convencimiento de su propia indignidad. diapom42

Nada tenía su porte de artificioso; se humillaba sin esfuerzo.

Nada de humanos respetos en su proceder, si se humillaba era porque en su concepto hubiera sido demasiado intolerable enorgullecerse; practicaba la humildad sin ni saberlo, aún más, sin ni siquiera pensarlo.

Por todo ello, aunque Murialdo se sabía Fundador de una Congregación Religiosa, no adoptaba poses de asceta o de Superior.

Conversaba con serena espontaneidad con cualquier persona que acudiera a él. No exigía que triunfase su opinión, ni se despachaba por hombre agudo o sentencioso.

Cuando, impulsado por su celo sacerdotal, hablaba de cosas espirituales, no lo hacía para poner en evidencia sus conocimientos sobre la materia, sino con cierta calma y naturalidad que no fastidiaba sino elevaba suavemente el espíritu de sus oyentes.

Por la casa caminaba diligente y presuroso; descubierta la cabeza, con hábitos más que modestos de manera que, lejos de evidenciar su condición de Superior y Rector, se diría que fuese el último de la Comunidad.

No pocas veces tomaba parte activa en trabajos bajos materiales propios de la servidumbre, como transportar mesas, armarios, sillas. No pocas veces también se le encontraba barriendo 1a casa, sin embargo en esto no venía a menos su gravedad.

Era admirable cómo sabía compaginar la familiaridad de los santos con un porte indefectiblemente urbano y señorial, propio de su posición.

También era maravillo ver cómo se mezclaba entre los niños para jugar con ellos y cómo se entretenía con sus Josefinos con entusiasmo juvenil. Parecía que él desvanecía casi por completo el peso de su autoridad.

Gozaba especialmente cuando podía encontrarse en medio de sus hijos hacia el término de la jornada de labores. Sabía bien cuantas vicisitudes y preocupaciones comporta el trabajo de maestros o vigilantes y así procuraba levantar el ánimo de todos los presentes atizando y coloreando la conversación con tanta gracia, a veces hasta el entusiasmo. Mas, todo terminaba al punto, cuando la campanilla llamaba a la Comunidad para el Santo Rosario.

Era tan hábil en ocultar su eminente virtud, tanto a sus propios ojos como a los de los extraños, que, quien lo miraba superficialmente, no descubría en él sino a un sacerdote sencillo y correcto, ni tanto ni poco fuera de lo normal.

Sus familiares, a veces, debían recapacitar para percatarse de que tenían que habérselas con un dechado de virtudes cristianas. No es esto maravilla ya que de su boca jamás salió una palabra sola de propia alabanza.

De sí mismo no hablaba sino para matizar la conversación o cuando se trataba de interés general. Expresiones como éstas: ?Tengo orgullo de haber hecho esto o aquello?; ?si no hubiera sido por mí?, eran desconocidas para nuestro santo Fundador; a pesar de que las mismas se escurren fácilmente de labios aun de personas virtuosas.

De la Congregación Josefina no hablaba con pizca de vanagloria. De sus obras callaba siempre con todas las personas a quienes no les atañía.

Su fundación le parecía tan exigua, que - pensaba - no valía la pena sacarla a colación. En cambio tributaba admiración por el florecimiento de otros Institutos Religiosos, como el de los Salesianos, al cual lo proponía como modelo para animar a sus hijos en sus obras de apostolado.

Sucedió una vez que, viajando Leonardo Murialdo de Vicenza a Bassano, se encontró en el tren con el P. Carlos de Pordenone, capuchino. No se conocían mutuamente y en el curso de la conversación el Capuchino vino a hablar del gran apostolado que desplegaban los Josefinos con la juventud de Bassano y de Vicenza.

Leonardo Murialdo respondía modestamente sin dar mucho peso a las alabanzas de su venerando interlocutor y sin descubrirse quien era; cuando he aquí que en la estación le esperaban sus hijos y le saludaban con muestras de extraordinaria alegría. Sólo entonces el P. Carlos de Pordenone se dio cuenta de que su compañero de viaje había sido nada menos que el mismo Fundador de los Josefinos. En adelante, el Reverendo Padre Capuchino andaba encomiando más que el apostolado nuestro, la humildad y amor al escondimiento de L. Murialdo.

Su lema, que no lo proclamó en su vida, era el mismo que adoptara Don Juan Cocchi: «Trabajar y callarse».

No hay duda que trabajaba sin descanso e inmolaba su vida toda en pro del Colegio y de la Congregación, mas guardaba riguroso silencio sobre su vida y sus obras. Deliberadamente pro- curaba desviar la conversación si tomaba ese rumbo. Por ello tenemos escasa información acerca de1 período anterior a su vida de Rector del Colegio de Turín, pero sabemos, en general, que el mismo período fue saturado de prominentes obras de apostolado. Lo poco que de sí dejó escrito, y que no lo conocimos sino poco antes de su muerte, lo hizo para templar la estimación que alguien hubiera podido concebir a su respecto y para tener siempre delante de sus ojos el espectáculo de los beneficios de Dios y reputarse el más ingrato de los hombres.

Señal de profunda humildad es el que no se aventuraba nunca a tomar una resolución sin pedir consejo una y otra vez. Se consultaba con sus confesores, a quienes obedecía ciegamente y de quienes hablaba con veneración; se consultaba con los que le pudieran ayudar sinceramente. De todos los pareceres escogía el que, delante de Dios, le parecía el mejor, renunciando alegremente a su propio juicio, sin nunca hacer prevalecer sus puntos de vista.

murialdoysanjosePara sus mismos escritos, si eran de alguna importancia, no se fiaba de sí. Los hacía revisar siempre por alguien, aunque fuera más joven que él y aceptaba con la humildad de un discípulo las correcciones, bien fueran solamente de lengua, que se hacían.

Otras veces procedía más adelante: suplicaba que otro le hiciera el borrador de una carta o discurso y lo copiaba puntualmente, casi con cierta veneración y respeto. Este modo de proceder, ¡Oh! cuánto le cuesta al amor propio, y debía costar tanto más a L. Murialdo cuanto que él tenía una inteligencia selecta, un rectísimo criterio, estudios profundos y larga experiencia.

Por este mismo motivo de humildad no acostumbraba sembrar sentencias a diestra y siniestra. Mas bien procuraba abastecerse de la doctrina de renombrados autores ascéticos que 1os leía con avidez y fruición, subrayando, extractando o acotando los tratados.

En sus conferencias o sermones y pláticas parecía que nada decía de su cuenta: citaba tantos autores y tanta doctrina y los adoptaba tan admirablemente al argumento deseado, que causaba maravilla.

Se encomendaba a las oraciones de cuantos podía y no solamente por ceremonia como pudiera creerse. Cierto día escribió lo siguiente a su Ex-superior del Seminario de San Sulpicio, el Rvmo. P. Icard :

«Socórrame con la caridad de sus oraciones. No digo eso por formulismo rutinario sino porque me siento en verdad necesitado de ellas. Me retumba en mis oídos el - vult et non vult piger - ¡Cómo siento el latigazo de tal reprimenda!; ¡Qué vergüenza! ¿Qué día terminará esto?, ¡Oh padre mío!, ruegue por mí a fin de que el día aquel llegue presto, pues que lo deseo con muchas ansias!»

Estas expresiones se leen en esta carta porque escribía al que fue su padre espiritual, y había ganado toda su confianza; mas con otros no usaba encarecer sus defectos: prefería callar para no decir nada de sí, ni en mal ni en bien, evitando la conducta de aquellos que se humillan para ser alabados.

De las prendas y bienestar de su distinguida familia no hablaba, cual si se tratara de cosa ajena a sus intereses. Para sí mismo nunca ambicionó ninguna clase de distinción y honor: ni en lo eclesiástico ni en lo civil.

En 1872 le fue conferida la Cruz de Caballero de los Santos Mauricio y Lázaro, gracias a ciertas gestiones del Comendador Ignacio De Michelis, su cuñado. La inesperada presea, que le fue entregada al cabo de un viaje que realizara a Sicilia, en compañía de Don Juan Cocchi, no le envaneció ni mucho ni poco; más bien le suscitó un sentimiento de extrañeza, porque sinceramente pensaba que no lo merecía. Agradeció, eso sí, con particular efusión a su pariente por su delicadeza. Se organizó una modesta fiesta familiar para entregarle la medalla, Leonardo Murialdo la aceptó con modestia y sencillez, terminado lo cual, no se habló más del caballerato.

La noche de aquel mismo día, uno de los domésticos pensó hacerle un cumplido saludándole antes de retirarse a dormir, con el título de Caballero: «Te agradezco de tu gentileza, - le dijo con seriedad Leonardo Murialdo - pero te prevengo que ésta debe ser la última vez que me llamas Caballero». De esta manera combatía en sí mismo, como también a sus hijos cualquier manifestación de vanidad.

Uno de nuestros Sacerdotes tuvo el nombramiento de Director de una importante obra Josefina: L. Murialdo se apresuró a escribirle lo siguiente, para guardarle de cualquier asalto de orgullo: «Ea, pues, ¿te gusta ahora mandar? ¿Te complaces en que se te llame Padre Director? ¡No lo creo! Pienso que tengas bastante buen juicio y virtud cristiana como para poner de lado estas miserias. Allí está el texto de David para decirte muy claro: Ut quid diligitis vanitatem? y observa bien como sigue: Et quaeritis mendacium? No estaría mal te acuerdes también de la terrible sentencia: Dulcissimum judicium his qui praesunt fiet. Vae nobis!

«Otra cosa: Sé que están todavía los niños en el colegio por unos programas musicales. Creía yo que no tuvierais tiempo para tanto, pues no es exigua la labor de 1as clases. No me parece demasiado recomendarte prudencia y moderación: Omnia cum ordine fient, de manera que primero vaya lo principal y, si buenamente se puede, le siga lo secundario».

Particularmente no le gustaba que se le llamara Fundador «El mérito es ajeno -decía- Yo he sido só1o un instrumento».

Por este mismo sentimiento de repulsión a que se le llamara Fundador, L. Murialdo no se preocupó de la expansión de nuestra Familia Religiosa desde sus primeros años de existencia. Así debía haber dispuesto Dios a fin de que los cimientos de nuestra modesta Congregación fuesen cavados muy hondos en la humildad de su Fundador.

En sus memorias consta una objeción que L. Murialdo le había puesto al Rvmo. P. Icard, Superior de San Sulpicio en el sentido de que para ser Fundador de una Congregación precisaba ser Santo.

«He aquí una buena ocasión para empezar a serlo»- le había contestado el Rvmo. Sr. Icard.

A manera de comentario a esta respuesta, nuestro Padre escribió esta apostilla:

«Si bien todos los Fundadores han sido Santos, pero no todos desde un comienzo, v. g. San Agustín, San Ignacio, San Jerónimo Emiliani, San Camilo de Lelis. Comencemos, pues, por fin a tentarlo desde ahora ya que jamás lo he hecho hasta la presente».

Cuando apenas se consumó la Fundación de la Congregación, era obvio que El y no otro debía ser el Superior nato de la misma; sin embargo hubo que luchar no poco para posesionarlo en el cargo. Protestaba sin reticencias: «No tengo las cualidades requeridas; yo no puedo ser el Superior de estos buenos Religiosos».

Se resignó a presidir a la Congregación «para romper el hielo» como se suele decir, pero de tanto en tanto volvía a la carga y pretendía renunciar a su cargo.

 

Por último viéndose cerradas las vías por los cuatro costados, resolvió insertar en las Constituciones un artículo que dice: «El Superior General cesará en sus funciones a los seis años de mandato». Así pensaba obtener por fuerza de Ley, una vez aprobada por la Santa Sede, lo que no lo pudo del espontáneo consentimiento de sus hijos. En 1896 probó una vez más. Escribió al Consejo de la Congregación una carta en que exponía las razones que creía más convincentes para cesar en cargo de Superior General. Suplicaba considerar y recapacitar seriamente el asunto delante del Santísimo Sacramento, sin dejar de pedir las luces necesarias al Espíritu Santo.

En esa carta, después de pintar un cuadro más bien lúgubre de la Congregación, no solamente en cuanto a la virtud de sus miembros sino también a su número y al estado material en general, decía que no se trataba de un simple escrúpulo, sino de un verdadero y auténtico remordimiento, al considerar que su presencia a la cabeza de los Josefinos sólo constituía una ocasión de escándalo,

Hace un recuento de sus cualidades naturales y al examinarlas detenidamente, concluye: «No encuentro en mí mismo las dotes de un buen Superior como son: aptitud natural, diligencia para supervigilar y las virtudes cristianas y religiosas debidas», «No nos forjemos ilusiones -decía-, no se trata de ceremonias sin sentido; reconozco paladinamente que yo a lo sumo poseo la virtud de un simple cristiano o quizá de un sacerdote corriente, pero estoy lejos de haber llegado a santo o a perfecto, «Estando a las enseñanzas de Dubois, debo confesar, para mi propia humillación, pero en honor a la más clara verdad, que del buen Superior no conozco ni los deberes. Os diré más: quizá por falta de estudio, no conozco ni las obligaciones del buen religioso, y esto al cabo de 22 ó 23 años que he profesado.

