21.- CARIDAD DE SAN LEONARDO MURIALDO

San Leonardo Murialdo ardió siempre en su vida de una insigne caridad. Por supuesto la principal preocupación era su propia santificación; en lugar inmediato estaba el ansia de socorrer a los infelices y subvenir a sus necesidades.

Si se alistó en las filas del sacerdocio, no fue ciertamente tras un sórdido interés, sino por trabajar en bien de las almas. De allí que desde un principio empezó por visitar cárceles, hospitales, asilos y especialmente a dirigir Oratorios.

conjovenComo le devoraba un ardentísimo celo por la gloria de Dios, tomó a su cargo numerosas obras de caridad. Poco a poco Dios se encargó de ir cercenando de sus ocupaciones aquellas que no eran según sus adorables designios, al cabo se quedó solamente con las obras de apostolado juvenil, campo en el que gastó su vida toda, hasta el día de su muerte.

Una vez que entró a trabajar en el Colegio Técnico de Turín y, apenas coligió claramente que esa era la voluntad de Dios, se entregó a esas almas con una dedicación y generosidad sin precedentes. Entre ellos vivió por 34 años, preocupado únicamente de su sustento material y de su educación cristiana.

Los amaba tan entrañablemente que para acudir en su ayuda, renunció a cuanto poseía: dinero, salud y su misma vida.

Jamás percibió estipendio alguno; más bien su fortuna toda, que no era exigua, la liquidó totalmente por sus pobrecitos jóvenes. Trabajó, eso sí, por el más puro amor de Dios, y su ansia era solamente por los tesoros del Cielo. Llevó una vida trabajada, se afanó sin tregua, hecho el servidor de todos. Su único consuelo fue consolar a sus hijos: los artesanos de Turín. Cuando reposaban tranquilos en sus dormitorios, entonces pensaba en sí mismo no ciertamente para ir a tomar un merecido descanso en su lecho, sino para apagar su sed de oración: largas horas de la noche pasaba en íntima conversación con su Dios, arrodillado ante el Santísimo Sacramento.

Aunque de carácter fuerte y vivaz, nunca se le vio descomponerse ni en palabras, ni en obras. Se esforzaba sin tregua por aparecer dulce y afable.

Este porte de afabilidad lo mantenía con todos. Sus facciones nunca se vieron contraer para exteriorizar mal humor o impaciencia; antes bien su rostro respiraba serenidad y sus labios dibujaban continuamente una sonrisa encantadora. Aun abrumado por urgentes e innumerables ocupaciones no perdía la paz; respondía con calma y gracia; su gentileza no venía a menos ni siquiera con las personas groseras. Jamás reprendió con altanería o con malas maneras.

He aquí como se expresa al respecto el P. Jerónimo Apolloni, Josefino:

«No me acuerdo haber visto alguna vez que la gentileza y buenas maneras del Teólogo Murialdo se desmintieran ni conmigo mismo, ni con otro alguno. No me acuerdo haberlo visto alterado ni siquiera con las personas importunas: se mantenía siempre bondadoso y alegre en todo lugar y tiempo. Lo que recuerdo, en cambio, es que yo mismo le he pedido sus servicios a avanzadas horas de la noche, y nunca dejó de complacerme sobrecargado de ocupaciones y fatigado por el trabajo de todo el día, especialmente en el período de Ejercicios Espirituales: mas nunca le oía quejarse del peso del trabajo ni siquiera una palabra relativa a su cansancio.

De los hermanos, niños o personas con quienes san Leonardo Murialdo trataba, sólo se oía un coro de alabanzas de esta suerte: Oh, cuán gentil y bondadoso es ese hombre. ¡Es un santo!»

Le disgustaba enormemente regañar. Si era necesario, lo hacía; pero la pena se le pintaba en el rostro y antes de hacerlo iba a consultar a Jesús en la Capilla: luego hablaba con dulzura y con firmeza. Se dejaba inducir facilísimamente al perdón: bastaba que el culpable diera alguna leve muestra de arrepentimiento y mostrara buena disposición para enmendarse. Sin embargo, cuando se trataba de salvaguardar la moral o el bien de la comunidad era inexorable. Haciendo una grave violencia a su carácter, cortaba por lo sano el miembro corrupto, sin miramientos de ninguna clase.

