20.- ESPÍRITU DE ORACIÓN DE S. L. MURIALDO

Nuestro amadísimo Padre y Fundador fue hombre de acción y de oración; mejor dicho, más que de acción, de oración. Trabajó sin descanso por sus jóvenes artesanos y por sus religiosos, pero más que todo, rezó por ellos. A fuer de grande santo, sabía muy bien que nada vale el empeño humano, si no lo fecunda la gracia de Dios.dibujosmurialdo215

El que estas líneas escribe tuvo la suerte de conocerlo desde muy joven. Pues bien, el recuerdo que más perdura en mi mente es el de Leonardo Murialdo arrodillado delante del Smo. Sacramento, arrobado como un ángel. Quien lo contemplaba en esa postura, llevaba infaliblemente la más íntima persuasión de que se estaba delante de un grande santo. Se cuenta de San Alfonso María de Ligorio que su vida de estudiante y sus primeros años de Sacerdocio los saturó de espiritualidad, con incesante oración y frecuentes visitas a Jesús Sacramentado: Leonardo Murialdo hizo l0 propio. Durante los 34 años que tuve la suerte de convivir con él, me he percatado, cada día con mayor convencimiento, de que L. Murialdo era hombre eminentemente de oración. Ni se crea que descuidaba sus obligaciones por rezar, sino que cada acción iba cortejada de oración. Cuando sus ocupaciones no le dejaban tiempo durante el día, robaba horas a su descanso por la noche, para satisfacer su ansia de rezar.

Al tomar a su cargo el Colegio de Turín, como queda apuntado en otro lugar, las condiciones del mismo estaban lejos de ser halagüeñas. Con el tiempo se agravaron hasta lindar con lo catastrófico. Pareció a veces que su ruina era irreparable e inminente, pues ningún apoyo humano se vislumbraba. Mas L. Murialdo escudriñó los cielos y entrevió allá arriba la solución de sus problemas. Así es que tomó el generoso partido de rezar incansablemente: Dios no podía desoír los gemidos de tan ilimitada confianza. Su día era una sucesión de ingratas tareas: ya golpear, sin fruto quizá, las puertas de los poderosos; ya amortiguar el arremeter impetuoso y no pocas veces brutal de sus acreedores. A nosotros nos parece un milagro de resistencia y de fe, una vida tan trabajada y tan larga; pero todo lo explicamos pensando que, cuando la noche devolvía la calma al Colegio, L. Murialdo se refugiaba en la pobre Capilla de la casa, a contarlo todo al Dios Eucaristía que dijo: «Venid a mí todos los que andáis trabajados, que yo os aliviaré».

Al cabo de largas horas pasadas en dulce conversación con su Dios, sin más testigos que la luz de la lamparilla, estaba listo para luchar con denuedo, no sólo el día venidero, sino todo el tiempo que así lo dispusiere la Providencia.

He aquí su vida por años y años. Su ardentísima fe le infundía fuerza y reanimaba su confianza, aunque su oración, por lo pronto, no le diera los frutos apetecidos. Su oración, al cabo, le salvó. Después de 34 años de bregar tan penosamente, el cielo se enterneció, y L. Murialdo vio, antes de morir, asegurada para siempre, su tan amada obra.

No rezaba tan sólo por el feliz desenlace de la maraña económica, sino también por sus jóvenes. El día lo pasaba en componer la maquinaria financiera para que no diera al traste con los hombres y las cosas. Bien hubiera querido instruir personalmente a sus pupilos, corregir sus defectos, animarlos en el camino del bien; pero sus exorbitantes ocupaciones sólo le dejaban tiempo para ello demasiado de tarde en tarde. Procuraba llenar estas lagunas por medio de terceras personas; pero principalmente lo procuró, y lo obtuvo mediante su oración. Los niños reposaban tranquilamente en sus dormitorios y el Santo Rector estaba tratando de su porvenir con Dios en la Capilla. Leonardo Murialdo fue consolado con frutos envidiables: con pocas excepciones, todos los jóvenes del Colegio de Turín recibían las enseñanzas morales en lo hondo del corazón y así perduraban en el buen sendero, aun fuera del Colegio, hasta terminar su vida con una santa muerte.

