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18.- SU ESPÍRITU DE FE Y DEVOCIÓN

Puede asegurarse que la de nuestro Padre Fundador fue una vida de fe, ya que muy pocos consuelos humanos le alentaron en su azarosa existencia. El mundo, lejos de batirle palmas, se empeñaba en desconocerlo; su abnegación y heroica constancia sólo fueron premiadas con resultados halagüeños al cabo de largo y penoso bregar.

Trabajaba, pues, únicamente por Dios. Sólo así se explica cómo no pudo con Él la multitud de contradicciones que le agobió casi de por vida. Trabajaba únicamente por Dios; por ello, con Dios más que con los hombres trataba de sus obras, esperando contra toda esperanza, allí donde una fe menos robusta hubiera desfallecido con seguridad. Su habitual exclamación era Dios ve y provee.dibujosmurialdo29

Sabía que cumplía la voluntad de Dios y reposaba tranquilo en su seno, en la confianza cierta que algún día despuntaría la aurora de la liberación. Cuántas veces, apretado por las necesidades y compromisos, recurrió a oraciones extraordinarias, y también las ordenó a hermanos y niños. Pero, cuántas otras, la sucesión de novenas no era sino el paso sombrío de negros nubarrones que anunciaban otros no menos amenazadores y tenebrosos, que muy poca luz dejaban pasar sobre su vida. Mas su ánimo no decaía. No solicitaba de continuo las plegarias de sus súbditos, en su heroico asalto al cielo, para que la Fe ajena, más débil que la suya, no viniera a menos ante la tardanza de Dios.

Cuando parecía que todas las puertas se cerraban y la esperanza de una próxima aurora se esfumaba, solía exclamar: Sé que Dios lo sabe, y aún le sobraban ánimos para confortar a quienes parecían desfallecer. Sus puntales contra la adversa fortuna eran loes ejemplos de S. José Cottolengo, Don Bosco y sus propias oraciones; sabía de sobra que la Cruz es la vía regia del Cielo y que la tribulación es semilla que fructifica oro para la eternidad; se dijera que amaba sus infortunios y aún los deseaba como el mundano los placeres.

La fe hacía que las borrascosas olas de desastrada economía se rompieran en el basalto de su virtud. La sonrisa nunca murió en sus labios y en la más fiera tempestad parecía que esplendoroso sol bañara su alma.

Tenía, más bien, ¿quién lo creyera?, el arte de consolar a los afligidos. Leía con avidez, lo comentaba con frecuencia, y recomendaba la lectura del hermoso libro del P. De Caussade intitulado El Abandono en la Providencia Divina. Se empeñó por conseguir una versión italiana; sólo encontró un compendio de la obra por el P. Ramière, y lo hizo imprimir en nuestros talleres, para distribuirlo entre las personas perseguidas por el infortunio.

Del mismo modo difundió ampliamente otro tratadillo que decía «Vida de Fe». Muchos creen que este opúsculo es obra de Leonardo Murialdo; pero sea lo que fuera, es lo cierto que él hizo cuanto pudo para distribuirlo liberalmente, luego de auspiciar íntegramente su edición.

Cierta ocasión me encontraba enfermo en mi lecho cuando casualmente también el santo lo estaba. Y é cada noche me enviaba un mensaje de paz y resignación por medio de un Hermano maestro. En otra ocasión me quejaba con él por la pésima noche que había pasado; entre las convulsiones de una fiebre altísima. San Leonardo Murialdo mostró maravilla de que yo no había sabido sacar provecho de don tan precioso del cielo y me decía que mayores cosas aún deberíamos sufrir.

Especialmente en sus años postreros de vida se había convertido en un alentador mágico de afligidos. Decía que hay que dar infinitas gracias a Dios cada vez que experimentamos aflicciones, pues - decía - son la contraseña de que Él nos ama.

Junto con la buena palabra, echaba mano de la oración por los cuitados. No creo pecar de exageración afirmando que no pocas veces su intervención ante Dios devolvió la calma a muchos corazones; y yo personalmente, he experimentado su valimiento.

A continuación, con ufanía, refiero los argumentos que solía esgrimir para consolar a las almas que lo requerían.

