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VIDA DE S. L. MURIALDO 17-21

17- CELO POR LA SANTIDAD

San Leonardo Murialdo quería la santidad para sí, pero también la quería para sus hijos. En sus obras, ministerios y fundaciones no tenía otra mira que la de un santo sacerdote: santificarse a sí mismo y procurar la santidad de los demás. Por ello trabajó tantos años, y solamente para llevar a cabo la santificación de tantos jóvenes fundó una Congregación Religiosa. Deseaba que muchos jóvenes de nuestros Institutos abandonaran el mundo para congregarse a Dios. Sin embargo una labor directa en este sentido no llevaba a cabo, prefiriendo hablar del asunto especialmente con Dios en la oración.

No por ello dejaba de exhortar y animar vivamente a aquellos jovencitos en cuyas almas descubría el germen de la vocación religiosa. Ya este respecto, no me parece exagerar diciendo que tenía una iluminación sobrenatural de parte de Dios.

Valga, para confirmar lo dicho, la siguiente relación de un Sacerdote Josefino:

«Tuve gravísimas dificultades para seguir mi vocación. Leonardo Murialdo me sostuvo maravillosamente, y con ese motivo tuve ocasión de percatarme de su estrechísima unión con Dios. Efectivamente, conociendo él la oposición de mi padre y un tío mío para que yo ponga por obra mi propósito de consagrarme a Dios, no me quiso admitir formalmente, sin antes haber conseguido la venia de mi padre.

Dicho permiso me fue negado rotundamente, so pena, si insistiera, de truncarme mis estudios.

El Teólogo Murialdo me alentó: «¡Recemos! – dijo - y me agrupó a todos los que iban a hacer los Ejercicios Espirituales previos a la toma del hábito religioso.

Mostró gran tranquilidad de ánimo durante toda la semana, como si estuviera seguro del consentimiento de mi padre. De raro, sólo noté que su oración la prolongaba hasta bien entrada la noche en el coro de la capilla.dibujosmurialdo13

La víspera de la toma de hábito, he aquí que un telegrama firmado por mi hermana me comunicaba la muerte de mi padre, quien, en el último trance, me concedía el permiso para hacerme religioso y me enviaba su bendición.

«La solicitud que desplegó conmigo en aquellos días de luto, no puedo describirla; sólo añadiré que me exhortaba a tener buen ánimo, pues nada podría un tío anticlerical bajo cuya tutela me pusieron los miembros de mi familia, y los hechos dieron testimonio pleno de sus palabras. Un mes después del fallecimiento de mi padre murió también mi tío. ¿Cómo pudo Leonardo Murialdo suponerse estos acontecimientos? Lo más impresionante es que en sus largas pláticas conmigo me decía: «Ánimo, tu vocación tiene el sello de Dios, pues lo ha probado tan trágicamente».

Por bien del cielo, tenemos en nuestro archivo muchos escritos en que se transparenta con toda evidencia el amor que tenía no sólo a su propia santificación sino también su celo encendido por la santificación de los hermanos.

A un sacerdote de Vicenza le escribe: «¿Y cuáles son tus noticias personales? De salud, bien; de humor, también; de trabajo, perfectamente, aunque algo recargado. Y, ¿respecto a lo espiritual, camina la máquina? ¿Has llegado a ser ya el Saint prête de Dubois? ¿O acaso eres el perfecto religioso de Rodríguez?

Me parece que con las ocupaciones que tenéis por allá, no será imposible haceros santos. Con un poco de celo para los pobres de virtud y de dineros, más un poco de paciencia, es suficiente. No tenéis allá los peligros que se encuentran en otras partes.dibujosmurialdo18

«Para un buen cristiano, y más aún  para un buen religioso, como espero lo somos nosotros, ¿Qué puede entorpecer nuestro anhelo de santidad? ¿Tal vez les attaches du coeur, como nos lo avisa el P. Baudrand? Y es de notarse que en los colegios, viviendo entre niños, es fácil que nazcan esos attaches - y el peligro crece cuando ellos son de clase media. En cambio el peligro se presenta remoto si tratamos con niños que solamente frecuentan nuestros patronatos o escuelas y especialmente si son de humilde condición.

«De  todos modos... dum tempus habemus, hagámonos santos. ¡Oh! ¡Qué necedad no tender a la santidad, pues se viviría magníficamente aquí y mucho mejor allá!.. Y ¿Por qué no hacerlo?

«Di con insistencia a la Virgen de Monte Berico «Virgen María y Madre de Jesús, hacednos santos» «Nunc tempus faciendi... nunc tempus emendandi, como dice Kempis, ya añadimos: Nunc tempus se sanctificandi: haec mutatio dexterae Excelsi. Faxit Deus».

Para prender el sacro fuego de una ansia de santidad le eran buenas todas las ocasiones.

Un hermano, cometida una falta, se acusaba humildemente ante el Santo Rector, y él: «Me ha gustado sobremanera tu carta. De allí se colige tu recto criterio, pues para un religioso tienen peso faltas que parecen despreciables... ¡Cuánto me complazco especialmente por tu delicada conciencia que no te ha dejado tranquilo hasta no arreglar todo muy bien! Que el Señor te conserve en ese fervor y te bendiga a manos llenas.dibujosmurialdo15

En otra ocasión le sucedió al mismo hermano una desgracia... y el buen Padre, luego de recomendarle la paciencia le decía: «Especialmente no perdamos de vista nuestra meta: la Santidad. Oh cuán poco avisados somos! No nos percatamos de que trabajando en nuestra santificación labrarnos nuestra felicidad presente y amontonamos tesoros para el futuro... ¡Pobres de nosotros! ¡Cómo somos perezosos, pusilánimes, apocados, esclavos de un amor propio que mejor sería llamarlo odio propio!»

Repitamos sin cesar el estribillo maravilloso de Cottolengo: ¡Virgen María, Madre de Jesús, hacednos santos! ¡Utinam!

A cierto hermano que deseaba entregarse más de propósito al estudio de la moral le decía: «Me parece el tuyo un buen deseo pero no óptimo. Para mi entender lo primordial es la meditación aquella de S. Ignacio sobre el fin. Mas bien te recomiendo cierto estudio que es de todo punto urgente, y que ha de extenderse cuanto nuestra vida; es, a saber, el estudio de la piedad que distingue al religioso de un simple cristiano; piedad que consiste en un profundo recogimiento, en el desinterés por todo lo que el mundo aprecia, en la perfecta dependencia, en el cariño para el propio trabajo, en el empeño para la propia santificación, en la ejemplar regularidad y en un cierto escrúpulo de infringir nuestras Reglas, por más pequeñas que te parezcan. No por ello creas que dudo de tu empeño en alcanzar este espíritu, ya que: Studium perfectionis pro perfectione computatur; lo único que te suplico es que no desmayes en este anhelo y que más bien cada día atices más y más este sagrado fuego. Si incipis tepescere, incipies male habere. Así, pues, ánimo... et habebis thesaurum in coelo, et etiam in terra».

A otro sacerdote escribe:

«Hermano muy querido, y te digo muy querido por la carta de oro que me has escrito, por donde se aprecia cuál espíritu de religioso te anima. ¡Qué bien haces en abandonarte en brazos de la Divina Providencia a través de los superiores!... Hazlo siempre ut cadaver, como dicen los ascetas. El cadáver no tiene ni resistencia, ni movimiento, ni libertad propios. ¿Crees tú que Dios no tendrá en cuenta el sacrificio que implica la obediencia? Por lo tanto Deo gratias en todo momento. Todo está perfectamente. Como todo viene de Dios, todo está muy bien. ¡Que el Espíritu Santo, Jesús Eucaristía, la Madre del Buen Consejo y San José nos iluminen y fortalezcan para poder cumplir la voluntad de Dios!»

Aprovechando del tiempo de Cuaresma, en cambio, escribe a un hermano lo siguiente:

«Nos encontramos en el santo tiempo, antes bien, en la Semana Mayor y aún más en vísperas de Pascua. ¿No sabes acaso que éste es dies ad redimenda peccata, ad salvandas animas? ¿Y cómo trabajas tú en este asunto? A nosotros los religiosos parece que no se nos exige sino proponer hoy y volver a hacerlo mañana, y así cada día. ¿Quieres llegar a ser un buen religioso, humilde, sumiso a los Superiores, piadoso, mortificado y amigo del recogimiento? Pues bien, puede servirnos para el examen particular la fórmula tan conocida de Kempis: «Age quod agis».

Es regla común que para principios de año se formulen votos, no pocas veces estériles, y únicamente cumplimenteros: más para san Leonardo Murialdo era excelente ocasión de inyectar vitalidad y alentar para el gran trabajo de todo religioso: la santificación personal. En Enero de 1895 contestó a los buenos deseos de sus hijos con una copia del «Adiós de San Francisco de Sales» suavísimo apelo a una total consagración a Dios. Y no contento con el texto maravilloso, quiso hacer anotaciones de su cosecha, llenas de extremado afecto y maravilloso fervor religioso. Por ejemplo para la Comunidad de Oderzo escribió estas cuartillas:

«He recibido vuestros cariñosos votos por Año Nuevo. ¿Qué puedo yo ofreceros a mi vez? Lo mejor que os puedo enviar es del más amable de los santos, y que es no sólo deseo digno de un cristiano sino de un santo y quisiera añadir de un religioso, ya que ninguno como el religioso debe ser de Dios y para Dios. Según Santo Tomás «Religiosi dicuntur qui totaliter se mancipant divino servitio».anciano2slm

De manera que tú, Director de la Comunidad, exhorta y exhortémonos mutuamente a fin de que todos nos entreguemos totalmente – totaliter - a Dios... Estos son los sentimientos de nuestro nunca suficientemente llorado Carollo, escritos en los últimos Ejercicios Espirituales. Yo estoy seguro de que, así como lo escribió, así los llevó a la práctica. ¡Feliz é!, Y ¡felices de nosotros si lo imitamos! ¡Ea pues! - continúa san Francisco de Sales -, proponed amar un poco más a Dios en este año que comenzamos, de manera que, con el transcurso del mismo, nuestras acciones buenas sean como abundante mies. Los años van pasando sin remedio, y es nuestro deber procuramos una unión siempre más estrecha con Dios Nuestro Señor a través del fiel cumplimiento de nuestras obligaciones, en cualquier puesto que nos encontremos. Asegurad (hablo para toda la Comunidad) en el presente año vuestra eterna felicidad. Vivid santamente en este pobre mundo y seréis felices, muy felices, en el otro. Yo no hago sino terminar renovando este buen deseo de tan amable santo, a quien esperamos verlo, amarlo, y gozar de su conversación un día en el Cielo.

¡Que Dios viva siempre en vuestro corazón!»

Un sacerdote le escribió diciendo que quería formular un plan de vida sacerdotal. A lo cual el Fundador le contestó:

«En cuanto al reglamento, observo: Uno muy minucioso y detallado, no me gustaría; pero uno que, en conjunto abarque las ocupaciones principales como: Misa, Breviario, Meditación, Visita al Santísimo Sacramento, Examen de conciencia, sí. Lo mismo en lo que al estudio se refiere. Yo, en otra ocasión, te envié unas cuatro reglas, escritas en francés. Ellas son más bien máximas de vida interior, que perfectamente pueden guiarte en todas las acciones del día. Por otra parte, nosotros tenemos un binario tan seguro como sencillo: Observar la Regla. Hecho esto seremos santos.

Me hablas de períodos de fervor y aridez alternados. No puedo concretarme a responder. Oye lo que te dice el Director de los Ejercicios: será lo mejor para tu alma, pues te lo da el mismo Señor. Por de pronto, ¿Por qué no empiezas a vivir la primera de las cuatro reglas antedichas? Confiance en Dieu et en Marie, et défiance de soi-même. ¡Que Dios te bendiga!»

No desaprovechaba especialmente el tiempo del Retiro Anual. Infaliblemente enviaba a sus religiosos, paternales consejos en orden a su santidad personal.

Un acólito se disponía a las órdenes menores. San Leonardo Murialdo le insinúa:

«Ponte ya de buen grado a hacerte santo, que es a los religiosos a quienes Dios dice: Sancti estote quia ego sanctus sum».

Cuando el mismo estaba en trance de ordenarse: «Me complace -le dice - tu amor ante el gran paso. Ello significa que algo entiendes de lo que significa ser sacerdote, pues judicium durissimum his qui praesunt, fiet. Pero confortare et esto robustus.Conque tú obedezcas, todo quedará subsanado. Dabit virtutem qui contulit dignitatem. Ruega, eso sí, a Dios y a la Virgen para que te conserves siempre humilde. Si eres humilde, llegarás a santo. Te dejo con el sabor de este dulce pensamiento».

Otro acólito se preparaba a recibir el Subdiaconado en la ciudad de Chieri y san Leonardo Murialdo le mandó una preciosa carta en la cual entre otros conceptos, le decía:

«Pon el asunto de tu perseverancia a los pies de María. En sus santísimas manos, en cambio, pon el de tu santificación. Piensa que esas benditas manos, son tan omnipotentes, como misericordiosas. Te hablo de santidad porque hablo a un religioso, y tanto más lo haría si ya fueras sacerdote, pues aut sancti sint, aut non sint. Mas no te amedrentes. Bien sabes quejugis conatus ad perfectionem, perfectio reputatur: pero, entendámonos: jugis y un verdadero conatus. Ánimo pues: Courage et confiance era el lema del Santo P. Jesuita Varín.figuraleonardomurialdo

«Me pides alguna norma para tu santificación. Lástima que hayas hecho una mala elección pidiéndome consejo a mí. Como no tengo nada mío para darte, te envío un buen consejo del P. Tomás de Jesús: La santidad consiste en el amor de Dios, cuya máxima expresión es la mortificación y Dios pondrá su santo amor. O también puedes aprovecharte del aforismo de Kempis: "La santidad es la humildad de mente y de corazón y el amor de Dios. Los ejercicios de Piedad y la Meditación son las monedas para comprarlos".

«Y si hace falta más, allá te mando estos conceptos de Filagia o El Amigo de la Santidad, que te vendrán muy bien, como remate de tus Ejercicios: ¿Cómo en que tardamos tanto en darnos a Dios? ¿Cómo es que Jesús y su amor aún no son los perfectos dueños de nuestro corazón? En este momento firmad vuestra rendición a su divino Corazón; hoy día es el indicado, pues os llama. Tú puedes responderle así: Ego dixi: nunc coepi: haec mutatio dexterae Excelsi. Y luego: Domine tu jubes sanctitatem: da quod jubes, et jube quod vis. No pierdas de vista Ecce tempus acceptabile, nunc dies salutis.»