Cuenta un hermano que cuando él era niño recibió una dulce reconvención del P. Rector, la misma que le penetró hasta el fondo del alma; pero lejos de reaccionar airadamente, resolvió portarse muy bien. Corno botón de muestra, de entre innumerables hechos que se cuentan al respecto, consignaré aquí uno, ocurrido en la villa de Mottera. Son palabras de un hermano nuestro que debía servir el desayuno al Padre Rector.

Para la ocasión se sacó a lucir un hermosísimo y fino juego de té.dibujosmurialdo302

El postulante, sin caber en sí por la satisfacción de servir santo, trajo la azucarera, la posó en la mesa, pero con tan mala suerte, que la azucarera se deslizó y cayó al suelo haciéndose mil pedazos. Las mejillas del infortunado joven se encendieron, sus ojos se nublaron y manteniéndolos clavados en tierra se esperaba una segura reprimenda. Mas no sucedió así. El manso Padre Murialdo, ante la confusión del postulante, que así reparaba ya su ligereza, se contentó con darle ánimo diciéndole: «Una desgracia puede suceder a cualquiera». Tal gesto de extremada dulzura vino al conocimiento de todos los de la casa, quedando los mismos muy edificados.

Otra vez, cuando el Santo Sacerdote regañó, con toda justicia, a un hermano, éste, herido en su amor propio tuvo la osadía de darle descomedidas respuestas. El santo, lejos de mostrarse ofendido calló. Mas, algunos minutos después, recapacitando el culpable sobre su conducta nada virtuosa, sin tener el valor de ir a la cama con el peso de un tal remordimiento, fue a la celda de su Superior. Allí se echó a sus pies y le pidió perdón. L. Murialdo le acogió con benevolencia. Ni siquiera mencionó el doloroso asunto, le dio la bendición y nadie más en la Comunidad habló de lo sucedido.

Otro hermano, saliendo de la alcoba del Santo Rector en donde había recibido un reproche, decía en alta voz: «¡Oh culpa venturosa! Con esta ocasión he escuchado cosas muy bellas de la boca de nuestro Padre!»

Su gobierno nada tenía de autoritario en los súbditos, prefería hacer él mismo las cosas, y no contristarlos de ningún modo. En cuanto al trato con las personas, era siempre de una fineza y humildad excepcionales. Nunca tocaba a nadie. Su conversación era modesta. Bien se le podía aplicar aquel pasaje evangélico de San Mateo: No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. (Mt 12, 19)

Esta misma norma, constantemente practicada por él, procuró sembrar muy hondo en el espíritu de sus hijos, tanto que les dejó como testamento espiritual.

Aun las personas de servicio trataba, como enseña San Francisco de Sales: «No reprenderles con palabras descompasadas y procurar que las disposiciones sean súplicas y no órdenes autoritarias».

Mayor delicadeza mostraba en el gobierno de los hermanos. No solicitaba servicios personales para él. Si alguno los hacía por deferencia, espontáneamente, su reconocimiento parecía no tener término.

No me acuerdo haber oído de su boca alguna expresión injuriosa para el prójimo, tal por lo menos que atribuyera a alguien mala voluntad. Al contrario, aun ante faltas evidentes, procuraba excusarlas, atribuyéndolas, por ejemplo, a ignorancia o cosa parecida. Las expresiones humillantes para denigrar conductas ajenas no podían ni siquiera suponerse en el santo.

Sobre todo en la conversación era donde brillaba con mayor esplendor su exquisita caridad. Tenía un cuidado sumo en evitar cualquier murmuración. No acostumbraba hablar de los defectos ajenos y los puntos débiles que cada cual tiene, o no los conocía, o guardaba al respecto un riguroso silencio. No me recuerdo de haberle oído nunca hablar mal del prójimo.

Cuando no podía hablar bien de alguno, procuraba por lo menos disminuir su culpabilidad o poner de manifiesto sus buenas cualidades.

Un sacerdote decía la Misa con excesiva rapidez. Pues bien, aunque la cosa era pública, san Leonardo Murialdo no decía palabra al respecto, pero cuando vino a saber que la causa de esa conducta podía ser cierto defecto natural, se apresuró a ponerlo de relieve a fin de que cesase el escándalo y el mencionado sacerdote no perdiera su buen nombre.

Cuando en su presencia se denigraba la conducta de alguien, lejos de participar de esa conversación contraía sus facciones con una seriedad majestuosa que hacía morir las palabras en los labios del murmurador. Ni siquiera tratándose de personas públicas y notoriamente malas, toleraba que se hablase mal. Es cierto que no aprobaba su vida, pero tampoco hablaba de ellas con desestima.

