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16. SU AMOR A LA SANTIDAD

Cuantos han tenido la envidiable suerte de convivir algunos años con san Leonardo Murialdo, y de gozar de su suavísima familiaridad, se han formado un alto concepto de su santidad. No temo que el afecto que personalmente le he profesado me engañe en este juicio. Al pasar en reseña, una a una, las comunidades entonces existentes, y aún, al escuchar el parecer de los que han abandonado la Congregación, un sólo pregón se eleva de todos los corazones: Leonardo Murialdo era un santo.

 

En su larga carrera tuvo oportunidad de tratar a personas de toda condición social y económica. Asuntos de dinero o espiritualidad estaban al orden del día; se vio en el caso de reprender a muchos, y no siempre fue compartido su modo de pensar y gobernar; mas todo el mundo, sin excepción, se formó la idea de que Leonardo Murialdo era un gran santo.

No es que su vida se halle aureolada de carismas extraordinarios. Nada o casi nada de extraordinario relumbró en su vida, pero, en cambio, la misma se caracterizó por una tal perfección e impecabilidad, durante tantos años consecutivos, que esta perfección, con toda la justicia, se le puede llamar extraordinaria.dibujosmurialdo36

El que estas líneas escribe tuvo la suerte de convivir con Leonardo Murialdo durante treinta años y más; tuvo, pues, oportunidad de visitarle en su aposento con frecuencia, comer a su lado, participar de sus penas y alegrías, asistirle en su última enfermedad y finalmente cerrarle los ojos después del postrer suspiro; yo, pues, tengo base suficiente para atestiguar sobre lo extraordinario de su virtud y lo haré, por lo pronto, sentando este aserto: Jamás le he podido sorprender en falta de alguna monta, que se pudiera suponer voluntaria. No se pudo decir algún día: «Hoy el Teólogo Murialdo fue víctima de un arrebato de ira o de impaciencia; o ha hablado con vanidad de sí mismo; o ha estado descuidado en sus deberes religiosos; o quizá, ha cometido una ligera inmortificación de gula. ¡Nada!

No se piense que haya faltado de nuestra parte concienzuda observación, y que, ahora, después de su muerte, queramos ponderar su santidad más de lo justo. En honor a la verdad, por el contrario, debo aclarar que, desde un principio, nos percatamos que L. Murialdo no sólo era un sacerdote muy pío sino un verdadero y genuino santo: así pues, nos pusimos a seguir sus pasos minuciosamente y a hacer acopio de sus buenos ejemplos en toda circunstancia. Para que se vea que nuestra pesquisa fue muy particularizada, diré que dos defectillos fueron observados durante los primeros años de su Rectorado: el primero, cierta inclinación tal vez más marcada que lo común en los santos, de asistir a fiestas o espectáculos públicos, por supuesto, de los que lícitamente puede ver cualquier sacerdote sin mengua de su decoro. El segundo: contar ciertas gracias, oídas en su juventud, gracias inocentísimas que sabían un poco a profano y que no estaban del todo enmarcadas en la austeridad religiosa. Estos, que pueden considerarse defectos, no eran conocidos por L. Murialdo como tales; y solamente personas muy experimentadas en la vida de Comunidad podían reparar en ellos.

Huelga decir que tanto del uno como del otro defecto, bien pronto se corrigió radicalmente, mortificando su natural vivacidad y conformándose siempre mejor a los cánones religiosos y ascéticos.

He aquí todo cuanto se ha podido notar de menos perfecto en nuestro santo Fundador, todo lo cual era involuntario; de voluntario, no hace falta repetirlo, ¡nada!

Este aspecto, digamos así, negativo de la perfección, es no pequeña parte de la santidad genuina, la misma que resplandeció maravillosamente en el Hijo de Dios, que retó a sus enemigos para que le encontraran alguna falta o siquiera una sombra de ella. Bien podían los enemigos de Cristo pensar que Él no era santo, viéndole conducir una vida exenta del nimbo de austeridad que caracterizó la de S. Juan Bautista. Esta parte es la que el Apóstol de las gentes recomienda a sus convertidos, eximiéndoles de penitencias extraordinarias. «Procurad - les dice - que nadie tenga nada que reprocharos». (Cf. Tit. 2, 8)

¿Quién pudiera censurarle de algo al Teólogo Murialdo? ¿Quién pudiera convencerle de una falta siquiera en su conducta?