Lo siguiente escribió a un hermano nuestro que se encontraba ensombrecido por tristes perspectivas:

«No hay nada para que perder la paz pensando en el futuro. Son innumerables las veces que suceden las cosas muy al contrario de lo que se esperaban, de manera que cualquier triste augurio es muy susceptible de que se mude en agradable sorpresa. Si somos cristianos debemos mostrarnos siempre alegres. Efectivamente, ¿puede acaecernos algo que no lo quiera Dios? Y ¿te parece que Dios va a permitir algo que realmente nos sea nocivo? Y aun cuando permita que una tribulación nos acose, ¿acaso no nos da un auxilio congruo?

«¡Dejemos, pues, que Dios obre a su talento! Él vela por nosotros mejor de lo que pudiéramos hacerlo nosotros mismos. Nuestra suerte está mejor en sus manos que en las nuestras. O si no, contéstame, amigo mío, si yo por un imposible llegara a ser el supremo Hacedor del mundo, ¿acaso permitiera que te acontezca algo que en verdad te acarree males? Y ¿cómo puede permitirlo Dios? Por tanto, lo lógico es no solamente adoptar una postura de resignación, sino más bien de alegría y gozo, por todo cuanto nos envía Dios. »

Habiendo enfermado un hermano josefino, san Leonardo Murialdo le escribió algunos conceptos sacados del libro La Cruz Dulcificada, por el P. Piamonti. «La cruz - le decía - es remedio de los pecados pasados y protección de los nuevos; por su medio expiamos la pena temporal que debemos por nuestros pecados; pena que debemos descontar forzosamente en la tierra, en el Purgatorio, o peor, - Dios no lo quiera - en el infierno. La Cruz es la que nos conduce al Paraíso, y especialmente es la medida de nuestra dicha allá arriba».

A otro Padre se le había muerto una hermana. He aquí lo que Leonardo Murialdo le escribió a guisa de consuelo:

«Te compadezco, hermano mío, por una parte, pero por otra te envidio. Como hombre te compadezco, como cristiano te envidio. Ha muerto tu santa hermana Sor C. Por las noticias que tengo sé que ha hecho una buena muerte, luego ¡Oh, feliz de ella! ¿No te parece que hay que envidiarla? Dirás tal vez: ¡Pero era aún tan joven! Mas, debemos pensar que Dios conoce mejor que nosotros el tiempo más oportuno para llevarnos de este mundo. Ya llegaremos algún día al Cielo y entonces nos daremos cuenta cabal de que ése fue precisamente el mejor tiempo de morir. Si hubiera sido antes o después hubiera sido malo, o, por lo menos, no lo más indicado. Confiemos el cien por cien en Dios. Él sabe y puede disponer de nosotros mejor que nosotros mismos. Di lo mismo en lo que a tu buen padre respecta. ¡Oh!... Cuando ya entremos en el Cielo, veremos cuán bueno haya sido Dios en mandarnos una cruz sobre otra. Un momento dura el dolor, y eterno es el gozo resultante, no lo olvides. La gloria guarda estrecha proporción con el número y gravedad de las cruces soportadas. Y ¿Qué decir de las tribulaciones espirituales? Ellas, en verdad, son un don sobre todo don; una cruz de diamante, tanto más preciosa cuanto más dolorosa. »

Lo siguiente escribió a una persona que se debatía entre angustiosas estrecheces económicas:

«Confío que las tribulaciones que te envía el buen Dios las recibas no sólo con resignación sino aún con cierta alegría cristiana, pues el único camino expedito hacia la meta es la cruz. Mira de vez en cuando al Crucifijo y di: En fin de cuentas, yo aún no sufro ni corona de espinas, ni escupitajos en /a, cara, ni se me ha fijado en una cruz con gruesos clavos como al Inocente Cordero - Cristo - por salvar a mi pobre alma del infierno. Luego suframos lo poco que tenemos que sufrir con toda paciencia y no desfallezcamos en la práctica del bien. El Paraíso algún día lo pagará cumplidamente».