Procuraba no menoscabar aunque fuera mínimamente el buen nombre de sus jóvenes. Acerca de sus defectos mantenía un secreto riguroso. Si acaso alguna vez era menester hablar de ellos, lo hacía en aquella. medida que era estrictamente necesaria, y aún así, se le notaba en su rostro paternal cierto rubor que no podía ocultar. En todo caso hablaba solamente con las personas a las cuales competía saber estos secretos.

Aún con aquellos que habían sufrido la pena de expulsión del Colegio, tenía buen cuidado de no menoscabar su fama ante sus compañeros, a menos que no fuese necesario reparar el escándalo.

Por su cargo había venido a tener conocimiento de muchas flaquezas de las familias de sus pupilos, mas nunca las reveló sin necesidad, antes bien procuraba disimularlas para que sus jóvenes fueran siempre tratados con mucha consideración.

Además, no tenía predilecciones o antipatías para alguno. Nadie podía decir que alguien fuese más amado que otro, tal era su control e imparcialidad en el amor que prodigaba indistintamente a todos. dibujosmurialdo309

En honor a la verdad, debemos decir que, si alguna predilección tenía, era para los menos dotados, tanto en el cuerpo como en el espíritu. Lo cual le honra a Leonardo Murialdo, ya que es la expresión más delicada de la caridad de Cristo. De esta suerte, aunque amaba a sus jóvenes con ardor, no usaba prodigarles caricias o ternezas, pues sabía muy bien que tales muestras de afecto más son de daño que de provecho para los jóvenes. Lo que sí le preocupaba era el bien verdadero de los niños y de los hermanos. Para todos tenía una solicitud, diríamos maternal, en cuanto a su salud. En altas horas de la noche se paseaba por los dormitorios; hacía circular un poco de aire si era necesario o también impedía el paso del frío. Si alguien estaba sin cobijo lo reparaba al punto y tal tino empleaba, que casi nunca se daban cuenta los jóvenes de su presencia. Durante muchos años se había tomado para sí la enojosa y pesada tarea de despertar a aquellos que tenían necesidad de levantarse por la noche y se mantenía en pie hasta cuando todos se habían acostado y conciliado el sueño de nuevo. Es de notar que tal diligencia muchas veces la hacía dos veces en una misma noche.

Es imponderable su cuidado para los enfermos. Los visitaba a menudo a fin de que no fueran presa del fastidio; y para remover todo peligro de pecado, se ingeniaba por tenerlos útilmente ocupados.

He aquí alguno de sus ardides, reveladores de una caridad no pocas veces rayaba en heroísmo: pasaba a verlos durante la noche para darse cuenta en persona de las fases de la enfermedad. Si acaso los encontraba insomnes se sentaba junto a su cama para conversarles de Dios o de otras cosas atractivas, no cuidando para nada de sí mismo.

Si la enfermedad se hacía grave, sus visitas menudeaban más todavía. Se levantaba 3 ó 4 veces por la noche para ir a ver al enfermo. En casos urgentes quedaba a su cabecera toda la noche o varias noches consecutivas, para disponer al paciente al tremendo paso a la eternidad.

Lo he observado detenidamente y así puedo asegurar que de los 4 ó 5 alumnos que murieron en el Colegio durante su rectorado, todos fueron asistidos por él en su último trance, aunque el período de crisis se prolongara por varios días y noches consecutivas y por más que los pequeños enfermos pusieran a dura prueba su paciencia.

No desamparaba a los enfermos que, por una u otra causa, habían salido del Colegio a su propia casa o al hospital. Los visitaba con frecuencia y gastaba tiempo considerable en distraerlos con santas conversaciones. Por otra parte no era muy amigo de permitir que los jóvenes enfermos salieran a restablecerse a sus propias casas o a los Hospitales, primeramente para continuar en la santa costumbre del Teólogo Berizi su predecesor y luego porque en los hospitales públicos bien hubiera podido suceder que, consiguiendo la salud del cuerpo, salieran con el alma muerta.

Si tanta solicitud desplegaba con sus alumnos enfermos, ¿cuál no sería ella cuando se trataba de sus hijos, los Josefinos? Muchos tuvieron el consuelo de tener, merced a sus exquisitos cuidados, una muerte envidiable, fruto sazonado de nuestra humilde Congregación.