He transcrito ya al principio de este libro un trozo del Testamento Espiritual que el Teólogo Murialdo escribió hacia 1895 en que se acusa de algunas faltas cometidas en el Colegio de Savona. Con aquella confesión tan humilde nuestro Fundador, se propuso dos cosas: templar un poco el concepto de santidad en el que le tenían sus hijos y proclamar por doquiera la misericordia de Dios que se dignó arrancarlo de un peligro grave de perdición, para llamarle a su Santuario, hacerle religioso y Padre de Religiosos.

Pues bien, sin querer examinar si esos yerros fuesen en verdad de la magnitud que él se supone, de su sincera exposición y de las lágrimas que por su causa vertió hasta el fin de sus días se deduce que, fuera de sus deslices juveniles, no se encuentran en su vida, de 72 años, faltas que valgan la pena mencionarse. De manera que, el documento escrito para poner de relieve una supuesta monstruosa ingratitud a Dios, da fe de que desde 1843, o sea por un período de 56 años, su alma no perdió jamás el carácter de Templo del Espíritu Santo, aún más, que su candor permaneció siempre inmaculado y brillante.

Este nuestro aserto está corroborado por el odio profundo a la culpa, que se transparenta en el susodicho documento y también por el infatigable empeño de sojuzgar sus pasiones, hasta tal punto, que no se desmande ni siquiera mínimamente.

No se crea, por ello, que L. Murialdo estuviese dotado de una naturaleza mansa de por sí: su índole, al contrario, era fuerte e impetuosa. Sentía profundamente el escozor de la mortificación y el embate de la lucha. Como la mayoría de los santos, L. Murialdo debía reprimir sus movimientos primos, acomodar con gran esfuerzo su rostro y sus labios a una franca alegría o a la serenidad; frenar la ira que sentía desbordársele, para hablar con suavidad, tomar tiempo para reflexionar y no precipitar sus asuntos. No pocas veces sus facciones, ligeramente contraídas, revelaban la lucha recia que se libraba en su interior; lucha que siempre le dio la victoria más completa.

¡Cómo debió sobreponerse a ciertas amarguísimas contradicciones, tanto más acerbas, cuanto más injustas y aún irracionales. Se diría que éstas le hubieran hecho perder la calma al mismo Job, Leonardo Murialdo, al contrario, todo lo sufría, todo lo toleraba; siempre que hablaba, era para llenar las almas de serenidad y paz.

Le hemos seguido de cerca en el gobierno de sujetos difíciles y malintencionados, en acaloradas discusiones de carácter administrativo; en el fragor de la tormenta, en la estrechez de la pobreza: creo yo que mantenerse imperturbable y sereno, no perder el optimismo y caminar siempre adelante con la mirada fija únicamente en el cielo, teniendo un carácter vivaz e impulsivo, es inequívoca señal de largo tirocinio en la conquista de la virtud y no estulta impavidez.

¡Oh! ¡Cómo sus sentidos estaban plenamente sujetos a su espíritu! ¡Cuán perfecto era el dominio que había conquistado sobre sí mismo!

Como oportuno pongo aquí el testimonio del canónigo José Colombero, Párroco de Santa Bárbara que, por largos años fue su confesor ordinario: «Era en extremo delicado de conciencia y con todas veras procuraba evitar las mínimas faltas y hacer las cosas ordinarias con la máxima perfección».

Lo que queda dicho no se refiere sino a la parte negativa de su santidad.

Considerando su parte positiva, adelantaremos, por lo pronto, lo siguiente: aunque siempre trillando la vía ordinaria de la vida común, el amor y el ansia de la perfección en san Leonardo Murialdo eran extraordinarios. Según San Alfonso de Ligorio, dos elementos implican la santidad: el deseo ardiente de la misma y la resolución firme de alcanzarla. Ahora bien, Leonardo Murialdo se atuvo siempre a estos dos medios sin desmayar jamás: ponía todo su empeño en llegar a ser santo. Sobre todas sus preocupaciones, trabajos y sufrimientos, éste era el punto capital. Se propuso alcanzarlo a toda costa, cueste lo que cueste. Puede compararse este ardiente anhelo al de un valeroso alpinista que ve brillar en su delante una cumbre difícil en dominar la cual ha cifrado todo su orgullo y ambición.