En otra carta del mismo tenor se lee:

«¿Quién podrá contar a aquellos que hoy día están en el cielo, los mismos que quizá estuvieran en el Infierno si su vida hubiera sido un ensartado de rosas y felicidades? ¡No nos quedemos mano sobre mano! ¡AI trabajo! Todo cuanto hacemos, hagámoslo confiando enteramente en nuestro Padre Celestial. Y ¿no te acordarás de la celestial Madre? Ten presente que Jesús y María, no se hallan tan cerca de nosotros, como cuando pensamos que se han olvidado de nosotros».

Uno de nuestros sacerdotes sentía enorme desagrado por ciertas maledicencias de que era blanco, y san Leonardo Murialdo le consolaba así por carta:

«No te importe mucho lo que digan los hombres de ti. Sigue adelante obrando el bien, que Dios tomará tu defensa. En estas y otras tribulaciones repite con frecuencia el aforismo de San Francisco de Asís: Tanto è il bene che aspetto, che ogni pena mi è diletto. Espero allá tanta dicha que cualquier pena me alegra».

Con nobilísimos motivos aliviaba cualquier pesar de quien sufría al tener que mudar trabajo o destinación:

«En todas partes, - decía -, encontraremos a Dios, siempre bueno, que, cual generoso Señor, paga muy bien en la tierra y mucho mejor en el cielo».

A cierto hermano a quien se le hacía cuesta arriba resignarse a cambiar de casa, le dice: «Dios es quien llama, Dios lo quiere, ¡Ea, pues, ánimo! In nomine Domini toma el camino y vete a trabajar como un apóstol».

En otra ocasión consoló a un afligido hermano, aduciendo como ejemplo a Sebastián Carollo, muerto en olor de Santidad en Julio de 1894:

«Pensando en Carollo di: También hubo dolores de cabeza para Carollo; le asaltaba la melancolía, ciertas ocupaciones le eran antipáticas; mas todo lo sobrellevaba por amor de Dios. Ahora cómo estará contento él.»

El mismo año 1854 dirigió estas cuartillas a un hermano:

«¡Tengo gran pena por ti! Yo en honor a la verdad, he padecido pocas penas interiores, pero las que he pasado bastan para darme cuenta del sufrimiento que causa a quien las esté soportando. Si las mismas se sufren con resignación, con la gracia de Dios, son más meritorias que el martirio corporal. Es menester llegar al cielo para aquilatar el valor de las perlas que nuestras lágrimas cuajan».

A continuación enumera las penas morales del mismo hermano, y rogándole persevere en la oración para que Dios oiga su cuita, le dice:

«Mas, si quieres ser un héroe, es decir un santo a carta cabal, lo que debes pedirle es sencillamente que se haga su santa voluntad y aparejarte a cumplirla. Es norma de filosofía cristiana repetir: «Cumplida, alabada y eternamente glorificada sea la justísima, altísima, amabilísima voluntad de Dios en todas las cosas. Dios, María y San José te consuelen y fortalezcan».

El paraíso, como consta de las cartas precitadas, era sazón y condimento obligado de todos sus escritos y sermones. Su recuerdo y aspiración vehemente le darían, sin duda, fuerzas no pocas para soportar tantas penalidades.

Cuando hablaba del Paraíso, se enardecía, y las palabras le fluían como fresco torrente para bañar las almas de sus oyentes que se contagiaban con su fervor.

Procuraba que todos llegaran a ganar aquel grado de gloria que tiene determinado Dios para cada uno: «¡Qué necedad - decía a un religioso josefino - no aprovechar la oportunidad de ganarnos inmensa felicidad eterna a costo de insignificante trabajo!»

En medio de las tremendas borrascas que estremecieron su vida, san Leonardo Murialdo no perdió nunca su calma y serenidad habituales. Su punto de apoyo era esta exclamación ¡Oh, Paraíso, Paraíso!..