Otro aspecto de la caridad de San Leonardo Murialdo es la gentileza que gastaba con sus hermanos.

Fue una vez con un Josefino a pasar unos días de vacaciones en la quinta de Chialamberto. Llegaron cuando la noche todo lo envolvía. L. Murialdo, con ese instinto de los santos, se dio cuenta que su compañero estaba muy cansado y así le convidó a descansar en el cuarto destinado para sí. ¿En dónde pasó Leonardo Murialdo la noche? Todos fácilmente coligieron que a los pies de Jesús Sacramentado.

Así mismo otra vez, quizá con mayor sacrificio aún, cedió su alcoba a un hermano maestro con fiebre que llegó de Génova sin previo aviso.

No había más cama disponible que la del Padre Murialdo.

Aquí consignamos otro rasgo de su exquisita caridad: cuando todavía el santo gozaba de una robusta salud, tenía una marcada predilección por las ascensiones a los Alpes. En cierta ocasión había organizado una al monte Asinaro. Cuando la expedición había llegado al Santuario de San Abaco, situado a las faldas del monte, he aquí que un hermano, de complexión grácil, manifestó que preferiría quedarse en aquel punto hasta el regreso de la alegre caravana. El buen Padre no podía dejar solo a su amado hijo y así, exhortando a que los demás siguieran adelante, él se quedó contento a acompañarlo, diciendo, para ocultar su sacrificio, que de ese modo podría rezar y leer a su talento.

Otro hermano nuestro depuso: «La mirada de nuestro Padre disipaba la tristeza en los momentos difíciles e inundaba el alma de una dulce paz. Tuve el consuelo de recibir sus visitas dos veces durante mi penosa y prolongada enfermedad en 1898, cuando yo me encontraba en la Quinta Agrícola de Rívoli y en el Hospital de Cottolengo. La primera vez me dijo: «Oye, recemos tres Ave María a la Virgen y luego dejemos que Ella disponga de nosotros como quiera». Al cabo de esa oración me bendijo y me dirigió una paternal exhortación. Entonces me sentí completamente reanimado. A los veinte días tuvo lugar su segunda visita. Me dio de nuevo su bendición y -debo confesarlo- sentí que la esperanza de recobrar la salud se me agigantaba y sentí también que una infinita gratitud había nacido en mí para nuestro Padre. Si ahora me encuentro en el número de los vivos, no obstante el veredicto contrario de los médicos, pienso que ello se debe a las oraciones que el Fundador rezó sobre mi lecho y su santa bendición. Tengo yo esa firme convicción y creo no sea infundada».

Un acólito Josefino tuvo también la fortuna de experimentar la caridad del santo. He aquí cómo se expresó, cuando era ya sacerdote: «Cuando yo estaba postrado en la enfermería y cuando más arreciaba el mal, el P. Murialdo solía acercarse a mi cama y pasaba largas horas junto a mí, rezando y exhortándome a la paciencia. Una consideración que siempre me sugería era: «Procura, hermano, sufrir por amor de Cristo esta enfermedad, así te asemejarás siquiera en algo a Él». Cuando el mal me atormentaba más, lo veía llegarse a mí varias veces durante la noche. Cuando sentía alguna mejoría se presentaba con una sonrisa angelical, suya peculiar; me ayudaba a meditar o me leía algún trozo de la vida de los santos. 

Otras veces, para aliviar mi situación, jugaba conmigo a las damas pero tenía buena advertencia de perder la partida, para darme a mí la satisfacción de ganar.

También resplandecía con vivísimos detalles su Caridad cuando trataba con los padres de los alumnos. Cada día puntualmente bajaba al locutorio de la una a dos de la tarde para atender a solicitudes, en vez de tomar un pequeño descanso como se lo merecía. Trataba a todos con el máximo respeto. No obstante sus ansias de hacer todo el bien posible, no podía satisfacer sino a contadas peticiones de las numerosísimas que se le presentaban. Con todo tal era su delicadeza que nadie se sentía rechazado; al contrario a todos acogía con benevolencia. Escuchaba con atención la relación interminable y casi invariable de las miserias que motivaban su presencia. De ser posible, aceptaba al postulante; si no, proveía de otro modo, v .g., recomendando a alguna institución similar; pero, en todo caso, dejaba en todos una lejana esperanza por lo menos. Esta clase de audiencias no pocas veces duraban unas dos o tres horas sin que el buen Padre diera señales de impaciencia. Tenía por norma no despedir a nadie. El interesado tenía que tomar esta decisión. Al partir, todos llevaban en el alma un gratísimo recuerdo, es decir el de haber tratado con un sacerdote todo encendido en la caridad de Cristo, no importaba que no hubieran alcanzado el objeto de su visita.

