17- CELO POR LA SANTIDAD

San Leonardo Murialdo quería la santidad para sí, pero también la quería para sus hijos. En sus obras, ministerios y fundaciones no tenía otra mira que la de un santo sacerdote: santificarse a sí mismo y procurar la santidad de los demás. Por ello trabajó tantos años, y solamente para llevar a cabo la santificación de tantos jóvenes fundó una Congregación Religiosa. Deseaba que muchos jóvenes de nuestros Institutos abandonaran el mundo para congregarse a Dios. Sin embargo una labor directa en este sentido no llevaba a cabo, prefiriendo hablar del asunto especialmente con Dios en la oración.

No por ello dejaba de exhortar y animar vivamente a aquellos jovencitos en cuyas almas descubría el germen de la vocación religiosa. Ya este respecto, no me parece exagerar diciendo que tenía una iluminación sobrenatural de parte de Dios.

Valga, para confirmar lo dicho, la siguiente relación de un Sacerdote Josefino:

«Tuve gravísimas dificultades para seguir mi vocación. Leonardo Murialdo me sostuvo maravillosamente, y con ese motivo tuve ocasión de percatarme de su estrechísima unión con Dios. Efectivamente, conociendo él la oposición de mi padre y un tío mío para que yo ponga por obra mi propósito de consagrarme a Dios, no me quiso admitir formalmente, sin antes haber conseguido la venia de mi padre.

Dicho permiso me fue negado rotundamente, so pena, si insistiera, de truncarme mis estudios.

El Teólogo Murialdo me alentó: «¡Recemos! – dijo - y me agrupó a todos los que iban a hacer los Ejercicios Espirituales previos a la toma del hábito religioso.

Mostró gran tranquilidad de ánimo durante toda la semana, como si estuviera seguro del consentimiento de mi padre. De raro, sólo noté que su oración la prolongaba hasta bien entrada la noche en el coro de la capilla.dibujosmurialdo13

La víspera de la toma de hábito, he aquí que un telegrama firmado por mi hermana me comunicaba la muerte de mi padre, quien, en el último trance, me concedía el permiso para hacerme religioso y me enviaba su bendición.

«La solicitud que desplegó conmigo en aquellos días de luto, no puedo describirla; sólo añadiré que me exhortaba a tener buen ánimo, pues nada podría un tío anticlerical bajo cuya tutela me pusieron los miembros de mi familia, y los hechos dieron testimonio pleno de sus palabras. Un mes después del fallecimiento de mi padre murió también mi tío. ¿Cómo pudo Leonardo Murialdo suponerse estos acontecimientos? Lo más impresionante es que en sus largas pláticas conmigo me decía: «Ánimo, tu vocación tiene el sello de Dios, pues lo ha probado tan trágicamente».

Por bien del cielo, tenemos en nuestro archivo muchos escritos en que se transparenta con toda evidencia el amor que tenía no sólo a su propia santificación sino también su celo encendido por la santificación de los hermanos.

A un sacerdote de Vicenza le escribe: «¿Y cuáles son tus noticias personales? De salud, bien; de humor, también; de trabajo, perfectamente, aunque algo recargado. Y, ¿respecto a lo espiritual, camina la máquina? ¿Has llegado a ser ya el Saint prête de Dubois? ¿O acaso eres el perfecto religioso de Rodríguez?

Me parece que con las ocupaciones que tenéis por allá, no será imposible haceros santos. Con un poco de celo para los pobres de virtud y de dineros, más un poco de paciencia, es suficiente. No tenéis allá los peligros que se encuentran en otras partes.dibujosmurialdo18

«Para un buen cristiano, y más aún  para un buen religioso, como espero lo somos nosotros, ¿Qué puede entorpecer nuestro anhelo de santidad? ¿Tal vez les attaches du coeur, como nos lo avisa el P. Baudrand? Y es de notarse que en los colegios, viviendo entre niños, es fácil que nazcan esos attaches - y el peligro crece cuando ellos son de clase media. En cambio el peligro se presenta remoto si tratamos con niños que solamente frecuentan nuestros patronatos o escuelas y especialmente si son de humilde condición.

«De  todos modos... dum tempus habemus, hagámonos santos. ¡Oh! ¡Qué necedad no tender a la santidad, pues se viviría magníficamente aquí y mucho mejor allá!.. Y ¿Por qué no hacerlo?

«Di con insistencia a la Virgen de Monte Berico «Virgen María y Madre de Jesús, hacednos santos» «Nunc tempus faciendi... nunc tempus emendandi, como dice Kempis, ya añadimos: Nunc tempus se sanctificandi: haec mutatio dexterae Excelsi. Faxit Deus».

Para prender el sacro fuego de una ansia de santidad le eran buenas todas las ocasiones.