Pudet pero es así «El origen de mis defectos son: primero, un natural flemático, muelle y enervado: y segundo, mi lamentable descuido en la pelea: no me he hecho violencia suficientemente, no he trabajado con buena voluntad, o sea de acuerdo a las gracias recibidas: Si tibi vim non intuleris, vitium non superabis». Persuadido que «todo ello era evidente y por ende de dominio público en la Congregación» terminaba la circular diciendo: «Únicamente habré encontrado la paz cuando me reduzca a obedecer como el último de los Josefinos». Así viví en S. Sulpicio y me hallaba felicísimo. Además de gozar de paz, ya podría aplicarme más de propósito a enmendarme de mi eterna indolencia y prepararme a la muerte que no debe tardar. En cuanto a la Congregación, una vez renovado su espíritu y remodelada su estructura, será fecunda en salvar almas dentro y fuera de sí, mediante un vigoroso apostolado. Os ruego pensar en esto ante Dios y la Eternidad». No hay para qué decir que también entonces las esperanzas del Santo Fundador quedaron fallidas. Lejos de convencer a nadie de su supuesta indignidad, la dicha circular, sólo sirvió para deslumbrar a todos con tan acabado ejemplo de humildad.

No es de admirarse, pues, que, de la persuasión de su propia bajeza o ineptitud, naciera en L. Murialdo un comportamiento tan modesto y sencillo, que, en lugar de arrogarse las ínfulas de Superior, adoptara el porte de un hermano lego. No hubieran podido caber distinciones en su aposento, más bien era espejo de pobreza. Su cubierto no debía distinguirse de los demás en el comedor; en los viajes tomaba puestos ordinarios, y si eran largos, prefería boleto de tercera clase.

Jamás toleró que se le pusiera a lado un Vicario o Asistente como soporte de su Autoridad.

Aborrecía ponerse en evidencia en cualquier circunstancia. Cuando, para dar pábulo a su devoción, asistía a las funciones sagradas que se llevaban a cabo en Iglesias públicas; ocupaba indefectiblemente los últimos puestos o se confundía en la multitud para no ser tomado en cuenta.

Aquí encaja bien el siguiente testimonio, que confirma cuanto venimos diciendo:

«El 16 de Septiembre de 1899 se realizaba una solemnísima procesión de la Virgen de Los Milagros, venerada en el famoso santuario de Motta de Livenza. La novedad del acontecimiento y el amor a la Madre de Dios había congregado un extraordinario concurso de gente que se agolpaba en las plazas, calles, techos y hasta sobre los árboles. Numerosísimos miembros del Clero y delegaciones de pueblos vecinos, con brillantes estandartes, daban singular lustre a la procesión.

«Pero debo confesar que tan espléndido cuadro no me dejó tan admirado como el que ofrecía Leonardo Murialdo: Un modesto sacerdote, algo apartado del grueso de la procesión, recitaba el Sto. Rosario, con los ojos bajos. L. Murialdo era Superior General, Fundador de una Congregación, pero, ¿quién podría descubrirlo bajo tan modesto continente? Me permití señalarlo a algunas personas presentes, las mismas que no tenían palabras para exaltar tanta humildad y amor al escondimiento».

Esta humildad la conservaba también cuando era blanco de demostraciones de amor y estimación. En esas ocasiones aparentaba no entender lo que pasaba. No se extremaba en protestas de indignidad; toleraba con paciencia y sencillez las explosiones de adhesión y estima, simplemente callando o soportándolas con un inocente rubor.

Su Excia. Mons. Brandolini Rota, Obispo de Ceneda, profesaba para Murialdo una estima muy particular, y gozaba visiblemente con su conversación, pues lo consideraba un ejemplo consumado de virtud. L. Murialdo se había dado cuenta de la gentileza del Obispo y así muy rara vez lo visitaba para no ser blanco de tanta consideración.

Tiene gracia el siguiente episodio que el Abad Juan Bautista Malucelli narró en la oración fúnebre durante las exequias de Leonardo Murialdo:

«Un día dos grandes hombres se encontraron en este Colegio por la primera vez. Este primer encuentro bastó para que se conocieran profundamente, y se enlazaron mutuamente con un amor inquebrantable. El uno era un simple sacerdote, pero benemérito sobre todo decir por sus maravillosas obras de caridad; el otro, en cambio, era nobilísimo por su estirpe y especialmente por la plenitud del sacerdocio que brillaba en su frente por su proverbial generosidad cuyos testimonios estaban sembrados por toda su Diócesis.

He dicho que apenas se vieron se comprendieron y se amaron, pero no basta; yo fui testigo de una escena que arrancó lágrimas a los circunstantes y era que luchando por exteriorizar la veneración que mutuamente se profesaban, se inclinaron simultánea y profundamente protestando ser cada cual el inferior. Me parece que fue el encararse de dos almas selectas o mejor de dos grandes humildades».

Mons. Brandolini en verdad estimaba tanto a L. Murialdo que no pocas veces le consultaba sobre asuntos delicados de su Diócesis.testamur

Como ejemplo citaré una sesión memorable a la cual el Prelado convocó a los miembros más notables de su Cabildo y de su Clero. Invitó también a Leonardo Murialdo para discutir importantes asuntos respecto del Seminario.

Una prudentísima respuesta de nuestro Fundador hizo que su estimación ante los circunstantes rebasara los límites de lo común. Se trataba de si convenía o no la promiscuidad de alumnos que, estudiando en el Seminario, unos tendían al sacerdocio y otros no; ya que, como la enseña la experiencia, muchas vocaciones se perdían por esta causa.

Uno de los asistentes trató de defender con ardor dicho sistema y su argumento era: «Por lo menos formaremos honrados ciudadanos que se confesarán alguna vez en el año».

L. Murialdo entre tanto callaba, mas cuando el Obispo le rogó que emitiera su opinión al respecto. argumentó: «Es sin duda loable que los seglares se confiesen, más ¿con quién lo harán si del Seminario no salen sacerdotes?»

Para concluir, digamos que el Santo, por cualquier costado se le estudie, es un consumado modelo de humildad. Sus maestros eran San Vicente de Paúl y San Alfonso María de Ligorio, en cuyas vidas bebió y asimiló esa admirable despreocupación por todo cuanto decía con su estimación, optando, mejor por nesciri et pro nihilo reputari.

topg leftg rightg contg

23. VIDA DE MORTIFICACIÓN

San Leonardo Murialdo escondía su mortificación de la misma manera que su humildad. No fue ciertamente de aquellos Santos que maceran su carne con extraordinaria aspereza, prolongados ayunos o espantables penitencias.

Quien lo miraba superficialmente lo despachaba por un sacerdote celoso, sí, pero ni mucho ni poco distante del común de los Religiosos. No obstante, fuerza es reconocerlo, Leonardo Murialdo brilló por su culto a la mortificación. Para él era una ley sagrada que no era lícito quebrantarla y podemos asegurar, sin ambages, que la observó hasta el fin de sus días.retrato

Cuando menos se pensaba, L. Murialdo estaba practicando la mortificación. Solamente una continua y larga convivencia con Nuestro Santo Padre era capaz de descubrir su ansia de sufrimiento.

Para tener presente a cada momento este afán de mortificarse, tenía escrito en el Breviario esta sentencia entresacada del «Corazón Traspasado de Jesús» del P. Massarutti: «Sin mortificación, (por lo menos en su espíritu) no puede alguien ufanarse de tratar seriamente de su santificación personal. Así lo piensan todos los Santos y Fundadores de órdenes Religiosas. Nunca falta ocasión de mortificarse para quien quiere. Abstine et sustine: he aquí dos copiosos arsenales de echar mano para quien desee mortificarse».

En cuanto al sustine lo practicó maravillosa y continuamente llevando sobre sus hombros día y noche ocupaciones que no sólo no eran de su genio, sino que ni siquiera hubieran podido serlo.

De por vida debió forzosa, pero alegremente, sacrificar sus más caros ideales: nada de ministerios estrictamente sacerdotales, que si bien rinden el cuerpo pero son larga vena de consuelos espirituales; nada de vida bullanguera y hasta cierto punto despreocupada entre una turba de chiquillos; nada de tranquilidad en el propio aposento, rodeado de libros útiles y amenos; sino lucha sorda y enervante por la vida de su Instituto que amenaza derrumbarse por momentos; lucha con acreedores cuyos corazones broncíneos era menester ablandar; cuyos ímpetus había que amortiguar, y ¿qué recibía como premio de tanta fatiga? ¡Más trabajo! ¿Como consuelo en la tempestad? ¡Más negrura!

¡Oh! ¡Cuánto tiempo debía transcurrir antes que se desgarraran esas negras nubes para mostrar un trozo de cielo azul! Pero  L. Murialdo no se lamentaba. Aún para una perspicaz mirada era difícil vislumbrar algún dejo de malhumor en su semblante.

Es notable su espíritu de mortificación también por su renuncia, a veces heroica de ciertos solaces que hubieran hecho más llevadera su cruz. En todo el día no tomaba siquiera un momento de recreo, si se exceptúa una media hora de conversación con sus hermanos después de la cena. Todo el tiempo lo empleaba en su ingrata labor, o en la oración. Si por alguna excepcional circunstancia tenía un momento disponible, lo empleaba en releer sus apuntes de San Sulpicio, o más frecuentemente la Biblia.

Al principio de su Rectorado tuvo ocasión de asistir como oyente al curso de Teología Moral que el Teólogo Barbero dictaba en la Universidad de Turín. Allí se podía uno percatar, según eran profundas sus observaciones y certeras sus respuestas, que el Teólogo Murialdo, mejor tratara con los libros de Filosofía y Teología que con ingratos guarismos y agotadores problemas financieros.

El estudio de la Biblia no sólo hacía para su provecho personal, sino que sus conocimientos procuraba transmitirlos a sus hermanos, sacerdotes o acó1itos. Cuantas veces él en persona, renunciando al justo reposo de la siesta, juntaba a la Comunidad para leer y comentar la palabra de Dios. Yo, que tanto tiempo he vivido junto al Santo y que le he observado a cada paso, puedo asegurar, con toda verdad, que ni una sola vez lo he visto ocioso aunque sea por breves instantes.

Este aspecto de la mortificación: sustine, lo practicó en innumerables ocasiones por las amarguras y contradicciones múltiples de cada día. Ya eran los jóvenes que no correspondían a sus paternales cuidados (y en los primeros años estos casos eran numerosos), ya eran los hermanos que le abandonaban en la mayor necesidad; ya eran los colegas y subalternos que contravenían a sus disposiciones, pretextando la falta de medios económicos, con actitud no siempre pacífica ni bien intencionada. Todo ello creaba dificultades para la marcha de la obra y de la Congregación misma.

L. Murialdo parecía de estuco parecía no sentir nada. Nunca perdió la calma. Solamente elevaba sus brazos y su corazón a Dios, echándose en brazos de su Divina Providencia con siempre mayor confianza, conforme la cruz parecía más pesada cada día. 

La segunda parte de la mortificación, a saber Abstine que consiste en privarse de satisfacciones aun lícitas, San Leonardo Murialdo practicó de modo verdaderamente ejemplar, Antes que Dios le visitase con una legi6n de enfermedades (y fue por 1885) L. Murialdo tenía un temple excepcional y aprovechaba para castigar su cuerpo sin misericordia. Hasta entonces era voz común que L. Murialdo era un santo que ni comía, ni bebía, ni dormía. Era cosa maravillosa verle sano, robusto y tan fresco de inteligencia cuando su alimento y su sueño eran tan exiguos que pasaban inobservados.

Cuando comenzaron las dolencias, por consejo médico y cierta imposición familiar, empezó a tomar precauciones. Ello no hizo camino más allá de lo estrictamente necesario. Está descontado que sus sentidos no tuvieron jamás una satisfacción inútil.

Tenía cuidado especial por honrar el Viernes en honor de la Pasión de Cristo. Aquel día era regular que dejara una parte de la cena, que la reducía a contadas cucharadas de sopa. No eran bastantes para ablandar tan dura costumbre sus achaques, cada año más agudos, ni las respetuosas amonestaciones que se le dirigían en pro de su salud.