A continuación me place citar la siguiente exhortación hecha a un Josefino, para quien había llegado el día de su Ordenación Sacerdotal:

«Pues bien, muy amado hijo, ¿qué tal camino has hecho en estos días? Veo que estás transponiendo la mitad del Retiro; dime, ¿Has cosechado ya la mitad de los frutos? Ad quid venisti, et cur saeculum reliquisti? Nonne ut Deus servires et spiritualis horno fieres? Percátate si ya eres más espiritual. ¿Te has dado cuenta cabal de que todo es vanidad aquí abajo? Omnia, omnia vanitas, praeter amare Deum et illi soli servire. Espero que desde hoy, no atenderás ya sino al amor y servicio de Dios. No te deslumbre el brillo del mundo, no tengas parte con los carnis desideria, es decir, con la acidia, la gula o con algo peor. Pienso que hayas resuelto firmemente crecer en todo tiempo en el amor a Dios y a su Santísima Madre; o que es lo mismo, ser más humilde, mortificado y consagrado al desempeño de tus obligaciones. En suma, creo habrás resuelto ser santo, para ser feliz ya desde aquí, pero mucho más en la eternidad».

Adjúntale también un programa espiritual de cierto sacerdote de Clermont Ferrand y acaba con estas palabras: «En resumen: Procura resolverte a alcanzar la santidad a cualquier costa, con la gracia de Dios, como lo enseña Don Cafasso; y en segundo lugar, fórjate un programillo espiritual y empiézalo a observar de inmediato».

También es edificante la siguiente carta a un Josefino, a quien le enseña la manera de formular propósitos basados en la vida práctica y cuya eficacia puede durar por mucho tiempo: «No quiero ser largo para no cansarte, ni quiero hablarte sino de tu bien espiritual. Te diré únicamente lo que siempre suele recomendarse:

«El propósito general de hacerse santos no vale nada. Es necesario especificar en qué cosa debe consistir esa santidad. Según Rodríguez la santidad consiste en tres cosas: Amor a Dios, Humildad y Mortificación. He aquí lo que debes implorar de Dios, y lo que hay que proponer. Mas no te descuides de fijar bien claro cómo se practicará este amor de Dios y esta humildad y esta mortificación. Amorem tui solum, cum humilitate et mortificatione, et dives sum satis. Ruega al Espíritu Santo que te infunda estos dones y habrás entrado en la morada de la paz».

No pocas veces, finalmente, se servía para sus paternales consejos, de los numeroros autores ascéticos que leía continuamente.torino

En una carta a un sacerdote Josefino se leen estos sentimientos del P. Eymard:

«¿Cuál será la causa de encontrarme tan rezagado en el camino de la Santidad? No he trabajado quizá únicamente por la Gloria de Dios. No me he dado al estudio y práctica de la humildad de Jesucristo. He querido salir medrado de su servicio y a través de su servicio: He aquí el último baluarte del hombre viejo. ¡Oh María! ¡Vos me habéis dado a Jesús, es necesario ahora que a Él me devuelvas! Ego te offendebam et tu me defendebas, puedes proclamarlo. Entrégate ya a Dios de todas veras: arrójate con entera confianza en sus brazos.»

Acabaré la reseña de tan saludables exhortaciones de nuestro buen Padre, con la descripción de la santidad que hizo cierta vez, escribiendo a un hermano nuestro:

«La vida espiritual consiste:

1.- En el conocimiento de la Bondad y Grandeza de Dios y también de nuestra nulidad y marcada inclinación al mal.

2.- En el amor de Dios y odio a nosotros mismos.

3.- En la subordinación a Dios y, por su amor, a toda criatura.

4.- En una resignación total a cualquier disposición suya.

5.- Que todo cuanto hacemos, o deseamos sea únicamente para Gloria y Beneplácito de Dios. Así Él lo quiere, y por otro lado merece ser amado y servido como nuestro Señor Natural.

San Leonardo Murialdo, en especial a nosotros los Josefinos, nos dejó este testamento espiritual, para que abramos de una vez para siempre nuestro corazón a estos altísimos anhelos de santidad y pongamos por obra sin más dilación su extrema recomendación: haceos santos y hacedlo pronto.

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18.- SU ESPÍRITU DE FE Y DEVOCIÓN

Puede asegurarse que la de nuestro Padre Fundador fue una vida de fe, ya que muy pocos consuelos humanos le alentaron en su azarosa existencia. El mundo, lejos de batirle palmas, se empeñaba en desconocerlo; su abnegación y heroica constancia sólo fueron premiadas con resultados halagüeños al cabo de largo y penoso bregar.

Trabajaba, pues, únicamente por Dios. Sólo así se explica cómo no pudo con Él la multitud de contradicciones que le agobió casi de por vida. Trabajaba únicamente por Dios; por ello, con Dios más que con los hombres trataba de sus obras, esperando contra toda esperanza, allí donde una fe menos robusta hubiera desfallecido con seguridad. Su habitual exclamación era Dios ve y provee.dibujosmurialdo29

Sabía que cumplía la voluntad de Dios y reposaba tranquilo en su seno, en la confianza cierta que algún día despuntaría la aurora de la liberación. Cuántas veces, apretado por las necesidades y compromisos, recurrió a oraciones extraordinarias, y también las ordenó a hermanos y niños. Pero, cuántas otras, la sucesión de novenas no era sino el paso sombrío de negros nubarrones que anunciaban otros no menos amenazadores y tenebrosos, que muy poca luz dejaban pasar sobre su vida. Mas su ánimo no decaía. No solicitaba de continuo las plegarias de sus súbditos, en su heroico asalto al cielo, para que la Fe ajena, más débil que la suya, no viniera a menos ante la tardanza de Dios.

Cuando parecía que todas las puertas se cerraban y la esperanza de una próxima aurora se esfumaba, solía exclamar: Sé que Dios lo sabe, y aún le sobraban ánimos para confortar a quienes parecían desfallecer. Sus puntales contra la adversa fortuna eran loes ejemplos de S. José Cottolengo, Don Bosco y sus propias oraciones; sabía de sobra que la Cruz es la vía regia del Cielo y que la tribulación es semilla que fructifica oro para la eternidad; se dijera que amaba sus infortunios y aún los deseaba como el mundano los placeres.

La fe hacía que las borrascosas olas de desastrada economía se rompieran en el basalto de su virtud. La sonrisa nunca murió en sus labios y en la más fiera tempestad parecía que esplendoroso sol bañara su alma.

Tenía, más bien, ¿quién lo creyera?, el arte de consolar a los afligidos. Leía con avidez, lo comentaba con frecuencia, y recomendaba la lectura del hermoso libro del P. De Caussade intitulado El Abandono en la Providencia Divina. Se empeñó por conseguir una versión italiana; sólo encontró un compendio de la obra por el P. Ramière, y lo hizo imprimir en nuestros talleres, para distribuirlo entre las personas perseguidas por el infortunio.

Del mismo modo difundió ampliamente otro tratadillo que decía «Vida de Fe». Muchos creen que este opúsculo es obra de Leonardo Murialdo; pero sea lo que fuera, es lo cierto que él hizo cuanto pudo para distribuirlo liberalmente, luego de auspiciar íntegramente su edición.

Cierta ocasión me encontraba enfermo en mi lecho cuando casualmente también el santo lo estaba. Y é cada noche me enviaba un mensaje de paz y resignación por medio de un Hermano maestro. En otra ocasión me quejaba con él por la pésima noche que había pasado; entre las convulsiones de una fiebre altísima. San Leonardo Murialdo mostró maravilla de que yo no había sabido sacar provecho de don tan precioso del cielo y me decía que mayores cosas aún deberíamos sufrir.

Especialmente en sus años postreros de vida se había convertido en un alentador mágico de afligidos. Decía que hay que dar infinitas gracias a Dios cada vez que experimentamos aflicciones, pues - decía - son la contraseña de que Él nos ama.

Junto con la buena palabra, echaba mano de la oración por los cuitados. No creo pecar de exageración afirmando que no pocas veces su intervención ante Dios devolvió la calma a muchos corazones; y yo personalmente, he experimentado su valimiento.

A continuación, con ufanía, refiero los argumentos que solía esgrimir para consolar a las almas que lo requerían.

Lo siguiente escribió a un hermano nuestro que se encontraba ensombrecido por tristes perspectivas:

«No hay nada para que perder la paz pensando en el futuro. Son innumerables las veces que suceden las cosas muy al contrario de lo que se esperaban, de manera que cualquier triste augurio es muy susceptible de que se mude en agradable sorpresa. Si somos cristianos debemos mostrarnos siempre alegres. Efectivamente, ¿puede acaecernos algo que no lo quiera Dios? Y ¿te parece que Dios va a permitir algo que realmente nos sea nocivo? Y aun cuando permita que una tribulación nos acose, ¿acaso no nos da un auxilio congruo?

«¡Dejemos, pues, que Dios obre a su talento! Él vela por nosotros mejor de lo que pudiéramos hacerlo nosotros mismos. Nuestra suerte está mejor en sus manos que en las nuestras. O si no, contéstame, amigo mío, si yo por un imposible llegara a ser el supremo Hacedor del mundo, ¿acaso permitiera que te acontezca algo que en verdad te acarree males? Y ¿cómo puede permitirlo Dios? Por tanto, lo lógico es no solamente adoptar una postura de resignación, sino más bien de alegría y gozo, por todo cuanto nos envía Dios. »

Habiendo enfermado un hermano josefino, san Leonardo Murialdo le escribió algunos conceptos sacados del libro La Cruz Dulcificada, por el P. Piamonti. «La cruz - le decía - es remedio de los pecados pasados y protección de los nuevos; por su medio expiamos la pena temporal que debemos por nuestros pecados; pena que debemos descontar forzosamente en la tierra, en el Purgatorio, o peor, - Dios no lo quiera - en el infierno. La Cruz es la que nos conduce al Paraíso, y especialmente es la medida de nuestra dicha allá arriba».

A otro Padre se le había muerto una hermana. He aquí lo que Leonardo Murialdo le escribió a guisa de consuelo:

«Te compadezco, hermano mío, por una parte, pero por otra te envidio. Como hombre te compadezco, como cristiano te envidio. Ha muerto tu santa hermana Sor C. Por las noticias que tengo sé que ha hecho una buena muerte, luego ¡Oh, feliz de ella! ¿No te parece que hay que envidiarla? Dirás tal vez: ¡Pero era aún tan joven! Mas, debemos pensar que Dios conoce mejor que nosotros el tiempo más oportuno para llevarnos de este mundo. Ya llegaremos algún día al Cielo y entonces nos daremos cuenta cabal de que ése fue precisamente el mejor tiempo de morir. Si hubiera sido antes o después hubiera sido malo, o, por lo menos, no lo más indicado. Confiemos el cien por cien en Dios. Él sabe y puede disponer de nosotros mejor que nosotros mismos. Di lo mismo en lo que a tu buen padre respecta. ¡Oh!... Cuando ya entremos en el Cielo, veremos cuán bueno haya sido Dios en mandarnos una cruz sobre otra. Un momento dura el dolor, y eterno es el gozo resultante, no lo olvides. La gloria guarda estrecha proporción con el número y gravedad de las cruces soportadas. Y ¿Qué decir de las tribulaciones espirituales? Ellas, en verdad, son un don sobre todo don; una cruz de diamante, tanto más preciosa cuanto más dolorosa. »

Lo siguiente escribió a una persona que se debatía entre angustiosas estrecheces económicas:

«Confío que las tribulaciones que te envía el buen Dios las recibas no sólo con resignación sino aún con cierta alegría cristiana, pues el único camino expedito hacia la meta es la cruz. Mira de vez en cuando al Crucifijo y di: En fin de cuentas, yo aún no sufro ni corona de espinas, ni escupitajos en /a, cara, ni se me ha fijado en una cruz con gruesos clavos como al Inocente Cordero - Cristo - por salvar a mi pobre alma del infierno. Luego suframos lo poco que tenemos que sufrir con toda paciencia y no desfallezcamos en la práctica del bien. El Paraíso algún día lo pagará cumplidamente».

En otra carta del mismo tenor se lee:

«¿Quién podrá contar a aquellos que hoy día están en el cielo, los mismos que quizá estuvieran en el Infierno si su vida hubiera sido un ensartado de rosas y felicidades? ¡No nos quedemos mano sobre mano! ¡AI trabajo! Todo cuanto hacemos, hagámoslo confiando enteramente en nuestro Padre Celestial. Y ¿no te acordarás de la celestial Madre? Ten presente que Jesús y María, no se hallan tan cerca de nosotros, como cuando pensamos que se han olvidado de nosotros».

Uno de nuestros sacerdotes sentía enorme desagrado por ciertas maledicencias de que era blanco, y san Leonardo Murialdo le consolaba así por carta:

«No te importe mucho lo que digan los hombres de ti. Sigue adelante obrando el bien, que Dios tomará tu defensa. En estas y otras tribulaciones repite con frecuencia el aforismo de San Francisco de Asís: Tanto è il bene che aspetto, che ogni pena mi è diletto. Espero allá tanta dicha que cualquier pena me alegra».

Con nobilísimos motivos aliviaba cualquier pesar de quien sufría al tener que mudar trabajo o destinación:

«En todas partes, - decía -, encontraremos a Dios, siempre bueno, que, cual generoso Señor, paga muy bien en la tierra y mucho mejor en el cielo».

A cierto hermano a quien se le hacía cuesta arriba resignarse a cambiar de casa, le dice: «Dios es quien llama, Dios lo quiere, ¡Ea, pues, ánimo! In nomine Domini toma el camino y vete a trabajar como un apóstol».

En otra ocasión consoló a un afligido hermano, aduciendo como ejemplo a Sebastián Carollo, muerto en olor de Santidad en Julio de 1894:

«Pensando en Carollo di: También hubo dolores de cabeza para Carollo; le asaltaba la melancolía, ciertas ocupaciones le eran antipáticas; mas todo lo sobrellevaba por amor de Dios. Ahora cómo estará contento él.»

El mismo año 1854 dirigió estas cuartillas a un hermano:

«¡Tengo gran pena por ti! Yo en honor a la verdad, he padecido pocas penas interiores, pero las que he pasado bastan para darme cuenta del sufrimiento que causa a quien las esté soportando. Si las mismas se sufren con resignación, con la gracia de Dios, son más meritorias que el martirio corporal. Es menester llegar al cielo para aquilatar el valor de las perlas que nuestras lágrimas cuajan».