Sólo así se explican sus hondos suspiros por la santidad, el agarrar al vuelo cualquiera ocasión que a ella le llevase; sus ingeniosos ardides para multiplicar el acerbo de sus méritos, su avidez en leer libros ascéticos, su estudio y diuturna meditación sobre los mismos. Por ello hacía largas oraciones, tenía verdadera obsesión para dirigir todas sus acciones a la Gloria de Dios y humilde y sinceramente pedía la caridad de las oraciones ajenas.mbarettarostro

No podemos tampoco poner en tela de duda la sinceridad de sus aspiraciones. En su ánimo, cándido como el de un niño, no hubiera podido caber doblez, peor hipocresía. Todo en su proceder era claro como el agua de las montañas, no conocía, ni por el nombre, la mentira, y tengo el firme convencimiento de que no dijo jamás alguna, ni siquiera en apariencia. Su hablar era diáfano, sin exageraciones, perennemente enmarcado en los límites de lo justo. Su diplomacia era la diplomacia de los santos: mejor quedar engañados que engañar. De allí que siempre mostró estima también a cuantos trataban con él: les creía a todos sinceros, naturalmente sin abandonar la necesaria prudencia.

Como en las palabras, era sincero y rectilíneo en su modo de proceder. Tenía un verdadero culto a la justicia; su administración era tan delicada y justa que no se le pudo nunca tachar de malgastar el tesoro de los pobres. Si se trataba de sus propios haberes, revisaba las cuentas una y otra vez, no fuera que se hubiere deslizado algún pequeño error en perjuicio del prójimo. Cuando le sobrevenía alguna enfermedad, tomaba los registros de cuentas y todo lo ponía al día con la máxima claridad, no fuera que le llegara la muerte y los sucesores tuvieran molestias. Su integridad y rectitud de proceder le hizo distinguir en la administración de bienes, dos entidades distintas: la Congregación Josefina y la Junta Directiva del Colegio de Turín. Jamás hubiera tolerado que ésta quedare perjudicada por la primera. Cuando se suscitaban dudas, prefirió siempre que la Congregación tuviera la peor parte.

Esta sinceridad y amor a la justicia, el cúmulo de obras buenas, nada rumorosas, pero sí continuas y erizadas de dificultades que fundó, sin la satisfacción ni siquiera de un público parabién, y aún la satisfacción de un justo amor propio, dan fe de que era en él ardiente este primer elemento de la santidad: un encendido deseo de la misma.

El segundo elemento: el propósito firme y eficaz de llegar a la santidad, está palpable en su vida por las razones siguientes: Lo hizo apenas regresó del Colegio de Savona y a raíz de su confesión general. Esta irrevocable resolución se encuentra en todos sus escritos como hitos de su larga vida. El mismo sentimiento de verse aún imperfecto, revela que su ansia de santidad miraba mucho más alto de lo que ya había conquistado.

Es comparable este anhelo al de los verdaderos sabios que, precisamente por serlo, deploran sus inmensas lagunas; o al de un rico, a quien le parece poseer poco en comparación de los más acaudalados. La vida de los santos le enardecía en la conquista de la santidad, y procuraba copiar de cada uno algo que le ayudase a romper, como decía, su marco de tibieza, y flojedad. Estas resoluciones, no hace falta decirlo, las renovaba en los Ejercicios Espirituales que los hacía por lo menos una vez en el año. Los pasaba ya en Bra, en Chieri, Pinerolo o San Ignacio. Una vez también los hizo solo en Chieri, bajo la dirección del P. Francisco Pellico, en el convento de S. Antonio. Después de la Fundación de la Congregación, tomó parte en todos o casi todos los Ejercicios de la misma ya en Boscomarengo, o en la Quinta de Rívoli; en Volvera o en Oderzo; dirigiéndolos a sus hijos, haciéndolos para sí mismo y a veces prolongaba el retiro por varios días más, para dedicarse de lleno y de propósito a su santificación personal.