No sólo el viernes era día especial de mortificación para él. Cualquiera ocasión que estimaba propicia la aprovechaba para sus fines de Sacrificio, y de manera particular era notoria su abstinencia en la mesa cuando entendía implorar de Dios alguna gracia señalada. Tal costumbre inculcaba también a sus hermanos y penitentes, «pues – decía - la divina misericordia concede más fácilmente sus favores a quien no só1o reza sino se mortifica».

Casi nunca tomaba desayuno. A media mañana tomaba una taza de café tinto, en donde rara vez bañaba una rebanada de pan.

En el almuerzo, esté sano o enfermo, era en extremo parco. Desde que le conocí, no he sabido que haya padecido la más mínima indigestión, y era imposible que ello sucediera, tan poco era lo que comía.

Lo que me consta, en cambio es que, del segundo plato que a todos nos servían por igual, cercenaba la mitad, prefiriendo las legumbres a la carne.

Con alguna artimaña procuraba esconder su fervorosa mortificación en la mesa, a fin de no atraer las miradas de los demás: Echaba agua en la sopa para enfriarla; no comía carne por encontrarla dura o fibrosa.

Unas veces daba calor a la conversación, así pasaba el tiempo, quedando él algo menos que ayuno; otras llegaba tarde a la mesa y la dejaba con los demás habiéndose servido solamente la sopa; otras, en cambio, tomada la sopa, se levantaba de la mesa pretextando algún asunto importante. Dese por descontado que no volvía más al comedor.

Durante los paseos o excursiones, frecuentemente se quedaba sin parte por distribuir las raciones a los demás. Es memorable la ocasión en que le sucedió lo mismo que a San Francisco de Sales: Se le sirvió una vianda pésimamente condimentada y L. Murialdo la tomó con toda desenvoltura. Sus compañeros al darse cuenta empezaron a cuchichear comentando, admirados, el suceso, pero L. Murialdo se portó como si tal cosa.

Sus artificios no siempre le valían ante sus comensales, quienes quedaban santamente admirados de sus ayunos que pudieran llamarse perpetuos. No pocas veces quedaba desconcertado algún huésped quehabiéndose puesto a la mesa junto a L. Murialdo, no podía tomar bocado tranquilamente ante tan maravilloso ejemplo de mortificación.

Se mortificaba aun durante sus enfermedades. Si alguna vez sus parientes, con la venia del médico de casa, mandaban del hotel algún manjar delicado, L. Murialdo por educación probaba una insignificancia, el resto lo distribuía a los pacientes que con él se encontraban en la enfermería.

En tantos años como hemos vivido a su lado, jamás le hemos oído decir: «Esto me agrada, aquello no me agrada». No se sabía qué gustos o preferencias tenía en el comer o también qué es lo que no le iba bien.

En cierta ocasión el médico, con el fin de vencer una marcada inapetencia del santo aquejado por grave enfermedad, ordenó: «Dadle el alimento de su predilección». No fue ciertamente cosa fácil obedecer a tal prescripción, pues nadie en el Colegio pudo decir qué manjar hubiera podido servirse Leonardo Murialdo con mayor fruición.

Nunca censuraba o alababa las comidas, excepto cuando 1o demandaba la cortesía o cuando veía que el cocinero lo exigía indirectamente.

Había puesto un encargado a que se entendiere de este aspecto administrativo de la casa, así L. Murialdo nunca se preocupó de qué cosa se serviría en la mesa.

Del mismo modo que en el comedor el santo era muy parco en el beber. No excedía su bebida de un vaso de vino, y aun menos, y éste muy  aguado. Ni siquiera por razones de salud bebía vino puro a menos que la cortesía lo obligara durante ciertas solemnidades o visitas a personas e consideración. Fuera del tiempo de las comidas no bebía nunca ninguna otra cosa, por más ardiente que fuera el estío. Si durante algunas visitas aceptaba alguna bebida, lo hacía por sabias razones de cortesía. Como puede colegirse de lo dicho, mucho menos tomaba durante el día frutas u otras comidas, guardando un elocuente silencio ocultando si otros lo hacían. Este porte severo tomaba también cuando una conversación no era de su agrado.

Apenas terminaba la comunidad su parca comida, daba la señal de levantarse, entonaba la acción de gracias y dejaba el refectorio con todos los presentes, a fin de impedir largas e inútiles sobremesas. Esta norma seguí aun cuando había forasteros.

Otra mortificación notable en L. Murialdo era la del tacto: no tocaba jamás a los niños y jóvenes. Le hemos observado tanto tiempo y no se nos viene a la memoria que ni una sola vez los haya acariciado; a pesar de que con todos era muy afable y paternal. Esta mortificación la recomendaba con calor a sus hermanos, «Pues – decía - es tan grato de la debilidad humana, que pueden crearse, peligros aun allá donde no hay pecado propiamente dicho». 

Durante las confesiones a sus niños, cuando para darles más confianza acercaba sus cabecitas hacia él, solía hacerlo por medio de un pañuelo blanco, para evitar cualquier contacto menos delicado.

Tanta mortificación  le valió a nuestro amadísimo padre Fundador una prerrogativa envidiable de castidad, hasta el punto de no dar ni siquiera lugar a las tentaciones contrarias a tan bella virtud. Así lo confesó cierto día a un hermano nuestro con quien discurría de cosas espirituales. «Las tentaciones contra la castidad nunca me dieron fastidio» – dijo.

Ya hablé algo sobre el descanso, sobre toda ponderación breve, que daba a su cuerpo. En los últimos años sus horas de sueño eran más o menos controlables, pero cuando gozaba de buena salud, nadie podía darse cuenta de su duración.

Se acostaba muy avanzada la noche, cuando todos en la Comunidad ya dormían un buen trecho y, por lo general, estaba ya de pie recorriendo los dormitorios u otras dependencias, antes que ningún joven hermano o empleado se despertase.

Las siestas le fueron desconocidas de por vida. Sólo en los últimos años tomaba un breve descanso las tardes en que no tenía visitas, es decir, los días de fiesta, sentado en una silla.

Terminado el almuerzo echaba una ojeada a los jóvenes en los patios de recreo y luego se dirigía a atender a las personas en el locutorio o se recogía en su aposento para trabajar hasta que se terminare el día sin más descanso que la oración.

También practicaba ciertos métodos de mortificarse tales como: al sentarse no se arrellanaba, al arrodillarse no se reclinaba; no tomaba nunca posiciones indecorosas.

Vestía siempre con mucha propiedad y era imposible sorprenderlo desceñido o desaliñado. Procuraba no usar estufa en su aposento, y cuando lo hacía, procuraba que fuera con mucha moderación y parquedad.

No se quejaba del frío ni del calor, antes bien, cualquiera fuese la temperatura ambiental, acudía solícito a sus deberes de celo o de piedad.

Considerándolo con detención, tal tenor de vida, desnudo al parecer de todo tinte extraordinario, y oculto a la admiración de los hombres, es, sin embargo, inequívoco argumento de un espíritu altísimo de mortificación, cuanto menos apreciado por el mundo, tanto más meritorio ante Dios. ¡De cuántas otras flores de mortificación no estaría matizada esa vida! Nosotros sólo sabemos que tenía la pasión por sufrir pero sin que nadie pudiera percatarse de ello. Qué de humillaciones no tuvo que soportar! ¡Qué de satisfacciones y de curiosidades cohibidas! ¡Qué vida de mortificación, en una palabra! Corría el año jubilar de León XIII: 1.887.

Suspiraba con toda el alma Leonardo Murialdo por visitar Roma en tan memorable ocasión, mas no lo quiso hacer sin el permiso explícito de su confesor, el Teólogo Blengio. Este, así disponiéndolo Dios, le disuadió, pues tal viaje parecía superfluo. L. Murialdo, sin más, se aquietó; ofreció a Dios este sacrificio, que no poco le costaba, y quedó contento en Turín.

Otra ocasión, habiéndose organizado en dicha ciudad una exposición de arte sagrado y cultural que tuvo contornos de extraordinariedad, L. Murialdo asistió a su inauguración en calidad de «Participante Expositor» cuando todo estaba inconcluso, para luego no poner más un pie en ese recinto, no obstante tener entrada libre.

Todo el mundo se hacía lenguas ponderando el esplendor de tal exposición, mas el santo no quiso absolutamente conceder este inocente placer a sus ojos.

No consta que usara cilicios o disciplinas, si bien un sacerdote de la Congregación atestiguó haber oído, cuando dormía en aposento contiguo al de L. Murialdo, golpes como de alguien que tomaba la disciplina. Lo que consta es que, después de su muerte no se encontró en su cuarto instrumento alguno de penitencia. Sin lugar a dudas la mayor penitencia fue su vida de ininterrumpida mortificación.

Este anhelo y espíritu de mortificación procuró inculcar en la Congregación Josefina a la que no quiso imponer penitencias extraordinarias a través de la Regla, mas no le dispensó de mortificarse en lo interior y en lo exterior. Los Josefinos, en la mente del Fundador no debían ser hombres penitentes ante el mundo, pero sí hostias vivientes a los ojos de Dios.

No mandó en sus Reglas más penitencias que las establecidas por la Santa Iglesia. En cambio quería que la templanza, especialmente en el refectorio fuera la flor pasionaria que continuamente depositaran en el altar de la mortificación; por eso dejó ordenado que, fuera de las solemnidades, no se sirviera más que un único plato, descontada la sopa, y que en la cena no hubiera fruta por lo menos el Miércoles en honor de San José y el Viernes en memoria de la Pasión. Si bien esta parsimonia se debía, en parte, a estrechez económica del Colegio, no obstante, cuando un generoso legado solucionó los problemas económicos, L. Murialdo dispuso que se mejorase el servicio a los jóvenes, pero no a los hermanos, «Quienes -decía-, deben practicar la pobreza de San José».

Me place, antes de terminar este capítulo, copiar aquí algunas reglas de mortificaci6n que solía aconsejar para vencer las tentaciones:

Vigilate et Orate.

1.- Velar constantemente sobre los ojos, los compañeros y el corazón, es decir controlar las ternuras y simpatías. Huir tales ocasiones y, cuando no se puede alejarlas, consultarse con el confesor y atenerse a sus consejos.

2.- Orar habitualmente con fervor. Al surgir la tentación, sin demora invocar el nombre de María, decir jaculatorias y procurar distraer el pensamiento con cosas varias.

Ser «súper devotos» de María.

1.- El sábado distinguirlo con alguna mortificación de gula para conseguir dicha devoción.

2.- Antes de acostarse rezar siempre las tres Ave Marías, posiblemente con las palmas de las manos bajo las rodillas.

3.- Si, por desgracia, aconteciese caer en pecado mortal, confesarse inmediatamente, con una concienzuda preparación y un propósito muy firme.

N. B.- Me gustaría añadir: ser muy humildes.

El hermano que conservaba estas normas del Santo Fundador nuestro, testificó luego:

«Si yo tuviera que decir algo sobre la vida de aquel santísimo Sacerdote que se llamaba Murialdo, no vacilara en afirmar que cada palabra suya, cada acto, cada expresión era la manifestación de una virtud.

Poseía, sí, aquel sensus Christi, que, le hacía severo consigo, pero todo dulzura para con el prójimo, especialmente para con sus hermanos e hijos.

San Leonardo Murialdo era humilde en toda la extensión de la palabra, y ardía de celo por la salvación de las almas.

topg leftg rightg contg

25. SUS ÚLTIMOS DÍAS Y MUERTE PRECIOSA


Había pasado tiempo considerable desde su última enfermedad, sin que Leonardo Murialdo hubiese acusado dolencia de ninguna clase.

 

El invierno de 1900 lo superó relativamente bien, y se esperaba, no sin razón, que, vencida la gripe con la llegada de la primavera, la salud del Padre Rector se hubiese fortalecido gradualmente hasta su completa recuperación. Mas no sucedió así. El tiempo cambió de repente; se sucedieron días húmedos y fríos, y reaparecieron las molestias bronquiales de todos 1os años.

Al principio parecía cosa demasiado ligera como para causar alarma: fiebre no había, o por lo menos era casi imperceptible. Las únicas precauciones aconsejables por el momento parecían ser las siguientes: retirarse temprano a su propio aposento, cenar allí sin tener que bajar al frío refectorio de la Comunidad, y acostarse a buena hora.lechomuerte

La fiesta de San José, tuvo por prudente no bajar tan de mañana para celebrar la Misa a La Comunidad. Prefirió celebrar un poco más tarde y a solas.

Siendo, por otra parte, una fiesta de tanto relieve, no pudo prescindir de sentarse a la cabecera de la mesa en el almuerzo que le ofrecían hermanos, niños y bienhechores. Aunque su virtud todo lo paliaba con una franca sonrisa y aun con una alegría abierta y muy cordial, bastaba observarlo un poco, para percatarse de que una palidez mortal velaba sus mejillas y todo él parecía fatigado y quebrantado.