A continuación enumera las penas morales del mismo hermano, y rogándole persevere en la oración para que Dios oiga su cuita, le dice:

«Mas, si quieres ser un héroe, es decir un santo a carta cabal, lo que debes pedirle es sencillamente que se haga su santa voluntad y aparejarte a cumplirla. Es norma de filosofía cristiana repetir: «Cumplida, alabada y eternamente glorificada sea la justísima, altísima, amabilísima voluntad de Dios en todas las cosas. Dios, María y San José te consuelen y fortalezcan».

El paraíso, como consta de las cartas precitadas, era sazón y condimento obligado de todos sus escritos y sermones. Su recuerdo y aspiración vehemente le darían, sin duda, fuerzas no pocas para soportar tantas penalidades.

Cuando hablaba del Paraíso, se enardecía, y las palabras le fluían como fresco torrente para bañar las almas de sus oyentes que se contagiaban con su fervor.

Procuraba que todos llegaran a ganar aquel grado de gloria que tiene determinado Dios para cada uno: «¡Qué necedad - decía a un religioso josefino - no aprovechar la oportunidad de ganarnos inmensa felicidad eterna a costo de insignificante trabajo!»

En medio de las tremendas borrascas que estremecieron su vida, san Leonardo Murialdo no perdió nunca su calma y serenidad habituales. Su punto de apoyo era esta exclamación ¡Oh, Paraíso, Paraíso!..

Y a propósito de cielo, este argumento dulcísimo le daba la oportunidad de explayarse maravillosamente en los sermones. Se diría que en sus labios afloraba toda la sabiduría de los santos. Las palabras le fluían con tal ardor y ternura, que realmente impresionaba al auditorio. Habiendo predicado una vez sobre el asunto en el Oratorio «Corazón de Jesús» de Rívoli, los que le habían escuchado, siguieron ponderando por largo tiempo su elocuencia y ardor, y repetían una espontánea e inflamada exclamación que Leonardo Murialdo había usado con insistencia en su prédica «¡Oh, qué satisfacción, qué alegría!»

Animado únicamente por la fe, Leonardo Murialdo trabajaba y sufría. Estando siempre en la presencia de Dios, a Él únicamente rendía pleitesía. Las bromas sobre cosas sagradas no las podía tolerar. Los ultrajes lanzados contra la Majestad Divina estremecían todo su ser. Una vez, oyendo blasfemar a un muchacho, se dejó llevar tanto de santa indignación, que parecía haber perdido su calma habitual, cosa que sucedió contadas veces.

Prestaba adhesión inquebrantable a las verdades sacrosantas de la Religión. No solamente no mostraba alguna simpatía a los errores del tiempo, sino que les estigmatizaba. Particular aversión profesaba al jansenismo que, especialmente a mediados del siglo XIX, tenía algún simpatizante en el Clero.

No se maravillará pues, el lector, de su incondicional sumisión a la santa Iglesia y su máximo jefe. Su timbre de gloria era obedecer al Papa y quiso que lo fuere de toda la Congregación. Ex profeso redactó en las Constituciones, un artículo relativo. Su amor y estimación ilimitados para el Santo Padre mostró defendiendo su poder temporal, tan impugnado en su tiempo. Solía decir: «Nuestros enemigos nos llaman papistas. ¡Gloriémonos de semejante título!»

San Leonardo Murialdo tuvo la fortuna de ser admitido a la presencia del Santo Papa Pío IX y también del inmortal León XIII. Este último fue informado de la reciente fundación de nuestra familia religiosa y se dignó enviarnos sus inapreciables parabienes y una especial bendición. Para todas las leyes emanadas de la Santa Sede mostraba humilde y sincero respeto. Mandaba observar hasta el escrúpulo las rúbricas de la Misa y el Breviario, el ayuno y la abstinencia.

Del sacerdocio tenía un concepto sublime. Se le oía repetir con frecuencia esta inefable verdad: Sacerdos alter Christus... Terrenus Deus. Sus sermones acerca del sacerdocio, así como los del Paraíso, se revestían de inusitada locuacidad. Predicó no pocas veces en las solemnidades de Primeras Misas.

A un diácono josefino, en vísperas de ordenarse, le escribió así:

«Ecce appropinquat hora... ¡Oh, qué dulce argumento de meditación y qué motivo de santas emociones el sacerdocio! Citando a Olier y a S. Lorenzo Justiniano continúa: «Assistunt Deo, illum contrectant manibus, tribuunt populis, in se recipiunt...» «Lee, además - le decía - la Imitación de Cristo. Libro 4; Cap. 11; n° 6. «Quiero además que pienses bien en que los sacramentos, inclusive el Orden, si bien sean ex se aptos para santificar un alma, aunque semel recepti; en el terreno de la práctica, son eficaces solamente en la medida de la preparación del que los recibe».

«Date prisa, pues, aprovecha el tiempo para atizar el fuego del amor de Dios en tu corazón, para ofrecerte en humildad, mortificación y espíritu de Jesucristo. ¿Cómo llegar a dicha meta lo menos indignamente? Con la meditación ferviente y con la oración. Nosotros desde aquí te acompañaremos con nuestra plegaria, y si tienes ocasión de practicar el abneget semetipsum, no la pierdas: ello es gran parte de la santidad».

Cuando llegó ya el tiempo feliz de la ordenación del hermano en mención, Leonardo Murialdo le decía:

«En tu última carta me decías que te parece increíble estar ya tan cerca el día en que te contarán entre los ministros del Altísimo. Así es, mi hermano carísimo. No sólo tú, sino también yo, y diría generalmente todos, debemos admirar no tanto la bondad sino más bien la misericordia de Dios, quien suscitans a terra inopem, et de stercore erigens pauperem ut collocet eum cum principibus, cum principibus populi sui! ¡Oh, amadísimo hermano!, tengamos buen ánimo, viendo que nosotros, tal vez dignos de la eterna «exécration de Dieu», hemos venido a ser (y seremos para siempre, lo espero) l' objet de I' amour infini de Dieu! La prueba al canto: nos ensalza a tanta dignidad de terra et de stercore. Adelante, pues, con confianza. Correspondamos a la bondad divina, armándonos de tanto fervor. Por lo tanto, todo de Dios, ¿eh? Un poco de fervor en los primeros días es cosa natural, habrá que echar buenos cimientos para lo futuro»

Encontramos, además, entre sus apuntes, un extracto de las Obras del Venerable Olier, que se había propuesto transcribir para toda la Congregación. En la mencionada reproducción cita los cuatro puntos siguientes como básicos para que el sacerdote se revista de Jesucristo. Helos aquí:

1- Grande amor y reverencia a Dios Padre, junto con celo ardiente por su gloria.

2- Caridad sincera para los hombres.

3- Odio cordial al pecado y al mundo, su más próximo aliado.

4- Estimación baja de sí mismo, es decir, deseo de humillaciones.

Lo que recomendaba a los otros sacerdotes lo practicaba puntualmente él por primero. Bastaba verlo rezar para concluir que su fe era como la de los Patriarcas. Su aporte modesto, diré más bien angelical, durante la celebración de la Santa Misa, hacía pensar no solamente en un corazón ardiente de fe, sino en algún Carisma que suele caracterizar a los más grandes santos.

Antes de tomar la dirección del Colegio de Turín, Leonardo Murialdo era capellán de las Hermanas de la Caridad. Pues bien, aquellas buenas religiosas quedaron tan profundamente impresionadas por la seráfica devoción de san Leonardo Murialdo al dar gracias después de la Santa Misa, que una en pos de otra se asomaban al coro de la iglesia, solamente para mirarlo rezar.slmgloriafavaro

También tenemos el testimonio de otras religiosas. Las Fieles Compañeras de Jesús, en cuya capilla celebró nuestro Fundador la Santa Misa por considerable lapso de tiempo: «Causaba admiración y estupor -dicen - verlo tan ensimismado en la sagrada función del Sacrificio de la Misa, que su frente, - perdónesenos la expresión - materialmente se aureolaba de una luz sobrenatural. Era imposible contemplarla y no enardecerse en fervor y piedad».

Nuestros Padres, en Venecia, prestaban servicio de Capellanes en varias Comunidades de Religiosas. Es curioso comprobar que, cuando Leonardo Murialdo se encontraba en dicha ciudad, las Comunidades de Madres se disputaban el honor de ser honradas con la presencia del santo, porque - según era voz común - "Su Misa arrobaba y su piedad contagiaba".

El tiempo que empleaba en decir Misa difería conforme estuviera sólo o ante algún público. En el primer caso daba rienda suelta a su devoción y se mantenía en el altar más bien tiempo largo que normal. En el segundo, caso no pasaba habitualmente de los 30 minutos. A los Directores de las comunidades josefinas les tenía recomendado que vigilasen sobre los sacerdotes a ellos confiados. "La Misa - decía - ha de celebrarse con mucha devoción y sin ninguna precipitación: 23 minutos es lo mínimo que ha de emplearse; pues, como dice S. Alfonso: "Missa et Officium, opus sacerdotum".

Hermoso es el testimonio de Mons. Vicente Tasso al respecto: «Tuve la oportunidad de verlo celebrar. Digo sinceramente que fue una sorpresa verlo tan grave y exacto en el ceremonial. Su preparación y agradecimiento no los hacía en la sacristía, sino en el presbiterio».

Una vez, tras un viaje que duró cuanto la noche, llegó a Oderzo para los Ejercicios Espirituales y empezó la Misa a eso de las ocho de la mañana, pero no había bajado del altar hasta pasadas las nueve y, según testimonio del afortunado hermano que le sirvió, la mayor parte del tiempo gastó a partir de la Consagración.

«No me parece temerario - concluye el testigo - afirmar que Leonardo Murialdo veía materialmente al Señor y conversaba familiarmente con Él».

Hay algo más. A partir de aquel día, Leonardo Murialdo no consintió que el dicho hermano le ayudara a Misa: prefirió a un alumno, pues un tal testigo le preocupaba ciertamente menos, y su fervor ya no encontraría vallados.

Aquí cuadra bien el atestado de otro alumno del Colegio Artigianelli, quien le profesaba a su Rector singular afecto:

«Me causaban enorme impresión muchas cosas en el Teólogo Murialdo, pero no tanto como el extraordinario fervor que empleaba en Ia Santa Misa. En las Bodas de Oro del Colegio le vi celebrar en la capilla del mismo. No tengo facha de santo o devoto ni de lejos; al contrario me tienen como un respetable pillastre; sin embargo me cautivó tanto su piedad, compostura y devota pronunciación de las palabras, que derramé lágrimas exclamando: No hay más... ¡es un santo!

Una de las explicaciones de fervor tan insignes, Sin duda, su prolongada y concienzuda preparación y lo mismo su acción de gracias, que alguien podría llamar exageradas. Tanto la primera como la segunda, las hacía de rodillas, sin apoyarse en nada y leyendo libros devotos. Yo le vi salir de su aposento sollozando de devoción antes de ir a revestirse para la Misa.

En los últimos años de vida celebraba casi habitualmente en la iglesia de Santa Bárbara. Allí había ya una turba de connotados curiosos o devotos, que bañaban sus almas de dulce emoción escuchando sus Misas. Es singularmente ocurrente y sincera a la vez la declaración del sacristán de esa iglesia: «Nunca vi a sacerdote alguno, fuera de L. Murialdo, que rezara tanto antes y después de celebrar».

Si debía celebrar en alguna otra Iglesia, tomaba el camino y rogaba a su compañero que callase, pues él debía prepararse para el Santo Sacrificio. Como si ésta no bastara una vez en la iglesia, se arrodillaba in continenti a orar por mucho tiempo aún.

A continuación un ejemplo muy elocuente que narra un hermano nuestro:

«Debíamos ir a la quinta de Moncucco, cerca de Chieri. El pésimo camino hizo que salváramos la distancia en seis horas. Llegamos a destinación cerca de medio día y el santo aún no había dicho Misa. Ni la fatiga, ni la hora tardía, ni otra circunstancia alguna le impidieren para que a tan excelsa acción se preparara debidamente. Luego la acción de gracias no fue menos concienzuda. La mesa estaba puesta y las viandas servidas a poco de terminar la Misa. Pero Leonardo Murialdo rezaba y rezaba sin cuidarse ni poco ni mucho de su cuerpo».

Otra vez debió salir temprano de Volvera a Turín. «Celebraremos allá» - dijo - «ya que aquí no podemos hacerlo con paz».

Que hacía frío... Que debía estar largas horas en ayuno... nada le hizo mudar de parecer...

Diríase que tenía cierta marcada satisfacción en cantar misa, sea de vivos o de difuntos, por ello aprovechaba toda ocasión que se le presentaba. También he de anotar que con el mayor gusto se prestaba a diaconar o subdiaconar o simplemente a servir la Misa. A tal propósito recuerdo que una vez, en una clausura de Ejercicios Espirituales, en las Cárceles Nuevas de Turín, se tuvo Bendición solemne con su Divina Majestad. Había varios sacerdotes más jóvenes que Leonardo Murialdo, pero éste se adelantó para servir de turiferario. Mons. Gastaldi que oficiaba, una vez en la sacristía exclamó en alta voz: «Mirad al Teólogo Murialdo. Él lleva el sagrado fuego del amor de Dios a todas partes».slmiglesia

Ya dejamos anotado como san Leonardo Murialdo aprovechaba cualquier ocasión de servir a Misa. En sus últimos Ejercicios (Marzo 1899), hechos en San Ignacio, procuró ayudar a cuantas misas le fueron posibles cada día, mientras el mismo no celebró ningún día, reputándose indigno. No pasó inobservado el caso y los sacerdotes presentes no cesaban de ponderar tan raro ejemplo de humildad, pues no era nada oculto que Leonardo Murialdo ocupaba lugar muy eminente en el clero de Turín.

En la sacristía, donde quiera que se hallare, no se ponía a conversar con los circunstantes. Muchas veces se le vio salir de ella para evitar irreverencias, o si no podía hacerlo, de cualquier modo buscaba un lugar para arrodillarse y rezar.

Tal lo confirma el testimonio del Canónigo José Antonietti, Vicepárroco de Santa Bárbara:

«Leonardo Murialdo nunca hablaba en la sacristía; más bien, si alguien lo hacía, apenas llegaba el Venerable Siervo de Dios, callaba en el acto por respeto al hombre de Dios».

Anota, además el mismo testigo, que L. Murialdo llegaba infaliblemente media hora antes del tiempo de celebrar, y ese tiempo lo empleaba rezando de hinojos. Si algún sacerdote solicitaba turno para celebrar antes que él, se lo concedía de muy buena gana... Si había que esperar para la Misa porque aún no había público, también se ofrecía a ello alegremente, su contento era poder prolongar sus oraciones de preparación.