Nosotros principalmente, sus hijos, los Josefinos, debemos nuestra supervivencia a sus oraciones. El turbulento trajín de los asuntos del Colegio no le dejaba tiempo para trabajar de lleno y tranquilamente por el desarrollo de la Congregación. Pues bien, encomendaba la cosa a Dios durante sus noches de oración, y Dios, que no deseaba otra cosa, se encargó de allanar obstáculos humanamente invencibles, hasta que la Fundación empezó a navegar en tranquilas aguas.

dibujosmurialdo216La oración del Teólogo Murialdo, especialmente hacia el fin de su vida, vino a ser materialmente continua. Podemos asegurar que su oración duraba todo el tiempo que no lo dedicaba a un corto reposo nocturno. No empleaba menos de cuatro horas entre prepararse, decir misa y dar gracias. Al dar una ojeada a su aposento o alcoba encontramos: un reclinatorio, con un devoto crucifijo sobre él, con las huellas inconfundibles de infinitos besos amorosos, un cuadro de la Virgen Dolorosa, una pintura de los Novísimos, algunas esculturas religiosas, como una representación de las visiones de Cristo a su Sierva Margarita Alacoque y otra de la Oración de Jesús en el Huerto.

Arrodillado en dicho reclinatorio, gastaba largo tiempo antes de salir para la Capilla. Allí mismo se refugiaba cuando, a lo largo del día, podría tener un momento de paz, o cuando la crudeza de la estación no le permitía trasladarse a la presencia del Santísimo Sacramento.

Puede imaginarse el lector con cuánta fruición L. Murialdo acudía a ese oasis de paz y de espiritualidad; a gozar de la conversación con su Maestro Crucificado. ¡Qué intimidades no ocultarían esas descoloridas cortinas que le segregaban del trabajo ingrato de su escritorio!

A este propósito viene a pelo el siguiente testimonio de un alumno. Dice así: «Tuve la suerte de acompañarle varias veces a veranear en una de sus villas situada en las alturas de Turín. Cierta vez, al llegar a la quinta, nos encontrábamos completamente solos. Murialdo me convidó a decir las oraciones de la noche; luego me mandó a mi pieza a descansar, mas él se quedó de rodillas en el Oratorio. Eran más o menos las 11 de la noche; si la memoria no me es infiel, a la mañana siguiente tuve que madrugar no sé por qué motivo. Fuime a la Capilla, y cuál no fue mi asombro al encontrar al P. Murialdo todavía arrodillado en la tarima del altar: exactamente igual que 6 horas antes, es decir desde cuando le di las buenas noches. Es mi convicción que estos veraneos los efectuaba de preferencia cuando no estaba habitada la villa, así nadie interferiría las oraciones nocturnas. Lo que acabo de afirmar me sucedió no una sino muchas veces».

Un sacerdote cuenta a su vez: «Cierta noche encontré a nuestro buen Padre en profunda oración en la Capilla de Rívoli. Eran las 10 de la noche. Volví una hora después y todavía estaba allí Murialdo. Regresé nuevamente a eso de media noche y también por la una de la mañana: Murialdo no había cambiado ni lugar ni posición. Yo era sacristán, y he observado que era cosa ordinaria ver que el Siervo de Dios pasaba larguísimas horas de adoración tan profunda y devota, que se diría tratábase de un éxtasis durante muchos días; pero habitualmente durante la noche y, más de propósito durante los Ejercicios Espirituales. Jamás salió a la calle sin antes haber visitado a Jesús Sacramentado, como rezan las Constituciones; por más que, estando la Capilla en el segundo piso, tenía que subir trabajosamente las gradas. Al llegar a cualquiera Casa nuestra, el Venerable Siervo de Dios lo primero que hacía era visitar a Jesús Hostia y demorarse allí considerablemente».