Y a propósito de cielo, este argumento dulcísimo le daba la oportunidad de explayarse maravillosamente en los sermones. Se diría que en sus labios afloraba toda la sabiduría de los santos. Las palabras le fluían con tal ardor y ternura, que realmente impresionaba al auditorio. Habiendo predicado una vez sobre el asunto en el Oratorio «Corazón de Jesús» de Rívoli, los que le habían escuchado, siguieron ponderando por largo tiempo su elocuencia y ardor, y repetían una espontánea e inflamada exclamación que Leonardo Murialdo había usado con insistencia en su prédica «¡Oh, qué satisfacción, qué alegría!»

Animado únicamente por la fe, Leonardo Murialdo trabajaba y sufría. Estando siempre en la presencia de Dios, a Él únicamente rendía pleitesía. Las bromas sobre cosas sagradas no las podía tolerar. Los ultrajes lanzados contra la Majestad Divina estremecían todo su ser. Una vez, oyendo blasfemar a un muchacho, se dejó llevar tanto de santa indignación, que parecía haber perdido su calma habitual, cosa que sucedió contadas veces.

Prestaba adhesión inquebrantable a las verdades sacrosantas de la Religión. No solamente no mostraba alguna simpatía a los errores del tiempo, sino que les estigmatizaba. Particular aversión profesaba al jansenismo que, especialmente a mediados del siglo XIX, tenía algún simpatizante en el Clero.

No se maravillará pues, el lector, de su incondicional sumisión a la santa Iglesia y su máximo jefe. Su timbre de gloria era obedecer al Papa y quiso que lo fuere de toda la Congregación. Ex profeso redactó en las Constituciones, un artículo relativo. Su amor y estimación ilimitados para el Santo Padre mostró defendiendo su poder temporal, tan impugnado en su tiempo. Solía decir: «Nuestros enemigos nos llaman papistas. ¡Gloriémonos de semejante título!»

San Leonardo Murialdo tuvo la fortuna de ser admitido a la presencia del Santo Papa Pío IX y también del inmortal León XIII. Este último fue informado de la reciente fundación de nuestra familia religiosa y se dignó enviarnos sus inapreciables parabienes y una especial bendición. Para todas las leyes emanadas de la Santa Sede mostraba humilde y sincero respeto. Mandaba observar hasta el escrúpulo las rúbricas de la Misa y el Breviario, el ayuno y la abstinencia.

Del sacerdocio tenía un concepto sublime. Se le oía repetir con frecuencia esta inefable verdad: Sacerdos alter Christus... Terrenus Deus. Sus sermones acerca del sacerdocio, así como los del Paraíso, se revestían de inusitada locuacidad. Predicó no pocas veces en las solemnidades de Primeras Misas.

A un diácono josefino, en vísperas de ordenarse, le escribió así:

«Ecce appropinquat hora... ¡Oh, qué dulce argumento de meditación y qué motivo de santas emociones el sacerdocio! Citando a Olier y a S. Lorenzo Justiniano continúa: «Assistunt Deo, illum contrectant manibus, tribuunt populis, in se recipiunt...» «Lee, además - le decía - la Imitación de Cristo. Libro 4; Cap. 11; n° 6. «Quiero además que pienses bien en que los sacramentos, inclusive el Orden, si bien sean ex se aptos para santificar un alma, aunque semel recepti; en el terreno de la práctica, son eficaces solamente en la medida de la preparación del que los recibe».

«Date prisa, pues, aprovecha el tiempo para atizar el fuego del amor de Dios en tu corazón, para ofrecerte en humildad, mortificación y espíritu de Jesucristo. ¿Cómo llegar a dicha meta lo menos indignamente? Con la meditación ferviente y con la oración. Nosotros desde aquí te acompañaremos con nuestra plegaria, y si tienes ocasión de practicar el abneget semetipsum, no la pierdas: ello es gran parte de la santidad».