Al aceptar a un joven en el Colegio, no se detenía precisamente en las condiciones materiales del prospecto. En primer término colocaba la cuestión moral y, pudiéramos decir, que la cuestión económica la relegaba al último lugar, otras exigencias puramente materiales, simplemente no las tomaba en cuenta.

En cierta época el Colegio pasaba por estrecheces particularmente angustiosas en lo económico, pero ni aún así escatimaba sus limosnas para aquellos que padecían verdadera necesidad. Fácilmente se le inducía a bajar las pensiones prefijadas y si el tutor o bienhechor de algún alumno no pagaba total o puntualmente lo convenido, no era ello causa bastante para despedir a un niño del Colegio.

Y cuando la divina Providencia consoló finalmente a su siervo con generosas donaciones, él empezó entonces a desplegar su bondad en gran escala. En los últimos meses de su vida acogió gran número de alumnos pobres en el Colegio, tanto que hubo necesidad de abrir una sucursal de niños obreros en Rívoli.

Entre los que imploraban su caridad los había también que pedían simplemente limosna. Nuestro santo Fundador no tenía la costumbre de socorrerles con dinero, pero lo hacía con enseres o vestidos, o consiguiéndoles colocaciones o recomendándolos a personas o entidades capaces de ayudarlos.

Es de notar que esta clase de clientes los tenía numerosos y le eran una verdadera y pesada cruz. Como San Leonardo Murialdo gozaba del favor de muchas personas ricas, a ellos los remitía con una esquela. A veces patrocinaba la causa personalmente para colocarlos en algún buen empleo o buscarles una plaza en algún hospital o asilo. Por cuanto el Colegio atravesó de por vida de su Rector por una situación estrechísima, Leonardo Murialdo no podía socorrer a los pobres conforme era su compasión; no obstante para algunas familias era su verdadero tutor y padre. Hacia los últimos días de su vida acogió bajo su protección a una de ellas, penosamente perseguidas por el infortunio. Hallándose ya en el lecho de su última enfermedad, quiso escribir una carta, dictando en su favor urgentes providencias. Descendió de la cama para cumplir este acto de caridad. Por la noche le subió la calentura que, lejos de amainar, le condujo al sepulcro. San Leonardo Murialdo, podemos afirmarlo, murió practicando la caridad.

Si bien se prodigaba admirablemente para sus hermanos y alumnos, no faltaba a la deferencia debida para sus propios parientes. Los tenía numerosísimos, y para todos tenía muestras del más grande aprecio que otra cosa no eran sino rasgos de exquisita caridad. En los primeros años de su Rectorado sintió no poco la separación de sus familiares, tanto más que éstos se oponían a que San Leonardo Murialdo se sacrificara allí tan generosamente. Por ello los visitaba frecuentemente y aún cada día los acompañaba en el almuerzo o la cena. Poco a poco, sin embargo, fue separándose de su compañía. Después de algunos años, sus visitas a la familia eran por demás raras.

Ello no significa que había roto las excelentes relaciones de cordialidad que le unían a su hermano, a su cuñada y a sus sobrinitos; al contrario, tuvo buen cuidado de asistirlos amorosamente en sus asuntos materiales, con sus directivas y consejos siempre muy estimados.

Especial predilección mostró siempre a un sobrino suyo de nombre Germán por su vivacidad, buenas maneras y clara inteligencia. El padre había puesto en él justamente sus mejores esperanzas, mas la muerte le sorprendió en la primavera de su vida. A San L. Murialdo seguramente le costó mucho esta prueba dolorosa pero, como su único anhelo era el cumplir de la voluntad de Dios, a ella se sometió con entera resignación.

Otro sacrificio quizá más penoso que el anterior fue el fallecimiento de su hermano Ernesto, Doctor en Leyes. Seguramente Dios, viéndole listo para gozar de la recompensa se lo llevó, cuando menos se pensaba, pues era de robustísima constitución. Durante su larga enfermedad y especialmente durante la lenta y dolorosísima agonía, L. Murialdo le prodigó los más solícitos cuidados como hermano y como sacerdote.