Un hermano, cometida una falta, se acusaba humildemente ante el Santo Rector, y él: «Me ha gustado sobremanera tu carta. De allí se colige tu recto criterio, pues para un religioso tienen peso faltas que parecen despreciables... ¡Cuánto me complazco especialmente por tu delicada conciencia que no te ha dejado tranquilo hasta no arreglar todo muy bien! Que el Señor te conserve en ese fervor y te bendiga a manos llenas.dibujosmurialdo15

En otra ocasión le sucedió al mismo hermano una desgracia... y el buen Padre, luego de recomendarle la paciencia le decía: «Especialmente no perdamos de vista nuestra meta: la Santidad. Oh cuán poco avisados somos! No nos percatamos de que trabajando en nuestra santificación labrarnos nuestra felicidad presente y amontonamos tesoros para el futuro... ¡Pobres de nosotros! ¡Cómo somos perezosos, pusilánimes, apocados, esclavos de un amor propio que mejor sería llamarlo odio propio!»

Repitamos sin cesar el estribillo maravilloso de Cottolengo: ¡Virgen María, Madre de Jesús, hacednos santos! ¡Utinam!

A cierto hermano que deseaba entregarse más de propósito al estudio de la moral le decía: «Me parece el tuyo un buen deseo pero no óptimo. Para mi entender lo primordial es la meditación aquella de S. Ignacio sobre el fin. Mas bien te recomiendo cierto estudio que es de todo punto urgente, y que ha de extenderse cuanto nuestra vida; es, a saber, el estudio de la piedad que distingue al religioso de un simple cristiano; piedad que consiste en un profundo recogimiento, en el desinterés por todo lo que el mundo aprecia, en la perfecta dependencia, en el cariño para el propio trabajo, en el empeño para la propia santificación, en la ejemplar regularidad y en un cierto escrúpulo de infringir nuestras Reglas, por más pequeñas que te parezcan. No por ello creas que dudo de tu empeño en alcanzar este espíritu, ya que: Studium perfectionis pro perfectione computatur; lo único que te suplico es que no desmayes en este anhelo y que más bien cada día atices más y más este sagrado fuego. Si incipis tepescere, incipies male habere. Así, pues, ánimo... et habebis thesaurum in coelo, et etiam in terra».

A otro sacerdote escribe:

«Hermano muy querido, y te digo muy querido por la carta de oro que me has escrito, por donde se aprecia cuál espíritu de religioso te anima. ¡Qué bien haces en abandonarte en brazos de la Divina Providencia a través de los superiores!... Hazlo siempre ut cadaver, como dicen los ascetas. El cadáver no tiene ni resistencia, ni movimiento, ni libertad propios. ¿Crees tú que Dios no tendrá en cuenta el sacrificio que implica la obediencia? Por lo tanto Deo gratias en todo momento. Todo está perfectamente. Como todo viene de Dios, todo está muy bien. ¡Que el Espíritu Santo, Jesús Eucaristía, la Madre del Buen Consejo y San José nos iluminen y fortalezcan para poder cumplir la voluntad de Dios!»

Aprovechando del tiempo de Cuaresma, en cambio, escribe a un hermano lo siguiente:

«Nos encontramos en el santo tiempo, antes bien, en la Semana Mayor y aún más en vísperas de Pascua. ¿No sabes acaso que éste es dies ad redimenda peccata, ad salvandas animas? ¿Y cómo trabajas tú en este asunto? A nosotros los religiosos parece que no se nos exige sino proponer hoy y volver a hacerlo mañana, y así cada día. ¿Quieres llegar a ser un buen religioso, humilde, sumiso a los Superiores, piadoso, mortificado y amigo del recogimiento? Pues bien, puede servirnos para el examen particular la fórmula tan conocida de Kempis: «Age quod agis».

Es regla común que para principios de año se formulen votos, no pocas veces estériles, y únicamente cumplimenteros: más para san Leonardo Murialdo era excelente ocasión de inyectar vitalidad y alentar para el gran trabajo de todo religioso: la santificación personal. En Enero de 1895 contestó a los buenos deseos de sus hijos con una copia del «Adiós de San Francisco de Sales» suavísimo apelo a una total consagración a Dios. Y no contento con el texto maravilloso, quiso hacer anotaciones de su cosecha, llenas de extremado afecto y maravilloso fervor religioso. Por ejemplo para la Comunidad de Oderzo escribió estas cuartillas:

«He recibido vuestros cariñosos votos por Año Nuevo. ¿Qué puedo yo ofreceros a mi vez? Lo mejor que os puedo enviar es del más amable de los santos, y que es no sólo deseo digno de un cristiano sino de un santo y quisiera añadir de un religioso, ya que ninguno como el religioso debe ser de Dios y para Dios. Según Santo Tomás «Religiosi dicuntur qui totaliter se mancipant divino servitio».anciano2slm