Otro testimonio declara que en Oderzo el año de 1.900 mientras el célebre Padre Jesuita Barbieri predicaba los Ejercicios, L. Murialdo estaba de rodillas en el frío pavimento, sin apoyo de ninguna clase, durante todo el sermón. Creía no ser visto, pero eso nos consta con toda certeza. De esta manera alcanzaba de Dios que las palabras del predicador penetraran hasta el corazón de sus hijos.

Así mismo un buen Sacerdote, Arcipreste de San Miguel de Ramera, Diócesis de Céneda, habiendo visto rezar a Sal Leonardo Murialdo en la Capilla de Oderzo, atestigua: «Entré en la capilla muy de madrugada y me encontré con el Teól. Murialdo arrodillado delante del Santísimo, con las manos juntas, absorto como un serafín».

Y a propósito de su compostura en la Iglesia, un hermano nuestro que más tarde dejó de ser Josefino depuso: «No me olvidaré de por vida la tarde aquella en que, hallándome yo en Oderzo, me llamó L. Murialdo a su alcoba con una severidad desacostumbrada, tal que jamás en adelante le observé igual. La causa fue que yo había estado indevoto durante la visita al Santísimo. Efectivamente, confieso que mi compostura, aquella tarde, había estado lejos de ser devota. Me dijo, pues, marcando las palabras, que si no podía estar correctamente arrodillado, mejor me sentara. Tal postura -añadió- denota o poca fe o grande ligereza. Luego serenó su semblante y temiendo haberme mortificado más de la cuenta, empezóme a hablar dulcemente de la reverencia que los Santos guardaban para la SS. Eucaristía y siguió adelante con una santa conversación».

Parte considerable de su oración la consagraba al rezo del Breviario. Lo hacía siempre de rodillas y ante el Santísimo Sacramento. Puedo asegurar que jamás tomó asiento para rezar el Breviario, excepto cuando estaba postrado en cama, o cuando se sentía abrasar por la fiebre o durante los viajes.

En todo tiempo lo veíamos rezando su Breviario de rodillas. Solamente en los últimos meses de su vida, sintiéndose literalmente agotado, se apoyaba al banco posterior. En honor a la verdad, debemos consignar que alguna que otra vez leyó el Breviario sentado, es, a saber, cuando acompañaba en la santa faena al sacerdote Don Juan Cocchi. Este santo sacerdote, lo decía lentísimamente, casi meditando los versículos, por ello nadie le cortejaba en el rezo del Oficio. Leonardo Murialdo solamente le acompañaba, cuando podía, gozándose por dar rienda suelta a su devoción y recreándose con los luminosos ejemplos de aquel santo anciano.

Fuera de este caso, Leonardo Murialdo tenía como norma recitar el Breviario solo, con el fin de hacerlo con toda devoción. Su rezo mejor pudiera llamarse meditación, para ello se ayudaba admirablemente de un libro escrito por un Padre sulpiciano, y cuyo título era El Oficio Divino. Lo leía por partes cada vez que se disponía a rezar el Breviario. Ciertos salmos los leía en el mismo tratado recreándose con las notas que había al canto. Cuando los sentimientos expresados en las notas o en los versos sagrados hacían profunda mella en su alma, los subrayaba con un lápiz una, dos y hasta tres veces según la importancia que les atribuía. Más tarde, como tanto bien espiritual le causaba la lectura de dicho libro, pensó hacer verterlo al italiano en forma compendiada. Lo encomendó a un docto y celoso Canónigo de Vercelli y, una vez listo el manuscrito, lo mandó imprimir en los talleres del Colegio de Turín. De allí en adelante no cesaba de difundir el precioso librito entre los Sacerdotes Josefinos y no Josefinos; diciendo que es una excelente manera para rezar con la Iglesia y como la Iglesia y recoger, naturalmente, el más copioso fruto espiritual.

Esta santa costumbre de subrayar los pensamientos que más le impresionaban, la mantenía al leer cualquier libro espiritual. Tenía una abundante y escogida colección de libros espirituales; y de ellos se servía para sus oraciones y conferencias espirituales. He aquí algunos títulos: Además de la Imitación de Cristo y el Combate Espiritual de Scupoli, leía con fruición: Motivos de amor a Dios; Consideraciones sobre el Sagrado Corazón por un Padre Jesuita; Paradisus animae Cristianae; Scutum Fidei de Boppert, algunas obras de Olier, y varios otros; generalmente en lengua francesa. Todo ello, naturalmente, descontada la meditación de Regla.