La pobre viuda, su cuñada, y sus sobrinos, tuvieron un gran consuelo en aquel doloroso trance, sintiéndose al lado de San Leonardo Murialdo, quien, no obstante estar sobrecargado de ocupaciones, tuvo el tiempo de despachar los asuntos que vinieron a flote con la muerte de su hermano.

Como San Leonardo Murialdo tenía varias hermanas que habían tomado estado, frecuentemente recibía las visitas de unos y otros familiares. A todos acogía con extrema bondad y complacencia, y aún no desdeñaba alegrar sus pequeñas fiestas de familia con su presencia. En no pocos casos él mismo bendijo las nupcias de sus parientes y mostraba grande gozo al bautizar algún sobrinito, preciándose mucho del parentesco cristiano más que del carnal.

Pocos meses antes de su muerte accedió gustoso a bautizar a un sobrinito, hijo de una sobrina en un pueblo llamado Pollone. Sólo su caridad pudo allanar las dificultades, pues su salud estaba ya muy quebrantada. Si bien para ese viaje se tomaron todas las precauciones, su delicada salud sufrió no poco y aquella fue la última fiesta que gozó en el seno de su familia.

Cuando algún pariente suyo llegaba a los últimos momentos de su vida, corría a su cabecera para auxiliarlo amorosamente. Dios sabe cuántos le deben su eterna salvación. En estos casos se resignaba plenamente a la voluntad de Dios y tenía palabras de inmenso consuelo para los deudos. Una vez un sobrino suyo murió trágicamente al ascender a cierta cumbre de los Alpes. Nosotros no podíamos decidirnos a comunicarle tan infausto suceso. Cuando lo supo, mostró una envidiable resignación, adorando los designios divinos y voló a consolar a los parientes del extinto.

De esta suerte el amor a sus parientes era ordenado y santo. Más amaba a sus almas que sus cuerpos. Jamás solicitó apoyo material y peor aún herencias, si bien tenía miembros de familia riquísimos. El mismo en su testamento no dejó a nadie ninguna clase de bienes materiales, pues todo lo había ya empleado en beneficio de sus hijos: los niños obreros de Turín. Les dejó eso sí el tesoro de sus buenos ejemplos y la segura promesa de su poderosa intercesión en el Cielo.

Aquí me place también consignar el recuerdo cariñoso que guardaba para sus queridos parientes difuntos.

Cada año celebraba la Santa Misa por sus virtuosos padres o por los parientes más próximos. Hasta sus últimos días conservó cariñosamente una tradición familiar: congregarse toda la parentela en su quinta de Santa Margarita para rezar por todos los amados difuntos de su familia.

Una exhortación preferida en el confesionario era precisamente ésta: observar la caridad particularmente en las palabras. Una de las recomendaciones que hizo en el lecho de su última enfermedad fue que se conservara siempre el buen acuerdo y la caridad.

En las conferencias a sus hermanos e hijos los Josefinos les inculcaba: "Sean mansos en el trato con los niños", y a los Superiores: "Usen dulzura en su gobierno". Su guía en este argumento era una preciosa obrilla del P. Binet.

Hermosa, sobre todo encomio, encontramos esta máxima que cierta vez dio a un hermano para corregir a cierto jovencito díscolo:

"Si te cae entre manos, háblale con la mayor dulzura que puedas. ¡Quién sabe si con un poco de miel se pueda atrapar a ese moscardón!"

Los hermanos, que aunque en número escaso, le tenían por su confesor, tuvieron la ocasión de experimentar cuán dulce y suave era su caridad.

Este aspecto del ministerio sacerdotal lo ejercía con un celo en verdad apostólico. Todos sus penitentes atestiguan que lograban inmenso provecho. He aquí el testimonio de uno de ellos: "Cada vez que me acercaba para confesarme con el siervo de Dios sentía un consuelo casi sensible y mi alma se inundaba de dulcísima paz al escuchar sus consejos". A veces tocaba ciertos puntos que yo no había mencionado. Yo me quedaba maravillado y pensaba que quizá Dios le había dado el don de escrutar los corazones, y que el P. Murialdo, por humildad, lo escondía celosísimamente.

De esta manera la caridad, junto con la humildad, formaron su característica, la misma que quiso fuera el sello distintivo de los Josefinos, medio de santificación personal y de salvación para tantos pobres niños.

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