La cuenta de Misas la llevaba escrupulosamente. Los legados de Misas en pro del Colegio tenían precedencia. A principios de 1900, presintiendo, sin duda, su próximo fin, se tomó la molestia de revisar toda la Cuenta de Misas, especialmente las que, por concepto de beneficencia, se debían celebrar según las intenciones de la Junta Protectora, escribiéndolo todo a partir de cuadros bien definidos para inteligencia de sus sucesores.

De su registro de Misas se sabe que frecuentemente aplicaba el Santo Sacrificio pro seipso Sacerdote, o también en honor del Corazón Sacratísimo de Jesús o en sufragio de las Benditas Almas de las cuales nadie se acordare en la tierra.

Se confesaba una o más veces a la semana. Su alma, sin duda pura e inocente, la purificaba con una confesión increíblemente preparada basándose en lecturas pías y oración fervorosa, cual si se tratase de un insigne pecador. Su confesor ordinario por muchos años, fue el Teólogo Blengio, a quien le profesaba veneración, más que singular estima. Lo llamaba Santo y, con frecuencia nos traía a colación sus carismas recibidos de Dios y, consecuentemente, su certeza en el gobierno de las almas.

Le prestaba incondicional obediencia cual dócil niño. Diríase que sus palabras tenían la fuerza de una revelación. En su tumba derramó tiernas y abundantísimas lágrimas y quiso leer, como testimonio de su amor, un cálido elogio fúnebre.

Eligió luego para su confesor al Rvmo. Santiago Colombero, Párroco de Santa Bárbara y lo retuvo hasta su muerte. No esperaba que su confesor fuese al Colegio, sino que él mismo, aún con el peor tiempo, y abrumado ya por sus achaques, prefirió ir a buscarlo con toda regularidad. Tenía una especie de obsesión para acrecentar su cúmulo de merecimientos ante Dios. Los medios principales de que para ello se valía eran: la oración, la mortificación y ciertos ardides inocentes que también tuvo a bien enseñárnoslos a sus hijos.

He aquí lo que al respecto, un sacerdote josefino dejó escrito:

«Era en el mes de Agosto de 1893. El Teólogo Murialdo se encontraba veraneando en la quinta de Mottera - Valle de Lanzo - con algunos josefinos y jóvenes colegiales. Cierto día, debiendo Leonardo Murialdo visitar al Párroco de Groscavallo, tuve la suerte de ir en su compañía. Nada diré de la veneración que aquel sacerdote mostró a nuestro amadísimo padre, ni de la humildad profundísima que éste desplegó en la visita, sólo quiero anotar que, al regreso, quiso enseñarme una de sus santas astucias. «Verás - me dijo - si cada mañana nosotros podemos ofrecer a Dios no solamente la Misa que celebramos o escuchamos, sino también todas las que en el mundo entero se celebran. ¿Puedes tú imaginarte de qué cúmulo de gloria y merecimientos nos haríamos acreedores en el Cielo de este modo? He aquí un método fácil y económico para amontonar méritos, y sin embargo no requiere más que un poco de atención».

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20.- ESPÍRITU DE ORACIÓN DE S. L. MURIALDO

Nuestro amadísimo Padre y Fundador fue hombre de acción y de oración; mejor dicho, más que de acción, de oración. Trabajó sin descanso por sus jóvenes artesanos y por sus religiosos, pero más que todo, rezó por ellos. A fuer de grande santo, sabía muy bien que nada vale el empeño humano, si no lo fecunda la gracia de Dios.dibujosmurialdo215

El que estas líneas escribe tuvo la suerte de conocerlo desde muy joven. Pues bien, el recuerdo que más perdura en mi mente es el de Leonardo Murialdo arrodillado delante del Smo. Sacramento, arrobado como un ángel. Quien lo contemplaba en esa postura, llevaba infaliblemente la más íntima persuasión de que se estaba delante de un grande santo. Se cuenta de San Alfonso María de Ligorio que su vida de estudiante y sus primeros años de Sacerdocio los saturó de espiritualidad, con incesante oración y frecuentes visitas a Jesús Sacramentado: Leonardo Murialdo hizo l0 propio. Durante los 34 años que tuve la suerte de convivir con él, me he percatado, cada día con mayor convencimiento, de que L. Murialdo era hombre eminentemente de oración. Ni se crea que descuidaba sus obligaciones por rezar, sino que cada acción iba cortejada de oración. Cuando sus ocupaciones no le dejaban tiempo durante el día, robaba horas a su descanso por la noche, para satisfacer su ansia de rezar.

Al tomar a su cargo el Colegio de Turín, como queda apuntado en otro lugar, las condiciones del mismo estaban lejos de ser halagüeñas. Con el tiempo se agravaron hasta lindar con lo catastrófico. Pareció a veces que su ruina era irreparable e inminente, pues ningún apoyo humano se vislumbraba. Mas L. Murialdo escudriñó los cielos y entrevió allá arriba la solución de sus problemas. Así es que tomó el generoso partido de rezar incansablemente: Dios no podía desoír los gemidos de tan ilimitada confianza. Su día era una sucesión de ingratas tareas: ya golpear, sin fruto quizá, las puertas de los poderosos; ya amortiguar el arremeter impetuoso y no pocas veces brutal de sus acreedores. A nosotros nos parece un milagro de resistencia y de fe, una vida tan trabajada y tan larga; pero todo lo explicamos pensando que, cuando la noche devolvía la calma al Colegio, L. Murialdo se refugiaba en la pobre Capilla de la casa, a contarlo todo al Dios Eucaristía que dijo: «Venid a mí todos los que andáis trabajados, que yo os aliviaré».

Al cabo de largas horas pasadas en dulce conversación con su Dios, sin más testigos que la luz de la lamparilla, estaba listo para luchar con denuedo, no sólo el día venidero, sino todo el tiempo que así lo dispusiere la Providencia.

He aquí su vida por años y años. Su ardentísima fe le infundía fuerza y reanimaba su confianza, aunque su oración, por lo pronto, no le diera los frutos apetecidos. Su oración, al cabo, le salvó. Después de 34 años de bregar tan penosamente, el cielo se enterneció, y L. Murialdo vio, antes de morir, asegurada para siempre, su tan amada obra.

No rezaba tan sólo por el feliz desenlace de la maraña económica, sino también por sus jóvenes. El día lo pasaba en componer la maquinaria financiera para que no diera al traste con los hombres y las cosas. Bien hubiera querido instruir personalmente a sus pupilos, corregir sus defectos, animarlos en el camino del bien; pero sus exorbitantes ocupaciones sólo le dejaban tiempo para ello demasiado de tarde en tarde. Procuraba llenar estas lagunas por medio de terceras personas; pero principalmente lo procuró, y lo obtuvo mediante su oración. Los niños reposaban tranquilamente en sus dormitorios y el Santo Rector estaba tratando de su porvenir con Dios en la Capilla. Leonardo Murialdo fue consolado con frutos envidiables: con pocas excepciones, todos los jóvenes del Colegio de Turín recibían las enseñanzas morales en lo hondo del corazón y así perduraban en el buen sendero, aun fuera del Colegio, hasta terminar su vida con una santa muerte.

Nosotros principalmente, sus hijos, los Josefinos, debemos nuestra supervivencia a sus oraciones. El turbulento trajín de los asuntos del Colegio no le dejaba tiempo para trabajar de lleno y tranquilamente por el desarrollo de la Congregación. Pues bien, encomendaba la cosa a Dios durante sus noches de oración, y Dios, que no deseaba otra cosa, se encargó de allanar obstáculos humanamente invencibles, hasta que la Fundación empezó a navegar en tranquilas aguas.

dibujosmurialdo216La oración del Teólogo Murialdo, especialmente hacia el fin de su vida, vino a ser materialmente continua. Podemos asegurar que su oración duraba todo el tiempo que no lo dedicaba a un corto reposo nocturno. No empleaba menos de cuatro horas entre prepararse, decir misa y dar gracias. Al dar una ojeada a su aposento o alcoba encontramos: un reclinatorio, con un devoto crucifijo sobre él, con las huellas inconfundibles de infinitos besos amorosos, un cuadro de la Virgen Dolorosa, una pintura de los Novísimos, algunas esculturas religiosas, como una representación de las visiones de Cristo a su Sierva Margarita Alacoque y otra de la Oración de Jesús en el Huerto.

Arrodillado en dicho reclinatorio, gastaba largo tiempo antes de salir para la Capilla. Allí mismo se refugiaba cuando, a lo largo del día, podría tener un momento de paz, o cuando la crudeza de la estación no le permitía trasladarse a la presencia del Santísimo Sacramento.

Puede imaginarse el lector con cuánta fruición L. Murialdo acudía a ese oasis de paz y de espiritualidad; a gozar de la conversación con su Maestro Crucificado. ¡Qué intimidades no ocultarían esas descoloridas cortinas que le segregaban del trabajo ingrato de su escritorio!

A este propósito viene a pelo el siguiente testimonio de un alumno. Dice así: «Tuve la suerte de acompañarle varias veces a veranear en una de sus villas situada en las alturas de Turín. Cierta vez, al llegar a la quinta, nos encontrábamos completamente solos. Murialdo me convidó a decir las oraciones de la noche; luego me mandó a mi pieza a descansar, mas él se quedó de rodillas en el Oratorio. Eran más o menos las 11 de la noche; si la memoria no me es infiel, a la mañana siguiente tuve que madrugar no sé por qué motivo. Fuime a la Capilla, y cuál no fue mi asombro al encontrar al P. Murialdo todavía arrodillado en la tarima del altar: exactamente igual que 6 horas antes, es decir desde cuando le di las buenas noches. Es mi convicción que estos veraneos los efectuaba de preferencia cuando no estaba habitada la villa, así nadie interferiría las oraciones nocturnas. Lo que acabo de afirmar me sucedió no una sino muchas veces».

Un sacerdote cuenta a su vez: «Cierta noche encontré a nuestro buen Padre en profunda oración en la Capilla de Rívoli. Eran las 10 de la noche. Volví una hora después y todavía estaba allí Murialdo. Regresé nuevamente a eso de media noche y también por la una de la mañana: Murialdo no había cambiado ni lugar ni posición. Yo era sacristán, y he observado que era cosa ordinaria ver que el Siervo de Dios pasaba larguísimas horas de adoración tan profunda y devota, que se diría tratábase de un éxtasis durante muchos días; pero habitualmente durante la noche y, más de propósito durante los Ejercicios Espirituales. Jamás salió a la calle sin antes haber visitado a Jesús Sacramentado, como rezan las Constituciones; por más que, estando la Capilla en el segundo piso, tenía que subir trabajosamente las gradas. Al llegar a cualquiera Casa nuestra, el Venerable Siervo de Dios lo primero que hacía era visitar a Jesús Hostia y demorarse allí considerablemente».

Otro testimonio declara que en Oderzo el año de 1.900 mientras el célebre Padre Jesuita Barbieri predicaba los Ejercicios, L. Murialdo estaba de rodillas en el frío pavimento, sin apoyo de ninguna clase, durante todo el sermón. Creía no ser visto, pero eso nos consta con toda certeza. De esta manera alcanzaba de Dios que las palabras del predicador penetraran hasta el corazón de sus hijos.

Así mismo un buen Sacerdote, Arcipreste de San Miguel de Ramera, Diócesis de Céneda, habiendo visto rezar a Sal Leonardo Murialdo en la Capilla de Oderzo, atestigua: «Entré en la capilla muy de madrugada y me encontré con el Teól. Murialdo arrodillado delante del Santísimo, con las manos juntas, absorto como un serafín».

Y a propósito de su compostura en la Iglesia, un hermano nuestro que más tarde dejó de ser Josefino depuso: «No me olvidaré de por vida la tarde aquella en que, hallándome yo en Oderzo, me llamó L. Murialdo a su alcoba con una severidad desacostumbrada, tal que jamás en adelante le observé igual. La causa fue que yo había estado indevoto durante la visita al Santísimo. Efectivamente, confieso que mi compostura, aquella tarde, había estado lejos de ser devota. Me dijo, pues, marcando las palabras, que si no podía estar correctamente arrodillado, mejor me sentara. Tal postura -añadió- denota o poca fe o grande ligereza. Luego serenó su semblante y temiendo haberme mortificado más de la cuenta, empezóme a hablar dulcemente de la reverencia que los Santos guardaban para la SS. Eucaristía y siguió adelante con una santa conversación».

Parte considerable de su oración la consagraba al rezo del Breviario. Lo hacía siempre de rodillas y ante el Santísimo Sacramento. Puedo asegurar que jamás tomó asiento para rezar el Breviario, excepto cuando estaba postrado en cama, o cuando se sentía abrasar por la fiebre o durante los viajes.

En todo tiempo lo veíamos rezando su Breviario de rodillas. Solamente en los últimos meses de su vida, sintiéndose literalmente agotado, se apoyaba al banco posterior. En honor a la verdad, debemos consignar que alguna que otra vez leyó el Breviario sentado, es, a saber, cuando acompañaba en la santa faena al sacerdote Don Juan Cocchi. Este santo sacerdote, lo decía lentísimamente, casi meditando los versículos, por ello nadie le cortejaba en el rezo del Oficio. Leonardo Murialdo solamente le acompañaba, cuando podía, gozándose por dar rienda suelta a su devoción y recreándose con los luminosos ejemplos de aquel santo anciano.

Fuera de este caso, Leonardo Murialdo tenía como norma recitar el Breviario solo, con el fin de hacerlo con toda devoción. Su rezo mejor pudiera llamarse meditación, para ello se ayudaba admirablemente de un libro escrito por un Padre sulpiciano, y cuyo título era El Oficio Divino. Lo leía por partes cada vez que se disponía a rezar el Breviario. Ciertos salmos los leía en el mismo tratado recreándose con las notas que había al canto. Cuando los sentimientos expresados en las notas o en los versos sagrados hacían profunda mella en su alma, los subrayaba con un lápiz una, dos y hasta tres veces según la importancia que les atribuía. Más tarde, como tanto bien espiritual le causaba la lectura de dicho libro, pensó hacer verterlo al italiano en forma compendiada. Lo encomendó a un docto y celoso Canónigo de Vercelli y, una vez listo el manuscrito, lo mandó imprimir en los talleres del Colegio de Turín. De allí en adelante no cesaba de difundir el precioso librito entre los Sacerdotes Josefinos y no Josefinos; diciendo que es una excelente manera para rezar con la Iglesia y como la Iglesia y recoger, naturalmente, el más copioso fruto espiritual.

