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VIDA DE S. L. MURIALDO.12-16

12. LA CONGREGACIÓN DE SAN JOSÉ SE EXTIENDE FUERA DEL PIAMONTE

1. El Colegio de Génova

Entre los colegios de niños obreros de Turín y Génova existía una cordialidad que podríamos llamarla proverbial.

El Colegio de Génova fue fundado por el celosísimo Don Francisco Montebruno. Este buen sacerdote procuró seguir en todo las normas de Don Juan Cocchi, no sólo en el método de recoger a los niños, sino también en el de echarse en brazos de la Divina Providencia para mantenerlos.

El sacerdote Montebruno asentó su colegio en Génova junto a los muros de Santa Clara. Allí se alojaban cerca de un centenar de jóvenes niños repartidos en diversos grupos y talleres. El pío sacerdote vivía en medio de ellos; trabajaba sin descanso por su bien, con el sólo deseo de enseñarles amar a Dios mediante sus instrucciones y el ejemplo de su castigada vida. Lastimosamente el personal docente era escaso e inestable. Debía, pues, solucionar urgentemente este problema.

El sac. Montebruno vino a saber que en Turín se había instituido una Congregación Religiosa para proveer de personal fijo y muy bien preparado para los colegios de esa índole. Se dirigió inmediatamente al P. Juan Cocchi en demanda de personal y le suplicó allanase esta dificultad cuando aún le quedaba algún tiempo de vida; o si no que, por lo menos, dispusiera lo conveniente para hacerlo después de su muerte.

Se elevó una solicitud en tal sentido a nuestra Congregación, en 1882, y, aunque el número de Josefinos era muy exiguo, nuestro Santo Fundador, siempre con el ansia de abarcar todo el apostolado posible, aun a costa de grandes sacrificios, tuvo a bien enviar un manojo de Josefinos a Génova. En el 28 de Noviembre de aquel mismo año 1882, el P. Juan Reinery partió con el nombramiento de Prefecto de Disciplina.

El 15 de Enero del año siguiente se trasladaron allá dos hermanos más, acompañados por el Venerable P. Fundador en persona, quien deseaba inspeccionar de por sí la marcha del Colegio y la situación de nuestros hermanos. Una vez en Génova, le animó con mucha bondad a hacer generosamente el sacrificio de separarse del nido tibio de la Casa Madre, les dio normas de Pedagogía Cristiana, y sabios consejos encendidos en el santo amor de Dios y nuestros hermanos quedaron en su nuevo destino contentos de trabajar con todo entusiasmo y la mejor buena voluntad en bien de estos pobres niños. Desgraciadamente las circunstancias obligaron a que nuestros hermanos regresaran a Turín, ya que las posibilidades económicas se ponían peores cada día y el sostenimiento de nuestros hermanos vino a ser imposible.

No bien llegados a Génova los Josefinos, se hizo sentir una apretada penuria de lo más indispensable para subsistir. Pocos meses pudieron encarar la situación y cuando ésta se tornó intolerable, salieron de Génova, a saber, en Octubre de 1883, a los 10 meses de haber tomado posesión del Colegio. Los que más sufrieron por la separación de los Padres, fueron los mismos niños que se encariñaron con ellos de tal modo que por mucho tiempo no podían olvidarlos. Como lenitivo a su pesar optaron por establecer una copiosa y prolongada correspondencia con los P.P. Josefinos de Turín.

Después de la muerte del Sac. Montebruno, la dirección de la obra pasó a una Junta Particular. Si bien las mejoras introducidas por ésta en el campo material fueron apreciables, los frutos morales en cambio dejaban mucho que desear. Para llenar esta laguna dicha Junta se dirigió nuevamente a nuestra Congregación en demanda de personal, mas las circunstancias impidieron que tal propuesta fuese aceptada.

2. El Patronato Pío IX de Venecia

Fracasó, pues, nuestra misión en Génova, pero no totalmente. Se ganó siquiera experiencia. Los pocos meses que nuestros hermanos residieron en Génova fueron suficientes para descubrir nuevos caminos para la expansión de nuestra Congregación, y al mismo tiempo fueron una advertencia para que una nueva fundación fuera echada sobre bases firmes a fin de que tuviera un éxito feliz. No bien se habían repuesto de esta aventura nuestros hermanos, cuando se presentó una ocasión de enjambrar en Venecia. Todo parecía ofrecer garantías fundadas y seguras para salir airosos de este nuevo trance.madonnaorto

Se trataba nada menos que de un «Patronato». En Venecia que solicitaba nuestra colaboración para su funcionamiento.

La petición venía recomendada por un ilustre misionero Mons. Juan Bautista Teloni, que, habiendo arribado recientemente a la ciudad, llegó a conocer el «Patronato» y a sus fundadores. Se entusiasmó con obra tan cristiana en pro de la niñez y el mismo decidió arrimar el hombro en este duro pero fructuoso apostolado. Leonardo Murialdo creyó, en un principio, que se trataba de una empresa superior a sus fuerzas, y, por la infausta experiencia de Génova, no quería ni siquiera discutir los preliminares de semejante proyecto; menos entrar en tratos. No es extraño este modo de proceder en nuestro Fundador: siempre obró así cuando se trataba de fundaciones. Por su profundísima humildad más bien procuraba declinar ofertas que hacerse adelante, hasta que apremiantes circunstancias no declarasen con evidencia la voluntad de Dios.

El «Patronato» Pío IX, era obra de un sacerdote muy pío, Don Ángel Bertoluzzi. La Institución navegaba a velas desplegadas bajo su Gobierno y un espléndido futuro se vislumbraba para la misma, pero con su muerte, que enlutó a colaboradores y niños, todo parecía hundirse sin remedio.

Nació el Sac. Bortoluzzi el 23 de Enero de 1839 y se ordenó de sacerdote en el mes de Septiembre de 1863. Dios le había dotado de admirables cualidades de trabajo y celo apostó1ico. El amoroso cultivo de la piedad y demás virtudes sacerdotales le hicieron todo un apóstol. Se entregó de lleno a una restauración total de su parroquia de San Cristóbal, alias de Santa María del Huerto. No era su preocupación principal renovar el vetusto y artístico Santuario sino especialmente formar al Cristo en sus feligreses.

La perversidad de la época trataba de ridiculizar la práctica de la virtud. Los niños andaban por turbas, abandonados a su suerte, por las calles, pasillos y veredas de la ciudad. Los padres parecían desentenderse de los deberes de su estado. Las fiestas se profanaban sin el menor escrúpulo y el vicio abominable de la blasfemia hacía su agosto en todas partes sin excepción de sexo ni condición social. Un campo como el descrito, ofrecía trabajo de sobra para cualquier sacerdote lleno de celo por salvar a las almas.

La primera meta de Don Bortoluzzi fue proveer a la educación de los niños del Seminario Regional, ya había probado suerte con los patronatos desde 1848, y, gracias a la actividad de la Congregación de S. Vicente de Paúl y al impulso que les imprimió el Patriarca Mons. Ramazzotti, floreciendo admirablemente en todas partes en donde se fundaron. Bortoluzzi ansiaba establecer uno en su parroquia y, tras largo y penoso bregar, la fundó en los locales del Oratorio de San Jerónimo, en mayo de 1865. Por lo pronto tenía que funcionar por la noche. El mes de agosto siguiente le cupo la suerte de aliarse en la santa empresa con Don Alberto Cucito, flamante sacerdote y no menos apóstol que él mismo. Bortoluzzi y Cucito se fundieron admirablemente en una amistad sincera e inquebrantable, como era sincera e inquebrantable su fundamento: la caridad de Cristo. Vivieron y trabajaron juntos doce años, a saber hasta curando Don Bortoluzzi fue a recibir el premio del Señor en el cielo.

Como Dios guía sus obras, los dos apóstoles encontraron que caminaba en la misma vía un ejemplar seglar: el Sr. Carlos Candiani, hombre de profundísima piedad, de grandes posibilidades económicas, de un alma cándida como un niño y de una virtud diamantina. Este, cuando aún era estudiante de jurisprudencia, fue nombrado Director del Patronato, y luego de recibir el grado, descolló en Venecia como el más hábil e íntegro abogado. Dios unió a los tres apóstoles no sólo de presencia sino también de corazón: parecía que una sola alma gobernaba tres voluntades. La suerte, pues, del Patronato estaba no sólo echada sino también asegurada.

Humildes e indecisos fueron los principios, se empezó con dar catequesis tres días a la semana, a escasos niños; de allí a poco se fundó el Patronato festivo, pues, los niños vagaban más desamparados, si cabe, los días de fiesta. Era el 13 de mayo de 1866 cuando se abrieron sus puertas por la primera vez y lo alegraron las voces de 15 niños. Para el efecto se había alquilado una casa por el mismo sector de San Jerónimo; mas, apenas a los dos años de funcionamiento el inmueble fue vendido y, por ende, desalojado Bortoluzzi con toda su chiquillada. ¿Qué hacer? Buscó un refugio en el barrio denominado Corte de los Caballeros y cabe la iglesia de Santa María del Huerto. Las funciones religiosas del domingo se llevarían a cabo en la Iglesia de San Jerónimo. En Corte de los Caballeros reinaba la estrechez con su corte de penalidades. No parecía ser éste el lugar definitivo para una obra que tenía todas las características de ser de Dios.

Estaba un día Bortoluzzi con Cucito en el puente denominado de Loredán. Desde allí Bortoluzzi divisó un hermoso solar una espaciosa casa situada junto a la Escuela de los Mercaderes y dice Cucito:

«¡Qué hermoso lugar! ¿Lo ve Ud.? ¡Parece hecho a propósito para nosotros!

¡O nos lo regalan o habrá alguien que lo compre y nos lo ceda!»

Cucito sonrió ante el optimismo, al parecer infundado de Bortoluzzi, quien por toda respuesta le dijo:

«Ud. se ríe, ¡ya lo verá!»

Los acontecimientos probaron que Cucito no en vano había puesto su confianza en Dios. En marzo de 1869, a los cuatro meses más o menos del diálogo referido, murió la Señora Dueña del Solar y de la casa y el patronato adquirió el inmueble con el dinero que el cielo envió en manera inexplicable.

La tal casa, tenía un valor inapreciable, si se toma en cuenta algunos aspectos extraordinarios. Es tradición que allí haya nacido, hacia 1490, el Beato Juan Marioni, uno de los primeros discípulos de San Cayetano de Thiene, quien le recibió en su Religión y le condujo a un altísimo grado de santidad. La alcoba donde se cree nació el santo se la convirtió en amplia y decorosa capilla. El Card. Patriarca, Emmo. Sr. Trevisanato le bendijo y celebró allí la Santa Misa por la primera vez el 8 de Diciembre de 1871; enseguida Don Bortoluzzi recibió allí mismo licencia para conservar la Santísima Eucaristía.

Con esta ocasión los celosísimos sacerdotes Bortoluzzi y Cucito tomaron la resolución de abandonar la casa paterna para hacer vida común en el Patronato, y de esta manera consagrarse por entero a su propia santificación y al servicio de los niños pobres.

He aquí lo que Don Cucito dejó escrito en una memoria acerca de su admirable amigo Don Bortoluzzi: «Se separó, lleno de generosidad de su casa paterna y renunció, casi por completo, al trato del mundo por la única ansia de adherirse siempre más estrechamente con Jesucristo, que constituía para su corazón de serafín, su primera y más pura delicia. Ahora sí podía gastar a sus anchas los días, tardes y aún las noches enteras a los pies de Jesús Eucaristía, lejos de las miradas curiosas de quienes indiscretamente deseaban conocer sus anhelos de amor. Delante del sagrario, con la oración y meditación, cumplía a maravilla el cargo de Medianero e Intercesor que compete al sacerdote. La bendición del cielo atraída por tanto fervor llovía copiosamente sobre sus niños, sus empresas y aún sobre sus proyectos atrevidos, generosos e incontables».

Bortoluzzi asignó la mejor cámara para Don Cucito y él se acomodó en una buhardilla donde no cabía sino un pobre lecho. Su verdadera pieza personal, desde cuando tuvo la suerte de tener al Smo. Sacramento en el Patronato, fue la capilla. Eligió para sí el primer banco, sin nada más; hasta una silleta hubiera sido demás.

Al cabo de las labores, ya muy avanzada la noche, cerraba el Patronato, y los jóvenes se dirigían a sus casas. Entonces él con algunos pequeñuelos que no tenían donde alojarse, se instalaba en la capilla para recitar una larga serie de oraciones, pensando, con sobrada razón, que el Señor de los niños, por amor a esos inocentes, bendeciría generosamente su amada Institución. Este fue el origen de la Congregación de los Amigos de Jesús, que más tarde nuestros hermanos fundaron en el Patronato con frutos muy consoladores.

Una vez conseguido el local, los celosos apóstoles fundaron un taller para artesanos. Como el Sumo Pontífice reinante, justamente por entonces celebraba su Jubileo Papal, se decidió que los talleres llevaran el nombre de Pío IX. Se comenzó con carpintería y zapatería. Los primeros alumnos serían algunos niños del mismo Patronato. Más tarde se fundó también, adjunto a los talleres, una escuela para hijos de los obreros.

En 1873 los protestantes abrieron una escuela gratuita para niños en Canareggio, con el fin de seducirlos más fácilmente e inculcarles sus errores. Ante tanto atrevimiento, Mons. Canal, propuso a Cucito y Bortoluzzi que cedieran los locales del Patronato para instalar allí una Escuela Católica. Los apóstoles no sólo convinieron en ello sino que ellos mismos se ofrecieron a trabajar activamente para que la iniciativa se llevara a feliz término.

Se abrió la escuela el 3 de Junio de 1873. Cuando la única aula existente no podía recibir a todos los alumnos se abrió una segunda. Por aquellos días se hacía un llamado general a todas las fuerzas católicas para organizar una acción reparadora por las viles y tremendas injurias lanzadas contra Cristo por un periódico de Roma. Entonces Bortoluzzi enseñó a sus jóvenes la salutación cristiana: ¡Alabado sea Jesucristo!, que se difundió ampliamente por todo el ámbito de la parroquia. Esta pía y muy laudable costumbre se mantiene hasta el día de hoy y muchas Congregaciones Religiosas lo han adaptado como salutación oficial. Sólo Dios sabe qué tesoros de gracia llueven del cielo por tan cristiana y hermosa jaculatoria.

En el tramo que corre desde la sede del Patronato a la Casa del Beato Juan Marinoni se levantaba la Escuela de los Mercedarios. Cuando, a principios del siglo XIX fue enajenada, se le despojó de todos sus tesoros de arte y cayó en manos de particulares que la convirtieron en almacenes, para expendio de mercaderías.

Por último fue adquirida por un protestante que quebró. En consecuencia fue sometida a pública subasta en 1875.

Bortoluzzi, aprovechando la circunstancia, concibió la atrevida idea de comprarla. Si sus gestiones hubieran tenido éxito, pensaba el santo sacerdote devolver el edificio al culto público, pues planeaba convertirlo en amplia y hermosa capilla, capaz de acoger a todos los niños del Patronato, que iban creciendo sin cesar cada día.

La Divina Providencia se mostró, una vez más, lista a complacer al que ponía su entera confianza en Ella: Pío IX, a quien le había solicitado una bendición para la nueva obra, se dignó mandar 2.000 liras que cayeron de perlas en manos de Don Bortoluzzi.

Se cerró el negocio en 1875. El edificio se hallaba en estado ruinoso, pues lo único bueno que perduraba eran unos muros descascarados y ennegrecidas por el tiempo.

Una enclenque escalera daba acceso al Patronato. Hacía falta gastar una buena suma de dinero para restaurarlo y dejar todo en su punto para poderlo utilizar. Aunque la necesidad del local era por demás urgente, los trabajos de restauración no pudieron iniciarse sino el 5 de junio, onomástico del Papa reinante; más en Octubre todo se paralizó por absoluta escasez de recursos.

Don Ángel Bortoluzzi hubiera deseado celebrar los divinos Oficios en la nueva capilla el 8 de diciembre de aquel año, pero no fue posible.

Se reiniciaron los trabajos en enero de 1876 y se fijó como fecha perentoria para la inauguración, el 19 de marzo, fiesta del glorioso San José.

Los trabajos estuvieron a cargo del renombrado Ingeniero  Sticcardo quien cambió la grácil escalinata por otra muy elegante de piedra, en cuya sumidad colocó una grandiosa estatua de la Virgen.

Los desvelos pues del buen sacerdote no fueron fallidos. Todo estuvo listo para la fecha indicada. El ruinoso y mal parecido local se hallaba transformado en hermosa y elegante Capilla, decorada espléndidamente y lista para que se iniciaran los Divinos Oficios. En el ábside se levantaba un devoto y artístico altar; en el lugar correspondiente lucía un coro muy capaz.

Todo lo previno y a todo proveyó aún en sus mínimos particulares, de manera que resultó una hermosísima iglesia. Allí podrían ahora rezar y cantar centenares de niños. Su recogimiento y suave misticismo, elevaba los corazones.

La inauguración oficial se efectuó el 19 de Marzo por Mons. Ferrari, Vicario General del Card. Trevisanato. Se celebró la Santa Misa con Comunión General y por la tarde Mons. Berengo ofició en la Exposición y Bendición con el Santísimo.

En la misma capilla Mons. Agostini, Obispo de Chioggia, y más tarde Cardenal de Venecia, tuvo a bien erigir una Congregación Mariana con 16 congregantes adultos. Esta congregación venía a colmar un anhelo acariciado desde antiguo por Bortoluzzi, quien se desvivía pensando cómo ayudar a servir a Dios a los adultos de su parroquia. El grano de mostaza echado en el surco por tan experto sembrador se volvió un frondoso árbol; dio consoladores y opimos frutos cuya bondad y magnificencia se pusieron de manifiesto en su esplendoroso jubileo de Bodas de Plata, celebrado el 8 de Diciembre de 1901.patronatovnz

Ahora había que pensar en la escuela. Como no se disponía en un local apropiado, se transformó en aula la pieza del Beato Marinoni, antaño capilla del Patronato.

Se decidió recibir solamente alumnos de 6 a 9 años. Al momento de comenzar las matrículas, se presentaron, como, por ensalmo unos 50 chiquitines, mal vestidos, desaseados, algo rústicos, pero vivarachos y de ojos centelleantes.

Bortoluzzi y Cucito en persona tomaron a su cargo la enseñanza, que, se debía impartir allí donde Jesús presente en la Eucaristía había sido servido por tiempo considerable. ¡Qué maravilla, pues, que ahora el mismo Jesús presente en los niños fuera servido por los mismos sacerdotes! ¡Cuán verdaderas resultaron las palabras del Divino Maestro: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo». (Mt 25, 40).