De manera que tú, Director de la Comunidad, exhorta y exhortémonos mutuamente a fin de que todos nos entreguemos totalmente – totaliter - a Dios... Estos son los sentimientos de nuestro nunca suficientemente llorado Carollo, escritos en los últimos Ejercicios Espirituales. Yo estoy seguro de que, así como lo escribió, así los llevó a la práctica. ¡Feliz é!, Y ¡felices de nosotros si lo imitamos! ¡Ea pues! - continúa san Francisco de Sales -, proponed amar un poco más a Dios en este año que comenzamos, de manera que, con el transcurso del mismo, nuestras acciones buenas sean como abundante mies. Los años van pasando sin remedio, y es nuestro deber procuramos una unión siempre más estrecha con Dios Nuestro Señor a través del fiel cumplimiento de nuestras obligaciones, en cualquier puesto que nos encontremos. Asegurad (hablo para toda la Comunidad) en el presente año vuestra eterna felicidad. Vivid santamente en este pobre mundo y seréis felices, muy felices, en el otro. Yo no hago sino terminar renovando este buen deseo de tan amable santo, a quien esperamos verlo, amarlo, y gozar de su conversación un día en el Cielo.

¡Que Dios viva siempre en vuestro corazón!»

Un sacerdote le escribió diciendo que quería formular un plan de vida sacerdotal. A lo cual el Fundador le contestó:

«En cuanto al reglamento, observo: Uno muy minucioso y detallado, no me gustaría; pero uno que, en conjunto abarque las ocupaciones principales como: Misa, Breviario, Meditación, Visita al Santísimo Sacramento, Examen de conciencia, sí. Lo mismo en lo que al estudio se refiere. Yo, en otra ocasión, te envié unas cuatro reglas, escritas en francés. Ellas son más bien máximas de vida interior, que perfectamente pueden guiarte en todas las acciones del día. Por otra parte, nosotros tenemos un binario tan seguro como sencillo: Observar la Regla. Hecho esto seremos santos.

Me hablas de períodos de fervor y aridez alternados. No puedo concretarme a responder. Oye lo que te dice el Director de los Ejercicios: será lo mejor para tu alma, pues te lo da el mismo Señor. Por de pronto, ¿Por qué no empiezas a vivir la primera de las cuatro reglas antedichas? Confiance en Dieu et en Marie, et défiance de soi-même. ¡Que Dios te bendiga!»

No desaprovechaba especialmente el tiempo del Retiro Anual. Infaliblemente enviaba a sus religiosos, paternales consejos en orden a su santidad personal.

Un acólito se disponía a las órdenes menores. San Leonardo Murialdo le insinúa:

«Ponte ya de buen grado a hacerte santo, que es a los religiosos a quienes Dios dice: Sancti estote quia ego sanctus sum».

Cuando el mismo estaba en trance de ordenarse: «Me complace -le dice - tu amor ante el gran paso. Ello significa que algo entiendes de lo que significa ser sacerdote, pues judicium durissimum his qui praesunt, fiet. Pero confortare et esto robustus.Conque tú obedezcas, todo quedará subsanado. Dabit virtutem qui contulit dignitatem. Ruega, eso sí, a Dios y a la Virgen para que te conserves siempre humilde. Si eres humilde, llegarás a santo. Te dejo con el sabor de este dulce pensamiento».

Otro acólito se preparaba a recibir el Subdiaconado en la ciudad de Chieri y san Leonardo Murialdo le mandó una preciosa carta en la cual entre otros conceptos, le decía:

«Pon el asunto de tu perseverancia a los pies de María. En sus santísimas manos, en cambio, pon el de tu santificación. Piensa que esas benditas manos, son tan omnipotentes, como misericordiosas. Te hablo de santidad porque hablo a un religioso, y tanto más lo haría si ya fueras sacerdote, pues aut sancti sint, aut non sint. Mas no te amedrentes. Bien sabes quejugis conatus ad perfectionem, perfectio reputatur: pero, entendámonos: jugis y un verdadero conatus. Ánimo pues: Courage et confiance era el lema del Santo P. Jesuita Varín.figuraleonardomurialdo

«Me pides alguna norma para tu santificación. Lástima que hayas hecho una mala elección pidiéndome consejo a mí. Como no tengo nada mío para darte, te envío un buen consejo del P. Tomás de Jesús: La santidad consiste en el amor de Dios, cuya máxima expresión es la mortificación y Dios pondrá su santo amor. O también puedes aprovecharte del aforismo de Kempis: "La santidad es la humildad de mente y de corazón y el amor de Dios. Los ejercicios de Piedad y la Meditación son las monedas para comprarlos".