Por la tarde sus jóvenes deseaban brindarle con un recibimiento muy sencillo pero muy sincero. El Padre Rector, que siempre había aceptado esas demostraciones de cariño de sus hijos, aquel día suplicó le excusaran de la recepción. Mas, ante la amorosa porfía de los jóvenes, se indujo a ir al salón, pero solamente pudo quedarse allí unas pocos minutos. Empezó a sentirse realmente mal y se retiró a su alcoba.

El día siguiente pudo celebrar todavía la Sta. Misa, y fue la última de su vida, pues el mal parecía progresar inexorablemente, obligándole a tomar descanso en la cama a intervalos regulares cada día. Y, en efecto, con desconsuelo general, pudimos comprobar que la fiebre subía de manera impresionante. Nuestro Padre, para obviar quizá mayores inconvenientes, se dio por vencido y empezó a guardar cama.

Precisamente por aquellos mismos días yo también me sentía un poco indispuesto, y L. Murialdo, estando yo acostado, me mandó a decir por uno de nuestros hermanos: “Advenerunt nobis dies poenitentiae, ad redimenda peccata, ad salvandas animas.” 

El día 24 de marzo quiso levantarse a toda costa, unas horas por la tarde, y lo hizo para escribir una carta que decía no poder confiar a nadie. ¿Qué clase de carta sería? Luego se vino a saber que se trataba de auxiliar a una persona muy necesitada y que ya muchas veces había experimentado su caridad. Mas este acto de caridad le causó enorme estrago: Al regresar a la cama, la fiebre empezó a subir de tal modo que por la noche el termómetro llegó a medir 40 grados.

El día siguiente, domingo, fiesta de la Anunciación de María Santísima, recibió la S. Comunión, tal como lo hiciera los tres días precedentes y como la continuó haciendo hasta el último de su vida.

No es preciso decir que para estas santas Comuniones se preparaba concienzudamente, mejor dicho, como un Serafín; pues nada le impedía: ni sus dolencias, ni la altísima fiebre para sujetar su espíritu y engolfarlo en las consideraciones de la Santísima Eucaristía y para decir larguísimasoraciones vocales.

El agradecimiento, por otra parte, lo prolongaba considerablemente, si bien puede decirse que se preparase y agradeciese todo el día, pues rezaba sin descanso tanto de día como de noche, cuando no podía conciliar el sueño.

Debía omitir el rezo del Breviario es verdad, pero esto mejor era un incentivo para intensificar su oración y prolongarla indefinidamente.

El médico de cabezera, Dr. Amerio, sabedor del delicado estado de nuestro Padre, acudió solícito a visitarlo; lo examinó con detención, y, con enorme sentimiento, nos comunicó que el caso era realmente grave, casi desesperado.

«Tal vez, dijo, ésta sea la última recaída». Para el día siguiente fue concertada una junta

de médicos. Era el 26 de Marzo. Se reunieron a la hora competente los médicos, con la intervención del conocido galeno Dr. Ivandoni. La consulta fue larga, concienzuda y muy prolija; nosotros, en la recámara, esperábamos la respuesta con el corazón trepidante, y ésta nos consoló.

"La enfermedad es realmente grave, nos dijeron los médicos, pero en cambio el enfermo tiene todavía el pulso muy regular y firme. Hay fundadas esperanzas de que aún esta vez, sea superada la crisis."murialdomadonnorto

Estas róseas esperanzas quedaron, sin embargo, muy pronto desvanecidas. La fiebre no parecía declinar sino por líneas. Peor aún, en los dos días subsiguientes, el mal hizo tan rápidos y tremendos progresos que en la mañana del 28 de Marzo muy de madrugada, nuestro santo Fundador llamó al enfermero y le dijo que aquella mañana entendía recibir la Extrema Unción, y que, por lo tanto, se diera aviso a la Parroquia de Sta. Bárbara.

Fui de ello informado inmediatamente. Volé al lecho del enfermo, quien me repitió la misma recomendación, diciendo que la enfermedad se iba haciendo cada vez más grave y que deseaba recibir ese Santo Sacramento cuando estaba todavía en sus cinco sentidos.

"Sentiría mucho -concluyó - recibir la Extrema Unción cuando no se sabe lo que se hace, dando así enorme mal ejemplo a los demás Religiosos." Entonces, acongojado por trance tan oloroso, apenas tuve ánimo para rogarle que hiciera de nuevo voto a San Juan Bosco en demanda de la salud, ya que en las dos últimas recaídas este recurso había tenido tan consolador éxito. Me respondió que lo había hecho a San José, pero que no tenía dificultad de pedir la salud también por intercesión de San Juan BoscoPrometió, pues, celebrar una S. Misa en su tumba, si hubiera curado aún esta vez, como las anteriores.

Además creí conveniente observar que a las ocho de la mañana era muy temprano para la administración del Sacramento de los enfermos y que quizá fuera mejor esperar para la tarde, tanto más que los doctores habían dicho que el peligro no era inminente. Leonardo Murialdo no aceptó mi sugerencia, antes bien, insistió para las ocho, «porque -dijo- se debía cantar una Misa de Requiem a las nueve y las cosas se podrían demorar quizá más de la cuenta». Dispuso también que todos los hermanos de la Comunidad estuvieran presentes en el acto.

Esta insistencia nos ha hecho pensar mucho y nos ha hecho dudar que L. Murialdo hubiera conocido la hora de su muerte, pues, a partir de medio día, comenzó a empeorar tanto el mal, que ciertamente no hubiera podido recibir la Unción de los Enfermos con la serenidad con que lo hizo, y no hubiera podido tampoco dirigir los últimos consejos a los hermanos como lo hizo a las ocho de la mañana.

Este presentimiento de la hora de la muerte, si no muy preciso, pero sí de una manera vaga, parece que lo tuvo algunos meses antes, pues venía preparándose con mucho fervor para el gran paso. ¿Cómo explicarse de otro modo la premura con la cual nos exigía al Padre Vercellono y a mí la terminación de un trabajito sobre la Virgen Santísima que teníamos entre manos? Parecía que esto le preocupaba mucho, como si el trabajito aquel no hubiera visto la luz después de sus días.

También hay otra circunstancia.

Quince días antes de su tránsito feliz, hablando con la hermana del nunca bien llorado, e insigne bienhechor del Colegio, Mons. Alfino ,le hizo ver un apunte que llevaba siempre consigo, a saber, una serie de máximas que el mismo Ilustre Prelado las meditara en sus últimos momentos, máximas recogidas por el Canónigo Silvio Fresia y por el Arzobispo de Turín, Mons. Icardi.

San Leonardo Murialdo, en aquella memorable ocasión, dijo: «Este apunte lo llevo siempre conmigo para tener presente lo que debo decir cuando me llegue la hora de presentarme ante el Supremo Juez.»

slmlechomuerte

He aquí el texto de dicho apunte: «In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum. In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum.

De Mons. Icardi: Fiat voluntas tua. Del Canónigo Fresia: Gloria Patri, et Filio et Spiritui Sancto.

De Mons. Alfino: Recordare, Jesu pie, quod sum causa tuae viae, ne me perdas illa die. Quaerens me sedisti lassus, redemisti crucem passus,tantus labor non sit casus. Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía. Jesús, José y María, en vuestros brazos expire el alma mía. Non quomodo ego, sed sicut tu.

El pecador en la hora de la muerte se encuentra desnudo de méritos; Jesucristo viene a él y le pone en sus hombros el manto de sus méritos para que se presente rico ante el Juez Supremo. Jacob revestido de los hábitos de Esaú, recibe la bendición del Padre, he aquí el efecto de la Unciónde los Enfermos. ( Olier) …»

Entretanto, según los deseos del Santo Enfermo, a las ocho de la mañana vino el Coadjutor de Santa Bárbara, Teólogo Antonietti, para administrarle dicho Sacramento. No había podido venir el Párroco en persona, el Canónigo Colombero, por estar enfermo, circunstancia que debió pesar mucho sobre el diligente párroco, pues había sido confesor de san Leonardo Murialdo por muchos años.

Los hermanos se reunieron de inmediato en el aposento del Padre Rector, y los Sacerdotes y hermanos estudiantes se revistieron con el roquete. Antes de empezar la ceremonia, el santo dio razón de su voluntad de recibir inmediatamente la Unción.

«Este es -dijo- un Sacramento que no hay que recibirlo cuando se ha perdido toda esperanza de salud. Yo tengo todavía esperanza de sanar, habiendo hecho votos a San Juan Bosco y a San José, mas prefiero recibirlo ya en este momento, cuando mi mente está lúcida. Quiera Dios recompensarme en la eternidad, por este acto de confianza en su misericordia».

Se llevó a cabo la ceremonia con toda solemnidad, respondiendo el santo enfermo con ternísima devoción a todas las oraciones.

Cuando hubo todo terminado, y mientras nosotros, de rodillas en vano procurábamos contener las lágrimas, nuestro amadísimo Padre hizo señal de que quería hablarnos.

Así lo hizo.

Dijo primeramente algunas palabras sobre la grandeza del Sacramento que acababa de recibir. Luego, basándose en los escritos de Mons. Olier, dijo que es una hermosa gracia poder recibir la Extrema Unción y que es una de las más tiernas pruebas de la misericordia de Dios con los pecadores. Lo llamó el manteo de la divina misericordia con el cual se cubren todos los pecados de los hombres, y el alma se presenta segura ante el Supremo Tribunal.

En seguida añadió una exhortación a todos los hermanos diciendo que se debían guardar muy especialmente de la tibieza y que más bien procuraran crecer en el santo fervor. «En los últimos momentos de la vida no son los pecados mortales -dijo- que mayormente preocupan al alma, pues es de esperarse que los mismos hayan sido perdonados por la divina clemencia, sino el sentimiento y la persuación de la tibieza pasada y la falta de correspondencia a los beneficios de Dios».

Como conclusión pidió perdón a los hermanos presentes de los escándalos que hubiera podido dar durante su vida y se encomendó encarecidamente a nuestras oraciones.

En este momento todos los hermanos prorrumpieron en sentidísimo llanto y yo, tomando la palabra, como me lo permitían los sollozos, en nombre de todos, le dije que nosotros éramos los que debíamos pedirle perdón de nuestras desobediencias y que él se dignara bendecirnos a nosotros y a toda la Congregación. Entonces nuestro amadísimo Padre, alzando la mano trémula, como otro Jacob en medio de sus hijos, trazó sobre nosotros la señal de la Cruz y nos bendijo.

De allí a poco, en la capilla del Colegio, se dio comienzo a la Misa de Réquiem en sufragio del alma del Barón Gaudencio Claretta. San L. Murialdo suplicó le dejaran sólo para descansar, pero la verdad era que no quería testigos de su continua oración y unión con Dios fomentadas mediante el Sto. Rosario, el Crucifijo y las imágenes sagradas. También nos consta que tenía en su lecho un facsímil del Santo Clavo, el mismo que lo tenía entre sus dedos, y con él se pinchaba de vez en cuando para meditar mejor la Pasión de Cristo, objeto casi continuo de sus meditaciones durante su vida.

A una cierta hora llamó al muy Rdo. Padre Constantino, al cual le rogó que recitara muy despacio el Miserere. Así lo hizo el mencionado Sacerdote y S. L. Murialdo seguía el salmo besando el Crucifijo a cada versícu1o.

No hay para qué decir que el santo enfermo soportaba con invicta paciencia los dolores y sufrimientos de su enfermedad, y recibía con grandes muestras de reconocimiento los cuidados que todos, pero especialmente el hermano enfermero, le prodigaban, con amorosa solicitud de hijos.

Habiendo acudido a consolarle esa misma tarde un Sacerdote y dos hermanos estudiantes, les rogó que leyeran en voz alta el Ejercicio de la Buena Muerte del Bienaventurado José Cafasso y que comienza así: «Jesús, Dios de Bondad…» Era día miércoles; murió el viernes siguiente, y en tan corto período se hizo leer dicho ejercicio dos veces más. A continuación dispuso que también se rezasen en su presencia los ejercicios de piedad correspondientes al día miércoles, tal como se suele en todas nuestras Comunidades, con todos los Pater, Ave y Gloria y el De Profundis. Una vez terminadas estas oraciones, requirió si en el aposento se encontraban todos los hermanos estudiantes de la Comunidad. Le fue respondido que no, entonces dijo: «Transmitid también a los que faltan las recomendaciones que quiero ahora hacer especialmente para ellos:

«Les recomiendo, -dijo, con un hilo de voz que todavía le quedaba, interrumpido continua- mente por la tos y la fatiga de la enfermedad,- encarecidamente que cultiven la piedad sin descanso y que procuren ser muy fervientes y exactos en la observancia de las Reglas. No perdáis el tiempo, estudiad de buena voluntad, no salgáis nunca de casa sin permiso y procurad no omitir jamás los ejercicios de piedad».