En tales Ejercicios tomaba nota muy diligente y minuciosa. Escribía los propósitos, siempre caracterizados por una actualidad sorprendente.

A manera de ejemplo pongo aquí las siguientes resoluciones tomadas al cabo de cierto retiro:

1- Debo hacerme santo, pues así:

a) Dios nos bendecirá copiosamente tanto en lo espiritual como en lo temporal.

b) Gozaré perpetua paz y practicaré la paciencia.

A continuación, como medio de llegar a la meta prefijada, se proponía la oración mental o vocal. Aquella a una hora fija y ésta en todo momento a través de la unión con Dios: consultar a Dios, escuchar y ofrecerse a Dios.

Otro medio: «Me servirán, - escribía -, aun los males y mis pecados, para humillarme; desconfiar de mí mismo y confiar en Dios; mis yerros, sufrimientos y contradicciones para ejercicio de amor de Dios, de humildad y paciencia».

En 1898 hizo sus Ejercicios en el Seminario de Pinerolo, y, suponiendo que fueran los últimos, se entregó a ellos con renovado fervor.

«Es muy probable - se lee en sus apuntes - que este retiro sea el último de mi vida. Tal vez Dios me da esta oportunidad para disponer mi último viaje a la Eternidad». Y prosigue: «Por segunda vez me recojo para mis Ejercicios en este Seminario. La primera fue en 1856, cuando el Canónigo Galletti, más tarde Obispo de Alba, también por la primera vez, predicaba un retiro a los sacerdotes. ¡Oh! ¡Cuántas buenas y santas inspiraciones me sugirió entonces nuestro Señor! Pero ¿acaso con un provecho duradero? Al cabo de 42 años, heme aquí de nuevo en este lugar santo: Ecce nunc tempus acceptabile, Ecce nunc dies salutis! -¡Qué no diera para que, en verdad, estos días fuesen los de mi salud espiritual! ¡Heme aquí en el dintel de la eternidad! Probablemente estoy en mi último retiro. De aquí a un mes cumpliré los 70 años, y los días del hombre, según los Libros Santos, son setenta años y ochenta en los más robustos: mas, con mis ocho caídas de bronquitis, yo ciertamente no pertenezco a estos últimos. ¿Qué espero pues? ¿Diré aún el eterno mañana- mañana? ¡Gran Dios! ¡Si vis potes me resuscitare, resucitad a este muerto, la gloria Será toda vuestra! vl comuni pessinetto s ignazio

«Hoy día es fiesta de San Mateo. Hoy se cumplen 47 años que soy sacerdote: lo digo con vergüenza. ¡Día aniversario de mi ordenación sacerdotal!

En aquel hermoso día, ¡oh Dios mío! me diste la gracia de abandonarme enteramente en Vos. Me sentía totalmente separado del mundo y sus placeres: en una palabra ¡yo era todo vuestro! y luego, Quis mihi det, ut sim iuxta pristinos dies? ¡Estos no habrán sido sino 47 años de espantosa ingratitud para con Vos! ¡Qué ansia por los placeres que abandoné! ¡Qué culto para mi amor propio!, ¡qué infidelidad! Me siento más culpable que vuestro apóstol, antaño publicano, y luego santo, predicador incansable y finalmente mártir. Me siento más culpable que Agustín, que os ofendió solamente de pagano y que, después, borró sus primeros años con inflamado amor.

«Yo, en cambio, lejos de reparar siquiera en parte mi pasada impiedad y mi apego al pecado, he vivido en una desconcertante tibieza; y he añadido una nueva cadena de pecados, haciéndome reo de una ingratitud aún más negra, si cabe.

«Mas, ¡oh maravilla!, Vos me habéis soportado sin tasa, y hoy os dignáis llamarme todavía. Habéis esperado hasta hoy y he aquí que oigo de nuevo vuestra voz. ¿Cuál será mi respuesta? ¿Seguiré amando el cómodo estado de tibieza en que me acuna mi sensualidad? ¿Seguirá siendo mi característica la ingratitud? ¿No os abriré, finalmente, la puerta de mi alma, pues la golpeáis tan recia e insistentemente? Ecce sto ad ostium et pulso!