Cuando llegó ya el tiempo feliz de la ordenación del hermano en mención, Leonardo Murialdo le decía:

«En tu última carta me decías que te parece increíble estar ya tan cerca el día en que te contarán entre los ministros del Altísimo. Así es, mi hermano carísimo. No sólo tú, sino también yo, y diría generalmente todos, debemos admirar no tanto la bondad sino más bien la misericordia de Dios, quien suscitans a terra inopem, et de stercore erigens pauperem ut collocet eum cum principibus, cum principibus populi sui! ¡Oh, amadísimo hermano!, tengamos buen ánimo, viendo que nosotros, tal vez dignos de la eterna «exécration de Dieu», hemos venido a ser (y seremos para siempre, lo espero) l' objet de I' amour infini de Dieu! La prueba al canto: nos ensalza a tanta dignidad de terra et de stercore. Adelante, pues, con confianza. Correspondamos a la bondad divina, armándonos de tanto fervor. Por lo tanto, todo de Dios, ¿eh? Un poco de fervor en los primeros días es cosa natural, habrá que echar buenos cimientos para lo futuro»

Encontramos, además, entre sus apuntes, un extracto de las Obras del Venerable Olier, que se había propuesto transcribir para toda la Congregación. En la mencionada reproducción cita los cuatro puntos siguientes como básicos para que el sacerdote se revista de Jesucristo. Helos aquí:

1- Grande amor y reverencia a Dios Padre, junto con celo ardiente por su gloria.

2- Caridad sincera para los hombres.

3- Odio cordial al pecado y al mundo, su más próximo aliado.

4- Estimación baja de sí mismo, es decir, deseo de humillaciones.

Lo que recomendaba a los otros sacerdotes lo practicaba puntualmente él por primero. Bastaba verlo rezar para concluir que su fe era como la de los Patriarcas. Su aporte modesto, diré más bien angelical, durante la celebración de la Santa Misa, hacía pensar no solamente en un corazón ardiente de fe, sino en algún Carisma que suele caracterizar a los más grandes santos.

Antes de tomar la dirección del Colegio de Turín, Leonardo Murialdo era capellán de las Hermanas de la Caridad. Pues bien, aquellas buenas religiosas quedaron tan profundamente impresionadas por la seráfica devoción de san Leonardo Murialdo al dar gracias después de la Santa Misa, que una en pos de otra se asomaban al coro de la iglesia, solamente para mirarlo rezar.slmgloriafavaro

También tenemos el testimonio de otras religiosas. Las Fieles Compañeras de Jesús, en cuya capilla celebró nuestro Fundador la Santa Misa por considerable lapso de tiempo: «Causaba admiración y estupor -dicen - verlo tan ensimismado en la sagrada función del Sacrificio de la Misa, que su frente, - perdónesenos la expresión - materialmente se aureolaba de una luz sobrenatural. Era imposible contemplarla y no enardecerse en fervor y piedad».

Nuestros Padres, en Venecia, prestaban servicio de Capellanes en varias Comunidades de Religiosas. Es curioso comprobar que, cuando Leonardo Murialdo se encontraba en dicha ciudad, las Comunidades de Madres se disputaban el honor de ser honradas con la presencia del santo, porque - según era voz común - "Su Misa arrobaba y su piedad contagiaba".

El tiempo que empleaba en decir Misa difería conforme estuviera sólo o ante algún público. En el primer caso daba rienda suelta a su devoción y se mantenía en el altar más bien tiempo largo que normal. En el segundo, caso no pasaba habitualmente de los 30 minutos. A los Directores de las comunidades josefinas les tenía recomendado que vigilasen sobre los sacerdotes a ellos confiados. "La Misa - decía - ha de celebrarse con mucha devoción y sin ninguna precipitación: 23 minutos es lo mínimo que ha de emplearse; pues, como dice S. Alfonso: "Missa et Officium, opus sacerdotum".

Hermoso es el testimonio de Mons. Vicente Tasso al respecto: «Tuve la oportunidad de verlo celebrar. Digo sinceramente que fue una sorpresa verlo tan grave y exacto en el ceremonial. Su preparación y agradecimiento no los hacía en la sacristía, sino en el presbiterio».

Una vez, tras un viaje que duró cuanto la noche, llegó a Oderzo para los Ejercicios Espirituales y empezó la Misa a eso de las ocho de la mañana, pero no había bajado del altar hasta pasadas las nueve y, según testimonio del afortunado hermano que le sirvió, la mayor parte del tiempo gastó a partir de la Consagración.

«No me parece temerario - concluye el testigo - afirmar que Leonardo Murialdo veía materialmente al Señor y conversaba familiarmente con Él».