Gran parte de los anhelos de Bortoluzzi ya eran realidad. Funcionaba el Patronato festivo y vespertino; la escuela de artes y oficios estaba en auge, las escuelas diurnas y nocturnas estaban atendidas oficialmente; se había erigido la Congregación en honor de María Santísima. Parecía llegado el momento de exclamar: "Ahora, Señor, puedes dejarme ir en paz". Efectivamente; Dios le tenía lista la corona, y así fue como el 29 de septiembre sufrió un violento ataque de tuberculosis, que fue el principio de un prolongado martirio con el que Dios quiso abrillantar su corona. Ángel Bortoluzzi murió el 6 de enero de 1878, constituyendo como su heredero universal a su inestimable amigo y colega Don Alberto Cucito. Su vida fue la de un santo, y especialmente su última enfermedad reveló los quilates de su virtud.

Para colaborar con Don Cucito se ofreció Mons. Juan Bautista Piamonte, mas, así disponiéndolo Dios, este santo sacerdote también, al año escaso de servir a Cristo en la persona de los niños, voló al cielo a recibir la recompensa por su ardiente caridad.

Ahora sí más que nunca experimentó Don Cucito la necesidad de confiar la Obra a una Institución Educativa, posiblemente religiosa para garantizar su desarrollo y duración. Este proyecto había sido ya concebido por el mismo Don Bortoluzzi, mas nunca se habían dado los pasos necesarios para ponerlo por obra. Ahora Don Cucito deseaba ardientemente solucionar el problema y se dirigió a los Salesianos, a los Hermanos de las escuelas Cristianas y a varias otras instituciones educativas, pero en todas partes, se le cerraron las puertas.

Cuatro años ya habían pasado en angustiosas búsquedas hasta que, al fin, el 1882 se elevó la solicitud a nuestra Congregación, como queda ya anotado.

El 14 de Abril de aquel mismo año San L. Murialdo viajó a observar la nueva obra de Venecia, se dio cuenta, aun en loa pormenores de su organización, y en el acto se hubiera hecho cargo de la misma, si graves y repentinas dificultades no se hubieran interpuesto. Al fin, todo se subsanó felizmente, y es así como la tarde del 8 de abril de 1883 un grupo de Josefinos, conducidos por L. Murialdo en persona tomó posesión del Patronato Pío IX.

En este punto es mejor que la pluma elegante de Alberto Cucito dé cuenta de la magnífica impresión que Murialdo dejó en Venecia, tanto mientras se discutían los proyectos, como en las frecuentes visitas que allá hacía, una vez instalada la obra.

Esta memoria fue escrita después de la muerte de L. Murialdo. Dice así:

«Por entonces la obra benéfica de Murialdo, entre nosotros, estaba en sus albores. Tanto al discutir los preliminares, como después al firmar los documentos definitivos, este hombre de Dios nos pareció diáfano, sincero, completamente rendido a la Providencia Divina e incapaz de frustrar nuestras esperanzas, como luego tuvimos ocasión de comprobarlo.

Esto me dio base para que, en vez de firmar minuciosos documentos o escrituras, a tono con las leyes, optáramos por redactar unas pocas líneas en que constasen los principales acápites del contrato, como si se tratara de un pacto amistoso y no de un documento legal.

Murialdo parecía un aliado de la causa común, hombre de amplias perspectivas, muy cortés en sus modales, transparente en sus aspiraciones y deseos, discreto y condescendiente. «Cualquiera podía darse cuenta que obraba movido por un único y sublime ideal: la Gloria de Dios y la salvación de las almas.

«Ello no obstante, fue difícil para los Josefinos amoldarse de golpe a las peculiares condiciones del Patronato. Sucedió en cierto modo, el caso del remiendo nuevo en vestido usado, para usar el símil de la Sagrada Escritura. Mas tal tino, la caridad y la generosidad de Murialdo y sus hijos, todo lo subsanaron. Gran paciencia de una parte y sincera Caridad y cordialidad de la otra, eran necesarias para cambiar, si ello era menester, las bases de los contratos estipulados. Mas, gloria sea dada a Dios, no obstante todos los tropiezos, se iba creando un clima de entendimiento mutuo, tan sincero y provechoso, que todo se actuó en bien de centenares de niños del pueblo. De esta manera la Congregación se afirmó bien; echó hondas raíces en la estimación y aprecio de aquella buena gente y empezó a desarrollarse y a crecer como en exuberante terreno. Aquí tomó por primera vez el nombre popular de Congregación Josefina. El aprecio y apoyo de los bienhechores se volcó como bendición de lo alto sobre la obra. Los alumnos, por otro lado, profesaban muy sincero afecto a los Padres, así que la presencia de los Josefinos en Venecia fue como la sana levadura que fermentó no solamente la parroquia de Nuestra Señora del Huerto, sino también las comarcas circunvecinas.

«El éxito de todo ello, después de Dios, hay que atribuirlo al Teól. Murialdo que, siempre tranquilo y sereno, aun en medio de duras pruebas, como habilísimo piloto, dirigía a puerto seguro la navecilla de la nueva institución.

«Sus escritos, sus consejos, y especialmente su presencia en el Patronato señalaban cada vez un nuevo hito en la marcha hacia el bien, o también era potente antorcha que nos iluminaba.

«Su hierática figura de asceta, su amabilidad proverbial, su diáfana conversación, en una palabra su virtud heroica rendían el ánimo de cualquiera.

«Su paso por el Patronato - todos lo admiten - era el paso de un santo.

«La bendición del cielo descendía, entonces, copiosa y palpable sobre educadores y alumnos. Sufría ininterrumpidas indisposiciones en su salud. Soportaba verdaderos martirios morales, especialmente por el colegio de Turín y las preocupaciones del Gobierno de la Congregación; se mortificaba sin tasa, todo ello nos parecía tener en el teólogo Murialdo a un S. Basilio o a un San Pedro de Alcántara resucitados. Mas, si mirábamos sus ojos centelleantes y dulcemente claros y su perpetua sonrisa, se nos antojaba ver a Don Bosco o a Benito Cottolengo.

«La última vez que tuvimos la facilidad de verle fue el pasado septiembre. Había venido para sellar con broche de oro la obra cuyos cimientos había echado 17 años atrás. Queríamos en aquella circunstancia proceder a la entrega total del Colegio, nacido bajo nuestra humilde dirección, al entusiasmo creador de los Josefinos. En aquella ocasión, con el consentimiento, mejor dicho, con la bendición de nuestro muy amado Card. Patriarca, la Congregación Josefina tomaba a su cargo no sólo la Dirección sino también la Administración del Patronato Pío IX. Aquella vez el Teólogo Murialdo se mostraba feliz, no obstante su gravedad. Habíamos culminado tan felizmente la meta propuesta: el apostolado fundado en la caridad.

«Allí se dio lectura del documento por el que la Junta Directiva, representada por el suscrito, cedía todos sus derechos en el Patronato, a los Josefinos. Cuando al fin de dicho documento se aludió a Murialdo personalmente, éste sonría complacido. He aquí como finaliza dicho documento:

«El benemérito Teólogo Leonardo Murialdo, a quien nombramos protector de esta obra, aun para después que Dios se digne llamarlo al premio de los grandes apóstoles, deja como herencia a sus muy amados hijos, un amor de predilección para Venecia y en particular para el Patronato Pío IX, desde donde plugo a Dios hacer conocer y propagar la Pía Sociedad de San José.

«¡Oh! ¡Quién hubiera creído que muy presto, conviene a saber, a la distancia de 6 escasos meses, Murialdo hubiera ido a ejercer su protectorado desde el cielo! No cabe duda que es un lenitivo a nuestro dolor, pensar que, Murialdo, tal como convenimos acá abajo, nos será poderoso Patrono, derramando copiosas bendiciones sobre los alumnos pasados y presentes, sobre los bienhechores nuevos o antiguos y perdonadme la alusión personal, especialmente sobre nosotros que tuvimos a mucha honra venerarle y amarle como cariñosos hijos».

"6 de abril, día séptimo de su muerte".

Además de lo referido, Don Cucito nos dice que Murialdo, una vez reformados los documentos corno lo pedían las circunstancias, no dejó de apoyar eficientemente la marcha del Patronato Pío IX; pues hay que saber que, en un momento dado, pasando por alto todas las cláusulas estipuladas, la Dirección del Patronato cercenó por la mitad la subvención económica que recibían nuestros Padres.

Las condiciones económicas del Patronato estarían sin duda al borde de un fracaso para que

la Dirección tomara semejante medida. Así pues, desde un punto de vista meramente humano, una elemental medida de prudencia hubiera aconsejado retirarnos del Patronato, mas la caridad y condescendencia de Murialdo rayaron aquella vez en heroísmo, disponiendo que no solamente continuaran los hermanos en dicha obra, sino también que no se interrumpiese ninguna de las actividades y que ni siquiera un alumno fuera despachado ¡Cuánta fe no debía tener nuestro Santo Fundador en la Divina Providencia, que nunca abandona a su suerte a nadie y mucho menos a quienes trabajan por su causa!

Los sucesos vinieron a confirmar que Murialdo tenía razón: la obra marchó sin tropiezos. Los medios de subsistencia iban afluyendo según crecían las necesidades, aunque no más allá. Se ampliaron las aulas; los alumnos acudían siempre en número considerable, las puertas del Patronato nocturno estuvieron constantemente abiertas y a él acudían no solamente niños sino también jóvenes y aun adultos entre quienes el Patronato cosechaba los más dulces frutos. Levantáronse nuevos locales; se restauraron los viejos, de acuerdo a las nuevas exigencias pedagógicas, dándoles mucho aire, luz y mobiliario suficiente y decoroso. Se arreglaron salas para el recreo nocturno, en particular para la estación del invierno; el pequeño teatro fue dotado de copioso material artístico y dramático: en fin, todo respiraba bienestar y felicidad, de modo que los jóvenes pasaban allí las mejores horas de su vida.

Se fundó también una Schola Cantorum la misma que, esmeradamente preparada, ocupó un lugar eminente entre las similares de Venecia, pues sus actuaciones fueron muy apreciadas en nuestra propia Iglesia y muy solicitadas en otras partes.

Todo ello, sin embargo, no era sino un medio para el fin: la educación cristiana de la juventud. El catecismo se impartía desde sus primeros elementos hasta lo que se llamó después Catecismo de Perseverancia.

Tan pronto como era posible, se llevaba la Primera Comunión a los pequeñuelos o a los adolescentes que, por descuido de sus padres, no habían podido hacerla antes. La cosecha generalmente era consoladora. Nuestro Fundador elevaba frecuentes acciones de gracias al Señor por cuanto, merced al Patronato, iba renovándose poco a poco la sociedad. Los niños crecían con el temor de Dios y Murialdo tuvo la felicidad de ver que muchos ex - alumnos del Instituto, llegados a ser padres de familia, conducían a sus hijos al mismo Patronato que los educara.

De esta casa salieron también numerosas vocaciones religiosas y sacerdotales que hasta el día de hoy trabajan admirablemente, emulando el ardor y el celo de sus educadoras.

No hay duda: Don Angel Bortoluzi, y el Teól. Murialdo eran dos almas privilegiadas; ni siquiera llegaron a conocerse aquí abajo; mas ¡Oh disposición de la Divina Providencia! Sin saberlo, trabajaban al unísono por un mismo fin. Esperamos que desde el cielo, ahora, más unidos que antes, intercedan eficazmente por la vida y el progreso del Patronato.

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13. LA CONGREGACIÓN JOSEFINA FUERA DE PIAMONTE. OTRAS INSTITUCIONES

CAPÍTULO 13

LA CONGREGACIÓN JOSEFINA FUERA DE PIAMONTE. OTRAS INSTITUCIONES

1. ODERZO

Hacía ya cuatro años que los Josefinos se habían establecido en Venecia, cuando una nueva propuesta llegó al escritorio del P. Fundador. Mons. Segismundo de los Condes de Brandolini-Rota, Obispo de Ceneda se había dirigido ya a varios Institutos Religiosos en demanda de personal para una obra educativa de erigirse en Oderzo, segunda ciudad de su Diócesis. Se había puesto al habla también con los Padres Cavanis, que con enorme acierto dirigían las escuelas públicas de Venecia; pero, no pudiendo dichos Padres aceptar la propuesta, con singular benevolencia hacia nuestra humilde Congregación la hicieron presente ante Mons. Brandolini-Rota. El mismo Superior de los Cavanis, P. Sebastián Vasara fue a hablar con el Director del Patronato Pío IX y en seguida se comenzó el trámite pro fundación de una Comunidad de Josefinos en Oderzo, con inmensa satisfacción del Sr. Obispo, como puede suponerse.

Por una y otra causa el trámite duró dos años, al cabo de los cuales, a nombre del Sr. Obispo de Céneda, se procedió a la compra de una hermosa villa, con amplio terreno adjunto, frente a los parques y paseos públicos. brandolini rota1

El 5 de Julio de 1888 el mismo S. L. Murialdo se dirigió a Ceneda, para conferenciar personalmente con el ilustre y celoso Obispo, que desde ese primer encuentro quedó impresionado por la santidad de Murialdo y le profesó una veneración tan profunda que no se desmintió jamás.

L. Murialdo comprobó que la propuesta descansaba sobre sólidas bases y tomó nota de las cláusulas del convenio, de las condiciones peculiares de la nueva obra y en fin de los más mínimos detalles.

Hizo constar por escrito que la Congregación tenía el mayor interés por aceptar la generosa oferta de un corazón tan noble como el de Mons. Brandolini-Rota, tanto más que en ese tiempo era Decano de Oderzo Mons. José Moretti, «tan entusiasta como el Sr. Obispo; de no menos capacidad y dispuesto a ayudarnos», como expresó nuestro Fundador.

Solamente había que salvar un óbice: la humildad de Murialdo, quien pensaba que la modesta Congregación Josefina quizá no hubiera podido corresponder a la confianza que en ella se depositaba por parte de personas tan ilustres y beneméritas.

Convocó al Consejo de la Pía Sociedad y pidió su veredicto antes de tomar una decisión definitiva.

El Consejo aprobó el proyecto y decidió que los primeros religiosos se dirigirían a Oderzo en otoño de 1889.

Así sucedió, efectivamente. El 1° de octubre de dicho año, el sacerdote que llevaba el nombramiento de Director de la nueva obra, se dirigió a Mons. Brandolini para pedir su bendición como prenda de felicidad en el apostolado que se iba a empezar.

Al principio no se sabía qué dirección imprimir a la nueva obra: se pensaba en una Escuela de Agricultura, luego en un Colegio para internos. También se discutió sobre la conveniencia de un Oratorio Festivo o un Patronato».

2. Patronato de la Sagrada Familia en Oderzo

Mons. Brandolini-Rota no había querido indicar su propósito al fundar la obra; lo que únicamente insinuó a Murialdo fue: «Haced algo por esta juventud que me es tan querida». Murialdo, pues, tomó la decisión: Fundar un Patronato para días feriados y festivos, como el de Venecia. «La Divina Providencia decidirá más tarde un cambio oportuno, si fuera necesario», dijo.

¿Su nombre? "Patronato de la Sagrada Familia.

Así nació nuestra Obra de Oderzo, y para que las bendiciones de la Virgen María se derramaran copiosas sobre la nueva fundación, todos los hermanos, al día siguiente de su llegada, hicieron una peregrinación al Santuario de Motta de Livenza.

El 6 de Octubre, domingo, se dio principio al Patronato con una treintena de jóvenes. Día tras día y, no sólo en las fiestas, acudían los jóvenes con la ilusión de encontrar en el nuevo Patronato un momento de solaz, al amparo de las insidias de los salones, cafés,...etc.

Los patios, al perecer, enormes, eran invadidos y atestados por una verdadera turba multa de niños y jóvenes retozones e inteligentes, y lo que valía más, tan dóciles, que, una vez terminadas las faenas escolares, tomaban tranquilamente su puesto en la sala de Catequesis. Terminado ésta reanudaban clamorosamente sus diversiones con la algarabía propia de su edad.

La obra procedía sin tropiezos y los superiores tenían el consuelo de comprobar el enorme provecho que sacaban los alumnos, niños o jóvenes, aun cuando éstos debían sostener cruda lucha para mantenerse buenos en el mundo.

3. Colegio Internado

A los pocos años, sin saber de dónde, surgió la idea de fundar un colegio internado para la juventud de las clases sociales más elevadas. San Leonardo Murialdo quedó pensativo ante tal proyecto, pues los Josefinos tenían como primordial campo de apostolado el de los Patronatos para niños pobres y abandonados. Como tampoco se contaba todavía con personal preparado para un Colegio de esa naturaleza, pensó que mejor sería abandonar el proyecto a fin que esa clase de apostolado la ejercieran aquellas Congregaciones fundadas para ese fin específico. Mas luego, recapacitando con enorme espíritu de fe, que una tal fundación podría significar la manifestación clara de la voluntad de Dios, ya que la Congregación, ni por pienso, había proyectado semejante obra, decidió inaugurarla.

Inmediatamente las familias más honorables de la localidad se dirigieron a los Josefinos en demanda de educación católica, en circunstancias que ninguna otra Congregación los había podido atender. Estaban cansados de enviar a sus hijos a ciertos colegios creados con fines meramente especulativos. Así las cosas, Leonardo Murialdo, pensó acatar una disposición de Dios y resolvió que juntamente con el Internado, funcionara, sin interrupción, el Patronato de la Sagrada Familia.

El Internado empezó a funcionar en 1891 con escaso número de alumnos; pero apenas al cabo de dos años tomó tanto desarrollo que se hacía indispensable construir un nuevo pabellón para dormitorios, clases y comedores.

Dios tan magnífico con sus siervos permitió que al poco tiempo se echasen los cimientos de un importante edificio de 100 metros de largo, paralelo al ya existente y en el mismo parque o avenida de los paseos públicos. Los patios resultaron amplios y se les dotó de toda clase de instalaciones deportivas y gimnásticas. Como digna corona de todo, se levantó una columna, para que. en su cúspide campee una hermosa estatua de María Inmaculada.

Así las cosas, los pensionistas empezaron a afluir de lugares muy distantes y aún del extranjero, y en poco tiempo llegaron a un centenar.

Pronto los locales resultaron nuevamente estrechos, razón por la cual, y gracias a la generosidad del Obispo de Ceneda, se levantó un nuevo pabellón, siguiendo los planos de nuestro Hermano Coadjutor Sr. Massoglia.

El conjunto edilicio resultó estupendo y artístico. Un torreón para reloj público, en donde se esculpió el escudo de la casa Brandolini-Rota, remataba el armonioso conjunto.

San L. Murialdo visitaba cada año la casa de Oderzo, cuando allí se reunían todos los Josefinos de Piamonte en los meses de verano para los santos Ejercicios Espirituales. De vez en cuando, cediendo a reiteradas invitaciones a Mons. Brandolini se dirigía también a su castillo de Ceneda, para complacer y alegrar con su santa conversación al piadoso Prelado. Otras veces, en cambio, esos encuentros se tenían en el mismo Instituto de Oderzo, cuando el Sr. Obispo venía a descansar algún tanto de sus labores apostólicas, pues gozaba sobremanera con la compañía de los jóvenes.