Tenía, además, la costumbre de rezar ciertas oraciones vocales, aprendidas en S. Sulpicio o compuestas por él mismo, las cuales intercalaba en sus santas lecturas, para nutrir su espíritu y enardecer su corazón. Entre otras oraciones vocales, que nunca omitía, debemos contar el Santo Rosario y una corona al Sgdo. Corazón que enseñó también a sus Religiosos.

Con el fin de mantener firme la atención al rezar el Santo Breviario tenía distribuido, en lugares estratégicos del sagrado texto, algunas estampitas o imágenes devotas en donde estaban escritas varias fórmulas edificantes. A veces las mismas páginas del Breviario estaban salpicadas de tan piadoso recurso a fin de que, teniéndolas más a la mano, pudieran ayudarle a inflamarse más en la Divina Caridad.

Después de su santa muerte, los Breviarios y Diurnos usados por san Leonardo Murialdo fueron ávidamente arrebatados por algunos Sacerdotes Josefinos, quienes, leyendo esas páginas, perfumadas con las virtudes de un santo, experimentaban extremado consuelo espiritual.

Paréceme que será de alguna utilidad transcribir a continuación algunas expresiones contenidas en dichas estampas o en el Breviario mismo. Helas aquí:

En la primera página de un Diurno se lee: Propositum practicum: Sincera intentione in omnibus serviendi, per omnia, ex puro amore.

En la segunda leo el siguiente convenio con Jesús:

«¡Oh dulcísimo Salvador mío! Oh amantísima Madre mía María!, aceptad, os lo ruego, por vuestros amorosos y santísimos Corazones, el pacto que esta mañana quiero celebrar con Vosotros. El pacto será el siguiente: cuantas veces yo respirare en el decurso del presente día, entiendo hacer, con el mayor afecto, tantos millones de actos de amor hacia Vosotros, cuantas son las estrellas del firmamento, los átomos del aire, las arenas del mar, las hojas de los árboles, las gotas de agua de los océanos, los pensamientos de los hombres que fueron, son y serán y que pudieran ser, más aún, cuantos son los momentos de la eternidad.

(Renuévese esta intención a cada jaculatoria).

dibujosmurialdo217En otra parte: Nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, todo se pasa, sólo Dios basta.

Propter nimiam charitatem tuam, qua dilexisti me, a saeculis aeternis, fac ut et ego ferventissimo amore posthac inseparabiliter adheream tibi.

Tota vita mea dilligenter discussa, non habet nisi peccatum et sterilitatem.

En otra página:

Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova; sero te amavi, mecum eras, et tecum non eram: vocasti et clamasti et rupisti surditatem meam.

Principes de la vie intérieure, ou surnaturelle: Recueillement; fidélité a la grace; presence de Dieu; purité d'intention.

En el envés de una imagen de María:

Omnes consolatur; et tenuiter invocata praesto adest. Tota mitis et suavis, non solum justis, verum etiam peccatoribus et desperatis; respicite ad illam, perditi peccatores, et perducet nos ad portum. O tres sainte Vierge Marie, Vous qui avez arrangé les affairs de tout les siècles, arrangez encore celle-ci; Jesus, Marie, Joseph, éclairez nous, protegez nous, sauvez nous.

En un tomo del Breviario se describen las condiciones para ser un buen sacerdote, según San José Cafasso. A saber:

1.- Concebir una idea verdadera y justa del estado sacerdotal, esto es como un estado de sacrificio y mucho trabajo.

2.- Tomar una decisión franca y sincera de llegar a ser tal, a cualquier costo, con la ayuda de Dios.

A lado de estos puntos, añadió las mismas intenciones que San José Cafasso se proponía al rezar el Breviario.

Maitines, por las necesidades actuales de la Iglesia .