«Y si hace falta más, allá te mando estos conceptos de Filagia o El Amigo de la Santidad, que te vendrán muy bien, como remate de tus Ejercicios: ¿Cómo en que tardamos tanto en darnos a Dios? ¿Cómo es que Jesús y su amor aún no son los perfectos dueños de nuestro corazón? En este momento firmad vuestra rendición a su divino Corazón; hoy día es el indicado, pues os llama. Tú puedes responderle así: Ego dixi: nunc coepi: haec mutatio dexterae Excelsi. Y luego: Domine tu jubes sanctitatem: da quod jubes, et jube quod vis. No pierdas de vista Ecce tempus acceptabile, nunc dies salutis.»

A continuación me place citar la siguiente exhortación hecha a un Josefino, para quien había llegado el día de su Ordenación Sacerdotal:

«Pues bien, muy amado hijo, ¿qué tal camino has hecho en estos días? Veo que estás transponiendo la mitad del Retiro; dime, ¿Has cosechado ya la mitad de los frutos? Ad quid venisti, et cur saeculum reliquisti? Nonne ut Deus servires et spiritualis horno fieres? Percátate si ya eres más espiritual. ¿Te has dado cuenta cabal de que todo es vanidad aquí abajo? Omnia, omnia vanitas, praeter amare Deum et illi soli servire. Espero que desde hoy, no atenderás ya sino al amor y servicio de Dios. No te deslumbre el brillo del mundo, no tengas parte con los carnis desideria, es decir, con la acidia, la gula o con algo peor. Pienso que hayas resuelto firmemente crecer en todo tiempo en el amor a Dios y a su Santísima Madre; o que es lo mismo, ser más humilde, mortificado y consagrado al desempeño de tus obligaciones. En suma, creo habrás resuelto ser santo, para ser feliz ya desde aquí, pero mucho más en la eternidad».

Adjúntale también un programa espiritual de cierto sacerdote de Clermont Ferrand y acaba con estas palabras: «En resumen: Procura resolverte a alcanzar la santidad a cualquier costa, con la gracia de Dios, como lo enseña Don Cafasso; y en segundo lugar, fórjate un programillo espiritual y empiézalo a observar de inmediato».

También es edificante la siguiente carta a un Josefino, a quien le enseña la manera de formular propósitos basados en la vida práctica y cuya eficacia puede durar por mucho tiempo: «No quiero ser largo para no cansarte, ni quiero hablarte sino de tu bien espiritual. Te diré únicamente lo que siempre suele recomendarse:

«El propósito general de hacerse santos no vale nada. Es necesario especificar en qué cosa debe consistir esa santidad. Según Rodríguez la santidad consiste en tres cosas: Amor a Dios, Humildad y Mortificación. He aquí lo que debes implorar de Dios, y lo que hay que proponer. Mas no te descuides de fijar bien claro cómo se practicará este amor de Dios y esta humildad y esta mortificación. Amorem tui solum, cum humilitate et mortificatione, et dives sum satis. Ruega al Espíritu Santo que te infunda estos dones y habrás entrado en la morada de la paz».

No pocas veces, finalmente, se servía para sus paternales consejos, de los numeroros autores ascéticos que leía continuamente.torino

En una carta a un sacerdote Josefino se leen estos sentimientos del P. Eymard:

«¿Cuál será la causa de encontrarme tan rezagado en el camino de la Santidad? No he trabajado quizá únicamente por la Gloria de Dios. No me he dado al estudio y práctica de la humildad de Jesucristo. He querido salir medrado de su servicio y a través de su servicio: He aquí el último baluarte del hombre viejo. ¡Oh María! ¡Vos me habéis dado a Jesús, es necesario ahora que a Él me devuelvas! Ego te offendebam et tu me defendebas, puedes proclamarlo. Entrégate ya a Dios de todas veras: arrójate con entera confianza en sus brazos.»

Acabaré la reseña de tan saludables exhortaciones de nuestro buen Padre, con la descripción de la santidad que hizo cierta vez, escribiendo a un hermano nuestro:

«La vida espiritual consiste:

1.- En el conocimiento de la Bondad y Grandeza de Dios y también de nuestra nulidad y marcada inclinación al mal.

2.- En el amor de Dios y odio a nosotros mismos.

3.- En la subordinación a Dios y, por su amor, a toda criatura.

4.- En una resignación total a cualquier disposición suya.

5.- Que todo cuanto hacemos, o deseamos sea únicamente para Gloria y Beneplácito de Dios. Así Él lo quiere, y por otro lado merece ser amado y servido como nuestro Señor Natural.

San Leonardo Murialdo, en especial a nosotros los Josefinos, nos dejó este testamento espiritual, para que abramos de una vez para siempre nuestro corazón a estos altísimos anhelos de santidad y pongamos por obra sin más dilación su extrema recomendación: haceos santos y hacedlo pronto.

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