4. Patronato León XIII de Vicenza

Poco tiempo hacía que los Padres Josefinos habían fundado la obra de Oderzo, cuando Murialdo recibió una nueva invitación para trabajar en la ciudad de Vicenza: una familia muy rica y muy cristiana se hallaba muy dispuesta a subvencionar la construcción de una obra en beneficio de la juventud, se trataba de la familia Caldonazzo. Como por sí misma no podía llevar a efecto tan pi6dosa empresa se la confío incondicionalmente al benemérito párroco Don Juan María Genari.

Se formó de inmediato un Comité compuesto por los más eminentes eclesiásticos y seglares de la ciudad. Para presidente de honor fue nombrado el Obispo de Vicenza y la presidencia efectiva la ocupó Mons. De Luchi, profesor del Seminario de la misma ciudad.

Sin pérdida de tiempo se enviaron sendos oficios a varias Congregaciones religiosas para que se hicieran cargo de la obra. Entre ellas se encontraba la Pía Sociedad Salesiana, que no estaba en condiciones de aceptar la obra.patr leon13

Un sacerdote del Oratorio que había visitado nuestro Patronato de Venecia en 1887, puso al corriente del Comité que tal vez los Josefinos pudieran dirigir la nueva fundación. Se elevó la respectiva solicitud al Fundador; pero éste, que no aceptaba nuevos Institutos sino como forzado por las circunstancias optó en un principio, por negar su consentimiento. Mas, cuando vio que la voluntad de Dios se manifestaba claramente a través de repetidas súplicas, se decidió a visitar Vicenza, en Junio de 1889, para tratar del asunto con el Sr. Obispo. El Prelado Mons. Antonio De Poi, le prodigó infinitas atenciones, y luego de breve conservación, se estipulaban definitivamente las condiciones de aceptación del Patronato.

La obra consistía en un regular edificio y terreno adjunto que había sido comprado al Senador Tecchi. Se hallaba ubicado en las risueñas márgenes del Río Bacchiglione, hacia el centro de la ciudad. Una vez aceptada la obra, de inmediato se dio comienzo a construir nuevos edificios para aulas escolares y salas de recreo.

La Capilla, que también se la construyó ad hoc, fue dedicada por San Leonardo Murialdo al Sagrado Corazón de Jesús. El Patronato, en cambio, llevaría el nombre del glorioso Pontífice León XIII, cuyo jubileo Papal se había celebrado poco antes, con inmensa pompa, en todo el mundo.

El primer Director tomó posesión de la casa el 30 de noviembre de 1890, y el 6 de octubre del siguiente año, se abrieron por primera vez las puertas del Oratorio. Afluyó inmediatamente un gran número de niños. El 14 del mismo mes Mons. María Poi bendijo solemnemente el Patronato y lo declaró oficialmente inaugurado.

El fin primario de la Institución, según la mente de los fundadores, había sido continuar la educación que los infantes recibían en el asilo; pues sucedía en esos tiempos que los niños, cumplida esta breve etapa de formación religiosa a la edad de seis años, debían abandonar el jardín para empezar a vagar por las calles y ser víctimas de la miseria y la corrupción. Mediante el Patronato, en cambio, por medio de sus escuelas, talleres, instrucción religiosa y sanas diversiones, se completaría eficazmente la educación de los niños. Así pues, los Josefinos se entregaron a la labor de las escuelas con todo el empeño y ardor que caracterizan el celo apostólico.

Para el 7 de Octubre las matrículas llegaron al número de 40, pero bien pronto las peticiones iban multiplicándose hasta que, cuando subieron a 100, los niños fueron repartidos en dos secciones para el solo primer grado. De allí en adelante se iban creando los grados sucesivos cada año hasta completar el ciclo elemental. A los cinco años la escuelita contaba 300 alumnos. En 1900, a saber el año de la muerte del Fundador, ya eran 350.

Junto a la escuela se creó también un Patronato nocturno y dominical para nuestros propios alumnos y otros numerosos de las escuelas públicas, o para niños que trabajaban en algún taller. Todos ellos recibían instrucción religiosa, gozaban de honesto solaz y se iniciaban en la práctica de las virtudes cristianas.

En 1892 el Director de este Patronato fue destinado a Bassano. San Leonardo Murialdo lo sustituyó con el dinámico P. Jerónimo Apolloni. Su energía y buen tino señalaron nuevos rumbos de gloria para el Patronato, pues desde entonces se creó una sección para adultos, se fundó una escuela media con el fin de reclutar vocaciones religiosas, se empezó la construcción de vastos locales y se fundaron suscripciones y becas para los jóvenes pobres.

El 24 de noviembre de 1895 es fecha de grata recordación para el Patronato. Allí, el Canciller de la Curia de Vicenza, Prof. Antonio De Marchi, pronunció un estupendo discurso, en el que, expresándose en forma por demás benévola para los Josefinos encomiaba los resultados de su educación y señalaba las principales necesidades que

aún subsistían.

Aquí me place citar algunos fragmentos de dicho discurso; ya que si algo hacemos nosotros, todo queremos que redunde en gloria de Dios y honra de nuestro nunca suficientemente llorado padre Fundador, que todo lo dirigía con sabiduría, prudencia y fervorosa oración.

He aquí cómo se expresó el Orador: «Si bien el Patronato funcionaba regularmente antes que los Josefinos lo tomaran a su cargo; a nadie se oculta que era deseo común que los mismos se pongan a la cabeza de esta magnífica obra.

«Había estrechez de locales y falta de dinero. En cambio la fe en la Providencia se agigantaba de día en día. ¿Cómo hubiera sido posible que en la Patria de San Cayetano, el Santo vulgarmente llamado de la Divina Providencia, vinieran a menos los recursos materiales? ¡Cuán admirables son los caminos del Señor! Él nos ha abierto el camino y nos lo ha dejado expedito, siempre que lo hemos requerido. El año pasado hemos sido testigos del descalabro que disolvió la obra de Juventud Obrera católica de Santa Lucía. ¡Cuán doloroso fue ello! Mas Dios, que de los males saca bienes, nos condujo al Patronato León XIII. Si nosotros pudiéramos hacer revivir la sección obrera aquí, tal vez crecería lozana y diera maravillosos frutos. El Patronato, una vez más, sería la enseña gloriosa del Gran Pontífice Reinante que se llama el Papa de los obreros. Cuando se me planteó la idea me pareció deslumbradora, pues el Patronato dispone de terrenos para las respectivas construcciones, y cuenta con una dirección inmejorable: la Congregación Josefina.patr leon13 2

«Cuando pusimos al corriente de este proyecto al Sr. Obispo de la ciudad, Su Excelencia acogió la idea con arrebato, la bendijo y la aplaudió.

Se la planteó a la Congregación Josefina. La Junta de Administración se puso al trabajo febrilmente. Los Josefinos, como era de esperar, aceptaron dirigir esta obra con su peculiar entusiasmo juvenil.

A primeros de noviembre se empezó la construcción de un galpón de media agua y el 8 de Diciembre de ese mismo año de 1894, se inauguró la Sección Obrera.

Aunque el invierno fue muy crudo, los trabajos siguieron su ritmo normal, hasta que el 25 de abril del presente año de 1895 Mons. Camera, en nombre del Excmo. Sr. Obispo y a la presencia de numerosas representaciones de las Organizaciones Católicas reunidas aquí para un Congreso, bendijo la primera piedra del tramo que veis construido. Este edificio, primera etapa del grandioso proyecto, que comprende además una iglesia y un teatro, abrirá sus puertas a los jóvenes que buscan unos momentos de merecido solaz, después del trabajo arduo de todo un día.

Aun los días de fiesta, o cuando la crudeza del invierno lo aconsejen, podrán nuestros muchachos gozar siempre de los beneficios de este Patronato. El salón, en donde estos momentos nos encontramos, servirá por lo pronto de Capilla para todo el Instituto. ¡Cuántas oraciones no se elevarán al Altísimo por nuestros Bienhechores! En cambio, el local que hasta ahora ha funcionado como Capilla se transformará en aulas, descongestionado así la estrechez de clases.

«¿Qué os parece, oh ilustres Señores? ¿No son estos milagros de la caridad cristiana, del nunca desmentido entusiasmo de la católica Vicenza, que ha cristalizado nuestros anhelos en obra tan enorme de servicio social? Cuántos se preguntan aún hoy día: "¿De dónde se procuran los medios estos hombres, santamente audaces, para llevar adelante tan atrevidos proyectos?" Vosotros veis bien que la pregunta tiene razón de hacerse, mas al mismo tiempo estáis muy bien convencidos que la audacia santa es bendecida siempre por Dios, el cual, si puede suscitar hijos de Abrahán de las mismas piedras, bien puede hacer brotar de las mismas piedras cualquier auxilio material para las obras de su gloria.

«¿No habéis acaso leído el periodiquillo que se titula L' Avvenire?» Allí están consignadas las innumerables donaciones para esta obra: ladrillos, cal, arena, piedra, madera, mano de obra, dinero, herramientas, una legión de bienhechores de toda clase y condición social. Aún los partidos políticos, si así cabe expresarse, se han unido para impulsar esta obra que tiene por fundamento la caridad de Cristo. Loor pues a tan generosos bienhechores. Mas, aplaudiendo de corazón, como lo hacemos, el enorme entusiasmo reinante, debemos ser sinceros y exteriorizar también nuestros temores y preocupaciones. Las construcciones, como ya os dije, y vosotros lo estáis viendo, no están aún terminadas.

Este mismo tramo que lo veis sustancialmente terminado, dista mucho de estar equipado convenientemente. y debo deciros que, lo que más honda preocupación causa en estos momentos, es que, en estos muros están escritas unas palabras invisibles pero terriblemente verdaderas: 14.000 liras de deuda !

Si esta fuera una obra netamente humana, hubiera bastante como para desalentarse. Sería de abandonarlo todo en el punto a que hemos llegado. Mas no esta obra, comenzada bajo la protección del cielo, tiene su destino asegurado en la Divina Providencia.

¡Ea, pues!, Corazones generosos y magnánimos, proseguid con renovado entusiasmo, redoblad, si fuera posible, vuestras donaciones y así, con seguridad, no naufragaremos en el puerto al que ya gloriosamente hemos llegado».

Siguieron adelante los trabajos de fábrica. Se incrementaron los juegos deportivos, mediante aparatos y más implementos necesarios. Los jóvenes comenzaron a afluir en gran número, de manera que ya precisaba dividirlos en pelotones o secciones. Se puso en pie una biblioteca ambulante y se incrementó la educación artística con el teatro. El año de 1897, se inauguró también una piscina, en donde pudieron atender a la higiene del cuerpo sin perder la salud del alma ya que el río Astichello parecía un balneario donde había revivido el paganismo.

La música, por fin, puso una nota más atrayente en el Patronato. Si bien desde su comienzo ya existía una Schola Cantorum; en 1897, se creó la banda de guerra que en 1898, se transformó en una banda de música. Sus componentes en breve tiempo crecieron en número y habilidad, alegrando maravillosamente las fiestas del Patronato, los paseos y jiras que se efectuaban a varias ciudades. No faltaron contratos ocasionales con varias Instituciones católicas. Mas por 1895 el patronato soportó una grave crisis económica: una enorme deuda pesaba sobre él; pero Dios, que bendice las santas empresas que se emprenden por su gloria, no sólo ayudó a cubrirla, sino que el Director de la obra pidió permiso para contraer otro empréstito y seguir adelante las construcciones. No anduvo desacertado, pues, antes de morir tuvo el consuelo de ver que el préstamo estaba cubierto y los trabajos terminados.

En 1889 se había fundado el Colegio de Oderzo, en 1800 el Patronato de Vicenza y en , 1891 se fundó una nueva casa en Bassano.

5. El Patronato de Bassano

Allí, un piadoso sacerdote que respondía al nombre de Angel Centofanti, había fundado un pequeño Oratorio Festivo en los alrededores de la Casa Parroquial de Santa María de la Estrada. Lo dirigió con solicitud y acierto hasta 1876. En este año Mons. Juan Bautista Gobbi, Abad Mitrado y Arcipreste de Bassano, suplicó a los Padres Estigmatinos de Verona, que se hicieran cargo del Oratorio.

Así lo hicieron dichos Padres. Como centro de operaciones eligieron una casa de propiedad del Sr. Arcipreste frente a los muros del Bastione. Allí dispusieron su habitación y fundaron también un pequeño seminario menor, que tuvo un fugaz esplendor.

En 1888 los celosos sacerdotes tuvieron que retirarse y el Oratorio Festivo quedó a cargo del Círculo de la Juventud Católica de Bassano. Fue nombrado para director provisional Mons. Luis Marini, asesorado por Mons. Ferrari. Así y todo deseando ampliar el círculo de benéfica influencia del Oratorio y para asegurar su misma existencia, el celoso Arcipreste, cuya alma vivía abrasada por el amor de Dios y de las almas, buscaba una ocasión propicia para confiarlo a una Congregación Religiosa.

Las gestiones ante varias Congregaciones Religiosas habían sido estériles; más una vez Mons. Alberto Cucito de Venecia habló a Mons. Marini acerca de los Padres Josefinos. Éste en 1891 entabló de inmediato correspondencia al respecto con San Leonardo Murialdo. Las cosas procedían normalmente hasta que Mons. Gobbi con carta fechada en 24 de octubre del mismo 1891 aceptaba las condiciones propuestas por nuestro Fundador. En el documento respectivo Mons. Gobbi dice entre otras cosas:

«Yo tengo la más firme convicción de que esta benemérita Congregación sea el instrumento escogido por Dios para realizar el sueño que he acariciado por tanto tiempo.

Ya no era posible esperar más. Nuestra juventud caminaba derecho a despeñarse en el infierno, mas, ahora presentimos que empezarán a florecer las más selectas virtudes entre nuestros amados jóvenes.»

Se dio inicio a la obra de Bassano el 14 de Noviembre de 1891. La primera morada fue la misma casa en donde ya habían trabajado los Padres Estigmatizados. La afluencia de jóvenes era consoladora y se proveyó para que también el Patronato funcionara en las horas de la noche, como en Venecia.

De allí a dos años, a saber desde 1893, se instaló una sección de repeticiones para alumnos aplazados o suspensos, y, por fin, para 1894 se pudo abrir una verdadera escuelita para las clases populares. Mas los locales vinieron a quedar estrechos: los niños aumentaban cada día y no había lugar para colocarlos.

El Arcipreste vino a solucionar, en parte el problema, ofreciendo generosamente al

Oratorio un hermoso solar que poseía a la entrada de la ciudad. Allí se levantaría un local enteramente nuevo, dotado de amplios y hermosos campos de juego.

Dios bendijo maravillosamente este anhelo y así, apenas dos años más tarde, Mons. Gobbi ya bendijo el edificio, celebró la Santa Misa ante numerosos jóvenes y ante los Padres Josefinos que tomaban posesión del hermoso Patronato y se cantó un solemne Te Deum.

La nueva casa se convirtió en centro de atracción de las juventudes.

Para 1900 (año de la muerte de Murialdo) funcionaban tres grados de Escuela primaria con más de 100 alumnos; por la noche se reunían unos 300, y como corona de todo ello florecía una Asociación Religiosa de jóvenes que era el orgullo de la Institución.

San Leonardo Murialdo dirigía el Patronato «San José» de Bassano por medio de cartas llenas de preciosos consejos y normas de Educación Josefina.

No pocas veces lo visitó personalmente. El Clero de Bassano conservó por largo tiempo el suave recuerdo de la dulzura de Murialdo. Está por demás decir que a sus hijos los Josefinos se les inundaba el corazón de alegría cuando lo tenían de visita. En otra parte de este libro cito, por vía de ejemplo, el elevadísimo concepto en que tenían a Murialdo Mons. Marini, Director Nacional de la Unión Apostólica y el Abad Juan Bautista Ma1ucelli, Inspector General de las escuelas de la Ciudad.

6. Orfanato de Rovereto

Era el otoño de 1893. Uno de nuestros sacerdotes de Bassano fue a Rovereto de Tirol, y cuando éste rezaba arrodillado ante el Altar de Jesús Sacramentado, se le acercó el Rector de aquella Iglesia Mons. Cappelletti. Le preguntó a qué Congregación pertenecía y sabiendo que era Josefino, le pidió las informaciones que más le pareció conveniente a su intento.

En dicha ciudad existía un orfanato y la dirección del mismo fue transferida a la Congregación de Murialdo.

Poco tiempo transcurrió en los trámites de rutina, pues nuestro Fundador dio por aceptada la obra casi inmediatamente.

Nuestros religiosos tomaron posesión de la nueva casa el 2 de Abril de 1894. La Junta de Caridad los recibió con los brazos abiertos. Nuestro Padre que los acompañó de persona los dejó, como prenda de feliz éxito, su especial bendición.

Se habían hecho algunas reparaciones al local y sin embargo no dejaba de ser incómodo y estrecho. Para aulas se habían adaptado alcobas. No había patios y el recreo debía hacerse en una especie de cobertizo en que remataba el edificio. En cambio se arregló en volandas una Capillita bastante decente. Jesús Eucaristía vino a morar allí inmediatamente. Por gran suerte la Junta tenía no solamente un enorme entusiasmo sino también los medios necesarios para levantar un local apropiado.

Se empezaron inmediatamente los trabajos y todo hacía suponer que para 1899 el orfanato se mudaría a su nuevo local. Resultó éste muy elegante .Y con todos los requisitos que demandaba la Pedagogía del tiempo. La Junta efectivamente, así como prometió, así mantuvo la promesa. Dios bendecía visiblemente a sus hijos los Josefinos. Eran entonces sólo 18 los huerfanitos que se alojaban en el nuevo local. Se les dividió en dos secciones: estudiantes y artesanos. Estos últimos trabajaban en los talleres de la ciudad y los primeros asistían a las Escuelas Populares, llamadas comúnmente Gimnasios. Nuestros hermanos debían acompañarlos al lugar de trabajo o estudio; vigilarlos para que cumplieran sus tareas, inculcarles la religión y las buenas costumbres. Con el tiempo, los huérfanos aumentaron hasta el número de 50 y al mismo tiempo daban el consuelo de crecer en orden, disciplina y bondad.