Esta santa costumbre de subrayar los pensamientos que más le impresionaban, la mantenía al leer cualquier libro espiritual. Tenía una abundante y escogida colección de libros espirituales; y de ellos se servía para sus oraciones y conferencias espirituales. He aquí algunos títulos: Además de la Imitación de Cristo y el Combate Espiritual de Scupoli, leía con fruición: Motivos de amor a Dios; Consideraciones sobre el Sagrado Corazón por un Padre Jesuita; Paradisus animae Cristianae; Scutum Fidei de Boppert, algunas obras de Olier, y varios otros; generalmente en lengua francesa. Todo ello, naturalmente, descontada la meditación de Regla.

Tenía, además, la costumbre de rezar ciertas oraciones vocales, aprendidas en S. Sulpicio o compuestas por él mismo, las cuales intercalaba en sus santas lecturas, para nutrir su espíritu y enardecer su corazón. Entre otras oraciones vocales, que nunca omitía, debemos contar el Santo Rosario y una corona al Sgdo. Corazón que enseñó también a sus Religiosos.

Con el fin de mantener firme la atención al rezar el Santo Breviario tenía distribuido, en lugares estratégicos del sagrado texto, algunas estampitas o imágenes devotas en donde estaban escritas varias fórmulas edificantes. A veces las mismas páginas del Breviario estaban salpicadas de tan piadoso recurso a fin de que, teniéndolas más a la mano, pudieran ayudarle a inflamarse más en la Divina Caridad.

Después de su santa muerte, los Breviarios y Diurnos usados por san Leonardo Murialdo fueron ávidamente arrebatados por algunos Sacerdotes Josefinos, quienes, leyendo esas páginas, perfumadas con las virtudes de un santo, experimentaban extremado consuelo espiritual.

Paréceme que será de alguna utilidad transcribir a continuación algunas expresiones contenidas en dichas estampas o en el Breviario mismo. Helas aquí:

En la primera página de un Diurno se lee: Propositum practicum: Sincera intentione in omnibus serviendi, per omnia, ex puro amore.

En la segunda leo el siguiente convenio con Jesús:

«¡Oh dulcísimo Salvador mío! Oh amantísima Madre mía María!, aceptad, os lo ruego, por vuestros amorosos y santísimos Corazones, el pacto que esta mañana quiero celebrar con Vosotros. El pacto será el siguiente: cuantas veces yo respirare en el decurso del presente día, entiendo hacer, con el mayor afecto, tantos millones de actos de amor hacia Vosotros, cuantas son las estrellas del firmamento, los átomos del aire, las arenas del mar, las hojas de los árboles, las gotas de agua de los océanos, los pensamientos de los hombres que fueron, son y serán y que pudieran ser, más aún, cuantos son los momentos de la eternidad.

(Renuévese esta intención a cada jaculatoria).

dibujosmurialdo217En otra parte: Nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, todo se pasa, sólo Dios basta.

Propter nimiam charitatem tuam, qua dilexisti me, a saeculis aeternis, fac ut et ego ferventissimo amore posthac inseparabiliter adheream tibi.

Tota vita mea dilligenter discussa, non habet nisi peccatum et sterilitatem.

En otra página:

Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova; sero te amavi, mecum eras, et tecum non eram: vocasti et clamasti et rupisti surditatem meam.

Principes de la vie intérieure, ou surnaturelle: Recueillement; fidélité a la grace; presence de Dieu; purité d'intention.

En el envés de una imagen de María:

Omnes consolatur; et tenuiter invocata praesto adest. Tota mitis et suavis, non solum justis, verum etiam peccatoribus et desperatis; respicite ad illam, perditi peccatores, et perducet nos ad portum. O tres sainte Vierge Marie, Vous qui avez arrangé les affairs de tout les siècles, arrangez encore celle-ci; Jesus, Marie, Joseph, éclairez nous, protegez nous, sauvez nous.

En un tomo del Breviario se describen las condiciones para ser un buen sacerdote, según San José Cafasso. A saber:

1.- Concebir una idea verdadera y justa del estado sacerdotal, esto es como un estado de sacrificio y mucho trabajo.

2.- Tomar una decisión franca y sincera de llegar a ser tal, a cualquier costo, con la ayuda de Dios.

A lado de estos puntos, añadió las mismas intenciones que San José Cafasso se proponía al rezar el Breviario.

Maitines, por las necesidades actuales de la Iglesia .

Laudes, por la conversión de algún pecador. Prima, en sufragio de algún alma del Purgatorio.

Tercia, para alcanzar gran pureza de intención.

Sexta, para alcanzar una profundísima humildad. Nona, para obtener la virtud de la pureza. Vísperas, por una santa muerte.

Completas, para que Dios nos condone el Purgatorio.

Fuera de estos afectos de Don Cafasso, sugería a sus sacerdotes un pensamiento muy propio suyo: Añadir a las palabras«Digne, attente, ac devote» la palabra laetanter, que era como una síntesis de los apuntes referidos.

En sus viajes y caminatas, su delicia era rezar, o leer cosas espirituales. Cuando debía esperar en las recámaras de las personas que visitaba, tomaba su librito espiritual, y, lápiz en mano, recorría sus páginas por todo el lapo que duraba la tardanza. Cuando viajaba sólo, era fijo que todo el tiempo lo empleara en sus devociones, por más que el trayecto fuere tan largo como el de Turín a Venecia.

Como vía de ejemplo citaré el testimonio de un Sacerdote Josefino:

"Cierta vez, siendo yo Director del Patronato de Venecia, tuve la singular fortuna de viajar en compañía del P. Rector de Turín a mi Comunidad. Tomamos el tren en Puerta Susa y, apenas embarcados, Murialdo me invitó a decir una parte del Santo Rosario, luego las dos partes restantes y por añadidura una corona al Sagrado Corazón. Tomó luego la Imitación de Cristo y se puso a leer por largo trecho. Al terminar su lectura empezó a conversar conmigo sobre temas de espiritualidad, y me acuerdo precisamente que me explicaba como la velocidad del tren, que dejaba atrás innumerables árboles y casas. significaba la velocidad del tiempo que dejaba tras de sí la vida humana. La conversación, sin embargo, no fue sino un alto en la oración, pues inmediatamente se puso a rezar de nuevo hasta llegar a Venecia. Me pregunto yo si habrá muchos en el mundo, que hayan alcanzado unión tan íntima con Dios".

Al disponerse para un viaje, aprestaba su valija con los vestidos y más enseres necesarios, pero también con una bolsa suficientemente surtida de libros espirituales: alimento de su alma para las horas de tren. Tenía también la costumbre de saludar a Jesús Sacramentado, al pasar frente a las Iglesias a lo largo de las carreteras o vías: costumbre que aconsejaba también a los Josefinos todos.

Su intención era multiplicar las visitas a Jesús Eucaristía y tenerle compañía, aún durante sus viajes.

Cuando debía viajar a pie, en compañía de algún hermano, conversaba por pocos minutos por cortesía, y después pedía licencia para apartarse un poco y rezar. Si se trataba de un grupo, echaba mano de un librito espiritual, y lo comentaba en público, ya que su empeño era hablarnos siempre de las cosas de Dios.

He aquí como se expresa un ex-alumno: "La Quinta Agrícola estaba funcionando aún en Moncucco. Leonardo Murialdo la visitaba de vez en cuando, y casi siempre a pie. Antes de ponerse en camino (que era de 20 kilómetros), me decía: «Hagamos el siguiente pacto: cada paso que demos, sea con la intención de decir Alabado sea Jesucristo. En el trayecto, entre tanto, decíamos, dos o tres veces el Rosario íntegro».

Un hermano, a su vez, nos dice que a él le enseñó una manera sencilla de santificar un largo paseo. "cada paso que demos -dijo- sea para decir Ave María por el pie derecho y Alabado sea, Jesucristo por el izquierdo. Así al término del camino, nos encontramos con una buena carguita de méritos".

Tal unión con Dios es imposible que no haya sido premiada con los especiales carismas que se leen en la vida de los Santos. El Venerable Siervo de Dios jamás habló de alguno de ellos, ni con sus más íntimos familiares; mas nosotros sí creemos que Dios le favoreció con tales dones, y lo vamos a probar, basados en los testimonios juramentados de dos Sacerdotes Josefinos.

Sea el primero: «Trabajaba yo en la Quinta, teniendo a mi cargo la Segunda Sección. Cierta vez en ausencia del P. Director, vino nuestro amadísimo Fundador a visitarnos, y he aquí que durante la noche, vino a sentirse mal uno de los niños. Requerí al enfermero pero no había. Fuime a la capilla (era a eso de media noche) y encontré a Leonardo Murialdo con las manos en alto, con los ojos bien abiertos, fijos en la estatua del Corazón de Jesús. Me parecía, además, levantado del reclinatorio. Me acerqué para hablarle, pero no me respondió, le toqué y aún le di un leve empellón, y ni siquiera pareció reparar en nada. Ante espectáculo tan extraordinario, no sabía a qué atenerme y me retiré confuso. Mas, empeorando el niño, volví a la Capilla. Esta vez L. Murialdo rezaba en profundo recogimiento, con el rostro oculto entre las manos. Le dije que me había hecho presente poco antes, y que le había llamado y que no me respondiera.

-Tal vez me habría dormido -arguyó-

-No - le dije...- tenía los ojos abiertos.

-Bueno, bueno -me interrumpió-, por ahora silencio.

¿Sería un éxtasis?»

El segundo: «Llegué a Turín desde Pinerolo con el último tren. Como era ya muy de noche y no sabía a quien dirigirme por un poco de comida y un aposento, opté por hacer una visita al Santísimo y me dirigí a la Capilla por detrás del altar. Aquí oí claramente la voz del P. Rector. Abrí la cortina que da acceso al presbiterio y me topé con un maravilloso espectáculo: L. Murialdo, con los brazos en cruz, y elevado a la altura del reclinatorio, decía oraciones en Latín.

Probé una sensación de terror y salí inmediatamente de la Capilla, mas luego volví a entrar haciendo, de propósito, gran estrépito con la puerta para volver en sí al Venerable Siervo de Dios. Mas cuando lo miré, guardaba una posición normal. Arrodillado en su banco rezaba plácidamente. Me acerqué y me puse a sus órdenes. Leonardo Murialdo se levantó in continenti, bajó al comedor, me acomodó una cena, como podía hacerlo a esas horas de la noche y con el mayor cariño me asignó un dormitorio. En seguida se dirigió a la Capilla a proseguir su oración».

Nuestro testigo no sabía explicarse cómo podía San Leonardo Murialdo tener equilibrio apoyado en el reclinatorio del banco y con los brazos en cruz; más del fenómeno estaba muy seguro, y no podía equivocarse, estando como estaba, prendida una bujía a gas.

Sor Alejandrina, de las Josefinas de Pinerolo, narra un caso casi idéntico: Dice que un domingo de 1899 acertó a entrar en la Capilla de San José en Turín, y encontró al Venerable Siervo de Dios levantado a la altura del banco, con las manos en posición de rezar. La religiosa quedó estupefacta y luego de breves momentos se retiró sin que el santo lo advirtiera.

También Sor Antonieta, Josefina como la anterior, atestigua haber encontrado a Murialdo extático, con los ojos fijos en la estatua de María, en la Capilla de Oderzo.

La Religiosa, que hacía oficio de sacristana, trabajó por tiempo considerable en torno del altar, y cuando se retiró aún Murialdo guardaba la misma posición.

Murialdo trabajó mucho y enseñó también mucho; y sus enseñanzas fueron eficaces precisamente porque estaban basadas en el ejemplo. Lo que más inculcaba en sus prácticas, o en el sagrado tribunal de la Penitencia era la oración. Para justificar esta santa importunidad, tenía preparados los mejores argumentos, extractados de los escritos de los más grandes maestros de espíritu, especialmente de San Alfonso.

Hasta sus cartas tienen este sello de la invitación a la oración.

«Procura -decía al Director de Bassano- que tus hermanos sean en verdad buenos; que cuanto hacen, lo hagan por un fin realmente religioso y no solamente por sobresalir. ¡Ay de nosotros si hacemos las cosas ad oculos servientes! Incítalos a la oración, pero mucha oración, especialmente buena oración, ya que únicamente Dios es quien nos dará spiritum bonum."

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19.- SUS DEVOCIONES PRINCIPALES

1. Cofradías piadosas

Como queda apuntado en otra parte, era Leonardo Murialdo muy ávido de toda ganancia espiritual. Aún era estudiante de Teología y ya había dado su nombre a muchas Cofradías o Congregaciones piadosas. Hubo un tiempo, en que perteneció a 23, pagando fielmente las cuotas y cumpliendo sus obligaciones. Más tarde se separó de algunas, pues, mucho era atender a todas ellas, teniendo tantos asuntos entre manos. Siguió perteneciendo, de preferencia, a las que le ofrecían mayores frutos espirituales o que sufragaban mejor por las almas del Purgatorio. Por este mismo santo anhelo buscaba con pasión las oraciones indulgenciadas. Se preocupó para que los catálogos oficiales de indulgencias fueran impresos con máxima fidelidad, purgados de falsas indulgencias, para ventaja propia suya, de sus hijos y el honor de la Santa Iglesia.dibujosmurialdo01

Por 1.886 vino a saber que los crucíferos belgas y holandeses tenían la facultad de bendecir rosarios enriqueciendo cada Pater y Ave con 500 días de indulgencias, aplicables a las benditas almas del Purgatorio: bastó ello para que, de inmediato ordenara a Maastricht algunos miles de dichos rosarios, teniendo antes buen cuidado de verificar la autenticidad de dichas indulgencias, el modo de lucrarlas debidamente y de garantizar su pedido.

Sus familiares, parientes, jóvenes y amigos gozaron ampliamente de tan singular riqueza.

2. Devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Por este mismo incendio de devoción que le devoraba, visitó algunos de los santuarios más célebres de la cristiandad tales como: Loreto, La Salette, Paray - le - Monial e Issoudun. El ardor que en su pecho nutría hacia María Santísima y el Sgdo. Corazón lo volcaba en sus jóvenes hermanos. Por muchos años abonó la suscripción de "Messager du Sacré Coeur de Jésus" de Toulouse: librito que le era muy útil para sus conferencias religiosas y para informarse de los avances gigantescos que hacía la devoción al Corazón de Jesús.

Tuvo personal correspondencia con el gran propagador del Apostolado de la Oración, Padre Ramière, y procuró que en las casas josefinas se erigiera este santo apostolado, la comunión reparadora y la Guardia de Honor.