Salieron los hermanos estudiantes y nos quedamos en el aposento solamente el Padre Constantino y yo. A los dos nos dirigió palabras de mucha predilección y tales que fuera poco si se las esculpieran en bronce. Fue su testamento espiritual que no nos olvidaremos mientras nos dure la vida.

Le rogué que dejara a los jóvenes algún buen recuerdo en esos últimos y preciosos instantes. Me contestó que les recomendara ser muy devotos de María Santísima y se esforzasen en mejorar siempre la conducta sin pérdida de tiempo. Nos dio una vez más su santa bendición y nosotros, sin poder ya contener el llanto, nos retiramos con la firme determinación de hacer tesoro de sus consejos y de ponerlos en práctica, cueste lo que costare.

Aquella misma tarde llegaron algunos Directores de diversas Comunidades Josefinas que deseaban ver, quizá por última vez, a su amado Padre. Ellos también tuvieron el consuelo de recibir su última bendición.

En las últimas horas de la tarde llegó también su Eminencia el Cardenal Richelmy, Arzobispo de Turín. Sabedor del estado agónico de nuestro Fundador, y estando de paso desde la Iglesia de la Consolación, quiso informarse algo más sobre su estado en la portería. Se le informó que la enfermedad, lejos de declinar iba haciéndose más grave por momentos. Entonces el Excelente Prelado pidió le acompañaran al aposento del Santo Enfermo. Allí le dió su bendición y se retiró luego de confortarle con tiernas y afectuosas palabras de consuelo. 

Al caer la noche nuestro Venerado Padre solicitó la Bendición Papal In Artículo Mortis. Se dio aviso de inmediato a la Parroquia y una vez más el Vice-párroco, con enorme solicitud, atendió tan santo requerimiento impartiéndole la Indulgencia Plenaria.

El día siguiente, 29 de marzo, amaneció con síntomas de catástrofe. Se había acentuado el estertor, las fuerzas habían disminuido, la palabra era apenas perceptible. Sin embargo el Santo Enfermo pidió la Santa Comunión. Se preparó a ella con angélico fervor y fue la última vez que Jesús entró en ese corazón de serafín antes de poseerlo por siempre en la eternidad.

Durante el día su único deseo era quedarse sólo para rezar, y cuando alguno de nosotros se acercaba despacito para observarle y auxiliarle si era preciso, el buen Padre tenía siempre algo que recomendarnos, ya sea acerca de sus últimas disposiciones de testamento o también acerca de la marcha de la casa.

Al Muy Rdo. Padre Constantino recomendó cálidamente presentar sus respetos a la Junta Directiva de la Obra y rogarle que siguieran ayudando a la Congregación para que se extienda siempre más el espíritu cristiano que ella fomenta y además recomendó que siempre en la Junta hubiera un número igual de Sacerdotes y seglares.

Se confesó una vez más con un Sacerdote de la casa, como se había confesado antes de recibir la Extrema Unción el día precedente.

Antes del mediodía solicitó que rezasen en su presencia las Letanías de la Pasión y luego también el Santo Rosario observando que en vez delGloria Patri se dijera mejor el Requiem aeternam. Mas he aquí que llegado al tercer misterio el Padre Rector pareció desvanecerse. Se observó cómo se contrajo el rostro y se arrimó hacia una parte del lecho, tanto que había peligro que cayese de él. Parecía que en ese preciso instante iba a expirar. Se pidió auxilio y se mandó de urgencia por el Padre Constantino, el cual acudió al punto y, conmovido y casi lloroso, rezó las oraciones de la agonía. Llegaron también algunos otros hermanos de la Comunidad, quienes, todos a una, rezaban con intenso fervor, hasta que afortunadamente, sobrevino la calma y todos volvieron a respirar con algo de serenidad.

Esa misma tarde nuestro Padre Fundador tuvo el consuelo de recibir la bendición con las reliquias del Venerable José Cafasso, y suplicó, a raíz de esto, que las santas reliquias se las dejasen a la pública veneración en su aposento, junto a sí.

Entretanto todos los alumnos y los hermanos de la Comunidad se dieron cita en la Capilla para rezar juntos las oraciones que se suelen en la agonía de los moribundos. Algunos alumnos, los más encariñados quizá, obtuvieron el permiso para subir a la alcoba de su Padre y mirarlo siquiera por última vez. Cuando todos estaban en torno a su lecho, nuestro buen Padre alzó, con gran fatiga, la mano y los bendijo con la evidente intención de bendecir en ellos a todos los alumnos de nuestras casas, ausentes en ese momento y aun a todos los alumnos que en lo futuro se recogerían en nuestros Institutos. Sin embargo no los pudo dirigir la palabra, tal era su extrema debilidad.

En ese momento sobrevino también el Dr. Amerio. Preguntó al Padre Rector cómo se sentía y él, con envidiable calma repuso: «Estoy esperando».

Lo médicos, entre tanto, se afanaban por reactivar las fuerzas del querido enfermo, mediante inyecciones, cataplasmas y más recursos que la medicina aconseja en esos instantes. Mas las fuerzas del enfermo iban disminuyendo a ojos vistas, el estertor se hacía siempre más intenso y más sofocante.

No obstante todo, el Padre Rector no había perdido sus sentidos. Estaba muy presente a todo y todo lo comprendía. No podía ya responder sino con monosílabos, y su única ocupación era besar reiteradamente el Crucifijo que tenía entre sus dedos. Así se preparaba para morir como un verdadero santo.

Hacia la una de la mañana del día 30, el santo enfermo pareció perder los sentidos, mas no debió ser verdad pues al preguntársele si deseaba recibir una vez más el Santo Viático hizo claramente una señal afirmativa. En este punto todos los hermanos de la Comunidad se reunieron en el aposento y llegaron también a pesar de lo tempranísimo de la hora, algunos de sus parientes.

Se comenzó de inmediato a preparar lo necesario para administrarle el Santo Viático, pero para ello siempre se requería un poco de tiempo, el cual vino a ser improvisamente escaso, pues, cuando el Sacerdote se acercó con la Santa Partícula para comulgar al enfermo, éste ya no podía abrir la boca para recibir las Sagradas Especies.

Se dijeron por el Muy Rdo. Padre Constantino una vez más las oraciones de los agonizantes, el Santo Rosario por todos los circunstantes y una corona del Sagrado Corazón muy estimada por el Santo, la LetanÍa del Sagrado Corazón de Jesús, la de San José y otras preces, a todas las cuales el santo enfermo participaba con clarísimo entendimiento, pues no perdió el control de sí mismo hasta el último momento, que vino inexorablemente para llevarnos a nuestro buen Padre para siempre. Y fue a las tres y veinticinco de la mañana, cuando, al cabo de dos horas de agonía, nuestro Padre Fundador, a la presencia de toda la Comunidad, con un movimiento casi imperceptible, entregó su preciosa alma a su Creador. Era Viernes, a saber el Viernes que precede a la Semana de Pasión, día en que la Iglesia reza el Oficio de la Preciosísima Sangre, día consagrado a la Pasión del Señor, y día, finalmente consagrado por S. L. Murialdo durante su vida a sus más austeras mortificaciones.  

Inmediatamente se rezaron las oraciones de los difuntos; luego el Santo Rosario intercalando la invocaci6n Réquiem aeternam dona eisDomine, y el muy Rdo. Padre Constantino, Vicario nato de san Leonardo Murialdo, empezó en seguida la Santa Misa en sufragio de alma tan santa y querida de Dios.

Entretanto se tomaron las medidas necesarias a fin de que se preparara en la iglesia del Colegio la Capilla ardiente para velar al carísimo difunto y exponerlo a las visitas del público.

El rostro de nuestro Fundador no sufrió ninguna alteración con la muerte. Se presentaba plácido, sereno y aun hermoso, casi tal como lo era en vida. Esta misma hermosura y frescura de rostro conservó a lo largo de los dos días que duraron los restos mortales de L. Murialdo expuestos, cosa que maravil1ó a todos aquellos que observaron este fenómeno. A poco de haber expirado, sus hijos lo revistieron de los vestidos eclesiásticos, con roquete y estola; se tomó la mascarilla que le reproduce exactísimamente y que no produce ningún sentimiento de repulsión, como suele suceder en semejantes casos.

Tanta frescura de facciones, tanta serenidad de rostro admiró a cuantos le vieron a nuestro Padre después de muerto y todos a una exclamaban « ¡Parece que no está muerto sino que duerme! »; «¡Es más hermoso que cuando vivía!»...

Si muchas fueron las personas que visitaron el venerando cadáver el primer día, el segundo se puede decir que fue una peregrinación religiosa. La capilla ardiente estuvo todo el tiempo colmada de personas que rezaban, hacían tocar en su cuerpo medallas, imágenes sagradas o simplemente objetos de su predilección.

Estaban presentes, ahora, casi todos los miembros de su familia, muchos bienhechores de la Congregación, numerosos antiguos alumnos y, lo que es de admirar más, innumerables personas que nada habían tenido que hacer con Leonardo Murialdo durante su vida, solamente atraídas por la fama de su santidad y por las maravillosas virtudes que se oían pregonar por todas partes.

El Oficio de Difuntos fue cantado varias veces en la Comunidad religiosa de Turín por las varias delegaciones de Josefinos que habían acudido a los funerales de su amadísimo Padre. Los jóvenes, por otra parte, visitaban la capilla ardiente por turno, para depositar el postrer homenaje de amor y veneración a aquel que les había sido su verdadero padre, más si cabe que sus propios padres naturales, pues de L. Murialdo habían recibido no sólo el sustento material, sino la herencia de una educación cristiana que los capacitaba para enfrentarse honradamente con la vida.

Nosotros, los hijos de tan grande Padre, que, en cierta manera no podíamos resignarnos a perderlo tan temprano, tuvimos, por otra parte, un gran lenitivo a nuestro dolor: la adhesión sin- cera, afectuosa y, diríamos tumultuosa, de innumerables sectores de la sociedad, de organizaciones públicas y privadas, de alumnos y padres de familia; en una palabra no se podía desear una demostración más sincera, más tierna y al mismo tiempo más tranquila y devota.

Y llegó el día en que el venerado cuerpo de san Leonardo Murialdo debió abandonar la casa que había santificado por 34 años con un trabajo tesonero pero muy modesto y sacrificado. Ese día fue el domingo siguiente a su muerte. El cadáver, revestido de los ornamentos sacerdotales fue colocado en un ataúd doble de cinc y madera. Antes de salir el féretro, se quiso dar el postrer testimonio de veneración por los Josefinos, organizando un solemnísimo cortejo fúnebre hasta la Iglesia Parroquial de Santa Bárbara. Para el efecto ya habían llegado de muchas partes de Italia numerosos Directores de nuestras casas, estaba también presente una delegación del Colegio de Volvera, una nutridísima multitud de pueblo había invadido los alrededores del Colegio de Turín y los pórticos del mismo. A las nueve de la mañana comenzó a moverse un largo e imponente desfile de religiosos y colegiales, al cabo del cual iba el féretro y tras de éste la muchedumbre de gente. La Iglesia de Sta. Bárbara resultó literalmente pequeña para albergar a tanta multitud.

Aquí se cantó, por nuestros Niños Obreros del Colegio de Turín, la Misa de Requiem, que fue seguida devotamente por toda la multitud que no podía sino admirar al gran Bienhechor de la Juventud y rendirle pleitesía en esos momentos.

A las 11 de la mañana nuevamente el cortejo fúnebre, tan majestuoso como de primero, empezó a moverse camino del cementerio. En el cementerio, el cadáver fue colocado en el sepulcro de la noble familia Murialdo. Más tarde se le exhumó de allí para colocarlo en un monumento precioso que el afecto de los Josefinos y de cuantos tuvieron lo suerte de conocerlo o recibir sus favores, le levantaron como eterno testimonio deamor, veneración y gratitud.

Muy solemnes fueron también las exequias que en sufragio de su alma elegida se celebraron en la Iglesia de Sta. Bárbara al recurrir el día trigésimo de su muerte. Los funerales de trigésima en Turín se celebraron el día 30 de abril en la Iglesia Parroquial de Sta. Bárbara. Para la ocasión la Iglesia estaba suntuosamente engalanada, como para las ocasiones más solemnes. En la puerta principal del templo y también en su interior se habían colocado unas leyendas del tenor siguiente :

«FUNERAL DE TRIGÉSIMA POR LA ELECTÍSIMA ALMA DEL TEÓLOGO MURIALDO, RECTOR DEL COLEGIO DE TURÍN».