Juntamente con el Orfanato funcionaba también un Oratorio festivo en lo que antiguamente había sido Cementerio de san Marcos, junto a la Casa Parroquial. Dicho Oratorio se encontraba en abandono casi total. Era fundación del Abate Rosmini, el famoso filósofo de Rovereto, cuando éste era Arcipreste de San Marcos. Lo habían bautizado con el nombre de San José y lo hacía funcionar bajo las órdenes de su Coadjutor, Don Francisco Puecher y otros colaboradores. La distribución era como sigue: Mientras se reunían los jóvenes se leía un libro espiritual. Al tiempo oportuno el Director les tenía una meditación predicada, luego canto sagrado y finalmente confesiones para los que desearan. «De esa manera -así dejó escrito el ilustre roveretano-, las horas que antes la juventud las pasaba en los casinos, bares, rifas y otros centros peores, ahora las empleaba en el cultivo de las sanas disciplinas y el estudio de la virtud, con cuánta complacencia de los familiares, ya puede suponerse. Desgraciadamente el 5 de Octubre de 1835, apenas al año de haber tomado posesión, Rosmini dejó de dirigirlo, por causas desconocidas, y el Oratorio dejó de funcionar.

En 1853 le dió una nueva vida el celoso Don Eugenio Pros y en 1877 parece que estuvo a cargo de Don Antonio Angheben. De sus manos recibió el oratorio la Congregación Josefina. Los juegos atractivos, las iniciativas novedosas y en fin, todo el conjunto de reformas que se introdujeron, en breve dieron magníficos resultados. Los jóvenes acudían en número considerable y la buena semilla casi siempre encontró terreno propicio para producir buenos cristianos y numerosos sacerdotes para nuestra Congregación o para otras.

Las instituciones católicas tomaban siempre mayor cuerpo cada año. Con frecuencia se presentaba la necesidad de celebrar asambleas generales para discutir temas de grande importancia; pero, desgraciadamente ni nuestro Oratorio, ni institución alguna de la ciudad disponían de una sala o peor de un teatro apto para este fin.

Con el objeto de llenar esta urgente necesidad, Mons. Cappelletti y algunos simpatizantes de la Obra Josefina mancomunaron sus fuerzas y optaron por construir en el perímetro de nuestro Oratorio un hermoso teatro, capaz para 800 personas.

Este nuevo local fue fecundo en frutos de apostolado. En su seno empezaron a funcionar las siguientes actividades: Escuela de Canto Sagrado, Caja de Ahorros del Oratorio, Biblioteca Popular Cató1ica que disponía de algunos miles de volúmenes, Difusión de la Buena Prensa, especialmente del excelente periódico Fe y Trabajo de la ciudad de Trento y la Presidencia de la Juventud Católica que luego los Josefinos la reorganizaron con el nombre de Sociedad Obrera Católica con más de 500 socios.

San Leonardo Murialdo gozaba con tales fundaciones, pues, en ellas se proponía la gloria de Dios. Visitaba periódicamente la casa de Rovereto, donde se complacía en predicar a los jóvenes del Oratorio y del Orfanato, dejando en ellos y en nuestros hermanos las más profundas huellas de su santidad y prudencia.

7. Colegio – internado de Zara (Dalmacia)

Por el año de 1897 un Capuchino de nombre Carlos, de Pordenone, por órdenes superiores, fue a establecerse en Zara, Dalmacia, procedente de Bassano.

Allí le comunicaron que ciertos señores italianos de la Liga Nacional habían allegado fondos para la fundación de un colegio-internado en Dalmacia para los jóvenes italianos de alta sociedad. El P. Carlos de Pordenone sugirió que la dirección de tal colegio podrían tomarla los Josefinos.

En Julio del mismo año se ofreció a Murialdo al respecto, quien contestó que en realidad la Congregación Josefina no tenía personal suficiente casi ni para atender a las fundaciones existentes. "Sin embargo, --añadió Murialdo, -presentaré la propuesta al Consejo de la Congregación».

Seguramente el veredicto del Consejo fue favorable, pues, de allí a poco un Padre Josefino viajaba a Zara a ponerse a la cabeza del Colegio. Se le tributó una acogida muy gentil y la obra empezó a prosperar sin mayores tropiezos. Se le intituló Colegio Nicolás Tommaseo. La ciudadanía alentó lo obra del Sacerdote Josefino y los colegiales afluyeron numerosos y armados de la mejor voluntad. Apenas fue posible, nuevos hermanos se dirigieron a Zara. Dios bendecía visiblemente la obra; así lo atestiguó el visitador de la Congregación que llegó a este Colegio en el mes de Agosto de 1898. Se estudiaba seriamente, había buen acuerdo con las Autoridades; 1a Junta Directiva no cabía en sí de felicidad y satisfacción por la presencia de los Padres.

Para el año lectivo de 1899 se matricularon 68 internos, como el doble del año anterior. El Director, en goce de la confianza que se le había depositado, instruyó con plena satisfacción a los jóvenes, especialmente en las verdades cristianas y cultivaba sus mentes en las ciencias liberales. ¿Quién diría que esa calma era presagio de tempestad?

Entre los Miembros de la Junta había sujetos que, so capa de liberales, no podían sufrir que un Instituto Católico prosperara y así empezaron a entorpecer la marcha del Colegio con la evidente intención de irritar a los Padres hasta que abandonaran el Instituto.

Se procuró de todos modos salir por el prestigio de los religiosos, mas, prevaleció el odio insano y, con fútiles pretextos, el 2 de Enero de 1899 se dio orden a los religiosos de desalojar el Instituto. Inmediatamente se le declaró Colegio Laico. Nuestros Padres arrojados a 1a calle a las 9,30 de la noche tuvieron que buscar asilo en casas de algunas personas caritativas, y vivir de la limosna pública por algunos días.

San Leonardo Murialdo, aunque vivamente lo deseara, no pudo visitar la obra de Zara ni una sola vez. Su salud ya muy quebrantada no se lo permitía. Mas, por medio de frecuentes y cariñosas cartas, llenas de utilísimos consejos procuraba colmar las necesidades de ese Colegio, ya que no lo podía hacer personalmente.

8. Orfanato y Patronato de Correggio

Otra fundación del tiempo es la patrocinada por el Capitán Antonio Bellelli. Era este pundonoroso militar, Caballero de la Orden de San Gregorio Magno y Camarero de Capa y Espada de Su Santidad León XIII. Era dueño de vasta fortuna, y en sus posesiones de la ciudad de Correggio en Emilia, quería fundar una Escuela de Agricultura.

Los Josefinos que dirigían la quinta de Rívoli, le parecieron los más indicados.

A ellos pues se dirigió el cristianísimo Capitán. San Leonardo Murialdo, de primero, no rechazó la oferta ni la aceptó. Quería recapacitar maduramente sobre el asunto. Cuando se habían dado ya los pasos fundamentales para la fundación he aquí que repentinamente llega la noticia de la muerte del insigne bienhechor acaecida el 17 de Mayo de ese mismo año 1898. Afortunadamente el buen Capitán lo había previsto todo con exquisita prudencia. Quedó encargada de la fundación su hermana Josefina, que luego, con todas veras, se propuso poner por obra el deseo del Ilustre extinto.

Esa grande obra se abrió el 13 de Junio subsiguiente. El Instituto se denominaba Antonio Bellelli.

Aun cuando el deseo del Capitán había sido la fundación de una Escuela Agrícola, se optó por cambiarla por un Orfanato para los pobres de Correggio. Un Patronato nocturno y festivo completó la obra. Los jóvenes concurrían numerosísimos y muy halagadores eran los frutos que se recogían. Viendo que el Orfanato marchaba maravillosamente, algunos jóvenes de la alta sociedad deseaban matricularse en el internado para disfrutar de una educación más completa. Parecía no importarles mucho el tener que vivir entre huérfanos.

Al ingresar estos nuevos alumnos, nuestros Padres creyeron llegado el momento de fundar la Escuela de Agricultura conforme había sido el anhelo del difunto Cap. Bellelli. El Abril de 1900 fue escogido para dicha fundación. Se eligieron unos terrenos que el memorable Capitán poseía a orillas del río Salicetto. Mas la prueba tuvo un ingrato éxito y así nuestros Padres renunciaron al proyecto contentándose con mantener florecientes las escuelas y el Patronato.

9. Instituto del Sagrado Corazón de Jesús de Módena

Por el año de 1896, nuestro Fundador había tenido ocasión de visitar al Cap. Bellelli. Durante aquella entrevista el cristianísimo militar le informó que el Obispo de Módena, Mons. Luis Della Valle deseaba ardientemente fundar una obra juvenil en dicha ciudad.sacro cuore facciata

Se había erigido allí un club de carácter laico, y una Academia de Gimnasia. Mons. Della Valle y otros buenos eclesiásticos deseaban oponer a dicho centro de recreo uno similar y posiblemente mejor que aquél, pero de carácter católico a fin de que los jóvenes no se pervirtieran acogiéndose a la sombra de funestos ideales.

Para el objeto había disponible una gran área de terreno en la Vía Degli Storchi. Con la urgencia del caso allí se levantaron hermosos edificios y un gimnasio cerrado. Cuando todo estaba a punto de inaugurarse he aquí que el mentado instituto laico fracasó, desvaneciéndose la necesidad de fundar el cató1ico. Pero como había que aprovechar de algún modo los edificios y patios existentes, Mons. Della Valle tuvo la feliz idea de abrir un oratorio festivo para los jóvenes que antiguamente frecuentaban el de San Felipe, llamado vulgarmente Patronato del Paraíso.ist sacro cuore

Los locales, en cambio, se destinarían para educación de los jóvenes pobres o del campo, que tuvieran el propósito de seguir la carrera eclesiástica. Mons. Della Valle conservó para sí la dirección del Instituto y al frente del mismo colocó a buenos y sabios sacerdotes. El Seminario arzobispal de Módena dio frecuente testimonio de la excelente preparación de los alumnos provenientes de este Colegio. El celoso Monseñor, viendo que su vida se acortaba velozmente, quería dejar asegurada la existencia de su amado Seminario. Solicitó que los Josefinos tomaran no sólo la dirección, sino que lo aceptaran como propiedad suya. No se pudo acceder presto a tan benévola propuesta, pero en 1899, vigilia de la fiesta de San José, con inmenso júbilo del Obispo, Mons. Borgognoni y del mismo Mons. Della Valle, tomó posesión del Seminario la Congregación de San José. Por escasez de personal un solo Padre quedó allí a presidir la casa, en espera de oportuna ayuda.

Una tremenda desgracia enlutó la fundación el 29 de Junio de aquel mismo año de 1899. Mons. Della Valle, habiéndose subido sobre una banca para celebrar las glorias de San Pedro en la Iglesia del Paraíso, resbaló inexplicablemente de la improvisada cátedra, dio con su cabeza en el suelo y murió casi instantáneamente.

Tan triste acontecimiento privó a Módena de su Padre y Pastor. Los jóvenes quedaban sin tutor y maestro, y nuestros Padres sin un insigne bienhechor. Todos, en fin, perdimos a un dechado de virtudes sacerdotales. Por buena fortuna, todo lo había previsto Mons. Della Valle. Los Josefinos, desde entonces, completamente dueños de la situación, continuaron su trabajo sin tropiezos. Se mejoraron los edificios con un legado del mismo Ilustre Difunto.

Nuestro Santo Fundador bautizó a la obra con el nombre de Instituto del Sagrado Corazón de Jesús. En Venecia el escultor Besarel trabajó una hermosa estatua para el altar de la Capilla y se palpó materialmente el cumplimiento de las promesas del Dulcísimo Corazón para las casas que lo honran públicamente.

10. Oratorio de Carpi

En el curso del año de 1899, el Obispo de Carpi, Mons. Righetti, solicitó a nuestro Fundador el personal necesario para abrir un Oratorio en la ciudad. Fuese allá un sacerdote. Mediante la generosa colaboración del Canónigo Malagoli se abrió el Oratorio en un pobre y estrecho local junto a la Iglesia llamada Del Cristo. Los buenos Carpenses comprendieron los beneficios del Oratorio y daban generosas limosnas para su mantenimiento y mejoras. Los numerosos jóvenes que lo frecuentaban correspondían a los desvelos de los Padres asimilando sinceramente la educación cristiana que allí se impartía. Más tarde, bajo los auspicios del Rector del Seminario, Canónigo Rovuti, se adquirió un amplio local para el Oratorio. Se levantaron allí una hermosa Iglesia y un teatro. Mas, tal era la penuria de personal, que hasta después de la muerte de San Leonardo Murialdo no pudo irse a Carpi ni siquiera un Josefino más a prestar ayuda en esa magna empresa.

Esta fue la última casa que se fundó en vida de nuestro Fundador, quien tuvo la satisfacción de cerrar los ojos a este mundo, cuando nuestra humilde Congregación se hallaba distribuida en catorce comunidades y en distintas regiones de la Península. Allí, cada Josefino en su puesto de trabajo procuraba emular el celo y las virtudes de aquel que fuera cerebro y alma de todo nuestro cuerpo: San Leonardo Murialdo.

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15. EL CALVARIO DE SAN LEONARDO MURIALDO

Al ver a nuestro santo Fundador siempre alegre y contento, con una sonrisa indefectible, de amena conversación, de humor siempre igual y aun alborozado y jovial en los recreos, cualquiera lo hubiera tomado por hombre ajeno al dolor; en cuyos hombros no pesaba cruz alguna, o por lo menos, no una pesada carga. Sin embargo, no era así. La virtud se afina en el crisol de la tribulación y san Leonardo Murialdo tuvo que soportar una purificación larga y lenta y, por ende, muy dolorosa. El camino de su vida lo encontró erizado de espinas; soportó, no una, sino varias cruces, tales, que cada una de por sí, bastara para elevarle a uno al más alto grado de santidad. La quietud que bañaba su semblante no era sino fruto de una admirable resignación y de una costumbre, hecha hábito, de sufrir en silencio, por amor de Dios. artigianelli

La cruz que más le agobiaba fue, sin duda, la que sobrellevó, por 32 años a causa de la estrechez económica del Colegio Artigianelli de Turín. No era ciertamente Leonardo Murialdo, quien se había impuesto de por sí esta carga de tanta responsabilidad; habíala aceptado por imprevistas e imperiosas circunstancias y advertido por graves y múltiples consejos. Tomó esa dirección casi a pesar suyo, cuando sólo pensaba en su dilecto Oratorio de San Luis. Allá hubiera deseado volcar todo el acervo de ciencia y piedad acumulado en San Sulpicio. Bien era verdad que el Colegio le daba oportunidad de educar a jóvenes que lo necesitaban; pero también, no se le escapaba que debía llenar un cráter sin fondo: el de una economía en ruinas. Había ya deudas ingentes que cubrir; acreedores exigentes, hasta la brutalidad, que calmar; necesidades y exigencias cada día más grandes a que proveer. Todo ello era un cúmulo de molestias que había pensado evitar de por vida, haciéndose sacerdote; pero he aquí que, por extraña coincidencia, se encontraba engolfado precisamente en aquello que no calzaba con sus gustos ni preferencias ya que más bien su ánimo sentía repulsión.

El Colegio había surgido al amparo de la caridad pública, y había sido creado solamente por una visión heroica de Don Juan Cocchi, quien había empezado a regirlo con un capital de 24 Liras. Su vida había sido una sucesión de incertidumbres e intranquilidades, y ahora, la situación se hacía aún más precaria porque ciertos sujetos de mala voluntad, lo habían pintado sombríamente ante los bienhechores.

Como al principio sus locales eran arrendados, Don Cocchi pensó, de inmediato, en una construcción apropiada e independiente. La levantó con dinero del Banco de Préstamos en la confianza de que, al poco tiempo, la deuda hubiera sido cubierta con las limosnas. Vino Leonardo Murialdo y la deuda estaba intacta; aún más, la halló ampliada por otros costados y, él se echaba en sus hombros tan pesada carga con los ojos fijos en la Divina Providencia, pues Ella era la única que podría remediar tanto mal.

La Divina Providencia, sin embargo, por sus inescrutables designios, demoró y mucho en socorrer a su Santo. El tiempo acumuló más deudas y las limosnas recogidas con increíbles fatigas, se hacían siempre más exiguas, tremendamente inferiores a las necesidades. De esta suerte la economía del Colegio empeoraba cada día, amenazando, cual incontenible avenida, su misma existencia.

Otra fuente de pasividad era la tipografía. Esta fundación la había efectuado el Teólogo Berizzi, con la aquiescencia de la Junta Directiva. Habíala adquirido con un fuerte empréstito, acariciando el sueño dorado, de que lo hubieran cubierto las entradas de la misma tipografía, y que al cabo hubiera quedado en propiedad de la Junta. Cierto amigo de Berizzi se puso al frente de dichos talleres. No le faltaba tal vez buena voluntad para hacer fructuoso el trabajo, pero la realidad era, que el dinero salía más de lo que entraba. Para zanjar este inconveniente y también para equipar mejor los talleres, se procedió a contraer mayores deudas. Dicho administrador, en un momento crítico, debiendo garantizar su solvencia, pidió a Leonardo Murialdo el apoyo de su firma. La obtuvo; y así el pobre Rector, que debía mantener a todo el Instituto con escasísimas rentas, se vio, de repente, asediado de los acreedores de la tipografía. Lo hizo para alentar la generosa osadía de su amigo y también pensando que con el tiempo dichos talleres serían una regular fuente de ingresos. Más, ¡Oh desilusión! Los gastos aumentaban cada día, lejos de colmarse, aunque sea en parte, el abismo del déficit, éste llegó a la suma exorbitante de 300.000 liras, cantidad no representada ni siquiera por la misma tipografía y quizá ni por los haberes de todos los deudores.

Una tercera avenida engrosaba el torrente proceloso de las deudas, a saber las cuentas pendientes dejadas por su sobrino el lng. Carlos Peretti por la fundación de la Quinta Agrícola de Rívoli y del Hogar para obreros y estudiantes, fundado por él mismo, en Turín.

Este buen ingeniero era hijo único de padre acaudalado. Pensaba, y no sin razón, que después de la muerte de su padre, la pingüe herencia lo solucionaría todo; mas la muerte se llevó antes al hijo que al padre. Peretti, al momento de su muerte, quiso proveer a la supervivencia de sus fundaciones declarando a Leonardo Murialdo heredero universal de sus bienes presentes y futuros. San Leonardo Murialdo, prudentemente, antes de aceptar el testamento, se proveyó de escritura pública como garantía de que tal herencia le perteneciera con el devenir del tiempo. El Padre del ingeniero murió a los siete años de redactado el testamento; pero, fuera que parte del patrimonio hubiera sido alienado en dicho lapso, fuera que el avalúo de los inmuebles hubiera tenido una baja al momento de la liquidación, con tal herencia, san Leonardo Murialdo no pudo pagar sino una parte de las deudas del Ing. Peretti; lo demás quedaba sobre sus espaldas como un nuevo peso abrumador. Para colmo de desgracias nuestro santo Fundador ni siquiera podía recurrir a la Junta Directiva del Colegio de Turín pues este asunto era completamente ajeno a sus compromisos. Leonardo Murialdo sólo, debía saldar esas deudas, las mismas que se contemplaban en documento público, a saber en el testamento del Ing. Peretti.