Deseaba que los mejores jóvenes le hicieran la corte al Divino Huésped de nuestros altares. Cada primer viernes del mes invitaba fervorosamente a sus jóvenes para que asistieran a la Misa de Comunión Reparadora que él mismo, sin falta, celebraba en la Capilla de la Fundación. Acudían al principio pocos jóvenes; mas él, sin desalentarse, celebraba todas las funciones con la máxima solemnidad. No se casaba de repetir a sus Josefinos: «Propagad... propagad la devoción al Divino Corazón. Cuando confesáis, tened la buena costumbre de imponer en penitencia alguna oración al Corazón de Jesús».

Había hecho un estudio particular de las promesas del Dulcísimo Corazón, sobre opúsculos publicados por los mejores escritores ascéticos. Con frecuencia predicaba sobre las mismas y tenía particular énfasis al explicar aquella que dice: Bendeciré aquellas casas en las que se honre a mi Divino Corazón. Él era quien primero se beneficiaba de esta magnífica promesa, ya que, si bien la tormenta financiera le azotaba sin cesar, tenía por cierto que el Corazón de Jesús, algún día, le hubiera sido puerto seguro para su obra. Los eventos posteriores probaron que su esperanza no fue vana.

La primera casa josefina que abrió, fue en Rívoli, y quiso que llevara por nombre Corazón de Jesús. A pocos años de ello se abrió el Oratorio en la misma ciudad, pues bien, tanto el oratorio como su Capilla fueron bautizados con el nombre de Corazón de Jesús Y, por feliz coincidencia, o mejor, por disposición del Cielo, también la obra de Módena, la última que san Leonardo Murialdo erigiera lleva este dulcísimo nombre. Tal vez a ello se deba su felicísima prosperidad.

Igual amor guardaba para la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Era su argumento preferido de meditación y ordenó a los Directores de casas que los Domingos de Cuaresma predicaran obligatoriamente sobre la Pasión. El viernes era para L. Murialdo día de ayuno riguroso; no omitía el ejercicio de la Vía Crucis, al cual invitaba especialmente a los jóvenes del Apostolado de la Oración. Antes del Vía Crucis acostumbraba dirigirles un fervorín. Rezaba con frecuencia las Letanías de la Pasión, y solicitó que se las leyesen el propio día de su muerte.

¡Quién sabe de qué intimidades fervorosas habrá sido parte un hermoso Crucifijo que tenía en su aposento! Tenía un facsímil del Santo Clavo que se venera en Roma. De él se servía para meditar más prácticamente la Sagrada Pasión; el día de su muerte lo tenía devotamente entre sus dedos y se pinchaba con él, para recordar los dolores de su Maestro.

3. La Eucaristía

Capítulo aparte merecería su devoción a Jesús Sacramentado. Reservamos a propósito otro espacio en este libro para hablar de su tiernísimo fervor en sus frecuentes y prolongadas visitas a Jesús Sacramentado. Sin embargo ahora prefiero consignar lo siguiente:

Era Leonardo Murialdo un apóstol de la Comunión frecuente, pero preparada con todo esmero y devoción. Con intenso cariño preparaba Primeras Comuniones y especialmente en sus primeros años de Rector, quería exclusivamente para sí este privilegio.

¿Quién no recuerda de sus fervorines antes de la Sagrada Comunión de los niños? Se podría decir que eran obras maestras en el género, ¡cuánto servían para enardecer a esas almas inocentes o para apartar de la Sagrada Mesa a aquellos infelices que pretendían comulgar indignamente! Contra estos últimamente tenía apóstrofes de fuego, y con el mismo ímpetu llamaba a sus jóvenes a la Comunión Reparadora. ¡Cuán maravillosamente saturadas de devoción y ternura eran sus exhortaciones al respeto de la Eucaristía! Revelaban una fe ardiente, y calaban hasta lo más profundo en el alma de los niños. Uno de estos, ya hombre maduro, vuelto a mejor vida después de varios tropiezos morales, decía que nunca se había olvidado de la saludable impresión que le produjeron las palabras que san Leonardo Murialdo pronunciaba en la capilla. «Cuando comulgo - decía - y veo que alguien se acerca al altar con poca reverencia, me vienen a la mente las palabras que con tanta convicción repetía Leonardo Murialdo, a saber: "Jesús mismo está en este Sacramento y no otro, está vivo y verdadero; ni más ni menos que Él mismo en persona, con su Cuerpo, Sangre, etc..." Diré además - continúa - que Leonardo Murialdo se esforzaba con la voz, los ademanes y el rostro para esculpir en nuestras almas estas verdades... y entonces se aviva mi fe y poco me preocupo de la distracción y ligereza ajena».

Puso como artículo de las Constituciones que en todas nuestras Casas, aun las pequeñas, como la de Mottera, se reservara al Santísimo Sacramento, a fin que sus religiosos siempre gozasen de la Compañía de Jesús Eucaristía.dibujosmurialdo07

Era propagandista de las visitas a Jesús Sacramentado. Al efecto distribuyó ampliamente el librito relativo de San Alfonso M. de Ligorio.

Escribía así a un hermano: «¡Laus Deo! Sé que allá hay frecuencia de Comuniones. Según el P. Barry, Dios bendice a toda la familia si un miembro de ella frecuenta la Comunión; lo mismo que se retira de las familias cuyos miembros no frecuentan la Sagrada Mesa. No hay para qué repetirlo: hay relación directa entre la vida espiritual y la Comunión: frecuencia y fervor son una misma cosa».

Desde Allevard les Bains escribía, en cambio, a un hermano coadjutor de Venecia: «¿Sufres de Siroco? Pues bien, sábete que aun aquí en las alturas hace mucho calor; ¡me imagino en Venecia!.. Pero, ahora dime, ¿Hace calor también allá dentro? ¿Cómo vamos de fervor? ¿Te abrasas en el amor de Dios? Espero que sí, ya que es tan cómodo juntarse al brasero que tenéis en casa... Aún más, espero que metas el fuego en el mismo seno... en el corazón con la frecuente Comunión... si hay esto, sin duda habrá lo otro».

En la misma Venecia se había instituido una piadosa Asociación con los niños más pequeños y devotos del Oratorio: se llamaban Los amigos de Jesús. No bien tuvo noticia de ello escribió al Director de esa casa que le enviara los estatutos y, visto que el fundamento de la tal asociación era el amor al Corazón de Jesús y a la Eucaristía; tuvo palabras encomiásticas para el Director. Y le aseguró de parte de Dios las más selectas bendiciones, con tal que se cumpliera fielmente con el Reglamento. Y cada vez que iba a Venecia, quería asistir a la reunión de Los Amigos de Jesús,... con ellos hacía la visita al Santísimo y la Vía Crucis y los dejaba enardecidos en santa devoción. Los niñitos, por su parte, no cabían en sí de felicidad al saber que había llegado a Venecia, pues, bien sabían que él era el modelo de Los Amigos de Jesús y un imitador perfecto del fundador del Patronato: Don Ángel Bortoluzzi.

4. El Espíritu Santo

Es digno de nota, además, que nuestro Fundador fue muy devoto del Espíritu Santo. No sólo lo invocaba frecuentemente en su propio favor y en el de sus hermanos y jóvenes, sino que también a menudo predicaba sobre este argumento, sirviéndose de preferencia del tratado relativo de Gaume que lo anotaba cuidadosamente. Profunda angustia mostraba al ver que el pueblo cristiano tan poco honrase particularmente a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

5. Devoción a la Virgen María

Y ¿qué diremos de su devoción a María Santísima? Diremos, ante todo, que era tiernísima: era su consuelo, su gloria y su paz. Con fruición leía los tratados que de ella hablaban, principalmente los del P. Pacciucchelli, Las Glorias de María de San Alfonso y las obras de S. Bernardo. Profesó particular devoción a la VirgenConsolata, de Turín. La visitaba largamente todos los sábados y rogaba a los Josefinos de Turín que lo imitasen, en cuanto pudieren, y así mismo a los que vivían fuera de Turín. «No regreséis - les decía - sin visitar a la que da todo Consuelo». Dispuso, además que cada sábado se celebrara una Misa por la Congregación en el Santuario de la Consolata, Misa que luego pudo celebrarse solamente los primeros sábados.

A su Consolata acudía en cualquier necesidad de la Congregación o del Colegio. Por ello no sólo los sábados iba a postrarse a sus pies, sino cada vez que se le presentara la oportunidad.

También profesó tierna devoción a la Virgen de las Misericordias que tiene un altar particularmente consagrado a ella en la Iglesia Parroquial de Santa Bárbara. El Canónigo José Antoniotti consignó por escrito que el santo, después de la Santa Misa, hacía la acción de gracias en aquel altar, y que, cuando lo necesitaba, lo encontraba sin falta en su lugar preferido. Entre las oraciones que honran a María Sma. le gustaba sobremanera el Angelus Domini. En sus últimos años de vida escribió una Circular a los Directores de nuestras Casas recomendando expresamente el rezo devoto y constante de esta salutación a María.

Era un viejo anhelo suyo propagar entre los cristianos la verdad, cuyo mayor defensor es San Bernardo, a saber: Deus totum nos habere voluit per Mariam. En Septiembre de 1898, por inaugurarse en Turín el nuevo Templo del Sgdo. Corazón de María, se realizó un Congreso Mariano. San Leonardo Murialdo aprovechó esta coyuntura para lanzar a la Comisión Organizadora y Directiva la siguiente propuesta:

«El que suscribe, animado únicamente por el deseo de ver siempre más honrada a la Madre de Dios, se ofrece a auspiciar la publicación de un folleto que exponga con claridad, para inteligencia de los fieles, la verdad enunciada por San Bernardo que reza: Deus totum nos habere voIuit per Mariam».

«El autor, si a bien tuviere, puede ampliar el tema propuesto tomando materia del Cap. V de Las glorias de María, de S. Alfonso M. de Ligorio, a saber: De la necesidad que tenemos del auxilio de María Santísima para salvarnos.dibujosmurialdo12

«¿Qué himnos de acción de gracias no se entonarán a la Virgen Madre, cuando los fieles cristianos se percaten de que, cuántas gracias reciben, se las deben a su poderosa intercesión? ¿Cuál generosa confianza no se despertaría en los corazones cristianos, sabiendo que Madre tan buena es la tesorera de todas las gracias?

El folleto debe ser breve, ya que debe costar poco, pero eso sí, exacto en su razón teológica, y apoyado en la doctrina de la S. Iglesia, la cual, si bien no ha proclamado esta verdad como dogma de fe, pero la considera cierta; sin sombra de dudas, pues la cree fundada en la Doctrina de los Teólogos.

A nosotros los turineses nos toca poner de relieve esta fúlgida gloria de María, ya que la misma Iglesia nos enseña a profesar cada año esta misma verdad en el Oremus de la Consolata: Domine Jesu Christe, qui ineffabili providentia per Genitricem tuam Mariam, omnia nos habere disposuisti, concede propitius, etc.Así pues, como dije antes, el que suscribe estas líneas, pide que la Comisión Directiva de este Congreso Mariano invite a alguno de los sacerdotes aquí presentes, particularmente devoto de María a escribir el mencionado tratadillo.

Ello será con seguridad una garantía de bendiciones para el piadoso autor, ya que, como canta la Iglesia: Qui elucidant me vitam aeternam habebunt.

Teól. Murialdo,

Rector del Colegio Artigianelli».

La propuesta se puso a consideración del Congreso y fue aprobada por la subcomisión en la tercera sesión. San Leonardo Murialdo por su parte, de inmediato, puso manos a la obra. Su primera idea fue que cada Director mandara hacer en su Comunidad un estudio sobre este tema con la intención de publicar una síntesis de todos los trabajos. Escribió personalmente a un sacerdote josefino, encareciéndole con estas palabras: «Así se aumentará la devoción a la Madre de todos los Directores».

Dado que la enunciada Circular no tuvo gran éxito, Leonardo Murialdo volvió a insistir ante el ya nombrado sacerdote josefino, - quien no tenía otra ambición que complacerle -, a fin de que en la mayor brevedad posible, se pusiera al trabajo: «Qui elucidant me vitam aeternam habebunt, - le decía -, colabora también tú a extender en el mundo la devoción a tan tierna Madre».

Más tarde, hablando personalmente, le explicó sus aspiraciones: «El librito debe constar de dos partes: la una, teológica, sobre el aforismo de San Bernardo y la otra, popular y fácil, de manera que resulte más una obrita ascética que puramente doctrinal. Un opúsculo de tan exigua magnitud se pudiera distribuir al precio de pocos centavos y el pueblo cristiano podría adelantar inmensamente en el amor de María».

El santo había allegado algún material de estudio sobre el tema. Se lo entregó al mencionado josefino y a otros más de nuestra misma Congregación, a fin de que, cada uno de su propia cuenta, hiciera estudios distintos. Tuvo suerte san Leonardo Murialdo en su piadoso intento y así fue que, pocas semanas antes de su última enfermedad, los manuscritos estaban en sus manos. Tuvo tiempo de corregirlos y ordenó que se imprimiesen bajo la dirección de nuestro P. Julio Costantino, segundo superior general de los Padres Josefinos.

Su anhelo era que la devoción a María Santísima fuese la devoción distintiva de sus hijos. He aquí como escribió a un acólito próximo a recibirse de subdiácono: «¡Te felicito por cuanto has puesto tus Ejercicios Espirituales bajo la protección de la Consolata! No hay para qué dudarlo: el fruto será copioso pues totum nos habere voluit per Mariam. Pon también en sus manos el asunto de la perseverancia y de modo particular el de tu santificación. María no solamente es omnipotente, sino también misericordiosa. Te hablo de santidad porque los religiosos, y mucho más los sacerdotes, aut sancti sint, aut non sint. No olvides, sin embargo, que iugis conatus ad perfectionem, perfectio reputatur».

A un Director, en cambio, le escribe: «El sujeto que firma abajo, recomienda que ruegues por él a la Virgen de Monte Berico. Yo, por mi parte, te ruego que me hagas el mismo favor. No te olvides de nuestros niños. ¡Oh! si la Virgen no nos da su mano cuán poco se consigue».

A otro Director: «¡Muy bien, por los hijos de María! ¡Qué fecundas son las congregaciones cuando se cumplen sus estatutos!»

En otras ocasiones se dirigía a los superiores de las comunidades diciéndoles: «La única forma de sembrar bien duradero en los niños y jóvenes, es infundirles la devoción a la Virgen».