Hay algo más. A partir de aquel día, Leonardo Murialdo no consintió que el dicho hermano le ayudara a Misa: prefirió a un alumno, pues un tal testigo le preocupaba ciertamente menos, y su fervor ya no encontraría vallados.

Aquí cuadra bien el atestado de otro alumno del Colegio Artigianelli, quien le profesaba a su Rector singular afecto:

«Me causaban enorme impresión muchas cosas en el Teólogo Murialdo, pero no tanto como el extraordinario fervor que empleaba en Ia Santa Misa. En las Bodas de Oro del Colegio le vi celebrar en la capilla del mismo. No tengo facha de santo o devoto ni de lejos; al contrario me tienen como un respetable pillastre; sin embargo me cautivó tanto su piedad, compostura y devota pronunciación de las palabras, que derramé lágrimas exclamando: No hay más... ¡es un santo!

Una de las explicaciones de fervor tan insignes, Sin duda, su prolongada y concienzuda preparación y lo mismo su acción de gracias, que alguien podría llamar exageradas. Tanto la primera como la segunda, las hacía de rodillas, sin apoyarse en nada y leyendo libros devotos. Yo le vi salir de su aposento sollozando de devoción antes de ir a revestirse para la Misa.

En los últimos años de vida celebraba casi habitualmente en la iglesia de Santa Bárbara. Allí había ya una turba de connotados curiosos o devotos, que bañaban sus almas de dulce emoción escuchando sus Misas. Es singularmente ocurrente y sincera a la vez la declaración del sacristán de esa iglesia: «Nunca vi a sacerdote alguno, fuera de L. Murialdo, que rezara tanto antes y después de celebrar».

Si debía celebrar en alguna otra Iglesia, tomaba el camino y rogaba a su compañero que callase, pues él debía prepararse para el Santo Sacrificio. Como si ésta no bastara una vez en la iglesia, se arrodillaba in continenti a orar por mucho tiempo aún.

A continuación un ejemplo muy elocuente que narra un hermano nuestro:

«Debíamos ir a la quinta de Moncucco, cerca de Chieri. El pésimo camino hizo que salváramos la distancia en seis horas. Llegamos a destinación cerca de medio día y el santo aún no había dicho Misa. Ni la fatiga, ni la hora tardía, ni otra circunstancia alguna le impidieren para que a tan excelsa acción se preparara debidamente. Luego la acción de gracias no fue menos concienzuda. La mesa estaba puesta y las viandas servidas a poco de terminar la Misa. Pero Leonardo Murialdo rezaba y rezaba sin cuidarse ni poco ni mucho de su cuerpo».

Otra vez debió salir temprano de Volvera a Turín. «Celebraremos allá» - dijo - «ya que aquí no podemos hacerlo con paz».

Que hacía frío... Que debía estar largas horas en ayuno... nada le hizo mudar de parecer...

Diríase que tenía cierta marcada satisfacción en cantar misa, sea de vivos o de difuntos, por ello aprovechaba toda ocasión que se le presentaba. También he de anotar que con el mayor gusto se prestaba a diaconar o subdiaconar o simplemente a servir la Misa. A tal propósito recuerdo que una vez, en una clausura de Ejercicios Espirituales, en las Cárceles Nuevas de Turín, se tuvo Bendición solemne con su Divina Majestad. Había varios sacerdotes más jóvenes que Leonardo Murialdo, pero éste se adelantó para servir de turiferario. Mons. Gastaldi que oficiaba, una vez en la sacristía exclamó en alta voz: «Mirad al Teólogo Murialdo. Él lleva el sagrado fuego del amor de Dios a todas partes».slmiglesia

Ya dejamos anotado como san Leonardo Murialdo aprovechaba cualquier ocasión de servir a Misa. En sus últimos Ejercicios (Marzo 1899), hechos en San Ignacio, procuró ayudar a cuantas misas le fueron posibles cada día, mientras el mismo no celebró ningún día, reputándose indigno. No pasó inobservado el caso y los sacerdotes presentes no cesaban de ponderar tan raro ejemplo de humildad, pues no era nada oculto que Leonardo Murialdo ocupaba lugar muy eminente en el clero de Turín.