Estas tres fuentes de déficit eran, pues, como afluentes que engrosaban un caudaloso río, contra cuya corriente tuvo san Leonardo Murialdo que bregar por tantos años, sin esperanza en los hombres, y con la siniestra perspectiva de ver derrumbarse en un momento toda la obra del Colegio Artigianelli de Turín, construido con tantos sudores y sacrificios. Se calcula que las deudas, por los tres conceptos indicados, llegaron en un dado momento a montar a medio millón de liras. ¡Figúrese ahora el lector el estado de ánimo del santo sacerdote! ¡Qué desoladora angustia no se apoderaría de su corazón ante abismo tan insondable, imposible de colmarlo humanamente, y que más bien, cual furioso torbellino amenazaba absorberlo todo: Instituto, bienes, y la misma fama del Rector y sus Auxiliares!

Así las cosas, nadie se atrevía a hablar en público de la verdadera situación del Colegio, para no provocar un efecto desastroso en las bienhechores; por ello solamente contadísimas personas, y muy prudentes, conocían la verdadera magnitud de la deuda y sus orígenes.

Mas ese sombrío espectro, desconocido para los demás, y barruntado por algunos perspicaces, estaba presente a Leonardo Murialdo con toda su cruda realidad. No le daba tregua ni de día ni de noche, cual fardo insoportable, que llenaba sus pensamientos y le conturbaba cualquier alegría.

Lo más lastimoso era, que se encontraba en este terrible dilema: o no manifestar a nadie la verdad del asunto (y entonces, ¿quién le podría ayudar?) o decirlo todo claramente a los bienhechores (y en este caso, quizá se hubieran retirado de la obra definitivamente, viendo que no había nada que hacer con una empresa que se derrumbaba. Se hablaría, pues, en términos generales de la grave estrechez económica, sin mencionar el origen de las deudas, pues pudiera ser tachado de imprudencia, lo que había sido una ineludible necesidad. Había, además, que aparentar necesidad y optimismo, para no desalentar a nadie; hacer buena cara a minúsculas oblaciones, que parecían de relieve para el donante, mientras no eran más que gotitas que se perdían en una vorágine.

Como si no fuera bastante tan dolorosa situación, las cosas se agravaban más por el siguiente acápite: la deuda por concepto de la tipografía era superior al capital. Si los acreedores rastreaban la verdad, les asaltaría el pánico; vendría un embargo de los enseres y se declararía una bancarrota. Si ésta hubiera tenido visos de dolosa, san Leonardo Murialdo echaría un velo negro de infamia sobre el Clero todo. Que las intenciones fueran laudables o no, poco importaba.

Una tal perspectiva estaba lejos de ser hipotética, pues no pocas veces, negros nubarrones cubrían el Cielo del Colegio, especialmente cuando sobrevino la muerte de uno de los cuatro fundadores. Parecía que había llegado la hora de estallar la bomba, mas, no se sabe cómo, intervino la Divina Providencia con un evidente milagro y se salvó la situación. dibujoslm

He descrito el cuadro macabro, cuyo protagonista era el mismo Santo, para dar una idea de su azarosa existencia. De aquí podemos colegir cuán pesada cruz puso Dios en sus hombros y cuán invicta paciencia le requirió a L. Murialdo para portarla con heroica resignación. Es de notar que, así disponiéndolo el cielo, este cáliz fue apurado por san Leonardo Murialdo exclusivamente; pues, si bien es verdad, que a la Institución presidía una Junta Directiva; también es verdad que la misma no conocía el verdadero estado de la obra y además, solamente hubiera podido llenar ese abismo al tener un cuño de monedas a disposición. De tal manera que, el Rector, y sólo él, debía pensar en todos los menesteres que se sucedían inflexibles, unos más urgentes que otros.

Para colmo de todo esto, no faltaron amigos insinceros que, puestos los ojos solamente en este suelo, en vez de animarlo a la lucha, tentaban remover su constancia, como a Job, y le reprochaban con ásperas palabras.

Su personalidad era fuente de nuevos sufrimientos. Tenía una conciencia delicada hasta el escrúpulo. Su amor incondicional a la justicia, cuántas veces no le hacía sospechar, si el daño que ocasionaba a sus acreedores no sería mayor que el provecho que sus jóvenes recibían con la existencia de un Instituto mantenido con tan fiera lucha. Este combate espiritual a veces se tornaba tan recio y temible, que estaba a punto de persuadirse de que, tantos reveses no fueran sino claras manifestaciones de la displicencia de Dios o que, por lo menos, su indignidad atraía del cielo tanto desastre.

Veía que otras fundaciones eran una primavera de florecimiento. No todas ellas eran buenas y cristianas y sin embargo allá afluían legados y donaciones por centenares de miles; en cambio su Colegio se hundía siempre más; parecía que la noche tempestuosa no pasaría nunca y que él no vería en este mundo el rayo del alba de un día sereno. «¿Cuál será la voluntad de Dios? - Se preguntaba -¿Que debamos abandonarlo todo, no siendo esta obra de su agrado?» He aquí un pensamiento que le acosaba sin cesar, ahondando a cada instante la herida de su corazón.

Dos causas especialmente agudizaban este martirio: la lucha con los acreedores y la condición a la que se había reducido de solicitar la caridad pública. En cuanto a la primera, sabemos que Leonardo Murialdo, de familia era tan gentil y educado que sufría enormemente al tener que enfrentarse cada día, o varias veces al día, con gente que reclamaba su dinero, cuando él no tenía un céntimo. Buena labia hacía falta para despacharlos sin nada y cuando las buenas palabras no bastan, había que encontrar modos para aquietar los ánimos irritados y no pocas veces resignarse a sufrir sangrientas humillaciones. Era frecuente que, calmado un acreedor, entrara, de inmediato, un segundo... y tal vez un tercero. Apenas había puesto el pie en su pieza, cuando ya le requerían en la portería -¿Qué le quedaba sino implorar nuevamente la paciencia y la piedad de sus acreedores ?

En cuanto a la segunda, ya sabemos que nuestro Santo Fundador era oriundo de los Marqueses de Ceva; hubiera podido disponer de rentas no sólo suficientes sino también conspicuas; su educación había sido señoril y ahora se había reducido a pedir limosna. Verdad que no pedía para sí, sino para esos niños huérfanos que Dios le había mandado, pero nunca pudo adaptarse a tal condición. Solamente cuando le apretaban las necesidades hasta el último límite, se decidía a salir por limosnas, lo que constituía para él un acto heroico. Se presentaba ante los ricos con un semblante pálido y casi tembloroso, a veces la petición se le moría en los labios; le parecía intolerable molestar intereses ajenos. Cuando no le faltaba el valor, exponía su deseo con palabras entrecortadas, lo rodeaba de numerosas y muy humildes excusas y, frecuentemente, daba el saludo de despedida sin haber obtenido sino vanas cortesías. De esta suerte, no sentía estímulo para semejantes pruebas. Rarísima vez tuvo suerte: la mayor parte de sus bienhechores le daban más consejos que limosnas. Aún más, estas visitas eran ocasión de recibir amargos reproches por su gobierno y administración o también, so pretexto de lo enorme del déficit, no le socorrían de ninguna manera.

Retornaba al Colegio desanimado y casi con un propósito firme de no golpear más las puertas de los ricos que parecían tan benévolos y generosos para quien tenía el bendito donum petitionis; pero luego otras urgencias y estrecheces lo hacían mirar de nuevo esa arca de salvación, y así tornaba a subir las escaleras de mármol de los pudientes y tornaba a soportar nuevas humillaciones.

Con todo, nunca pensó en renunciar al cargo que la Providencia le había asignado. Veía que el edificio amenazaba por momentos derrumbarse y no quería que nadie quedase bajo sus escombros, sino él sólo: por ello en medio de tantas angustias su ánimo no decayó jamás; antes bien, debo confesar que muy rara vez se le escapó una queja. Esta conducta no revelaba en manera alguna dejadez o apatía: de su parte hacía cuanto le era dado para remediar la situación; buscaba con todas veras cualquier oportunidad para reparar esa economía mal parada, pedía consejos a las personas más autorizadas, y en fin, cuando su conciencia le daba pie para estar tranquilo, soportábalo todo, confiado en la Divina Providencia, viniere lo que viniese.

Tomaba todas las providencias aconsejables en semejantes casos; economizaba hasta los centavos. Imposible malgastar de alguna manera lo más mínimo. Sus mismos familiares tuvieron que contentarse de alimentos muy ordinarios y baratos, siendo una gran fortuna que no vinieran estos a faltar por completo.

Ante la estrechez económica, siempre creciente y cuando las posibilidades de socorro se habían esfumado por todas partes, tomaba la resolución de despachar del colegio a algunos jóvenes. ¿A cuáles? Convocaba a sesión a los sacerdotes de la casa para correr lista de todos los jóvenes obreros. A éstos no se les podía despachar por ser muy pobres, a los otros por desamparados; a aquéllos porque provenían de familias malvivientes y escandalosas, de modo que todos quedaban en sus puestos ya que el corazón de san Leonardo Murialdo se partía con sólo pensar que esos niños, puestos en las veredas públicas hubieran sido fácil presa del demonio. Su conclusión al final era ésta: «Si Dios no quiere que los despachemos, es evidente que Él nos mantendrá de alguna manera».

Lo más conmovedor de tales escenas era ver lo que sucedía, cuando al cabo de semejantes reuniones se presentaban casos lastimosos de niños abandonados, que solicitaban su caridad. El buen Rector les abría la puerta de su Colegio y así aumentaba el número de huérfanos en vez de disminuir.

La caja del Colegio a veces quedaba exhausta por días y días; entonces nuestro Santo Fundador hacía bailar en su palma unos centavos diciendo, en son de chanza: «He aquí todo el tesoro de mis obreritos».

Como si ello no bastara, había que pagar los intereses de los capitales, los impuestos, los mensuales a los maestros y sirvientes y surtir cada día las mesas para 200 u 800 comensales. Cuando la situación parecía desesperada solía decir: - «Ahora sí es imposible seguir adelante; las cosas no pueden continuar así» - y como varón de inquebrantable confianza en Dios, añadía: - «Es de esperarse, que Dios nos esté para visitar con alguna buena sorpresa» -.

Para que no pareciera tentar a la Providencia, y accediendo a la continua presión de la Junta Directiva, se resignó a cerrar la Quinta de Rívoli, y el Hogar. ¡Cuántas veces se discutió el asunto, y cuántas otras se tomó la fatal resolución!, Mas otras tantas, por causas imprevistas, quedaba sin efecto.

Con el tiempo, no obstante se IIegó a enajenar una parte de la Quinta, y eso fue todo.

Finalmente, cuando las condiciones financieras del Colegio no podían ser peores, se tomó una resolución heroica y total, como extremo remedio para males extremos: vender de una vez la Quinta, el Hogar y el Oratorio de Rívoli. Se dieron avisos por la prensa, se imprimieron los planos de edificios y terrenos y se interesó a varios Institutos, especialmente franceses: nadie respondió. Luego se puso a pública subasta el hermoso edificio que constituía el hogar, pero tampoco encontró compradores. Entonces fue cuando el santo tuvo clara conciencia de que, primeramente él no tentaba al cielo, y, en segundo lugar, que Nuestro Señor, si bien probaba duramente al Instituto, lo quería en vida y estaba, por ende, lejos de perecer irremediablemente.

No cabe duda de que su mayor consuelo en esta lucha sin tregua, era la oración, a la que acudía casi de continuo, aconsejando que lo imitaran sus hermanos y niños. Orar y esperar, he allí su norma de conducta.

Frecuentemente ordenaba novenas a San José y al Sgdo. Corazón para que el Cielo se conmoviera y se remediara la situación del Colegio. Sólo Dios podía salvarlo.

Tales novenas tenían su buen resultarlo de tarde en tarde. Uno de tales frutos era, sin duda, el que casi nadie conociera el verdadero estado del Colegio y así los proveedores seguían atendiéndolo, en la esperanza cierta de ser pagados a su debido tiempo.

Al terminarse de alguna novena, venía sorpresivamente una abundante limosna, que caía sobre el Colegio como benéfica lluvia en tierra sedienta. No era una solución completa, es verdad, sin embargo era una muestra de que el Cielo no era sordo a las llamadas de sus pobrecitos y era una prenda de que tempore opportuno el mismo Cielo, todo lo remediaría a plena satisfacción. Muestra de ello era, que jamás vencía los vales sin que fuesen abonados oportunamente. Aunque a veces parecía el caso desesperado, en cuestión de horas, o tal vez de minutos, llegaba sin saber cómo, el preciso auxilio.

En cierta ocasión Ilegó el día de vencimiento de una letra de 500 liras. San Leonardo Murialdo, horas antes de las cuentas, no había podido reunir sino unas 100 liras.

Apretado por las circunstancias, se dirigió una vez más a la alcancía de las limosnas que en vano ya había abierto varias veces, encontrándola invariablemente vacía, o a lo sumo con algunos centavos. Mas esta vez la Divina Providencia había pensado al vencimiento de la letra: abre la cajita y con singular maravilla encuentra precisamente la cantidad que faltaba para cubrir la deuda, más diez liras. ¡De cuán grande alegría se bañó el afligido corazón del Rector en esta ocasión, es más para imaginarse que para describirse! Narró el hecho a la comunidad y recalcó: «Mucho me alegro del prodigio: así el ecónomo aprende a confiar más en San José».

Así mismo a la muerte del Ing. Carlos Peretti, vencía una letra por 20.000 Liras, firmada por el Ing. difunto en favor del constructor del Hogar. Sin saber qué hacer, el Buen Padre suplicó una prórroga. La obtuvo, pero al segundo vencimiento, no habiendo esperanza humana que pudiera remediar el caso, he aquí que espontáneamente, una buena señora se presenta con la suma precisa para depositarla en el Colegio, por todo el tiempo de vida que le quedase, con el recargo de un módico interés.

Era tan evidente la intervención de Dios, que Leonardo Murialdo no cesaba de repetir: Modice fidei, quare dubitasti? -

Si la cuestión financiera era cruz exorbitante para el santo, lo era también el no poder dedicarse al trabajo apostólico, como era su anhelo y hubiera sido su mayor satisfacción. Tenía una grande pasión para el estudio, y nunca podía estudiar. Apenas emprendía en algo elevado o generoso, cuando advertía que se cortaban las alas. Se sentía como condenado a arrastrarse al nivel del suelo, a luchar cada día por unos centavos, a pasar los años más floridos en una condición lastimera, sin la poesía de hermosos proyectos y grandes triunfos. La cuestión dinero le engolfaba de tal modo, que sufría no poco porque debía descuidar una dirección espiritual urgente. Sólo de vez en cuando, y como a despecho del tiempo podía atender a sus hermanos e hijos, lo cual redundaba en algún perjuicio para la misma Congregación, ya que se perdían vocaciones y aún se provocaban lamentables defecciones. No es de extrañarse, efectivamente que la miseria en que se debatía el Colegio Central que era el de Turín, se repercutiera en casi todas las casas de la Congregación, entorpeciendo la marcha de las obras: espina muy aguda para el corazón del buen padre.

En 1897 - tres años antes de la muerte de L. Murialdo - las cosas llegaron a su clímax. Algunas voces conocidas cuchicheaban anunciando una catástrofe inminente e irremediable. Miembros de la Junta empezaron a desplazarse para no quedar aplastados por los escombros y si se multiplicaban esas deserciones, todo amenazaba desbaratarse totalmente, de modo que hubiera tenido que intervenir la función pública.

¿Qué hacer para salir del paso? Entonces san Leonardo Murialdo se acordó que San Juan Bosco - muerto hacía poco tiempo - había sido su leal amigo y que ahora pudiera ser un poderoso intercesor en el Cielo. Su mediación podría señalar el término de tanto sufrir. Hizo, pues, voto de celebrar una Misa en la tumba de su Santo amigo en Val Salice con todos los del Colegio: alumnos y maestros. Esto no impidió que se elevaran especialísimas preces a nuestro Patrono San José. Las oraciones de hermanos y jóvenes se multiplicaron por dos meses, sin interrupción. En el Colegio de Turín se rezó la corona de las Siete súplicas al Santo Patriarca.

Desde entonces, quién sabe cómo, las finanzas del Colegio iban sintiendo una convalecencia reconfortante. Se encontró que en su mismo seno había recursos insospechados. Habiéndose renovado los Miembros de la Junta, se descubrió que la vitalidad de la obra había estado adormecida y que, Iejos de caminar a la tumba, podía labrarse su propio resurgimiento. De allí a no mucho, púdose cubrir las deudas contraídas por la Tipografía, y, finalmente, en 1899, el Conde Alejandro Roero de Guarene levantó de un tirón la semihundida nave del Colegio y la lanzó a navegar con velas desplegadas por el mar de la prosperidad: a su muerte, el 18 de Marzo, vigilia de San José, dejó para el Colegio un legado de cerca de 2.000.000 de liras. Así, de una vez por todas, quedaba conjurado cualquier peligro y Ilegaba a su término la cruz que tanto pesó en los hombros de san Leonardo Murialdo desde 1867.

Dos años habían transcurrido desde la fecha en que L. Murialdo hizo el voto a Don Bosco. El santo Rector lo absolvió el 30 de Abril del 99, celebrando la Santa Misa en su tumba y distribuyendo de su mano la Santa Comunión a la sección Mayores del Colegio. En dos ocasiones más estuvo Nuestro Santo Fundador junto a la tumba de Don Bosco, con los alumnos restantes,Medianos y Pequeños.

Después de recitar el Santo Rosario por alma tan excelsa, reconoció públicamente, que, después de María y de San José, a Don Bosco se debía el clarear de día tan radiante, al cabo de una noche tan oscura y tempestuosa.

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14. SAN LEONARDO MURIALDO, SUPERIOR DE LA CONGREGACIÓN DE SAN JOSÉ

San Leonardo Murialdo fue, hasta su muerte, el Superior de nuestra Congregación: la gobernó con extrema dulzura, pero más que todo con la oración y el ejemplo de sus virtudes. Alma y guía de su gobierno era la mansedumbre del Corazón de Jesús, cuya devoción procuró promoverla en toda coyuntura. Con los defectos de sus hijos no se dejaba llevar por un celo indiscreto; peor aún le dominaba la pasión de la ira, ni siquiera se mostraba impaciente por extirparlos. Su secreto, antes de corregir, era consultar detenidamente el caso ante el Sagrario, luego con extrema delicadeza, procedía a la corrección, que siempre obtenía el resultado apetecido, gracias a su heroica paciencia. 