Especialmente el asunto de su santidad personal solía encomendar, sin ambages, a María: «Más que en las gárgaras - decía - más que en las inhalaciones y otras curas, confío en la Virgen de Lourdes, en cuyo honor hoy día comienzo una novena. Confío que ésta será eficacísima, si vosotros queréis uniros a mí para pedir a la «Virgo Potens» lo que más convenga a la Gloria de Dios».

Así como él confiaba en María por su salud, lo mismo deseaba que lo hicieran sus hijos:

Un hermano nuestro estaba postrado ya desde hacía 6 ó 7 meses, con cierta llaga incurable que padecía en una pierna. San Leonardo Murialdo le aconsejó hiciera una novena a Nuestra Señora de Lourdes, rezando la tercera parte del Rosario cada día, y rociando la llaga con el agua milagrosa de la Virgen. Le ofreció rezar también él mismo por esa intención. Se terminó la primera novena y no se notó ninguna mejoría, pero al comenzar la segunda, la llaga empezó a cicatrizar visiblemente. De allí a pocos días, el médico declaró franca convalecencia con estas palabras «Ya puede Ud. ir a agradecer a la Consolata». En efecto sanó por completo y una vez ordenado sacerdote, fue un magnífico obrero de la viña del Señor.

 

6. Devoción a San José

No puedo acabar el siguiente capítulo sin hablar de la devoción de san Leonardo Murialdo a San José. Basta decir que la Congregación nuestra la puso bajo su tutela y que su mayor empeño, era imitar sus virtudes principales, infundiendo igual empeño en sus hijos.

Apenas tomó a su cargo el Colegio de Turín, cuando se dio cuenta que su antecesor (Berizzi) había establecido una Congregación en honor de nuestro Santo. Leonardo Murialdo puso todo su corazón en darle vida y el máximo desarrollo. Esta devoción procuró extenderla y encenderla a lo largo de toda su vida y por todos los medios a su alcance.

Conforme crecían las necesidades, y la tempestad rugía siempre más amenazadora, San José era su tabla de salvación: se multiplicaban las novenas y súplicas en su honor, y no pocas veces, hasta con milagros, mostró el grande Santo que no se le invoca en vano.

Su confianza era filial, rayana en infantil. De San José esperaba todo y descansaba tranquilo, pues que no le dejaría faltar el necesario sustento.

Sobre el cepillo de los ahorros del Colegio, había colocado una estatua de San José. Se le preguntó el motivo, y L. Murialdo, con la mayor ingenuidad respondió: «A fin de que San José vea que no hay nada y provea».

San José parece que por su parte, nunca le quedó mal. Leonardo Murialdo pudo asegurar que no había celebrado ninguna novena sin recibir pruebas tangibles de su bondad.

Promovió también el Culto Perpetuo de San José. He aquí como escribió, al respecto a un Director de la Región Véneta: «Nosotros ya hemos comenzado a practicarlo aquí en Turín, Volvera y nuestra querida Quinta Agrícola. Ustedes pueden también empezar, federándose a las Casas del Véneto. Lo podéis hacer con la intención de aumentar las vocaciones a nuestra Congregación, cuya carestía allá lo experimentáis más que nosotros, pues continuamente se nos alargan muy buenas ofertas para abrir nuevos Patronatos, mientras tanto el personal escasea».

Finalmente consignaré que en su postrer circular, fechada en Febrero de 1.900, casi dos meses antes de su muerte, como último recuerdo a sus hijos, recomendó que el mes de San José, próximo a iniciarse, se lo celebrara con particular solemnidad en nuestra Congregación que se gloría de llamarse Josefina.

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21.- CARIDAD DE SAN LEONARDO MURIALDO

San Leonardo Murialdo ardió siempre en su vida de una insigne caridad. Por supuesto la principal preocupación era su propia santificación; en lugar inmediato estaba el ansia de socorrer a los infelices y subvenir a sus necesidades.

Si se alistó en las filas del sacerdocio, no fue ciertamente tras un sórdido interés, sino por trabajar en bien de las almas. De allí que desde un principio empezó por visitar cárceles, hospitales, asilos y especialmente a dirigir Oratorios.

conjovenComo le devoraba un ardentísimo celo por la gloria de Dios, tomó a su cargo numerosas obras de caridad. Poco a poco Dios se encargó de ir cercenando de sus ocupaciones aquellas que no eran según sus adorables designios, al cabo se quedó solamente con las obras de apostolado juvenil, campo en el que gastó su vida toda, hasta el día de su muerte.

Una vez que entró a trabajar en el Colegio Técnico de Turín y, apenas coligió claramente que esa era la voluntad de Dios, se entregó a esas almas con una dedicación y generosidad sin precedentes. Entre ellos vivió por 34 años, preocupado únicamente de su sustento material y de su educación cristiana.

Los amaba tan entrañablemente que para acudir en su ayuda, renunció a cuanto poseía: dinero, salud y su misma vida.

Jamás percibió estipendio alguno; más bien su fortuna toda, que no era exigua, la liquidó totalmente por sus pobrecitos jóvenes. Trabajó, eso sí, por el más puro amor de Dios, y su ansia era solamente por los tesoros del Cielo. Llevó una vida trabajada, se afanó sin tregua, hecho el servidor de todos. Su único consuelo fue consolar a sus hijos: los artesanos de Turín. Cuando reposaban tranquilos en sus dormitorios, entonces pensaba en sí mismo no ciertamente para ir a tomar un merecido descanso en su lecho, sino para apagar su sed de oración: largas horas de la noche pasaba en íntima conversación con su Dios, arrodillado ante el Santísimo Sacramento.

Aunque de carácter fuerte y vivaz, nunca se le vio descomponerse ni en palabras, ni en obras. Se esforzaba sin tregua por aparecer dulce y afable.

Este porte de afabilidad lo mantenía con todos. Sus facciones nunca se vieron contraer para exteriorizar mal humor o impaciencia; antes bien su rostro respiraba serenidad y sus labios dibujaban continuamente una sonrisa encantadora. Aun abrumado por urgentes e innumerables ocupaciones no perdía la paz; respondía con calma y gracia; su gentileza no venía a menos ni siquiera con las personas groseras. Jamás reprendió con altanería o con malas maneras.

He aquí como se expresa al respecto el P. Jerónimo Apolloni, Josefino:

«No me acuerdo haber visto alguna vez que la gentileza y buenas maneras del Teólogo Murialdo se desmintieran ni conmigo mismo, ni con otro alguno. No me acuerdo haberlo visto alterado ni siquiera con las personas importunas: se mantenía siempre bondadoso y alegre en todo lugar y tiempo. Lo que recuerdo, en cambio, es que yo mismo le he pedido sus servicios a avanzadas horas de la noche, y nunca dejó de complacerme sobrecargado de ocupaciones y fatigado por el trabajo de todo el día, especialmente en el período de Ejercicios Espirituales: mas nunca le oía quejarse del peso del trabajo ni siquiera una palabra relativa a su cansancio.

De los hermanos, niños o personas con quienes san Leonardo Murialdo trataba, sólo se oía un coro de alabanzas de esta suerte: Oh, cuán gentil y bondadoso es ese hombre. ¡Es un santo!»

Le disgustaba enormemente regañar. Si era necesario, lo hacía; pero la pena se le pintaba en el rostro y antes de hacerlo iba a consultar a Jesús en la Capilla: luego hablaba con dulzura y con firmeza. Se dejaba inducir facilísimamente al perdón: bastaba que el culpable diera alguna leve muestra de arrepentimiento y mostrara buena disposición para enmendarse. Sin embargo, cuando se trataba de salvaguardar la moral o el bien de la comunidad era inexorable. Haciendo una grave violencia a su carácter, cortaba por lo sano el miembro corrupto, sin miramientos de ninguna clase.

Cuenta un hermano que cuando él era niño recibió una dulce reconvención del P. Rector, la misma que le penetró hasta el fondo del alma; pero lejos de reaccionar airadamente, resolvió portarse muy bien. Corno botón de muestra, de entre innumerables hechos que se cuentan al respecto, consignaré aquí uno, ocurrido en la villa de Mottera. Son palabras de un hermano nuestro que debía servir el desayuno al Padre Rector.

Para la ocasión se sacó a lucir un hermosísimo y fino juego de té.dibujosmurialdo302

El postulante, sin caber en sí por la satisfacción de servir santo, trajo la azucarera, la posó en la mesa, pero con tan mala suerte, que la azucarera se deslizó y cayó al suelo haciéndose mil pedazos. Las mejillas del infortunado joven se encendieron, sus ojos se nublaron y manteniéndolos clavados en tierra se esperaba una segura reprimenda. Mas no sucedió así. El manso Padre Murialdo, ante la confusión del postulante, que así reparaba ya su ligereza, se contentó con darle ánimo diciéndole: «Una desgracia puede suceder a cualquiera». Tal gesto de extremada dulzura vino al conocimiento de todos los de la casa, quedando los mismos muy edificados.

Otra vez, cuando el Santo Sacerdote regañó, con toda justicia, a un hermano, éste, herido en su amor propio tuvo la osadía de darle descomedidas respuestas. El santo, lejos de mostrarse ofendido calló. Mas, algunos minutos después, recapacitando el culpable sobre su conducta nada virtuosa, sin tener el valor de ir a la cama con el peso de un tal remordimiento, fue a la celda de su Superior. Allí se echó a sus pies y le pidió perdón. L. Murialdo le acogió con benevolencia. Ni siquiera mencionó el doloroso asunto, le dio la bendición y nadie más en la Comunidad habló de lo sucedido.

Otro hermano, saliendo de la alcoba del Santo Rector en donde había recibido un reproche, decía en alta voz: «¡Oh culpa venturosa! Con esta ocasión he escuchado cosas muy bellas de la boca de nuestro Padre!»

Su gobierno nada tenía de autoritario en los súbditos, prefería hacer él mismo las cosas, y no contristarlos de ningún modo. En cuanto al trato con las personas, era siempre de una fineza y humildad excepcionales. Nunca tocaba a nadie. Su conversación era modesta. Bien se le podía aplicar aquel pasaje evangélico de San Mateo: No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. (Mt 12, 19)

Esta misma norma, constantemente practicada por él, procuró sembrar muy hondo en el espíritu de sus hijos, tanto que les dejó como testamento espiritual.

Aun las personas de servicio trataba, como enseña San Francisco de Sales: «No reprenderles con palabras descompasadas y procurar que las disposiciones sean súplicas y no órdenes autoritarias».

Mayor delicadeza mostraba en el gobierno de los hermanos. No solicitaba servicios personales para él. Si alguno los hacía por deferencia, espontáneamente, su reconocimiento parecía no tener término.

No me acuerdo haber oído de su boca alguna expresión injuriosa para el prójimo, tal por lo menos que atribuyera a alguien mala voluntad. Al contrario, aun ante faltas evidentes, procuraba excusarlas, atribuyéndolas, por ejemplo, a ignorancia o cosa parecida. Las expresiones humillantes para denigrar conductas ajenas no podían ni siquiera suponerse en el santo.

Sobre todo en la conversación era donde brillaba con mayor esplendor su exquisita caridad. Tenía un cuidado sumo en evitar cualquier murmuración. No acostumbraba hablar de los defectos ajenos y los puntos débiles que cada cual tiene, o no los conocía, o guardaba al respecto un riguroso silencio. No me recuerdo de haberle oído nunca hablar mal del prójimo.

Cuando no podía hablar bien de alguno, procuraba por lo menos disminuir su culpabilidad o poner de manifiesto sus buenas cualidades.

Un sacerdote decía la Misa con excesiva rapidez. Pues bien, aunque la cosa era pública, san Leonardo Murialdo no decía palabra al respecto, pero cuando vino a saber que la causa de esa conducta podía ser cierto defecto natural, se apresuró a ponerlo de relieve a fin de que cesase el escándalo y el mencionado sacerdote no perdiera su buen nombre.

Cuando en su presencia se denigraba la conducta de alguien, lejos de participar de esa conversación contraía sus facciones con una seriedad majestuosa que hacía morir las palabras en los labios del murmurador. Ni siquiera tratándose de personas públicas y notoriamente malas, toleraba que se hablase mal. Es cierto que no aprobaba su vida, pero tampoco hablaba de ellas con desestima.

Procuraba no menoscabar aunque fuera mínimamente el buen nombre de sus jóvenes. Acerca de sus defectos mantenía un secreto riguroso. Si acaso alguna vez era menester hablar de ellos, lo hacía en aquella. medida que era estrictamente necesaria, y aún así, se le notaba en su rostro paternal cierto rubor que no podía ocultar. En todo caso hablaba solamente con las personas a las cuales competía saber estos secretos.

Aún con aquellos que habían sufrido la pena de expulsión del Colegio, tenía buen cuidado de no menoscabar su fama ante sus compañeros, a menos que no fuese necesario reparar el escándalo.

Por su cargo había venido a tener conocimiento de muchas flaquezas de las familias de sus pupilos, mas nunca las reveló sin necesidad, antes bien procuraba disimularlas para que sus jóvenes fueran siempre tratados con mucha consideración.

Además, no tenía predilecciones o antipatías para alguno. Nadie podía decir que alguien fuese más amado que otro, tal era su control e imparcialidad en el amor que prodigaba indistintamente a todos. dibujosmurialdo309

En honor a la verdad, debemos decir que, si alguna predilección tenía, era para los menos dotados, tanto en el cuerpo como en el espíritu. Lo cual le honra a Leonardo Murialdo, ya que es la expresión más delicada de la caridad de Cristo. De esta suerte, aunque amaba a sus jóvenes con ardor, no usaba prodigarles caricias o ternezas, pues sabía muy bien que tales muestras de afecto más son de daño que de provecho para los jóvenes. Lo que sí le preocupaba era el bien verdadero de los niños y de los hermanos. Para todos tenía una solicitud, diríamos maternal, en cuanto a su salud. En altas horas de la noche se paseaba por los dormitorios; hacía circular un poco de aire si era necesario o también impedía el paso del frío. Si alguien estaba sin cobijo lo reparaba al punto y tal tino empleaba, que casi nunca se daban cuenta los jóvenes de su presencia. Durante muchos años se había tomado para sí la enojosa y pesada tarea de despertar a aquellos que tenían necesidad de levantarse por la noche y se mantenía en pie hasta cuando todos se habían acostado y conciliado el sueño de nuevo. Es de notar que tal diligencia muchas veces la hacía dos veces en una misma noche.

Es imponderable su cuidado para los enfermos. Los visitaba a menudo a fin de que no fueran presa del fastidio; y para remover todo peligro de pecado, se ingeniaba por tenerlos útilmente ocupados.