En la sacristía, donde quiera que se hallare, no se ponía a conversar con los circunstantes. Muchas veces se le vio salir de ella para evitar irreverencias, o si no podía hacerlo, de cualquier modo buscaba un lugar para arrodillarse y rezar.

Tal lo confirma el testimonio del Canónigo José Antonietti, Vicepárroco de Santa Bárbara:

«Leonardo Murialdo nunca hablaba en la sacristía; más bien, si alguien lo hacía, apenas llegaba el Venerable Siervo de Dios, callaba en el acto por respeto al hombre de Dios».

Anota, además el mismo testigo, que L. Murialdo llegaba infaliblemente media hora antes del tiempo de celebrar, y ese tiempo lo empleaba rezando de hinojos. Si algún sacerdote solicitaba turno para celebrar antes que él, se lo concedía de muy buena gana... Si había que esperar para la Misa porque aún no había público, también se ofrecía a ello alegremente, su contento era poder prolongar sus oraciones de preparación.

La cuenta de Misas la llevaba escrupulosamente. Los legados de Misas en pro del Colegio tenían precedencia. A principios de 1900, presintiendo, sin duda, su próximo fin, se tomó la molestia de revisar toda la Cuenta de Misas, especialmente las que, por concepto de beneficencia, se debían celebrar según las intenciones de la Junta Protectora, escribiéndolo todo a partir de cuadros bien definidos para inteligencia de sus sucesores.

De su registro de Misas se sabe que frecuentemente aplicaba el Santo Sacrificio pro seipso Sacerdote, o también en honor del Corazón Sacratísimo de Jesús o en sufragio de las Benditas Almas de las cuales nadie se acordare en la tierra.

Se confesaba una o más veces a la semana. Su alma, sin duda pura e inocente, la purificaba con una confesión increíblemente preparada basándose en lecturas pías y oración fervorosa, cual si se tratase de un insigne pecador. Su confesor ordinario por muchos años, fue el Teólogo Blengio, a quien le profesaba veneración, más que singular estima. Lo llamaba Santo y, con frecuencia nos traía a colación sus carismas recibidos de Dios y, consecuentemente, su certeza en el gobierno de las almas.

Le prestaba incondicional obediencia cual dócil niño. Diríase que sus palabras tenían la fuerza de una revelación. En su tumba derramó tiernas y abundantísimas lágrimas y quiso leer, como testimonio de su amor, un cálido elogio fúnebre.

Eligió luego para su confesor al Rvmo. Santiago Colombero, Párroco de Santa Bárbara y lo retuvo hasta su muerte. No esperaba que su confesor fuese al Colegio, sino que él mismo, aún con el peor tiempo, y abrumado ya por sus achaques, prefirió ir a buscarlo con toda regularidad. Tenía una especie de obsesión para acrecentar su cúmulo de merecimientos ante Dios. Los medios principales de que para ello se valía eran: la oración, la mortificación y ciertos ardides inocentes que también tuvo a bien enseñárnoslos a sus hijos.

He aquí lo que al respecto, un sacerdote josefino dejó escrito:

«Era en el mes de Agosto de 1893. El Teólogo Murialdo se encontraba veraneando en la quinta de Mottera - Valle de Lanzo - con algunos josefinos y jóvenes colegiales. Cierto día, debiendo Leonardo Murialdo visitar al Párroco de Groscavallo, tuve la suerte de ir en su compañía. Nada diré de la veneración que aquel sacerdote mostró a nuestro amadísimo padre, ni de la humildad profundísima que éste desplegó en la visita, sólo quiero anotar que, al regreso, quiso enseñarme una de sus santas astucias. «Verás - me dijo - si cada mañana nosotros podemos ofrecer a Dios no solamente la Misa que celebramos o escuchamos, sino también todas las que en el mundo entero se celebran. ¿Puedes tú imaginarte de qué cúmulo de gloria y merecimientos nos haríamos acreedores en el Cielo de este modo? He aquí un método fácil y económico para amontonar méritos, y sin embargo no requiere más que un poco de atención».

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