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Refiere un hermano nuestro que él tenía cierta repugnancia en recibir las amonestaciones del P. Rector. Notándolo el buen Padre, le solía pedir humildemente disculpas por la reprensión y le invitaba a decir un Ave María juntamente con él. «Al cabo - dice el referido testigo - ya no tenía ningún resentimiento y salía de donde el Padre Fundador con mi alma inundada de dulce consuelo".

San Leonardo Murialdo, con la sabiduría de los santos, esperaba la enmienda de sus hijos, más de la gracia de Dios y del tiempo, que de la fuerza de los argumentos humanos. Por eso rara vez alzaba la voz o adoptaba posturas autoritarias. Esto era fruto de un encendido amor a sus religiosos y de un sentimiento profundísimo de humildad, que le hacía creer el más indigno de los Josefinos y totalmente inepto para su cargo de Superior. Por eso su autoridad no nos pesaba pues vivía como uno de nosotros. Tenía facultad para mandar En virtud de Santa Obediencia, pero no se sirvió de ella casi nunca. La única vez que, si mal no recuerdo, usó de este expediente, fue, no para humillar a su hermano, sino más bien para salvarlo de una gran confusión. Por lo mismo no le gustaba imponer penitencias ni en privado, tanto menos en público. Tenía una atención exquisita para no herir el amor propio de sus hijos y hermanos, por eso rarísima vez reprendía en público. Jamás se le oyó herirles con sátiras o ironías. Notable cosa es, por supuesto, que nunca religioso alguno se haya quejado contra el gobierno del Santo.

Cuando se le presentaba el doloroso caso de amputar algún miembro infecto de la Congregación, deliberaba, tomaba tiempo para considerar una y otra vez el caso, y sólo se inducía a ello tras faltas gravísimas, y cuando se desvanecía toda esperanza de enmienda.

Como se anotó arriba, San Leonardo Murialdo se reputaba inepto para el cargo de Superior, si bien tal cosa pensaba para sus adentros, más bien que propalarla con los labios, por esto leía muchos libros espirituales para formarse cada día un mejor criterio sobre las obligaciones de la Vida Religiosa. Leía con fruición algunas vidas de Padres Jesuitas del tiempo de la supresión de la Compañía, tales como del P. Sellier, del P. Verin, anotándolas al margen. Sus normas o enseñanzas las tenía a flor de labios para inculcarlos a sus hermanos pero especialmente para su propio provecho espiritual. Entre sus maestros predilectos se contaban el P. Icard, Superior de S. Sulpicio, y otros eminentes sacerdotes del mismo Seminario. Este acopio de sabiduría eclesiástica lo meditaba en su cámara o ante el Smo. Sacramento; resultando así él mismo un maestro consumado de Religiosos, a quienes instruía con frecuentes y muy bien estudiadas conferencias, de preferencia los días viernes por la tarde, teniendo siempre ante sus ojos los apuntes que había tomado previamente.

Si no intervenían causas en verdad imposibles de superar, no omitía la conferencia espiritual. Duraba media hora y más, y se caracterizaba por el orden, unción y solidez de la doctrina. El argumento lo tomaba de los varios tiempos de la Liturgia Católica o de una festividad de nuestro Patrono o alguna circunstancia inesperada; pero generalmente tomaba su punto de partida de los libros ascéticos que los meditaba con atención. Era su costumbre, por modestia y seguridad, exponer más bien las doctrinas de los libros y llevarlos a la conferencia para que los Padres viesen cuáles eran las fuentes de sus lecciones espirituales. Los principales tratados que usaban eran: Le Jeune, Scúpoli, alguna obra de S. Francisco de Sales o de Santa Juana de Chantal.

En los últimos años de su vida su argumento preferido era El Amor de Dios. Tal vez presintiendo su próxima partida de este mundo, quería dejarnos inflamados en este santo amor. Cuando visitaba las casas de la Congregación, siempre reunía a la Comunidad para tenerles una breve pero inflamada exhortación espiritual.

Demostró especialísimo interés por la formación de los novicios. Las virtudes que deseaba más arraigadas en ellos eran: la humildad, la oración y la mortificación. Robando tiempo a sus urgentísimas ocupaciones, en períodos regulares, visitaba el Noviciado. Huelga comentar el provecho que ganaba la casa con semejantes visitas.

De novicios y profesos exigía, además, una obediencia humilde y pronta. Le irritaban sobremanera los espíritus altaneros.

Los Ejercicios Espirituales

Durante los Ejercicios Espirituales, su solicitud por el bien espiritual de sus hijos se agigantaba. En los primeros tiempos de la Congregación, se acostumbraban ejercicios de poca duración, en dos épocas del año. Tal vez el fruto era más controlado, pero pronto se adoptó la costumbre universal de hacerlos una vez en el año por el lapso de diez días.

Cuando el número de religiosos había crecido considerablemente, y estando los mismos repartidos en muchas Comunidades, se optó por tener tres tandas de Ejercicios. El P. Fundador dirigía una o dos de ellas, y asistía a la tercera especialmente en los últimos días.

Durante los Ejercicios Espirituales, se entregaba de lleno y exclusivamente a sus hijos. Los primeros Ejercicios de la Congregación fueron predicados por el P. Fundador en persona. Tenía, para el efecto, un arsenal de meditaciones cuidadosamente preparado y meditado ante el Santísimo Sacramento. Cuando los empezaron a predicar sacerdotes de otras Congregaciones, él tomaba para sí la Conferencia, o Instrucción Peculiar a tenor de nuestro espíritu Josefino, la misma que se tenía a media tarde. Allí, con amor y cariño paternales, examinaba los defectos observados en las Comunidades o prendía el sagrado fuego de la devoción en sus oyentes. Un tema que nunca dejaba de tratar era el de La Tibieza, tomando como punto de partida el consabido texto del Apocalipsis:Utinam frigidus esses! Otro asunto de su preferencia era la observancia de los votos religiosos: ¡Qué unción no revelaban sus palabras! ¡Cuán profundamente calaban en el ánimo de los oyentes! Naturalmente el resultado eran propósitos eficaces y duraderos, pero nadie podía quedarse indiferente ante tanto ardor. No es exagerado decir que la semilla más fecunda de todos los Ejercicios consistía en sus «Conferencias». Hablaba en un estilo ajeno de vanas galas literarias, pero su corazón y sus labios despedían fuego de devoción, tanto más que sus enseñanzas tenían la contraseña del ejemplo esplendoroso de su vida.

Con esa ocasión solía también llamar a su aposento a todos los hermanos para conferenciar particularmente con cada uno de ellos. Escuchaba con paciencia sus dificultades y las procuraba resolver a satisfacción; les instruía sobre el justo concepto de la vida religiosa y especialmente sobre la responsabilidad y alcance de los santos votos. Su cortesía y amabilidad durante dichos coloquios eran tales, que algunos religiosos tornaban una o más veces para gustar de su conversación. Estaban seguros de que a cualquier hora, siempre que a bien tuvieren, el P. Fundador les acogería con todo el calor de su corazón.

No mostraba fastidio jamás, al contrario daba ánimo para hablar libremente, con su alegría y serenidad imperturbables; alentaba a los lánguidos, frenaba a los impetuosos, impartía normas inolvidables para el trabajo entre niños; en una palabra, remodelando a las personas, renovaba a la Congregación toda.

El día de clausura de los Ejercicios acostumbraba pronunciar un fervorín previo al pronunciamiento de la profesión religiosa. Así, todos se consagraban a Dios «Corde magno et ánimo volenti». Después de la función el Buen Padre radiante de felicidad, abrazaba cariñosamente a cuantos se habían entregado al Señor con la profesión de los Santos Votos.

A los hermanos que trabajaban en Comunidades distantes de Turín, los asistía con sus caritativas y frecuentes cartas. Sin adoptar poses de padre espiritual, en cada una de sus cartas dejaba caer una máxima o exhortación espiritual, que iba derecho a un determinado defecto o prendía fuego en un alma tibia.

Me place traer aquí algunos ejemplos de sus cartas. Al P. José Marengo, que trabajaba en Venecia le escribía así en 1890: -«Sé fiel a la meditación ya la visita al Smo. Sacramento. Sé ecuánime con todos y guíate siempre con la máxima que a Don Bosco le llevó a la Santidad: Quod aeternum non est, nihil est. A propósito, he encontrado una glosa acerca de esta máxima, la misma que te escribo, pues estoy seguro te servirá para la meditación de uno o más días. Hela aquí: Honores fugiunt, manet aeternitas; aurum te deserit, manet aeternitas; caro dilabitur, manet aeternitas. Et pro tam brevibus, aeterna aeternitas!»

Y, ¡ Qué solicitud la de San Leonardo Murialdo para los Josefinos que debían enrolarse en el servicio militar! Los ponía sobre aviso acerca de los peligros del cuartel... Una vez lejos de su lado, les buscaba amigos, especialmente entre los Sacerdotes de las comarcas en donde estaban emplazados los cuarteles. A dichos sacerdotes les rogaba encarecidamente cuidaran de sus hijos, a fin de que frecuentaran los Sacramentos y no perdieran el espíritu religioso.

A los Directores de las Comunidades impartía sapientísimamente instrucciones para la buena marcha espiritual de la casa, pues eso era lo que más le importaba. Tales directivas, sin pensarlo, resultaban el espejo de su propia vida, pues nada inculcaba sin antes haberlo puesto por obra.

Lo que más le agradaba en un Director era la humildad.

«Veo, - decía al Director de Venecia - que tú desconfías de ti mismo, de tus prendas y tu prudencia; así las cosas, sin duda, marcharán mejor a condición de que:

1- sigas desconfiado de ti mismo; 2- pongas toda tu confianza en Dios, cuyo auxilio impetrarás rezando cada día el Veni Creator. ¿No oyes por ventura a San Pablo exclamar primero Nihil sum, y luego Omnia possum in eo qui me confortat?»

Al Director de Vicenza le decía: «Me ha encantado tu candor en admitir llanamente que la frecuencia de los jóvenes al patronato ha rebajado por el frío y la nieve de la estación. Comúnmente se suelen ponderar las propias cosas o por lo menos callar los tropiezos. Viva San Francisco de Sales y su sencillez y candor!»

Mas, como en la carta no había solamente noticias tristes, añadía:

«Muy bien, di siempre: ¡Bendito sea Dios! Cuando salimos adelante, en nuestras obras, digamos precisamente, como es de justicia, Bendito sea Dios - Atribuir el éxito de nuestras habilidades es sembrar aridez en nuestras obras. »

A otro Director, en igual forma, le recomienda la práctica de la humildad con estas palabras: «Si tienes a la mano el libro de oro titulado - La Humildad del Corazón- del P. Da Bergamo, léelo con frecuencia, lentamente; pide la humildad en las comuniones; reza el Breviario según esta intención de vez en cuando».

Otra dote que anhelaba ver en un Director era el buen ejemplo. Decía a uno de ellos: «Hazte valer con la palabra y el ejemplo. Con tu vida mantén viva la piedad, la caridad y cordialidad entre los hermanos. No te extrañes que debas ejercitar mucho la paciencia con los niños; sé humilde, vive contento, no te quejes con tus hermanos, ni por todo cuanto Dios tenga a bien mandarte. He leído en un libro: «Si no tomas con gusto las viandas que Dios te prepara, quién podrá complacer un gusto tan estragado? ¿Sabéis acaso vos más que Dios? Lo que Dios os manda, ¿no os parece que será lo mejor para vos? ¿Cómo sería posible que su sabiduría y bondad yerren?»

La siguiente máxima, digna de los más grandes Santos, se le cayó de la pluma en una carta: «El Director debe dirigir la casa especialmente por medio de la oración».

De la misma manera a todos los Josefinos decía: «Marchad a la luz de los principios de la Fe. »

«La voluntad de Dios se manifiesta: 1- por la voluntad de los Superiores; 2- por las circunstancias de la vida. Tú no puedes quejarte: conoces la voluntad de tus Superiores y vives los afanes de cada día. Mantente tranquilo, pero humilde».

Las virtudes de una Comunidad, según San Leonardo Murialdo, debían ser: La Puntualidad y el Recogimiento. Observó en cierta casa una exagerada condescendencia en lo que a diversiones de los jóvenes respetaba. He aquí su sentir:

«¡Figúrese uno: Catorce funciones de teatro en tan corto lapso: No puede ser ello sino un carnaval! Y ello después de lo resuelto en Turín acerca de la moderación. Lo secundario no debe suplantar a lo principal. ¿Me querréis luego persuadir que mejora el aspecto moral e instructivo de jóvenes y hermanos? ¡Es menester una fe heroica para creerlo! ¡Yo no creo tener tanta fe!»

En otro director, en cambio, observó que se dejaba arrasar por el celo algo indiscreto en los asuntos materiales. Nuestro buen Padre le viene a su encuentro con esta carta:

«La que me escribes sobre la marcha general de tu Comunidad está bien. Mas, ten presente: Age quod agis. Primero tu Comunidad y luego todo lo demás. No aceptes invitaciones sino por vía de excepción, o cuando te lo obligue una necesidad moral, o cuando por la negativa pudieran producirse puntillos, aún en los casos que te anoto procura imformármelo oportunamente a Turín, pues todo el mundo debe percatarse que tú no tienes facultad para prestar servicios fuera de casa, salvo que el asunto no sea urgente y de breve duración».

Deseaba que se le diera minuciosa cuenta de las Comunidades.

«¡Bien! - decía a un Director.- Así me gusta. Noticias abundantes y minuciosas especialmente en cuanto a los hermanos. Les comunicaré en breve, que tengo de ti la información que quiero... pues soy padre y quiero velar por mis hijos». slmgrupo

Esta misma caridad quería ver en los demás Superiores. Escribía a uno lo siguiente: «En cuanto a la voz de mando, al tono, sé más melifluo que San Bernardo, más dulce que San Francisco de Sales».

Recomendaba bondad también con los menos observantes: «Ten paciencia, - decía a un Superior - que es la virtud de todo buen cristiano, y con mayor razón de un religioso. Es mejor, y aún conviene,

que Ud. vaya a «A», a pesar de los inconvenientes y dificultades de que me hablas. Hay que amoldarse a las necesidades y circunstancias peculiares de cada uno, en cuanto sea posible. ¿No te parece que, en vez de proceder a la expulsión de «A», se lo ponga en «B» y así se solucione este asunto?»

Mas, desgraciadamente, hay casos en que es fuerza despedir a algún religioso, y en tales casos solía decir: «Habrá que proveerlo de vestido y aun de algunas monedas... Sin encomiar su proceder, como el de un inocente, podemos paliarlo todo con la caridad y no lanzarlo a la desesperación. »

Un Superior le pedía consejo sobre cómo tener la conferencia semanal a la Comunidad. He aquí su respuesta: «Para dichas conferencias no temas usar libros y comentarlos. Es un método fácil para quien habla y agradable para quienes escuchan. Antes de presentarte a tus hermanos, ten buen cuidado de ir a la Iglesia a pedir gracia a Jesús Sacramentado y a María Santísima quienes Linguas infantium facit disertas. Ellos únicamente pueden concederte la gracia de rendir los corazones. »

Finalmente citaré la siguiente admonición que le envió a un Superior: «Procura que los hermanos sean en verdad buenos, que obren con espíritu religioso y no para lograr la estimación de los hombres. ¡Ay de ti! y ¡Ay de ellos!, si hacen las cosas ad oculos servientes. Que tu oración sea continua pero especialmente fervorosa, pues sólo Dios dat spiritum bonum. Tú, en el rezo del Breviario, pon la intención de salvar tantas almas como palabras pronuncias. »

No escribía circulares a toda la Congregación, sino rara vez, y por motivos de mucho peso; pero las cosas que escribió, y que nosotros las conservamos con veneración, son un verdadero tesoro hoy, como lo fueron para los Josefinos de su tiempo.

Encontrándose cierta vez en Lourdes en la fiesta del Sagrado Corazón de María escribió una de ellas a su Comunidad de Turín. Tomó como punto de partida una inscripción que leyera casualmente, la misma que decía: Non fecit taliter omni nationi. Su fin fue tejer un himno de alabanzas a Dios y a María Santísima por los innumerables beneficios que todo el mundo recibe de sus manos virginales y nuestra Congregación en particular.

Luego, hablando de la magnífica Iglesia que en su ciudad natal habían erigido a San Vicente de Paúl, escribía: ¡Oh! ¡Cuán conmovedor es encontrarse en la propia casa de este enorme santo, y arrodillarse a los pies de la Virgen Santísima, y bajo la misma encina donde solía arrodillarse también este santo de la Caridad! - Mucho aprendí de la visita a este orfanato modelo. Pero me equivoco al decir orfanato, pues aquí, en numerosos pabellones tienen su sede todas las obras de caridad que propugnara el Santo Paúl. El docto y santo Superior de la obra, R. P. Lacourt, me embelesó con su conversación durante medio día. No puedo eximirme de escribiros, para común edificación, algo de lo que él me contó, reservándome el derecho y la satisfacción de comentar esto mismo en público cuando ya esté yo entre vosotros: «Vuelto del África, la obediencia me mandó acá, para dirigir esta obra, mi Superior el P. Etienne me dio estas normas de gobierno: Haceos el muerto, no busquéis el vano rumor estima de este mundo; no os desesperéis por trabajar, y acabar pronto lo que tengáis entre manos.

Cuando el P, Etienne estaba agonizante, fuimos a verlo a París, y allí me dejó este testamento espiritual: Os recomendé haceros el muerto, y bien lo habéis hecho, he aquí que Dios ha demostrado en la casa de San Vicente que puede hacer milagros sin nuestra intervención. Seguid haciéndoos el muerto. Esta es la explicación de las maravillas que aquí se observan.