«OH HIJOS DEL PUEBLO, OBJETO PREDILECTO DE SU CARIDAD, AMIGOS y CONOCIDOS, LLORAD AL SACERDOTE EJEMPLAR, AL RELIGIOSO PERFECTO Y AL PADRE DE HUÉRFANOS Y SABIO EDUCADOR, QUE PASÓ POR ESTA VIDA HACIENDO EL BIEN y SANANDO LAS LLAGAS DE LA SOCIEDAD. ROGAD A DIOS QUE LE CONCEDA LA MERCED ETERNA»,

«Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor» (Sal 40,2).

«El pobre no será olvidado para siempre, ni la esperanza del indigente quedará frustrada». (Sal 9,17)

« Comparte tu pan con el hambriento y albega a los pobres sin techo». (Is 58, 7).

 

Muy solemnes fueron los funerales de Trigésima, pues hubo impresionante acompañamiento de pueblo. La Misa fue celebrada pro el Rvmo. Mons. Guigonis, mientras que la oración fúnebre estuvo a cargo de Mons. Berteu, Superior del Conservatorio del Sufragio en Santa Cita. Este Ilustre Eclesiástico aceptó de buena gana pronunciar la oración fúnebre en honor de nuestro padre por la sincera y antigua amistad que lo había unido en vida con él y lo hizo con esa áurea sencillez y gravedad de estilo que mejor se acomodaban al carácter del venerado difunto, cuyas virtudes trazó en cuadro sobrio pero magistral.

También en las demás casas de la Congregación se celebraron, con mayor o menor solemnidad, según las circunstancias lo permitían, losfuereales de trigésima por el alma de nuestro padre Fundador, más que para sufragar por sus deudas ante Dios, para pedirle sus bendiciones y gracias sobre su familia religiosa, ya que, estamos seguros, su bendita alma ya goza del premio de los siervos files, y puede ya sernos valiosísimo intercesor ante Dios.

topg leftg rightg contg

24. SUS ENFERMEDADES

Hasta los 57 años L. Murialdo gozó de una salud envidiable. Era más bien enjuto de carnes y no obstante era de contextura excepcional. Trabajaba sin descanso, comía poco y dormía poquísimo pero siempre se sentía perfectamente bien. Su andar era presuroso, su deporte favorito era ascender a conocidos picos de los Alpes. Sus escalamientos al Ciamarella y al Monviso pueden anotarse como auténticos triunfos de San Leonardo Murialdo, pues por todos es conocido lo peligroso que es intentar coronar esas cimas.

También su hermano Ernesto era muy aficionado al alpinismo. Escaló casi todas las cimas de los Alpes, incluso el colosal Monte Blanco adonde subió en dos ocasiones.slmanciano

Mas Dios, siempre acostumbra purificar el oro de las virtudes de sus siervos, acrisoló las de San Leonardo Murialdo con continuas y penosas enfermedades durante sus últimos quince años de vida. Nuestro Santo Fundador que había sido para innumerables prójimos el ángel providencial, medicina y consuelo a las enfermedades, debía experimentar en carne propia los dolores que otrora curó en los demás; y encararse con la muerte por lo menos tres veces en el período indicado.

La primera vez fue el 31 de Diciembre de 1884 cuando le atacó una fiebre reumática, complicada con catarros bronquiales.

La fiebre le acometió tan violentamente desde un principio, que cada día parecía ganar más terreno, hasta que se resolvió en una pulmonía muy aguda. En el término de contados días los médicos declararon a L. Murialdo desahuciado. ¡No es posible imaginar, y peor aún describir la consternación de la Comunidad al comprobar que el Padre Rector estaba al borde del sepulcro! Mas, corno sucede a veces en los momentos supremos, vino a alumbrar el pensamiento de los hermanos una idea salvadora: Don Bosco ya había realizado, con el favor de Dios, varias curaciones estrepitosas. San Leonardo Murialdo no sólo era amigo personal del gran taumaturgo, sino que, como colaborador que había sido, gozaba de especial consideración entre sus amigos. Así pues, todos a una, resolvieron acudir a Don Bosco en busca de la salud del Padre Murialdo.

El 8 de enero de 1895, precisamente cuando en cualquier momento se podía tener un fatal desenlace, se envió una esquela al Padre Lozzero, Salesiano, Miembro del Capítulo General de esa Congregación, pidiendo una bendición especial de Don Bosco para L. Murialdo. Al poco rato estuvo en el Colegio la respuesta.: «Don Bosco en persona irá a bendecir al venerable enfermo».

Efectivamente el Santo Fundador de los Salesianos llegó a eso de las 5 y 30 de la tarde, acompañado del Padre Juan Lemoyne. Entró al aposento de L. Murialdo sin acompañamiento ni testigos; departió con él por una media hora y le dio la bendición.

Nosotros estábamos en la puerta impacientes por oír de labios de Don Bosco si L. Murialdo moriría o viviría.

«Por ahora -dijo el santo- vivirá todavía, según entiendo; pues debe llevar adelante a esta buena Familia».

Recibimos también nosotros su bendición y nuestra alma quedó bañada de una dulce y firme esperanza: L. Murialdo viviría porque así la había dicho Don Bosco.

Al día siguiente amainó la fiebre y se registró enseguida un mejoramiento inesperado que desembocó en franca mejoría hasta la completa sanidad.

El día siguiente, 11 de Enero, nuestro amadísimo Padre tuvo el singular honor de recibir en visita personal al Emmo. Cardenal Cayetano Alimonda, Arzobispo de Turín. Antes de subir a la alcoba del Santo, el Cardenal fue recibido y saludado por los padres y los alumnos en la recepción del Colegio donde lucía un hermoso Belén, recordando el tiempo de Navidad. Allí el ilustre visitante, en una estupenda improvisación, nos dio a conocer cuáles eran sus sentimientos de respeto y veneración para con nuestro Padre: «Don Bosco y Murialdo -dijo- son dos perlas de mi Diócesis».

Nuestro Santo Padre, como queda anotado, siguió convaleciendo lenta pero regularmente. Con el fin de prevenir una recaída se le aconsejó y rogó que en el estío próximo se fuera a disfrutar de los baños de Allevard en Saboya. Así lo hizo, y, con su acostumbrado cariño, escribió desde Saboya, comentando la muerte de Lacordaire.

El ilustre dominico también escribió desde el lecho de su última enfermedad a sus alumnos de Soréze: «Inmenso favor de Dios es que una grave enfermedad ponga en aviso al hombre de su fragilidad. Nuestro Señor se ha dignado hacer esto conmigo, hijos míos muy queridos, dad pues gracias por mí a tan buen Padre».

«Yo también -comentaba San Leonardo Murialdo- tengo que deciros lo mismo, oh amadísimos hermanos e hijos en Jesucristo y en San José. No debemos considerar como una grande gracia solamente la última enfermedad, con la cual Dios nos alista a entrar en la eternidad. Es suficiente que Él nos prevenga con una grave enfermedad. Mi última caída, efectivamente ha sido grave, ha sido un aviso preventivo del Señor, ha sido un inmenso favor y por ende, dad conmigo gracias al buen Dios. Confío en su bondad infinita que esta enfermedad lejos de ser ad mortem me haya sido de resurrección, a saber, un renacimiento a una nueva vida espiritual».

«Dice San Gregorio: Los dolores de la enfermedad son aldabonazos que Cristo da a la puerta. Esta en breve se abrirá y Él entrará a juzgarnos.- Este pensamiento, si cala muy hondo en el alma, no puede sino determinar al hombre a pensar y trabajar seriamente en el importantísimo asunto de su eterna salvación- ¡Quién me diera que eso suceda conmigo!»

Nuestro amadísimo Padre, aquella ocasión sanó perfectamente y pronto recobró sus ocupaciones habituales, tomando una que otra medida de prudencia para evitar una recaída.

Pero San Leonardo Murialdo que pensaba en todo, menos en sí mismo, sea que no haya observado las preocupaciones aconsejadas, sea que le sobreviniera periódicamente un renovarse de sus achaques, recayó de pulmonía y bronquitis varias veces en el curso de 6 años.

He aquí los más notables:

Enero de 1887.

Noviembre de 1888.

Marzo de 1889.

Marzo de 1891.

Enero de 1892.

De una de las dos últimas recaídas sanó casi milagrosamente, siendo el enfermero quien lo atestigua por haber tomado nota de lo sucedido.

Dice el mencionado testigo, que la enfermedad llegó a tal punto, que fue necesario efectuar una consulta de médicos. Intervino, entre otros, el Dr. Alberto Gamba. De tal consulta no resultó ningún beneficio; la fiebre subía a ojos vistas; todos rezaban temiendo oír a cada instante la noticia fatal.

«Después de dicha reunión (continúa el testigo) el P. Rector ordenó me retirara de su aposento, advirtiéndome, al mismo tiempo, que, de ser necesario, me llamaría oportunamente.

Hice como quien abandona la alcoba, pero adrede me quedé a atisbar entre la cortina y la puerta, teniendo buen cuidado de no ser descubierto. Al poco rato descorrí la cortina y me quedé de una pieza ante un maravilloso espectáculo: El enfermo sonreía endiosado, fijos los ojos en un cuadro de la Virgen, que me parece era de Nuestra Señora de las Gracias y murmuraba palabras que no pude comprender... ...A tal vista azorado, me retiré definitivamente.ultimoretrato2

De allí a poco sonó la campanilla. Me presenté al punto y me preguntó si me había quedado en el aposento. Me vino el carmín a la cara y no quise decirle que sí

-Me rogó a continuación, le renovara la cataplasma. Lo hice, ya los pocos minutos me preguntó:

«¿Qué clase de cataplasma me habéis aplicado?»

-Nada de raro,- le dije,- solamente eché algo más de mostaza.

 -Pues bien - añadió - no siento dolor alguno. ¡Deo Gratias!

Efectivamente el mal le había abandonado, mas yo estoy convencido que no fue obra del apósito sino una gracia de la Virgen.

Hacia media tarde llegó a visitar a San L. Murialdo el venerando Don Juan Cocchi de santa memoria y me preguntó:

-¿Hay esperanza con el enfermo?

-No sólo esperanza -le dije- hay certidumbre de mejoría y le conté lo sucedido.

A la mañana siguiente, venido el médico de casa Dr. Luis Amerio se puso a examinar respetuosamente al santo enfermo. Cató primero un pulmón, luego el otro y al fin con una exclamación, como ante un prodigio, recalcó:

-Disculpe Sr. Rector, ¡Usted hace milagros! Le acarició con veneración una mejilla y sonriendo concluyó: Yo aquí sobro. Así fue. Desde ese momento el Santo enfermo pudo expectorar con facilidad, continuó sin tropiezos la mejoría y al poco tiempo tuvimos nuevamente a nuestro amadísimo Padre sano y salvo entre nosotros.

El 17 de Abril de 1893 recayó con la misma enfermedad. Como en la ocasión anterior el mal le puso al borde del sepulcro. Los médicos, en junta especial, declararon enfáticamente que no había esperanza alguna terrena y que se adelantaran las diligencias que se aconsejan en tales casos.

Destituidos de todo auxilio humano volvimos los ojos al Cielo. La intervención de Don Bosco en la pasada enfermedad había dado un fruto más consolador cuanto menos esperado. Creímos, pues, que el Santo amigo de Leonardo Murialdo no desdeñaría nuestras preocupadas preces una vez más, y ahora especialmente que ya gozaba de la Gloria, en compañía de los Santos.

Se le sugirió al santo Rector que hiciera el voto de celebrar una santa Misa en la tumba de Don Rosco si alcanzara la salud. Entre tanto se dio comienzo a una novena en honor de San José, comprometiéndose Superiores y alumnos a ir en conjunto a absolver el mencionado voto y a comulgar todos en acción de gracias.

Esa misma tarde, como por obra de encantamiento, desapareció la fiebre: era el 24 de abril.

Cuando al día siguiente, por la mañana, el médico de cabecera Dr. Luis Américo, visitó a L. Murialdo, pensó que la baja temperatura era debida a los vaivenes con que la fiebre suele aparecer en tales enfermedades. Pero la mejoría era real. No mucho tiempo después, nuestro venerado Fundador ya estuvo listo para dirigirse con sus hermanos y niños a la tumba de Don Bosco para satisfacer su voto.

Esta casi repentina y milagrosa curación señala el principio de un período más o menos largo de bienestar. Muy rara vez guardó cama por el lapso de un día y pudo trabajar sin interrupción hasta 1.900, en que le sobrevino la recaída fatal que nos arrancó para siempre de nuestro lado a nuestro bendito Padre.

Estos achaques no le permitían trabajar con la misma normalidad de antes. Encargó a sus colaboradores algunas de sus ocupaciones más gravosas y se resignó a cuidar un poco mejor de su alimentación. Digo “se resignó” porque, ni siquiera con todas esas molestias corporales, quería abandonar su rigidez habitual. Hubo que luchar no poco para que nos permitiera atenderle algo mejor.