Laudes, por la conversión de algún pecador. Prima, en sufragio de algún alma del Purgatorio.

Tercia, para alcanzar gran pureza de intención.

Sexta, para alcanzar una profundísima humildad. Nona, para obtener la virtud de la pureza. Vísperas, por una santa muerte.

Completas, para que Dios nos condone el Purgatorio.

Fuera de estos afectos de Don Cafasso, sugería a sus sacerdotes un pensamiento muy propio suyo: Añadir a las palabras«Digne, attente, ac devote» la palabra laetanter, que era como una síntesis de los apuntes referidos.

En sus viajes y caminatas, su delicia era rezar, o leer cosas espirituales. Cuando debía esperar en las recámaras de las personas que visitaba, tomaba su librito espiritual, y, lápiz en mano, recorría sus páginas por todo el lapo que duraba la tardanza. Cuando viajaba sólo, era fijo que todo el tiempo lo empleara en sus devociones, por más que el trayecto fuere tan largo como el de Turín a Venecia.

Como vía de ejemplo citaré el testimonio de un Sacerdote Josefino:

"Cierta vez, siendo yo Director del Patronato de Venecia, tuve la singular fortuna de viajar en compañía del P. Rector de Turín a mi Comunidad. Tomamos el tren en Puerta Susa y, apenas embarcados, Murialdo me invitó a decir una parte del Santo Rosario, luego las dos partes restantes y por añadidura una corona al Sagrado Corazón. Tomó luego la Imitación de Cristo y se puso a leer por largo trecho. Al terminar su lectura empezó a conversar conmigo sobre temas de espiritualidad, y me acuerdo precisamente que me explicaba como la velocidad del tren, que dejaba atrás innumerables árboles y casas. significaba la velocidad del tiempo que dejaba tras de sí la vida humana. La conversación, sin embargo, no fue sino un alto en la oración, pues inmediatamente se puso a rezar de nuevo hasta llegar a Venecia. Me pregunto yo si habrá muchos en el mundo, que hayan alcanzado unión tan íntima con Dios".

Al disponerse para un viaje, aprestaba su valija con los vestidos y más enseres necesarios, pero también con una bolsa suficientemente surtida de libros espirituales: alimento de su alma para las horas de tren. Tenía también la costumbre de saludar a Jesús Sacramentado, al pasar frente a las Iglesias a lo largo de las carreteras o vías: costumbre que aconsejaba también a los Josefinos todos.

Su intención era multiplicar las visitas a Jesús Eucaristía y tenerle compañía, aún durante sus viajes.

Cuando debía viajar a pie, en compañía de algún hermano, conversaba por pocos minutos por cortesía, y después pedía licencia para apartarse un poco y rezar. Si se trataba de un grupo, echaba mano de un librito espiritual, y lo comentaba en público, ya que su empeño era hablarnos siempre de las cosas de Dios.

He aquí como se expresa un ex-alumno: "La Quinta Agrícola estaba funcionando aún en Moncucco. Leonardo Murialdo la visitaba de vez en cuando, y casi siempre a pie. Antes de ponerse en camino (que era de 20 kilómetros), me decía: «Hagamos el siguiente pacto: cada paso que demos, sea con la intención de decir Alabado sea Jesucristo. En el trayecto, entre tanto, decíamos, dos o tres veces el Rosario íntegro».

Un hermano, a su vez, nos dice que a él le enseñó una manera sencilla de santificar un largo paseo. "cada paso que demos -dijo- sea para decir Ave María por el pie derecho y Alabado sea, Jesucristo por el izquierdo. Así al término del camino, nos encontramos con una buena carguita de méritos".

Tal unión con Dios es imposible que no haya sido premiada con los especiales carismas que se leen en la vida de los Santos. El Venerable Siervo de Dios jamás habló de alguno de ellos, ni con sus más íntimos familiares; mas nosotros sí creemos que Dios le favoreció con tales dones, y lo vamos a probar, basados en los testimonios juramentados de dos Sacerdotes Josefinos.