«Paréceme estar en el umbral del infierno. ¡Oh dolor! ¡y este fuego espantoso me deja indiferente! ¿Acaso no sé que se trata de dos eternidades: Paraíso o Infierno? ¡Oh Dios mío!.. ¡No pueden continuar así las cosas!... Heme aquí... Mi Dios y mi Padre..., ¡heme aquí todo vuestro para siempre! Hora, est jam de somno surgere, venit hora, et nunc est... haec est dies quam fecit Dominus, exultemus et laetemur in ea. Ego dixi: Nunc coepi; pero... haec mutatio dexterae Excelsi: Vuestra será toda la gloria, oh Señor, y vuestra también, Señora y Madre mía María, pues ¡de vos, al fin espero la perseverancia! ¡Totum Deus habere voluit per Mariam! Acordaos de ello; ¡oh María! Y alcanzadme de Dios esta gracia, que yo de mi parte me empeñaré en honraros y propagar, por todos los medios a mi alcance, este vuestro privilegio. Dignare me laudare te! Qui elucidant me vitam aeternam habebunt: así yo os alabaré por toda la eternidad en unión con vuestro Hijo. ¡Misericordias Domini in aeternum cantabo: Misericordias Dominae in aeternum cantabo!

«Desde este momento quiero reparar en algo, ¡oh Señor!, el mal que he obrado hasta aquí. ¡Oh María! Estaos a mi lado, para juntos pedir a Jesús la gracia de una sincera reparación. Por piedad, ¡rogad por mí! Estoy seguro que si rogáis a mi lado, por mí, a vuestro Hijo, Él no podrá rechazarme.

«Con esta confianza repetiré las palabras de S. Teresa: «Oh Dios mío y misericordia mía... ¿Cómo podréis mostrar mejor vuestra omnipotencia sino haciendo reparar en un momento, con el ardor de vuestra caridad, todo el tiempo desperdiciado en amar a las criaturas? Yo lo espero... aún más... tengo la seguridad de que obtendré cuanto os pido. Haced que yo repare el tiempo perdido redoblando Vos vuestros favores. Amén.»

«Una súplica más... La oración que cada día elevaba un trapista, en otro tiempo mundano como yo, pero muerto en el santuario al cabo de 35 años de religioso.

Os pido tres gracias, oh buen Padre del cielo:

1.- La suerte de reparar antes de la muerte todas las gracias que necia y desgraciadamente he desperdiciado.

2.- Que yo llegue, merced a vuestro auxilio, a aquel grado de perfección y de mérito que vos habéis bondadosamente por inexplicable infidelidad.

3.- Dignaos, Señor, perdonar los pecados ajenos cometidos por mi causa. Reparad, buen Dios, también la pérdida de gracia en aquellas mismas personas. Santísima Trinidad, os lo pido por el Sgdo. Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María.

Jesús mío, misericordia!»

 

No fueron estos los últimos Ejercicios, como san Leonardo Murialdo pensaba, sino los del año siguiente, o sea de 1899.

También entonces insiste sobre su ansia de reparación «Mi vida – dice - se halla dividida en dos períodos: el uno de fervor, y de tibieza e ingratitud el otro. Hoy día quiero comenzar el tercero: una vida de reparación y de penitencia».

Para alcanzar amor tendré como norma la piedad... Más tiempo para la visita a Jesús Sacramentado todos los días, y las jaculatorias: Jesús y María.

En la parte de la penitencia: la observancia minuciosa de la Regla, la puntualidad al horario, las reuniones con los hermanos y jóvenes, un tiempo determinado para el estudio; visita a los talleres, la dulzura, laboriosidad, alegría, cordialidad con cualquiera que trate.

Este largo y penoso proceso de su santificación estaba en sazón a los pocos meses. San Leonardo Murialdo, maduro para el cielo, volaba a gozar de su santidad, satisfechos plenamente sus anhelos y propósitos.

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