Su ansia de padecer parecía acrecentarse con la enfermedad, en vez de disminuir.

Seguía predicando, escribiendo y visitando la Congregación por todas partes. Trabajaba de día, oraba de noche; aunque no se sentía bien, practicaba inexorablemente el ayuno y la abstinencia cuaresmales.

En sus enfermedades tenía renunciada su voluntad. La palabra del médico era sagrada para él. Se levantaba de la cama o la guardaba según las indicaciones que recibía. Tomaba 1os remedios que fueran. Aun en el rezo del Breviario obedecía sin la menor resistencia pues lo decía o no, conforme al parecer del médico.

No podía pensarse en un modelo más acabado de paciencia. Le urgían por todas partes asuntos importantísimos de la Congregación o del Colegio del cual era Rector y él obedecía pacientemente a la orden de estarse clavado en el lecho.

Los hermanos que le atendían o el personal de servicio no podían menos que alabar a Dios y quedarse admirados del comportamiento del Santo enfermo: calma y serenidad inalterables, docilidad encantadora y sencilla, diríamos infantil, aun cuando las curaciones fueran dolorosas y amargas las medicinas: he aquí las disposiciones de San Leonardo Murialdo en su período de enfermedad. Recibía cada mañana la Sgda. Comunión, esforzándose, cuando podía, por observar el ayuno natural. Se disponía a ella con larga preparación, y permanecía luego en prolongada y fervorosa acción de gracias.

Prefería quedarse solo para orar a sus anchas. Parecía que no daba tregua a la oración. Ya largas horas del día empleaba en rezar, pero no se veía contento si no dedicaba a ese santo ejercicio también un tiempo considerable de la noche. Cuando había rezado bastante y necesitaba descanso, tomaba un libro espiritual de los muchos que tenía a la mano sobre el velador, y pasaba las horas leyendo y meditando. Cuando estaba ya satisfecho de haber leído y meditado tornaba a la oración vocal.

En una de estas enfermedades, testigos fidedignos afirman que Leonardo Murialdo les asombró con su continuo rezar. No había momento que dejara la oración. Su norma durante la vida fue no desperdiciar ni siquiera las migajas de tiempo, pues bien, sabiendo que el tiempo de la enfermedad es particularmente precioso, porque se puede unir la oración con la mortificación, procuraba sacar de él el mejor partido, rezando sin descanso.

Dios Nuestro Señor, varias veces lo condujo al borde del sepulcro, y se dignó devolvérnoslo otras tantas a la vida para que no perdiéramos tan presto a nuestro amado Padre, y para que, mediante el sufrimiento, su corona se acrisolara más cada día y para que nosotros, ante tan acabado espejo de perfección, aprendiésemos la paciencia y la mortificación.

topg leftg rightg contg

26. SAN LEONARDO MURIALDO FUE ESTIMADO DE VIRTUD INSIGNE

La  vida del Teólogo Murialdo  no debe estimarse solamente por el cúmulo de alabanzas que recibió ante su tumba, pues es costumbre alabar mucho a cualquier personaje que pasa a la otra vida con algún tinte de méritos ante sus semejantes.

 Más si examinamos, por otra parte, con detención las adhesiones escritas y enviadas a los Superiores de la Congregación en los funerales de San Leonardo Murialdo, no solamente nos percataremos de que  hay alabanzas en grado superlativo, sino que son expresiones muy reveladoras de la sincera y altísima estimación de santidad en que le tuvieron los autores de tales escritos. Se diría que son la explosión del afecto que profesaban hacia nuestro Fundador, o también, algo como un desahogo del corazón para rendirle pleitesía. No se trata de meros formulismos.ciamarella

En primer lugar me place poner al frente de todos los testimonios el del Emmo. Cardenal Richelmy, Arzobispo de Turín, el mimo que dice así:

«Fue un sacerdote pío, modesto, laborioso, un dechado para sus hermanos e hijos, padre de los huérfanos y guía para sus religiosos».

Monseñor Brandolini Rota, Obispo de la ciudad de Céneda, habiendo oído relatar los incidentes de su última enfermedad y muerte preciosa, escribió lo siguiente:

«No tengo palabras suficientemente elocuentes y claras para dar un juicio preciso sobre tan santo como docto sacerdote. Solamente diré que a lo largo de toda su vida, es decir, desde cuando lo conocí, le consideré siempre como un gran santo. Era decidido en la acción, ningún complejo ensombrecía su excelente carácter; era siempre atrayente por su eminente virtud; hombre de excepcional sacrificio, de ardentísimo celo por el bien de la juventud, a la cual no solamente impartía instrucción como un consumado educador, sino que le proveía también de alimento corporal y, lo que quizá más importa, les proveía de un sano y seguro medio de ganarse honradamente la vida».

El Conde y Comendador Juan Bautista Paganuzzi, ardiente promotor y Presidente de la Obra de los Congresos Católicos de Italia, cuando supo de la muerte de Leonardo Murialdo exclamó:

«El Teólogo Murialdo, uno de los soldados intrépidos del movimiento católico, compartía conmigo la dignidad de Miembro del Consejo Permanente, y así tuve la oportunidad de conocerlo muy bien. Su pensamiento, su palabra, su acción, no eran sino los de un apóstol».

Mons. Alberto Cucito, amigo ilustre y bienhechor de nuestra Congregación, a la muerte del Teólogo Murialdo quiso tejer sus alabanzas en el periódico “La Difesa” de Venecia, poniendo en evidencia el beneficio que había recibido esa ciudad con la fundación del Patronato Pío IX. Principia dando a conocer los pasos que se siguieron a fin que los Padres Josefinos fueran a trabajar por la niñez de Venecia, y cuando llega a hablar de san Leonardo Murialdo, dice que, apenas lo conoció, se dio cuenta de que tenía que habérselas con un hombre excepcionalmente sincero y recto, signos inequívocos de gran virtud.

«Su confianza en la Divina Providencia me deslumbró literalmente. Desde un principio se reveló como hombre de grandes aspiraciones, en su corazón no podía caber ni sombra de doblez; siempre estaba listo a rendirse al parecer ajeno, pues no tenía otra mira que la Gloria de Dios y el bien de las almas».

El Canónigo José Allamano, Celoso Rector del Santuario “La Consolata” de Turín, dando el pésame a uno de nuestros hermanos dijo que abrigaba la esperanza cierta de que algún día el Teólogo Murialdo empezaría a escalar la gloria de los altares mediante el proceso de beatificación. «Por la tanto, -dijo,- os recomiendo que con toda diligencia, hagáis acopio de cuantas memorias, recuerdos y documentos hayan pertenecido a vuestro Fundador pues a corto plazo os serán de suprema utilidad».

Terminó profiriendo la misma frase que, en elogio de otro ilustre Turinés, San José Cafasso, habíase dicho en una memorable ocasión: «Murialdo era hombre extraordinario en lo ordinario».

Mons. Campani, Vicario General de Regio Emilia, apenas recibió la noticia de que el Teólogo Murialdo había pasado a mejor vida, empezó a revolver sus archivos y a indagar cuándo el Teólogo Murialdo se había hospedado en su casa, y preguntado la causa de tan extraño proceder dijo:

«Quiero saber la fecha precisa en la que yo he hospedado a un Santo».

Nótese que el San Leonardo Murialdo había estado en aquella casa solamente una noche.

La conducta del Rvmo. Don Miguel Rúa, Rector Mayor de los Salesianos, es también muy indicadora de la altísima estima en la cual tenía a Leonardo Murialdo. Este santo e ilustre salesiano rogó insistentemente que se le llamara para testificar en el proceso ordinario, apenas éste fue instaurado en la Diócesis de Turín.oscarpiatella

A todo lo anotado podemos añadir la siguiente circunstancia, que para nosotros tiene ribetes de extraordinaria y es a saber: en todas las esquelas con que los amigos y admiradores de Leonardo Murialdo nos presentaron su pésame, se encuentra indefectiblemente el epíteto de Santo.  

Alguien puede decir que esto no es sino fruto del aprecio que le tenían, o por los favores recibidos; por haber gozado de una amistad personal o por otros humanos respectos, pero para nosotros esta circunstancia es muy elocuente en favor de la santidad genuina de nuestro santo Padre Fundador, pues Leonardo Murialdo fue en su porte tan modesto, en sus obras tan oculto y en su vida tan sencillo, que nunca jamás aparecieron señales de virtud extraordinaria como las que brillaron en otras vidas de santos.

Otro argumento de la santidad de Leonardo Murialdo es el continuo afluir de visitantes a su féretro, los días subsiguientes a su muerte. Durante más de cuarenta y ocho horas no se notó la mínima señal de descomposición del cadáver, como dejamos anotado arriba, y los fieles no se cansaban de tributar a nuestro venerado Padre un sentido homenaje de afecto y devoción, cual se suele prestar solamente a personas que han muerto en concepto de elevada santidad. A todos nos consta con qué santa avidez todo el mundo procuraba hacerse de algún objeto o prenda que perteneciera a Leonardo Murialdo, para llevársela consigo cual una reliquia; a todos nos consta con qué respeto tocaban objetos sagrados en su cadáver, para poder decir que tenían un preciado recuerdo del Padre Murialdo.

No faltaron tampoco personas que, a raíz de la muerte de Leonardo Murialdo, se apresuraron a elevarle preces, como a un insigne Santo, en demanda de favores especiales. He aquí un ejemplo para confirmar lo que vamos diciendo.

Había en nuestra ciudad un sacerdote, que por entonces tenía entre manos un asunto muy espinoso. A su juicio, no había salida humana posible; parecía que las cosas se iban a resolver echando un manto de deshonor sobre su persona, y lo que es peor, causando daños materiales y espirituales.

En tan críticas circunstancias, el buen sacerdote se dirigió al Colegio Josefino en donde el cadáver de Leonardo Murialdo estaba todavía expuesto a la veneración del pueblo. Allí le rogó con mucha instancia le quisiera ayudar en tan penoso trance. Regresó a su sede y con la sorpresa que se puede suponer comprobó que su contrincante había cambiado inexplicablemente de parecer y ahora concordaba con su punto de vista y así el asunto se resolvió de manera amistosa y cordial. El mencionado sacerdote no tenía la menor duda de que ésta fue una muy señalada gracia de Leonardo Murialdo que empezaba a hacer sentir su especialísimo valimiento ante el trono de Dios.

Ni se piense que ése es el único hecho de esta naturaleza, pues empezaron poco a poco a multiplicarse las protestas de gratitud por los favores recibidos. Por causas obvias no consignamos en este lugar, la serie de hechos extraordinarios que se atribuían por doquiera a la intercesión de nuestro Padre, algunos de los cuales tenían verdaderas señales de extraordinarios, como estruendosas e instantáneas curaciones; todo lo cual puede verificarse en el Proceso Ordinario que se instauró en la Diócesis de Turín.

Me place, por otra parte, consignar en este lugar dos testimonios, que revelan el carácter de Leonardo Murialdo y, en cierta manera, son un retrato moral del mismo, dándonos una idea de cuán heroica fue la virtud del santo.

El sacerdote y Profesor Don Juan Bautista Malucelli de Bassano, en una solemne conmemoración de Leonardo Murialdo dijo lo siguiente :

«Cierta vez tuve la oportunidad de tratar personalmente al Teólogo Murialdo, pues bien, bastó el primer contacto para que se me quedara esculpido profundamente en mi espíritu el retrato moral de este santo Sacerdote. Me iba repitiendo para mis adentros la descripción que del hombre prudente y sabio hace la Sagrada Escritura en el Libro de Los Proberbios: Vir Multumamabilis in societate. Un varón que ha sabido captar- se las simpatías de la sociedad. Su paso por la tierra, puede decirse que fue una estela luminosa de virtud esclarecida, de una pureza inmaculada, de una ardentísima piedad y de una humildad sin par. Puede decirse que en él se encontraban personificados un espíritu de sacrificio rayano en heroísmo, una prudencia consumada, y sobre todo un sentimiento cristianísimo de compasión para las miserias del prójimo, que el Evangelio llama Caridad. Es cierto que en muchas buenas personas pueden encontrarse rastros de estas virtudes, pero en el Teólogo Murialdo eran tan evidentes y cristalizadas en su vida, que las mismas despedían una suave fragancia, que no solamente le hacían carísimo a Dios, sino particularmente atractivo a los hombres.tumbansalud

«Para mi entender el canal por el cual se transparentaban sus virtudes al exterior era su amabilidad. ¿Quién no sabe que esa hermosa virtud, que tanto sugestiona y atrae al prójimo, es signo inequívoco de la serenidad del alma, del pleno equilibrio de las facultades espirituales; en otras palabras, de la armonía entre el alma y el cuerpo, base maravillosa para tratar con los hombres en manera digna de los hijos de Dios?