Sea el primero: «Trabajaba yo en la Quinta, teniendo a mi cargo la Segunda Sección. Cierta vez en ausencia del P. Director, vino nuestro amadísimo Fundador a visitarnos, y he aquí que durante la noche, vino a sentirse mal uno de los niños. Requerí al enfermero pero no había. Fuime a la capilla (era a eso de media noche) y encontré a Leonardo Murialdo con las manos en alto, con los ojos bien abiertos, fijos en la estatua del Corazón de Jesús. Me parecía, además, levantado del reclinatorio. Me acerqué para hablarle, pero no me respondió, le toqué y aún le di un leve empellón, y ni siquiera pareció reparar en nada. Ante espectáculo tan extraordinario, no sabía a qué atenerme y me retiré confuso. Mas, empeorando el niño, volví a la Capilla. Esta vez L. Murialdo rezaba en profundo recogimiento, con el rostro oculto entre las manos. Le dije que me había hecho presente poco antes, y que le había llamado y que no me respondiera.

-Tal vez me habría dormido -arguyó-

-No - le dije...- tenía los ojos abiertos.

-Bueno, bueno -me interrumpió-, por ahora silencio.

¿Sería un éxtasis?»

El segundo: «Llegué a Turín desde Pinerolo con el último tren. Como era ya muy de noche y no sabía a quien dirigirme por un poco de comida y un aposento, opté por hacer una visita al Santísimo y me dirigí a la Capilla por detrás del altar. Aquí oí claramente la voz del P. Rector. Abrí la cortina que da acceso al presbiterio y me topé con un maravilloso espectáculo: L. Murialdo, con los brazos en cruz, y elevado a la altura del reclinatorio, decía oraciones en Latín.

Probé una sensación de terror y salí inmediatamente de la Capilla, mas luego volví a entrar haciendo, de propósito, gran estrépito con la puerta para volver en sí al Venerable Siervo de Dios. Mas cuando lo miré, guardaba una posición normal. Arrodillado en su banco rezaba plácidamente. Me acerqué y me puse a sus órdenes. Leonardo Murialdo se levantó in continenti, bajó al comedor, me acomodó una cena, como podía hacerlo a esas horas de la noche y con el mayor cariño me asignó un dormitorio. En seguida se dirigió a la Capilla a proseguir su oración».

Nuestro testigo no sabía explicarse cómo podía San Leonardo Murialdo tener equilibrio apoyado en el reclinatorio del banco y con los brazos en cruz; más del fenómeno estaba muy seguro, y no podía equivocarse, estando como estaba, prendida una bujía a gas.

Sor Alejandrina, de las Josefinas de Pinerolo, narra un caso casi idéntico: Dice que un domingo de 1899 acertó a entrar en la Capilla de San José en Turín, y encontró al Venerable Siervo de Dios levantado a la altura del banco, con las manos en posición de rezar. La religiosa quedó estupefacta y luego de breves momentos se retiró sin que el santo lo advirtiera.

También Sor Antonieta, Josefina como la anterior, atestigua haber encontrado a Murialdo extático, con los ojos fijos en la estatua de María, en la Capilla de Oderzo.

La Religiosa, que hacía oficio de sacristana, trabajó por tiempo considerable en torno del altar, y cuando se retiró aún Murialdo guardaba la misma posición.

Murialdo trabajó mucho y enseñó también mucho; y sus enseñanzas fueron eficaces precisamente porque estaban basadas en el ejemplo. Lo que más inculcaba en sus prácticas, o en el sagrado tribunal de la Penitencia era la oración. Para justificar esta santa importunidad, tenía preparados los mejores argumentos, extractados de los escritos de los más grandes maestros de espíritu, especialmente de San Alfonso.

Hasta sus cartas tienen este sello de la invitación a la oración.

«Procura -decía al Director de Bassano- que tus hermanos sean en verdad buenos; que cuanto hacen, lo hagan por un fin realmente religioso y no solamente por sobresalir. ¡Ay de nosotros si hacemos las cosas ad oculos servientes! Incítalos a la oración, pero mucha oración, especialmente buena oración, ya que únicamente Dios es quien nos dará spiritum bonum."

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