Por Agosto de 1885 los médicos prescribieron a Murialdo tomar los baños de Allevard en Saboya, para que se restableciera plenamente de su primera enfermedad. Una vez allá, se le vino a las manos, casualmente, un tomito titulado: Le père Lacordaire, sa vie intime et religieux. Lo leyó una y otra vez, lo anotó, lo meditó y al cabo decidió escribir una circular: A todos mis dilectísimos hijos y hermanos de la Congregación de San José. Esta circular, es un himno a la vida religiosa, como encarnada en el célebre orador. Dice así:

«Al leer repetidas veces el librito, me decía para mis adentros ¿y por qué no podemos hacer lo mismo nosotros? ¿Qué nos impide imitar al P. Lacordaire, rígido consigo mismo, pero discreto y moderado con los otros? Urgía eficazmente la observancia de la Regla, pero su dulzura y mansedumbre en tratar a sus dependientes, que los consideraba como hijos, era tal, que su biógrafo puso en la portada de este libro el siguiente epígrafe, usado múltiples veces por el mismo Lacordaire: 'fuerte como diamante, pero tierno como una madre, fort comme le diamant, plus tendre qu'uae mère. Hoy día pudiéramos los Josefinos, de una vez por todas, resolvernos a imitar a los buenos Hermanos y Padres Dominicos. ¿De qué manera? Formulando un propósito eficaz de observar mejor nuestra Regla y de estrechar más íntimamente los lazos de la caridad que nos unen, no sólo entre los miembros de una misma casa, sino entre todos los hermanos de la Congregación. Pluguiera a Dios que los Superiores tomaran para sí esta norma de gobierno: Duro como un diamante, suave como una madre. Mas también los súbditos tuvieran que darse generosamente a la obediencia, haciendo cuenta que obedecen a Dios, a través de los Superiores; prestándoles por lo mismo una sumisión franca, sincera y alegre. ¿No os parece, amadísimos hermanos míos, que entonces nuestras casas fueran la morada de la paz, el asiento de la tranquilidad, la expresión de la alegría, un paraíso, en suma? ¡Oh entonces sí! ¡Qué fruto cosecharíamos en la educación de la juventud! ¡Mas ahora se pierde en gran parte ese fruto, porque no hay suficientes apóstoles que les tiendan la mano! ¡Qué gloria no se daría a Dios y qué premio se nos reservaría allá arriba! Creo yo que con sólo quererlo, podríamos transformar en celestial ambrosía la vida religiosa. Creo yo que así ganaremos tanto para el cielo que se habría cumplido exactamente la promesa divina: Qui fecerit et docuerit, hic magnus vocabitur in regno coelorum.

Ánimo, pues, amadísimos hijos. Sin emprender en nada extraordinario, empecemos a hacer con mayor perfección lo que ya hacemos. Si alguien tiene dificultades, que me las manifieste sin ambages, por escrito o verbalmente, no importa. El que esto os escribe no tiene sino una ambición: mostrarse realmente padre, o mejor, usando la hermosa frase de Lacordaire, tener y manifestar un corazón tierno de madre.

Que Dios Nuestro Señor se digne bendecirnos.

Creemos que nuestra humilde Familia Religiosa se haya fundado por su divina inspiración.

Nada hemos hecho sino corroborados por el parecer de hombres doctos y santos, y ahora los Superiores competentes nos han dado su aprobación.

Que nuestro amadísimo San José nos bendiga, pues en él tenemos cifradas nuestras esperanzas, después de Jesús y María.

En Septiembre del 1889 un considerable grupo de Josefinos se hallaban reunidos en la Quinta de Rívoli para los Ejercicios Espirituales. San Leonardo Murialdo, no pudiendo hablarles personalmente, les dirigió la siguiente carta, para avivar su fervor y renovar el buen espíritu de la Congregación.

«Bien conocéis, hermanos muy amados en Cristo, cuáles son las promesas del Sagrado Corazón a sus devotos; quiero decir las once promesas que suelen encontrarse impresas en sus cuadros. Por ahora me limitaré a comentaros solamente las que se refieren a Comunidades Religiosas que procuran honrarle.

Escribe Santa Margarita a la Superiora, Madre Saumaise, que cuantos se consagran al Divino Corazón, no perecerán jamás y que Él mismo derramará la suave unción de su caridad en las Comunidades religiosas que honran su Sagrada Imagen.

La misma promesa se lee también en una carta a la Rda. Madre Grey, pero allí se añade además, que se alejarían de dichas Comunidades los castigos de la Justicia Divina.

En una carta a su Director Espiritual escribe la Santa: Sobre todo (notadlo bien) sobre todo procurad que esta devoción la abracen los religiosos; pues está descontado que con sólo ello se restablecerá el fervor primero aún en 1as comunidades menos observantes: y los religiosos ya piadosos, llegarán al ápice de la perfección.

Al célebre P. Crosiet, que escribió un tratado sobre la Devoción al Sgdo. Corazón, le decía la Santa: «Jesucristo me ha prometido que 1as llamas de su Caridad abrasarán a las Comunidades que le honraren y se pusieren bajo su protección: que fundirá todos esos corazones con el suyo propio, que se alejarán los castigos de Dios y que se recuperará la gracia divina si por desgracia se la hubiera perdido».

No cito más. Entiendo que ni son necesarias estas promesas para comprender que la devoción al Sagrado Corazón santifica igualmente a individuos y Comunidades.

¿Qué es pues, en fin de cuentas, esta devoción al Sagrado Corazón? ¿En qué consiste? No es otra cosa que un amor ardiente a Jesús Sacramentado con una doble característica: Reparación y Gratitud. Reparación por las ofensas nuestras y ajenas, y gratitud por el inefable don de la Eucaristía. Decidme ahora, ¿puede existir una devoción más santa, más deseable o más útil para el cristiano? No nos olvidemos que esta devoción es propia de nosotros los religiosos. Recordad las palabras ya muy bien conocidas: He aquí el Corazón que ha amado tanto, a los hombres... pero que en cambio no ha recibido de la mayor parte de ellos sino ingratitud, sacrilegios, frialdad, (notadlo bien - frialdad) y desprecio en la Eucaristía. Pero, lo que más me duele es que así me traten corazones consagrados a mí».

Y, ¿cuáles son estos últimos sino nosotros? Con sacrilegios quizás no, (así lo esperamos) pero sí con nuestra frialdad, olvido e ingratitud hemos contristado a su Dulcísimo Corazón.

Por lo tanto, hagamos nuestra esta devoción; amemos a Jesús Sacramentado, seámosle gratos y volvamos por su honor. Pidamos a El Mismo este amor ferviente a la Eucaristía. Sirvámonos de los medios eficaces para que nazca, crezca y se agigante este amor en nuestro corazón, como: Visitas particulares al altar, las Comuniones fervorosas y la lectura asidua de algún tratado relativo.

Y, ¿No tenemos alguna muestra especial de amor que darle? ¿Cómo demostraremos nuestro sincero anhelo de ser devotos de este Sagrado Corazón? He aquí, algunas ideas de que podéis echar mano, conforme a vuestro fervor. turinlagranmadre

He sabido que en la Quinta de Rívoli se ha constituido el Apostolado de la Oración y en Volvera la Guardia de Honor. Ambas Cofradías son formas de devoción al Sagrado Corazón. El Apostolado de la Oración se llama también Liga del Sagrado Corazón; porque el socio se compromete a llevar una vida de incesante oración: a saber, una oración unida a la de Cristo y por las intenciones de Cristo.

La Hora Santa de la Guardia de Honor no es menos meritoria, ni impone sacrificios o incomodidad alguna exorbitantes. Ambas devociones tienen de Reglamento la Comunión Reparadora del Primer viernes, a la que están reservadas innumerables promesas. Ahora bien, cada miembro del Apostolado o de la Guardia de Honor, procure crecer cada día en perfección. Quién no se haya inscrito todavía, ¡Ea! que se resuelva a hacerlo en cualquiera de las dos Asociaciones y prometa guardar fielmente sus estatutos; si bien no pena bajo de pecado. Así, el fruto de estos Santos Ejercicios lo habremos asegurado y habremos contribuido también a renovar el fervor en nuestra Congregación, Pensad en lo que la Santa de Paray escribía a su Director: ¡Oh! ¡Cuán dulce debe ser la muerte de quien habrá procurado servir fielmente a Aquel que nos ha de juzgar! Que el Divino Corazón bendiga a todos vosotros fecundando con su divina Gracia estos Santos Ejercicios»

En marzo de 1898 el teólogo Murialdo escribió otra Circular para pedir oraciones por las vocaciones Josefinas y en la Pascua de ese Último año, con el corazón rebosante de felicidad eso escribió de nuevo a todos; sus hermanos e hijos para comunicarles que "un enjambre de selectos" jóvenes, habían dado nombre a nuestra modesta Congregación de San José.

Dos meses antes de su muerte escribió la última Circular. Data del 2 de Febrero de 1900. El fin era precaver a nuestras Comunidades de las numerosas funciones teatrales, que a veces degeneran en disipación.

«El tiempo de carnaval – escribía - las funciones de teatro y sus relativos preparativos, suelen ser causas de graves pérdidas espirituales, si no hay un control estricto, Esta vez, dejando aparte los peculiares tropiezos que pueden encontrar los que ex profeso ensayan para las representaciones, o preparan cantos, músicas etc. ; me limitaré a señalar los peligros comunes a todos.

1° Ante todo os hablaré de la disipación. El Padre Faber dice que la mano derecha del diablo es la disipación, ya que ofusca aquella máxima salvadora: Memorare..., et non peccabis in aeternum. Ahora bien, ¿Quién no sabe que el tiempo de carnaval todo lo alborota y no deja pizca de tiempo para recogerse, cual conviene, en preparación a la Cuaresma?

2° Esta turbación o irreflexión, para decir lo menos, acarrea el abandono, o por lo menos la apatía en los ejercicios de piedad, ya que, por un lado, el tiempo para la oración escasea, y el espíritu queda cansado para la oración. Pero es así que la piedad es la vida del espíritu; faltando la piedad, el alma languidece.

3° El malestar espiritual que produce la disipación da, por lógico corolario, la abstención de la Sagrada Comunión. Repito, pues, amadísimos hermanos, lo que en otras ocasiones os tengo dicho: Por nuestra condición de educadores, debemos entretener a nuestros niños, pero no con menoscabo de nuestros intereses espirituales. Cuando el trabajo externo apremia, más bien debe Dios pertrecharnos, si fuera posible, mayormente de piedad.

Ea, pues, hermanos míos, carísimos, reflexionemos seriamente sobre este punto basilar y vosotros, Superiores, haceos cargo de que tenéis doble responsabilidad: la salvación vuestra y la de vuestros súbditos.» 

Con ocasión del Año Santo, algunos hermanos habían expresado el deseo de visitar Roma. He aquí el sentir de Murialdo al respecto:

«Aunque el deseo es laudable, pues el mismo Santo Padre lo estimula, sin embargo, las razones que aducís no me parecen convincentes como para complaceros en este punto. No me pidáis las razones por las cuales tomo esta medida, pues vendría a desvanecer la excelencia de vuestro sacrificio. Obedeced alegremente, que ésta es una de las condiciones de nuestra felicidad. Os digo solamente que muchas Congregaciones, que se encuentran en nuestras mismas circunstancias, han adoptado esta misma medida mía. Con todo, si alguien cree tener razones de mucho peso, puede exponerlas, y no será imposible que haya algunas, aunque raras, excepciones. »

Por fin, estando para entrar en el mes de San José, es decir, el 17 de Marzo de 1.900, San Leonardo Murialdo se dirige a toda la Congregación para que se lo celebre con mucho fervor: «¿Quién no se percata de que nosotros los Josefinos debiéramos ser más fervorosos en honrar a nuestro Santo, en este mes que vamos a comenzar, que cualquiera otra Congregación que no ostenta el glorioso nombre de Josefina?» Así comienza la Circular.

A continuación insinúa a los Directores a formular algún programa especial en honor de San José, y tiene buen cuidado de proponer como práctica común en todas nuestras casas, una frecuencia más devota y más nutrida al Banquete Eucarístico, «Pues esto -dice- es lo que más agrada a Jesús y, consecuentemente, a San José».

«Como recompensa de este nuestro ferviente anhelo de honrar a nuestro Santo - decía por fin -, hemos de implorarle bendiciones copiosas sobre nuestra Pía Sociedad, y de modo particular sobre el Noviciado, que es en donde tenemos puestas nuestras esperanzas. »

Al recibir esta Circular, ni por pienso, nos imaginábamos que hubiera sido la última. El único consuelo que nos queda es, comprobar que su última preocupación ha sido inculcarnos la devoción a nuestro querido Santo.

Si San Leonardo Murialdo era consumado maestro de religiosos por su palabra y sus escritos, mayormente lo era por el ejemplo. Su vida era elocuente sermón: para los fervorosos, acicate, y para los tibios, reproche. Su porte exterior no lo pomponeaba para granjearse la estimación del mundo, ni tampoco adoptaba afección de conventual, pero en cambio, su porte era la expresión más cabal de religioso.

Los votos religiosos los observaba celosísimamente. La fragancia de su castidad era como una aureola que le embellecía sobremanera. No podía soportar cosa que fuese menos pura y casta, no toleraba que en su presencia se pronuncien palabras vulgares, o que bromeando se nombrasen los animales inmundos. Cuando debía, por su carácter de Superior, aludir a alguna falta grave de esta naturaleza, lo hacía con cierta cautela y diríamos timidez, característica de los santos y bajando bastante el tono de la voz.

Con las mujeres su reserva rayaba en escrúpulo. No simpatizaba con el uso de que las señoras besaran las manos de los Sacerdotes y él, siempre que podía, lo evitaba. Teniendo que tratar con mujeres en el locutorio, mantenía la puerta abierta o entreabierta.

No menos edificante era su observancia de la pobreza, por su cargo y otros varios motivos, tenía que administrar dinero, pero en todas sus gestiones no perdía de vista su carácter de religioso. Como administrador recibía y disponía, dando luego cuenta hasta de los centavos; como religioso no gastaba de por sí ni un centavo. Los presentes que muchas veces recibía, los pasaba inmediatamente al ecónomo. Así pues, aunque San Leonardo Murialdo era Superior de la Congregación, y por ende, hubiera podido administrar bajo su propia responsabilidad el dinero, prefirió que otros lo hicieran en su lugar. Por consecuencia, al religioso encargado se dirigía para cualquier necesidad personal, como el más pobre de la comunidad.

Su aposento era espejo de pobreza. Si bien hubiera sido justificable un adecentamiento relativo al cargo de Rector del Colegio y Presidente de la obra, jamás se lo permitió. No se veían allí objetos de lujo ni delicadezas de ninguna clase; al contrario, prefirió desprenderse hasta de unos recuerdos personales de cierto valor, para no dar, como decía, escándalo a sus hermanos.

La obediencia practicaba principalmente con su confesor, de quien dependía en lo más mínimo. Prestaba dependencia a los hermanos que él mismo había puesto al frente de alguna sección y lo hacía con mucha naturalidad. Las Reglas de la Congregación las tenía siempre presentes no solamente en su corazón sino aún materialmente, pues procuróse una edición portátil, que llevaba siempre consigo. Los puntos que, a su parecer, eran más importantes los anotaba al margen con una o varias líneas verticales. Solamente para él no había dispensas: procuraba no salir nunca de casa, y cuando lo hacía, visitaba al Santísimo Sacramento, al salir y al volver a ella. Siempre estaba presente con la Comunidad en todos los rezos y más ejercicios de piedad, pues, cuanto hacía por su propia cuenta no le parecía bastante. Los tiempos de recreo los pasaba con sus hermanos y el silencio, a su debido tiempo, lo observaba rigurosamente. En suma diré que era un espejo de observancia de nuestras Constituciones y Reglas. No era posible tacharlo de falta alguna voluntaria.

Cuando llegaba de visita a alguna de las Comunidades, su observancia era la admiración de todos, pues parecía la personificación misma de la Regla. Sin embargo, esta perfección nada tenía de rústico ni de petulante; todo era suavidad y llaneza, de manera que, quien lo deseaba, podía imitarle con facilidad.

Otro aspecto interesante en su vida es el siguiente: antes de ordenar algo a sus hermanos, consultaba siempre con Dios. Por una repugnancia natural a aparecer como Superior, y más aún como Fundador, no hablaba de la Congregación, o de sus miembros, ni con los extraños a la misma y ni siquiera con los de Casa.

A veces parecía que el asunto de la Fundación fuese tan baladí como uno de los más ordinarios que trataba todos los días, y si alguna vez, al fin, hablaba de ella, lo hacía con cierto recelo y como cosa insignificante, prefiriendo, en cambio, ponderar los méritos de otros Institutos Religiosos.

Por este mismo espíritu de modestia no se preocupaba por la expansión de nuestra Congregación. Cada vez que se ofrecía abrir una nueva casa, se resistía cuanto podía, conformándose con ello, al fin, por la fuerza de las circunstancias, o mejor dicho, por cumplir con la voluntad de Dios claramente manifestada.

Al presentarse una propuesta de una nueva fundación, la recibía con una son risa de modestia, pensando que era cosa superior a nuestras fuerzas y así, la primera respuesta era infaliblemente una negativa. Hay algo más. Nuestro Santo Fundador ni siquiera se preocupaba por incrementar las vocaciones a su Instituto; y así cuando se presentaba alguna, la aceptaba con extremada ponderación. Sólo en sus últimos años exhortó a algunas Comunidades en favor de alguna propaganda pro Vocaciones Josefinas.

Todo ello, humanamente hablando, hubiera acarreado un languidecimiento y hasta la muerte de la Congregación, en su misma cuna; más si nuestra amadísima Congregación se propagó en varias regiones, tuvo la aprobación de la S. Sede, sobrevivió al Fundador y va cosechando hasta el día de hoy algún fruto en las almas, se debe sin duda a las oraciones prolongadas de San Leonardo Murialdo, que, trabajando arduamente de día, pasaba gran parte de la noche ante Jesús Sacramentado. Hablaba de la Congregación más con Dios que con los hombres. Allí sí trataba profundamente de sus intereses y futuro destino. Allí echó los cimientos que le hacen sobrevivir en muchas naciones de la tierra.

Para mí no hay duda que la Congregación Josefina se modeló a los pies del Altar; allí se resolvieron las innumerables dificultades provenientes de los hombres; allí se trazaron los planes para su vitalidad y propagación; allí, a ocultas de nuestras miradas, tomó esta forma definitiva de Congregación Religiosa.

Es hora, pues, de reconocer que, cuanto de bien hay entre nosotros. Todo se lo debemos a aquel Santo, que, con su acertada dirección, con su vida ejemplarísima, pero especialmente con su fervorosa oración, creó esta Familia Religiosa, colocándola entre los ejércitos de la Iglesia Católica.

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16. SU AMOR A LA SANTIDAD

Cuantos han tenido la envidiable suerte de convivir algunos años con san Leonardo Murialdo, y de gozar de su suavísima familiaridad, se han formado un alto concepto de su santidad. No temo que el afecto que personalmente le he profesado me engañe en este juicio. Al pasar en reseña, una a una, las comunidades entonces existentes, y aún, al escuchar el parecer de los que han abandonado la Congregación, un sólo pregón se eleva de todos los corazones: Leonardo Murialdo era un santo.

 

En su larga carrera tuvo oportunidad de tratar a personas de toda condición social y económica. Asuntos de dinero o espiritualidad estaban al orden del día; se vio en el caso de reprender a muchos, y no siempre fue compartido su modo de pensar y gobernar; mas todo el mundo, sin excepción, se formó la idea de que Leonardo Murialdo era un gran santo.