«Más este resplandor de las virtudes de Leonardo Murialdo estaba enmarcado en una envidiable modestia. Por ella no tenía la menor de las ambiciones de sobresalir o poner en evidencia sus méritos personales, y esto era lo que más suscitaba la admiración en su favor y por esto mismo todo el que tenía la fortuna de tratarle, bien sea una sola vez, quedaba prendado de su amabilidad».

El otro testimonio es del pío y docto Mons. Luis Marini, director de la Unión Apostólica de los Sacerdotes de Italia, muy conocido por su vida fervorosa y por su proverbial acierto en la dirección de las almas. Cuando este benemérito sacerdote oyó la relación de la última enfermedad y muerte del Teólogo Murialdo, expresó a los Superiores de la Congregación lo siguiente, asegurando haber vertido tiernas lágrimas ante su recuerdo. He aquí sus palabras:

«En mi vida he conocido a otra persona que tanto me haya impresionado con su santidad personal como el Teólogo Murialdo».

Más tarde, cuando nosotros le requerimos que pusiera por escrito todo cuanto bondadosamente había expresado con palabras, o simplemente por cartas, nos envió la siguiente memoria:

«Pocas satisfacciones íntimas he tenido, a la verdad, en mi ministerio sacerdotal, pero queda esculpida en mi alma, con caracteres de bronce, la impresión que me causó la vista y el trato con el Teólogo Murialdo. ¡He aquí, -me decía para mis adentros- lo que puede lo sobrenatural en un hombre!

Con este preámbulo queda descrito el Teólogo Murialdo.

Pero deseo continuar hablando de este hombre extraordinario y así declaro: Tuve ocasión de tratarle una que otra vez; y especialmente recuerdo la ocasión aquella en que yo dictaba los Ejercicios Espirituales a los Sacerdotes y Hermanos de la Congregación de San José en Turín. Cuando me daba cuenta que en mi auditorio se encontraba también el Teólogo Murialdo, confieso que las palabras se me morían en los labios. ¿Cómo podía yo considerarme Maestro de un coloso de virtud como Leonardo Murialdo, yo que me reconocía no sólo un sacerdote muy corriente sino también manchado de innumerables culpas? y ¿Qué decir cuando le vi arrodillado a mis pies para abrirme su conciencia con la candidez de un niño? En ese momento sentí aflorarme al pensamiento la expresión que dijera el célebre Joaquín Ventura cuando vio postrado a sus plantas al Santo Pontífice Pío IX. Debo declarar que los sentimientos de mi alma estaban muy en contraste. Por una parte, sentía la auténtica autoridad del sacerdote, si bien sustentada por débil caña; por otra, la virtud de Leonardo Murialdo parecía agigantarse ante mi miseria. Tenía también un sentimiento de enorme confusión, pues en esos momentos debía erigirme en juez y maestro de un varón universalmente reconocido como eminente en virtud y santidad.ultimoretrato

«Durante los Ejercicios tuve la oportunidad de conversar varias veces con este hombre de Dios, y así tuve la suerte de otear más claramente cuán insigne era su santidad, por más que procuraba velarla con una imponderable modestia.

«En aquellas entrevistas me traía a colación relatos muy interesantes de las vidas del Venerable Cottolengo, del célebre Don Bosco y de San José Cafasso. Las tales memorias me las relataba con tanto ardor y convicción, que yo me iba persuadiendo siempre más de que Murialdo no solamente se las había asimilado muy bien, sino que estaba vivamente interesado en imitar y emular los dichos y hechos de aquellos célebres personajes.

«Todos los Santos, sin duda, tienen una particular fisonomía o una virtud característica que los distingue de los demás. No podría hablar particularmente de cada uno de los admirables hombres que han vivido en estos tiempos para gloria de Turín, pero si algo he de atestiguar de Leonardo Murialdo, debo decir que lo que mayormente me cautivó en esos coloquios de Oderzo —Durante los Ejercicios Espirituales que fueron los más afortunados y los más breves de mi vida— fue su incondicional abandono en la Providencia de Dios. Recuerdo que me regaló un librito, escrito en francés, que trataba este punto muy bien, en manera muy amplia, sutil y filosófica.

«Leonardo Murialdo era de una estatura alta y enjuta, caminaba con la cabeza ligeramente inclinada sobre el hombro derecho. Quien lo miraba con un poco de atención, podía descubrir de inmediato al hombre profundamente ascético, que, por más esfuerzos que hiciera por esconder su virtud, ésta se transparentaba en todas sus actuaciones.

«Se me ha dicho, sin embargo, que ni siquiera las personas que hubieron vivido un largo periodo de tiempo con el Teólogo Murialdo podían descubrir fácilmente lo acendrado de sus virtudes. Esto revela el grado admirable de modestia a que hubo llegado Leonardo Murialdo, pues pudo ocultar sus eminentes virtudes a aquellos mismos que estaban continuamente a su lado.

«En sus últimos años debió sufrir mucho, pero pocos, a la verdad, se dieron cuenta de ello. Era siempre el hijo bueno y confiado en la Divina Providencia que, cual solícita madre, algún día le hubiera solucionado todos sus problemas. Todo era para Leonardo Murialdo la Divina Providencia. Debía atender a centenares de niños que tenía recogidos en la Avenida Palestro de Turín, tenía que dirigir y fomentar la Congregación de los Padres Josefinos que él mismo fundara, pero descansaba tranquilo en sus maternales brazos. Yo, siempre que le he visto, le he encontrado de humor igual: ni excesivamente triste ni excesivamente alegre, parecía la virtud personificada. El sabía perfectamente que ninguna fuerza humana, ni preternatural, ni el mismo infierno podrían cambiar de rumbo los acontecimientos. Más bien estaba seguro de que todo, absolutamente todo, estaba regulado por la bondadosa mano de Dios. De aquí que todo su empeño no era solucionar los problemas materiales, sino entregarse a la virtud, entregarse a la perfección cristiana y enseñarla a sus hijos y jóvenes. Tomaba como norma de Gobierno la sentencia de la Sabiduría: Attingit a fine usque ad finem fortiter et disponit omnia suaviter. (Ella despliega su fuerza de un extremo hasta el otro, y todo lo administra de la mejor manera. (Sab 8,1) «La Providencia —decía— puede sacar bienes de los males y cambiar los obstáculos en medios para el fin. Tal sucedió a José el Hebreo: jamás estuvo más cerca del trono de Egipto como cuando se le echó a la cárcel».        

«Sabía muy bien que Dios le amaba más de lo que él mismo pudiera hacerlo, sabía que Dios conocía todas sus angustias y sufrimientos, sabía que las deudas y las preocupaciones por la Congregación y sus pupilos estaban muy presentes a sus Divinos Ojos, y en esa seguridad descansaba tranquilo, y podríamos decir hasta despreocupado, seguro como estaba del porvenir, del tiempo y de la eternidad». 

Pongo fin a este capítulo con un testimonio, que es digna corona a todos los que hasta aquí se han consignado, el mismo que no es solamente un testimonio como los demás, sino que, simultáneamente, es estimabilísimo presagio de que algún día le veremos a nuestro amadísimo Padre aureolado con la gloria de los santos mediante la exaltación oficial de la Santa Iglesia. Este testimonio es nada menos que del Santo Padre Pío IX, que no una, sino muchas veces tuvo ocasión de tratar a Leonardo Murialdo.ultimoretrato3

Cuando el nombrado Pontífice era solamente Obispo de Mantua fue ascendido al Patriarcado de Venecia. Leonardo Murialdo pensó cumplir con un estricto deber al presentar sus respetos y enhorabuenas al nuevo patriarca. Mas, como no era conocido aún personalmente por Mons. Aquiles Rati, pidió una recomendación a Mons. Alberto Cucito, quien, en cambio, gozaba de su favor. Éste a su vez, muy bien relacionado con Leonardo Murialdo, a causa de la fundación del Patronato “León XIIl”, accedió de muy buen grado a presentarle al Card. Rati y lo hizo en estos términos:

«Va a visitar a Vuestra Eminencia el Teólogo Murialdo, y me adelanto a decir que Vuestra Eminencia va a tratar esta vez con un sacerdote de la fama de Don Cottolengo y de Don Bosco».

El Cardenal, respondiendo a la Carta de Don Alberto Cucito, le expresaba que, efectivamente, al cabo de la entrevista con nuestro Padre Fundador, él compartía plenamente su parecer. «Pues, -afirmó- he visto en el alma de Leonardo Murialdo cualidades tales que no solamente le hacen acreedor a la más sincera estimación, sino a una verdadera y genuina veneración como a un santo».

Cuando Leonardo Murialdo voló al cielo, el santo Patriarca exclamó : «Ha muerto un Santo!».

Y como si este testimonio no bastara, tenemos otro del mismo Altísimo Personaje, nada menos que cuando ya ceñía la Tiara, con el nombre de Pío IX.

Este documento se encuentra en la Vida de santo Domingo Savio, escrita por el Ilustre Mons. Carlos Salotti y Vice-promotor de la Fe.

Cuenta este ilustre eclesiástico que, por razones de su Oficio, pidió una audiencia al Santo Padre Pío IX.

Se la concedió y «Fue —dice— una audiencia de suavísimas emociones. El Papa me habló con ardor de los Santos de Francia e Italia. Tejió también un himno de alabanzas al Bienaventurado José Cafasso del cual era entusiasta y excepcional admirador. Al hablar de este Santo, tuve también la oportunidad de hacer el nombre del Teól. Murialdo. Al oír este nombre se iluminó el rostro del Pontífice y con voz suave dijo estas textuales palabras: «¡Oh Murialdo! ¡He aquí otro apóstol digno de subir a los altares! Yo le conocí personalmente y me quedé prendado de sus virtudes. Me ha dejado la íntima convicción de que él era un santo y ¡un gran santo!».murialdoselfie

«Habiéndole notificado, a continuación, que los Padres Josefinos me habían elegido a mí para defender la causa de su Fundador ante la Congregación de los Ritos, el Santo Padre añadió: «Gozo por esta circunstancia. Defendedla, la causa de Murialdo os dará lustre. Pero apresuraos, procurad interesar eficazmente al Promotor de la Fe a fin de que se tramite lo más pronto posible al estudio de esta hermosa causa que la tengo en mi corazón».

Diez años después de la muerte de nuestro Fundador, y cuando ya se había propagado suficientemente la fama de sus virtudes, el Emmo. Cardenal Richelmy, Arzobispo. de Turín, mandó instaurar el Proceso Informativo de la Vida y Virtudes del P. Leonardo Murialdo. Se conformó un Tribunal para el efecto, el cual comenzó sus labores el 9 de Junio de 1910 y las terminó el año de 1914, a saber cuando los autos respectivos fueron llevados a Roma para ser examinados por la Sagrada Congregación de Ritos.

Entretanto los restos mortales: de nuestro Fundador fueron exhumados del cementerio común y transportados a la Iglesia Parroquial de Santa Bárbara, en donde se los depositó con toda solemnidad en la Capilla de San José que está frente a la Sacristía.

Allí se le erigió un monumento de mármol que lleva la siguiente inscripción:

 

A

LEONARDO MURIALDO

SACERDOTE SEGÚN EL CORAZON DE DIOS

APÓSTOL DE LA CARIDAD

RECTOR DEL COLEGIO TÉCNICO DE TURÍN

POR XXXIV AÑOS

QUIEN

EROGÓ TODOS SUS HABERES

Y SE OFRECIO A SÍ MISMO EN HOLOCAUSTO

EN PRO DE LA JUVENTUD ABANDONADA

VIVIÓ DÍAS COLMADOS DE MERECIMIENTOS

Y AUN SOBREVIVE

EN LA PÍA SOCIEDAD DE SAN JOSÉ FUNDADA POR ÉL.

------------------------------

ESTA LÁPIDA y MONUMENTO

ERIGIERON SUS HIJOS

COMO PRENDA DE AFECTO IMPERECEDERO

----------------

LAUS DEO ET B. M. V. ET S. JOSEPH

 

topg leftg contg

Encuestas

Implícate: ¿Cómo te gustaría colaborar con nosotros?

OPINA
Ayúdanos a mejorar nuestro nuevo sitio web con tus sugerencias. ¡¡Escríbenos!! _____________

F@D MURIALDO
¡una excelente oportunidad de formación murialdina! ¡Inscríbete en un curso! Te sorprenderás: es sencillo, es formativo

_____________

FUNDACIÓN L. MURIALDO

_____________

Implícate
Colabora con con nosotros en proyectos sociales y de acción solidaria.

_____________

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Más información