He aquí alguno de sus ardides, reveladores de una caridad no pocas veces rayaba en heroísmo: pasaba a verlos durante la noche para darse cuenta en persona de las fases de la enfermedad. Si acaso los encontraba insomnes se sentaba junto a su cama para conversarles de Dios o de otras cosas atractivas, no cuidando para nada de sí mismo.

Si la enfermedad se hacía grave, sus visitas menudeaban más todavía. Se levantaba 3 ó 4 veces por la noche para ir a ver al enfermo. En casos urgentes quedaba a su cabecera toda la noche o varias noches consecutivas, para disponer al paciente al tremendo paso a la eternidad.

Lo he observado detenidamente y así puedo asegurar que de los 4 ó 5 alumnos que murieron en el Colegio durante su rectorado, todos fueron asistidos por él en su último trance, aunque el período de crisis se prolongara por varios días y noches consecutivas y por más que los pequeños enfermos pusieran a dura prueba su paciencia.

No desamparaba a los enfermos que, por una u otra causa, habían salido del Colegio a su propia casa o al hospital. Los visitaba con frecuencia y gastaba tiempo considerable en distraerlos con santas conversaciones. Por otra parte no era muy amigo de permitir que los jóvenes enfermos salieran a restablecerse a sus propias casas o a los Hospitales, primeramente para continuar en la santa costumbre del Teólogo Berizi su predecesor y luego porque en los hospitales públicos bien hubiera podido suceder que, consiguiendo la salud del cuerpo, salieran con el alma muerta.

Si tanta solicitud desplegaba con sus alumnos enfermos, ¿cuál no sería ella cuando se trataba de sus hijos, los Josefinos? Muchos tuvieron el consuelo de tener, merced a sus exquisitos cuidados, una muerte envidiable, fruto sazonado de nuestra humilde Congregación.

Otro aspecto de la caridad de San Leonardo Murialdo es la gentileza que gastaba con sus hermanos.

Fue una vez con un Josefino a pasar unos días de vacaciones en la quinta de Chialamberto. Llegaron cuando la noche todo lo envolvía. L. Murialdo, con ese instinto de los santos, se dio cuenta que su compañero estaba muy cansado y así le convidó a descansar en el cuarto destinado para sí. ¿En dónde pasó Leonardo Murialdo la noche? Todos fácilmente coligieron que a los pies de Jesús Sacramentado.

Así mismo otra vez, quizá con mayor sacrificio aún, cedió su alcoba a un hermano maestro con fiebre que llegó de Génova sin previo aviso.

No había más cama disponible que la del Padre Murialdo.

Aquí consignamos otro rasgo de su exquisita caridad: cuando todavía el santo gozaba de una robusta salud, tenía una marcada predilección por las ascensiones a los Alpes. En cierta ocasión había organizado una al monte Asinaro. Cuando la expedición había llegado al Santuario de San Abaco, situado a las faldas del monte, he aquí que un hermano, de complexión grácil, manifestó que preferiría quedarse en aquel punto hasta el regreso de la alegre caravana. El buen Padre no podía dejar solo a su amado hijo y así, exhortando a que los demás siguieran adelante, él se quedó contento a acompañarlo, diciendo, para ocultar su sacrificio, que de ese modo podría rezar y leer a su talento.

Otro hermano nuestro depuso: «La mirada de nuestro Padre disipaba la tristeza en los momentos difíciles e inundaba el alma de una dulce paz. Tuve el consuelo de recibir sus visitas dos veces durante mi penosa y prolongada enfermedad en 1898, cuando yo me encontraba en la Quinta Agrícola de Rívoli y en el Hospital de Cottolengo. La primera vez me dijo: «Oye, recemos tres Ave María a la Virgen y luego dejemos que Ella disponga de nosotros como quiera». Al cabo de esa oración me bendijo y me dirigió una paternal exhortación. Entonces me sentí completamente reanimado. A los veinte días tuvo lugar su segunda visita. Me dio de nuevo su bendición y -debo confesarlo- sentí que la esperanza de recobrar la salud se me agigantaba y sentí también que una infinita gratitud había nacido en mí para nuestro Padre. Si ahora me encuentro en el número de los vivos, no obstante el veredicto contrario de los médicos, pienso que ello se debe a las oraciones que el Fundador rezó sobre mi lecho y su santa bendición. Tengo yo esa firme convicción y creo no sea infundada».

Un acólito Josefino tuvo también la fortuna de experimentar la caridad del santo. He aquí cómo se expresó, cuando era ya sacerdote: «Cuando yo estaba postrado en la enfermería y cuando más arreciaba el mal, el P. Murialdo solía acercarse a mi cama y pasaba largas horas junto a mí, rezando y exhortándome a la paciencia. Una consideración que siempre me sugería era: «Procura, hermano, sufrir por amor de Cristo esta enfermedad, así te asemejarás siquiera en algo a Él». Cuando el mal me atormentaba más, lo veía llegarse a mí varias veces durante la noche. Cuando sentía alguna mejoría se presentaba con una sonrisa angelical, suya peculiar; me ayudaba a meditar o me leía algún trozo de la vida de los santos. 

Otras veces, para aliviar mi situación, jugaba conmigo a las damas pero tenía buena advertencia de perder la partida, para darme a mí la satisfacción de ganar.

También resplandecía con vivísimos detalles su Caridad cuando trataba con los padres de los alumnos. Cada día puntualmente bajaba al locutorio de la una a dos de la tarde para atender a solicitudes, en vez de tomar un pequeño descanso como se lo merecía. Trataba a todos con el máximo respeto. No obstante sus ansias de hacer todo el bien posible, no podía satisfacer sino a contadas peticiones de las numerosísimas que se le presentaban. Con todo tal era su delicadeza que nadie se sentía rechazado; al contrario a todos acogía con benevolencia. Escuchaba con atención la relación interminable y casi invariable de las miserias que motivaban su presencia. De ser posible, aceptaba al postulante; si no, proveía de otro modo, v .g., recomendando a alguna institución similar; pero, en todo caso, dejaba en todos una lejana esperanza por lo menos. Esta clase de audiencias no pocas veces duraban unas dos o tres horas sin que el buen Padre diera señales de impaciencia. Tenía por norma no despedir a nadie. El interesado tenía que tomar esta decisión. Al partir, todos llevaban en el alma un gratísimo recuerdo, es decir el de haber tratado con un sacerdote todo encendido en la caridad de Cristo, no importaba que no hubieran alcanzado el objeto de su visita.

Al aceptar a un joven en el Colegio, no se detenía precisamente en las condiciones materiales del prospecto. En primer término colocaba la cuestión moral y, pudiéramos decir, que la cuestión económica la relegaba al último lugar, otras exigencias puramente materiales, simplemente no las tomaba en cuenta.

En cierta época el Colegio pasaba por estrecheces particularmente angustiosas en lo económico, pero ni aún así escatimaba sus limosnas para aquellos que padecían verdadera necesidad. Fácilmente se le inducía a bajar las pensiones prefijadas y si el tutor o bienhechor de algún alumno no pagaba total o puntualmente lo convenido, no era ello causa bastante para despedir a un niño del Colegio.

Y cuando la divina Providencia consoló finalmente a su siervo con generosas donaciones, él empezó entonces a desplegar su bondad en gran escala. En los últimos meses de su vida acogió gran número de alumnos pobres en el Colegio, tanto que hubo necesidad de abrir una sucursal de niños obreros en Rívoli.

Entre los que imploraban su caridad los había también que pedían simplemente limosna. Nuestro santo Fundador no tenía la costumbre de socorrerles con dinero, pero lo hacía con enseres o vestidos, o consiguiéndoles colocaciones o recomendándolos a personas o entidades capaces de ayudarlos.

Es de notar que esta clase de clientes los tenía numerosos y le eran una verdadera y pesada cruz. Como San Leonardo Murialdo gozaba del favor de muchas personas ricas, a ellos los remitía con una esquela. A veces patrocinaba la causa personalmente para colocarlos en algún buen empleo o buscarles una plaza en algún hospital o asilo. Por cuanto el Colegio atravesó de por vida de su Rector por una situación estrechísima, Leonardo Murialdo no podía socorrer a los pobres conforme era su compasión; no obstante para algunas familias era su verdadero tutor y padre. Hacia los últimos días de su vida acogió bajo su protección a una de ellas, penosamente perseguidas por el infortunio. Hallándose ya en el lecho de su última enfermedad, quiso escribir una carta, dictando en su favor urgentes providencias. Descendió de la cama para cumplir este acto de caridad. Por la noche le subió la calentura que, lejos de amainar, le condujo al sepulcro. San Leonardo Murialdo, podemos afirmarlo, murió practicando la caridad.

Si bien se prodigaba admirablemente para sus hermanos y alumnos, no faltaba a la deferencia debida para sus propios parientes. Los tenía numerosísimos, y para todos tenía muestras del más grande aprecio que otra cosa no eran sino rasgos de exquisita caridad. En los primeros años de su Rectorado sintió no poco la separación de sus familiares, tanto más que éstos se oponían a que San Leonardo Murialdo se sacrificara allí tan generosamente. Por ello los visitaba frecuentemente y aún cada día los acompañaba en el almuerzo o la cena. Poco a poco, sin embargo, fue separándose de su compañía. Después de algunos años, sus visitas a la familia eran por demás raras.

Ello no significa que había roto las excelentes relaciones de cordialidad que le unían a su hermano, a su cuñada y a sus sobrinitos; al contrario, tuvo buen cuidado de asistirlos amorosamente en sus asuntos materiales, con sus directivas y consejos siempre muy estimados.

Especial predilección mostró siempre a un sobrino suyo de nombre Germán por su vivacidad, buenas maneras y clara inteligencia. El padre había puesto en él justamente sus mejores esperanzas, mas la muerte le sorprendió en la primavera de su vida. A San L. Murialdo seguramente le costó mucho esta prueba dolorosa pero, como su único anhelo era el cumplir de la voluntad de Dios, a ella se sometió con entera resignación.

Otro sacrificio quizá más penoso que el anterior fue el fallecimiento de su hermano Ernesto, Doctor en Leyes. Seguramente Dios, viéndole listo para gozar de la recompensa se lo llevó, cuando menos se pensaba, pues era de robustísima constitución. Durante su larga enfermedad y especialmente durante la lenta y dolorosísima agonía, L. Murialdo le prodigó los más solícitos cuidados como hermano y como sacerdote.

La pobre viuda, su cuñada, y sus sobrinos, tuvieron un gran consuelo en aquel doloroso trance, sintiéndose al lado de San Leonardo Murialdo, quien, no obstante estar sobrecargado de ocupaciones, tuvo el tiempo de despachar los asuntos que vinieron a flote con la muerte de su hermano.

Como San Leonardo Murialdo tenía varias hermanas que habían tomado estado, frecuentemente recibía las visitas de unos y otros familiares. A todos acogía con extrema bondad y complacencia, y aún no desdeñaba alegrar sus pequeñas fiestas de familia con su presencia. En no pocos casos él mismo bendijo las nupcias de sus parientes y mostraba grande gozo al bautizar algún sobrinito, preciándose mucho del parentesco cristiano más que del carnal.

Pocos meses antes de su muerte accedió gustoso a bautizar a un sobrinito, hijo de una sobrina en un pueblo llamado Pollone. Sólo su caridad pudo allanar las dificultades, pues su salud estaba ya muy quebrantada. Si bien para ese viaje se tomaron todas las precauciones, su delicada salud sufrió no poco y aquella fue la última fiesta que gozó en el seno de su familia.

Cuando algún pariente suyo llegaba a los últimos momentos de su vida, corría a su cabecera para auxiliarlo amorosamente. Dios sabe cuántos le deben su eterna salvación. En estos casos se resignaba plenamente a la voluntad de Dios y tenía palabras de inmenso consuelo para los deudos. Una vez un sobrino suyo murió trágicamente al ascender a cierta cumbre de los Alpes. Nosotros no podíamos decidirnos a comunicarle tan infausto suceso. Cuando lo supo, mostró una envidiable resignación, adorando los designios divinos y voló a consolar a los parientes del extinto.

De esta suerte el amor a sus parientes era ordenado y santo. Más amaba a sus almas que sus cuerpos. Jamás solicitó apoyo material y peor aún herencias, si bien tenía miembros de familia riquísimos. El mismo en su testamento no dejó a nadie ninguna clase de bienes materiales, pues todo lo había ya empleado en beneficio de sus hijos: los niños obreros de Turín. Les dejó eso sí el tesoro de sus buenos ejemplos y la segura promesa de su poderosa intercesión en el Cielo.

Aquí me place también consignar el recuerdo cariñoso que guardaba para sus queridos parientes difuntos.

Cada año celebraba la Santa Misa por sus virtuosos padres o por los parientes más próximos. Hasta sus últimos días conservó cariñosamente una tradición familiar: congregarse toda la parentela en su quinta de Santa Margarita para rezar por todos los amados difuntos de su familia.

Una exhortación preferida en el confesionario era precisamente ésta: observar la caridad particularmente en las palabras. Una de las recomendaciones que hizo en el lecho de su última enfermedad fue que se conservara siempre el buen acuerdo y la caridad.

En las conferencias a sus hermanos e hijos los Josefinos les inculcaba: "Sean mansos en el trato con los niños", y a los Superiores: "Usen dulzura en su gobierno". Su guía en este argumento era una preciosa obrilla del P. Binet.

Hermosa, sobre todo encomio, encontramos esta máxima que cierta vez dio a un hermano para corregir a cierto jovencito díscolo:

"Si te cae entre manos, háblale con la mayor dulzura que puedas. ¡Quién sabe si con un poco de miel se pueda atrapar a ese moscardón!"

Los hermanos, que aunque en número escaso, le tenían por su confesor, tuvieron la ocasión de experimentar cuán dulce y suave era su caridad.

Este aspecto del ministerio sacerdotal lo ejercía con un celo en verdad apostólico. Todos sus penitentes atestiguan que lograban inmenso provecho. He aquí el testimonio de uno de ellos: "Cada vez que me acercaba para confesarme con el siervo de Dios sentía un consuelo casi sensible y mi alma se inundaba de dulcísima paz al escuchar sus consejos". A veces tocaba ciertos puntos que yo no había mencionado. Yo me quedaba maravillado y pensaba que quizá Dios le había dado el don de escrutar los corazones, y que el P. Murialdo, por humildad, lo escondía celosísimamente.

De esta manera la caridad, junto con la humildad, formaron su característica, la misma que quiso fuera el sello distintivo de los Josefinos, medio de santificación personal y de salvación para tantos pobres niños.

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