No es que su vida se halle aureolada de carismas extraordinarios. Nada o casi nada de extraordinario relumbró en su vida, pero, en cambio, la misma se caracterizó por una tal perfección e impecabilidad, durante tantos años consecutivos, que esta perfección, con toda la justicia, se le puede llamar extraordinaria.dibujosmurialdo36

El que estas líneas escribe tuvo la suerte de convivir con Leonardo Murialdo durante treinta años y más; tuvo, pues, oportunidad de visitarle en su aposento con frecuencia, comer a su lado, participar de sus penas y alegrías, asistirle en su última enfermedad y finalmente cerrarle los ojos después del postrer suspiro; yo, pues, tengo base suficiente para atestiguar sobre lo extraordinario de su virtud y lo haré, por lo pronto, sentando este aserto: Jamás le he podido sorprender en falta de alguna monta, que se pudiera suponer voluntaria. No se pudo decir algún día: «Hoy el Teólogo Murialdo fue víctima de un arrebato de ira o de impaciencia; o ha hablado con vanidad de sí mismo; o ha estado descuidado en sus deberes religiosos; o quizá, ha cometido una ligera inmortificación de gula. ¡Nada!

No se piense que haya faltado de nuestra parte concienzuda observación, y que, ahora, después de su muerte, queramos ponderar su santidad más de lo justo. En honor a la verdad, por el contrario, debo aclarar que, desde un principio, nos percatamos que L. Murialdo no sólo era un sacerdote muy pío sino un verdadero y genuino santo: así pues, nos pusimos a seguir sus pasos minuciosamente y a hacer acopio de sus buenos ejemplos en toda circunstancia. Para que se vea que nuestra pesquisa fue muy particularizada, diré que dos defectillos fueron observados durante los primeros años de su Rectorado: el primero, cierta inclinación tal vez más marcada que lo común en los santos, de asistir a fiestas o espectáculos públicos, por supuesto, de los que lícitamente puede ver cualquier sacerdote sin mengua de su decoro. El segundo: contar ciertas gracias, oídas en su juventud, gracias inocentísimas que sabían un poco a profano y que no estaban del todo enmarcadas en la austeridad religiosa. Estos, que pueden considerarse defectos, no eran conocidos por L. Murialdo como tales; y solamente personas muy experimentadas en la vida de Comunidad podían reparar en ellos.

Huelga decir que tanto del uno como del otro defecto, bien pronto se corrigió radicalmente, mortificando su natural vivacidad y conformándose siempre mejor a los cánones religiosos y ascéticos.

He aquí todo cuanto se ha podido notar de menos perfecto en nuestro santo Fundador, todo lo cual era involuntario; de voluntario, no hace falta repetirlo, ¡nada!

Este aspecto, digamos así, negativo de la perfección, es no pequeña parte de la santidad genuina, la misma que resplandeció maravillosamente en el Hijo de Dios, que retó a sus enemigos para que le encontraran alguna falta o siquiera una sombra de ella. Bien podían los enemigos de Cristo pensar que Él no era santo, viéndole conducir una vida exenta del nimbo de austeridad que caracterizó la de S. Juan Bautista. Esta parte es la que el Apóstol de las gentes recomienda a sus convertidos, eximiéndoles de penitencias extraordinarias. «Procurad - les dice - que nadie tenga nada que reprocharos». (Cf. Tit. 2, 8)

¿Quién pudiera censurarle de algo al Teólogo Murialdo? ¿Quién pudiera convencerle de una falta siquiera en su conducta?

He transcrito ya al principio de este libro un trozo del Testamento Espiritual que el Teólogo Murialdo escribió hacia 1895 en que se acusa de algunas faltas cometidas en el Colegio de Savona. Con aquella confesión tan humilde nuestro Fundador, se propuso dos cosas: templar un poco el concepto de santidad en el que le tenían sus hijos y proclamar por doquiera la misericordia de Dios que se dignó arrancarlo de un peligro grave de perdición, para llamarle a su Santuario, hacerle religioso y Padre de Religiosos.

Pues bien, sin querer examinar si esos yerros fuesen en verdad de la magnitud que él se supone, de su sincera exposición y de las lágrimas que por su causa vertió hasta el fin de sus días se deduce que, fuera de sus deslices juveniles, no se encuentran en su vida, de 72 años, faltas que valgan la pena mencionarse. De manera que, el documento escrito para poner de relieve una supuesta monstruosa ingratitud a Dios, da fe de que desde 1843, o sea por un período de 56 años, su alma no perdió jamás el carácter de Templo del Espíritu Santo, aún más, que su candor permaneció siempre inmaculado y brillante.

Este nuestro aserto está corroborado por el odio profundo a la culpa, que se transparenta en el susodicho documento y también por el infatigable empeño de sojuzgar sus pasiones, hasta tal punto, que no se desmande ni siquiera mínimamente.

No se crea, por ello, que L. Murialdo estuviese dotado de una naturaleza mansa de por sí: su índole, al contrario, era fuerte e impetuosa. Sentía profundamente el escozor de la mortificación y el embate de la lucha. Como la mayoría de los santos, L. Murialdo debía reprimir sus movimientos primos, acomodar con gran esfuerzo su rostro y sus labios a una franca alegría o a la serenidad; frenar la ira que sentía desbordársele, para hablar con suavidad, tomar tiempo para reflexionar y no precipitar sus asuntos. No pocas veces sus facciones, ligeramente contraídas, revelaban la lucha recia que se libraba en su interior; lucha que siempre le dio la victoria más completa.

¡Cómo debió sobreponerse a ciertas amarguísimas contradicciones, tanto más acerbas, cuanto más injustas y aún irracionales. Se diría que éstas le hubieran hecho perder la calma al mismo Job, Leonardo Murialdo, al contrario, todo lo sufría, todo lo toleraba; siempre que hablaba, era para llenar las almas de serenidad y paz.

Le hemos seguido de cerca en el gobierno de sujetos difíciles y malintencionados, en acaloradas discusiones de carácter administrativo; en el fragor de la tormenta, en la estrechez de la pobreza: creo yo que mantenerse imperturbable y sereno, no perder el optimismo y caminar siempre adelante con la mirada fija únicamente en el cielo, teniendo un carácter vivaz e impulsivo, es inequívoca señal de largo tirocinio en la conquista de la virtud y no estulta impavidez.

¡Oh! ¡Cómo sus sentidos estaban plenamente sujetos a su espíritu! ¡Cuán perfecto era el dominio que había conquistado sobre sí mismo!

Como oportuno pongo aquí el testimonio del canónigo José Colombero, Párroco de Santa Bárbara que, por largos años fue su confesor ordinario: «Era en extremo delicado de conciencia y con todas veras procuraba evitar las mínimas faltas y hacer las cosas ordinarias con la máxima perfección».

Lo que queda dicho no se refiere sino a la parte negativa de su santidad.

Considerando su parte positiva, adelantaremos, por lo pronto, lo siguiente: aunque siempre trillando la vía ordinaria de la vida común, el amor y el ansia de la perfección en san Leonardo Murialdo eran extraordinarios. Según San Alfonso de Ligorio, dos elementos implican la santidad: el deseo ardiente de la misma y la resolución firme de alcanzarla. Ahora bien, Leonardo Murialdo se atuvo siempre a estos dos medios sin desmayar jamás: ponía todo su empeño en llegar a ser santo. Sobre todas sus preocupaciones, trabajos y sufrimientos, éste era el punto capital. Se propuso alcanzarlo a toda costa, cueste lo que cueste. Puede compararse este ardiente anhelo al de un valeroso alpinista que ve brillar en su delante una cumbre difícil en dominar la cual ha cifrado todo su orgullo y ambición.

Sólo así se explican sus hondos suspiros por la santidad, el agarrar al vuelo cualquiera ocasión que a ella le llevase; sus ingeniosos ardides para multiplicar el acerbo de sus méritos, su avidez en leer libros ascéticos, su estudio y diuturna meditación sobre los mismos. Por ello hacía largas oraciones, tenía verdadera obsesión para dirigir todas sus acciones a la Gloria de Dios y humilde y sinceramente pedía la caridad de las oraciones ajenas.mbarettarostro

No podemos tampoco poner en tela de duda la sinceridad de sus aspiraciones. En su ánimo, cándido como el de un niño, no hubiera podido caber doblez, peor hipocresía. Todo en su proceder era claro como el agua de las montañas, no conocía, ni por el nombre, la mentira, y tengo el firme convencimiento de que no dijo jamás alguna, ni siquiera en apariencia. Su hablar era diáfano, sin exageraciones, perennemente enmarcado en los límites de lo justo. Su diplomacia era la diplomacia de los santos: mejor quedar engañados que engañar. De allí que siempre mostró estima también a cuantos trataban con él: les creía a todos sinceros, naturalmente sin abandonar la necesaria prudencia.

Como en las palabras, era sincero y rectilíneo en su modo de proceder. Tenía un verdadero culto a la justicia; su administración era tan delicada y justa que no se le pudo nunca tachar de malgastar el tesoro de los pobres. Si se trataba de sus propios haberes, revisaba las cuentas una y otra vez, no fuera que se hubiere deslizado algún pequeño error en perjuicio del prójimo. Cuando le sobrevenía alguna enfermedad, tomaba los registros de cuentas y todo lo ponía al día con la máxima claridad, no fuera que le llegara la muerte y los sucesores tuvieran molestias. Su integridad y rectitud de proceder le hizo distinguir en la administración de bienes, dos entidades distintas: la Congregación Josefina y la Junta Directiva del Colegio de Turín. Jamás hubiera tolerado que ésta quedare perjudicada por la primera. Cuando se suscitaban dudas, prefirió siempre que la Congregación tuviera la peor parte.

Esta sinceridad y amor a la justicia, el cúmulo de obras buenas, nada rumorosas, pero sí continuas y erizadas de dificultades que fundó, sin la satisfacción ni siquiera de un público parabién, y aún la satisfacción de un justo amor propio, dan fe de que era en él ardiente este primer elemento de la santidad: un encendido deseo de la misma.

El segundo elemento: el propósito firme y eficaz de llegar a la santidad, está palpable en su vida por las razones siguientes: Lo hizo apenas regresó del Colegio de Savona y a raíz de su confesión general. Esta irrevocable resolución se encuentra en todos sus escritos como hitos de su larga vida. El mismo sentimiento de verse aún imperfecto, revela que su ansia de santidad miraba mucho más alto de lo que ya había conquistado.

Es comparable este anhelo al de los verdaderos sabios que, precisamente por serlo, deploran sus inmensas lagunas; o al de un rico, a quien le parece poseer poco en comparación de los más acaudalados. La vida de los santos le enardecía en la conquista de la santidad, y procuraba copiar de cada uno algo que le ayudase a romper, como decía, su marco de tibieza, y flojedad. Estas resoluciones, no hace falta decirlo, las renovaba en los Ejercicios Espirituales que los hacía por lo menos una vez en el año. Los pasaba ya en Bra, en Chieri, Pinerolo o San Ignacio. Una vez también los hizo solo en Chieri, bajo la dirección del P. Francisco Pellico, en el convento de S. Antonio. Después de la Fundación de la Congregación, tomó parte en todos o casi todos los Ejercicios de la misma ya en Boscomarengo, o en la Quinta de Rívoli; en Volvera o en Oderzo; dirigiéndolos a sus hijos, haciéndolos para sí mismo y a veces prolongaba el retiro por varios días más, para dedicarse de lleno y de propósito a su santificación personal.

En tales Ejercicios tomaba nota muy diligente y minuciosa. Escribía los propósitos, siempre caracterizados por una actualidad sorprendente.

A manera de ejemplo pongo aquí las siguientes resoluciones tomadas al cabo de cierto retiro:

1- Debo hacerme santo, pues así:

a) Dios nos bendecirá copiosamente tanto en lo espiritual como en lo temporal.

b) Gozaré perpetua paz y practicaré la paciencia.

A continuación, como medio de llegar a la meta prefijada, se proponía la oración mental o vocal. Aquella a una hora fija y ésta en todo momento a través de la unión con Dios: consultar a Dios, escuchar y ofrecerse a Dios.

Otro medio: «Me servirán, - escribía -, aun los males y mis pecados, para humillarme; desconfiar de mí mismo y confiar en Dios; mis yerros, sufrimientos y contradicciones para ejercicio de amor de Dios, de humildad y paciencia».

En 1898 hizo sus Ejercicios en el Seminario de Pinerolo, y, suponiendo que fueran los últimos, se entregó a ellos con renovado fervor.

«Es muy probable - se lee en sus apuntes - que este retiro sea el último de mi vida. Tal vez Dios me da esta oportunidad para disponer mi último viaje a la Eternidad». Y prosigue: «Por segunda vez me recojo para mis Ejercicios en este Seminario. La primera fue en 1856, cuando el Canónigo Galletti, más tarde Obispo de Alba, también por la primera vez, predicaba un retiro a los sacerdotes. ¡Oh! ¡Cuántas buenas y santas inspiraciones me sugirió entonces nuestro Señor! Pero ¿acaso con un provecho duradero? Al cabo de 42 años, heme aquí de nuevo en este lugar santo: Ecce nunc tempus acceptabile, Ecce nunc dies salutis! -¡Qué no diera para que, en verdad, estos días fuesen los de mi salud espiritual! ¡Heme aquí en el dintel de la eternidad! Probablemente estoy en mi último retiro. De aquí a un mes cumpliré los 70 años, y los días del hombre, según los Libros Santos, son setenta años y ochenta en los más robustos: mas, con mis ocho caídas de bronquitis, yo ciertamente no pertenezco a estos últimos. ¿Qué espero pues? ¿Diré aún el eterno mañana- mañana? ¡Gran Dios! ¡Si vis potes me resuscitare, resucitad a este muerto, la gloria Será toda vuestra! vl comuni pessinetto s ignazio

«Hoy día es fiesta de San Mateo. Hoy se cumplen 47 años que soy sacerdote: lo digo con vergüenza. ¡Día aniversario de mi ordenación sacerdotal!

En aquel hermoso día, ¡oh Dios mío! me diste la gracia de abandonarme enteramente en Vos. Me sentía totalmente separado del mundo y sus placeres: en una palabra ¡yo era todo vuestro! y luego, Quis mihi det, ut sim iuxta pristinos dies? ¡Estos no habrán sido sino 47 años de espantosa ingratitud para con Vos! ¡Qué ansia por los placeres que abandoné! ¡Qué culto para mi amor propio!, ¡qué infidelidad! Me siento más culpable que vuestro apóstol, antaño publicano, y luego santo, predicador incansable y finalmente mártir. Me siento más culpable que Agustín, que os ofendió solamente de pagano y que, después, borró sus primeros años con inflamado amor.

«Yo, en cambio, lejos de reparar siquiera en parte mi pasada impiedad y mi apego al pecado, he vivido en una desconcertante tibieza; y he añadido una nueva cadena de pecados, haciéndome reo de una ingratitud aún más negra, si cabe.

«Mas, ¡oh maravilla!, Vos me habéis soportado sin tasa, y hoy os dignáis llamarme todavía. Habéis esperado hasta hoy y he aquí que oigo de nuevo vuestra voz. ¿Cuál será mi respuesta? ¿Seguiré amando el cómodo estado de tibieza en que me acuna mi sensualidad? ¿Seguirá siendo mi característica la ingratitud? ¿No os abriré, finalmente, la puerta de mi alma, pues la golpeáis tan recia e insistentemente? Ecce sto ad ostium et pulso!

«Paréceme estar en el umbral del infierno. ¡Oh dolor! ¡y este fuego espantoso me deja indiferente! ¿Acaso no sé que se trata de dos eternidades: Paraíso o Infierno? ¡Oh Dios mío!.. ¡No pueden continuar así las cosas!... Heme aquí... Mi Dios y mi Padre..., ¡heme aquí todo vuestro para siempre! Hora, est jam de somno surgere, venit hora, et nunc est... haec est dies quam fecit Dominus, exultemus et laetemur in ea. Ego dixi: Nunc coepi; pero... haec mutatio dexterae Excelsi: Vuestra será toda la gloria, oh Señor, y vuestra también, Señora y Madre mía María, pues ¡de vos, al fin espero la perseverancia! ¡Totum Deus habere voluit per Mariam! Acordaos de ello; ¡oh María! Y alcanzadme de Dios esta gracia, que yo de mi parte me empeñaré en honraros y propagar, por todos los medios a mi alcance, este vuestro privilegio. Dignare me laudare te! Qui elucidant me vitam aeternam habebunt: así yo os alabaré por toda la eternidad en unión con vuestro Hijo. ¡Misericordias Domini in aeternum cantabo: Misericordias Dominae in aeternum cantabo!

«Desde este momento quiero reparar en algo, ¡oh Señor!, el mal que he obrado hasta aquí. ¡Oh María! Estaos a mi lado, para juntos pedir a Jesús la gracia de una sincera reparación. Por piedad, ¡rogad por mí! Estoy seguro que si rogáis a mi lado, por mí, a vuestro Hijo, Él no podrá rechazarme.

«Con esta confianza repetiré las palabras de S. Teresa: «Oh Dios mío y misericordia mía... ¿Cómo podréis mostrar mejor vuestra omnipotencia sino haciendo reparar en un momento, con el ardor de vuestra caridad, todo el tiempo desperdiciado en amar a las criaturas? Yo lo espero... aún más... tengo la seguridad de que obtendré cuanto os pido. Haced que yo repare el tiempo perdido redoblando Vos vuestros favores. Amén.»

«Una súplica más... La oración que cada día elevaba un trapista, en otro tiempo mundano como yo, pero muerto en el santuario al cabo de 35 años de religioso.

Os pido tres gracias, oh buen Padre del cielo:

1.- La suerte de reparar antes de la muerte todas las gracias que necia y desgraciadamente he desperdiciado.

2.- Que yo llegue, merced a vuestro auxilio, a aquel grado de perfección y de mérito que vos habéis bondadosamente por inexplicable infidelidad.

3.- Dignaos, Señor, perdonar los pecados ajenos cometidos por mi causa. Reparad, buen Dios, también la pérdida de gracia en aquellas mismas personas. Santísima Trinidad, os lo pido por el Sgdo. Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María.

Jesús mío, misericordia!»

 

No fueron estos los últimos Ejercicios, como san Leonardo Murialdo pensaba, sino los del año siguiente, o sea de 1899.

También entonces insiste sobre su ansia de reparación «Mi vida – dice - se halla dividida en dos períodos: el uno de fervor, y de tibieza e ingratitud el otro. Hoy día quiero comenzar el tercero: una vida de reparación y de penitencia».

Para alcanzar amor tendré como norma la piedad... Más tiempo para la visita a Jesús Sacramentado todos los días, y las jaculatorias: Jesús y María.

En la parte de la penitencia: la observancia minuciosa de la Regla, la puntualidad al horario, las reuniones con los hermanos y jóvenes, un tiempo determinado para el estudio; visita a los talleres, la dulzura, laboriosidad, alegría, cordialidad con cualquiera que trate.

Este largo y penoso proceso de su santificación estaba en sazón a los pocos meses. San Leonardo Murialdo, maduro para el cielo, volaba a gozar de su santidad, satisfechos plenamente sus anhelos y propósitos.

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