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19.- SUS DEVOCIONES PRINCIPALES

1. Cofradías piadosas

Como queda apuntado en otra parte, era Leonardo Murialdo muy ávido de toda ganancia espiritual. Aún era estudiante de Teología y ya había dado su nombre a muchas Cofradías o Congregaciones piadosas. Hubo un tiempo, en que perteneció a 23, pagando fielmente las cuotas y cumpliendo sus obligaciones. Más tarde se separó de algunas, pues, mucho era atender a todas ellas, teniendo tantos asuntos entre manos. Siguió perteneciendo, de preferencia, a las que le ofrecían mayores frutos espirituales o que sufragaban mejor por las almas del Purgatorio. Por este mismo santo anhelo buscaba con pasión las oraciones indulgenciadas. Se preocupó para que los catálogos oficiales de indulgencias fueran impresos con máxima fidelidad, purgados de falsas indulgencias, para ventaja propia suya, de sus hijos y el honor de la Santa Iglesia.dibujosmurialdo01

Por 1.886 vino a saber que los crucíferos belgas y holandeses tenían la facultad de bendecir rosarios enriqueciendo cada Pater y Ave con 500 días de indulgencias, aplicables a las benditas almas del Purgatorio: bastó ello para que, de inmediato ordenara a Maastricht algunos miles de dichos rosarios, teniendo antes buen cuidado de verificar la autenticidad de dichas indulgencias, el modo de lucrarlas debidamente y de garantizar su pedido.

Sus familiares, parientes, jóvenes y amigos gozaron ampliamente de tan singular riqueza.

2. Devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Por este mismo incendio de devoción que le devoraba, visitó algunos de los santuarios más célebres de la cristiandad tales como: Loreto, La Salette, Paray - le - Monial e Issoudun. El ardor que en su pecho nutría hacia María Santísima y el Sgdo. Corazón lo volcaba en sus jóvenes hermanos. Por muchos años abonó la suscripción de "Messager du Sacré Coeur de Jésus" de Toulouse: librito que le era muy útil para sus conferencias religiosas y para informarse de los avances gigantescos que hacía la devoción al Corazón de Jesús.

Tuvo personal correspondencia con el gran propagador del Apostolado de la Oración, Padre Ramière, y procuró que en las casas josefinas se erigiera este santo apostolado, la comunión reparadora y la Guardia de Honor.

Deseaba que los mejores jóvenes le hicieran la corte al Divino Huésped de nuestros altares. Cada primer viernes del mes invitaba fervorosamente a sus jóvenes para que asistieran a la Misa de Comunión Reparadora que él mismo, sin falta, celebraba en la Capilla de la Fundación. Acudían al principio pocos jóvenes; mas él, sin desalentarse, celebraba todas las funciones con la máxima solemnidad. No se casaba de repetir a sus Josefinos: «Propagad... propagad la devoción al Divino Corazón. Cuando confesáis, tened la buena costumbre de imponer en penitencia alguna oración al Corazón de Jesús».

Había hecho un estudio particular de las promesas del Dulcísimo Corazón, sobre opúsculos publicados por los mejores escritores ascéticos. Con frecuencia predicaba sobre las mismas y tenía particular énfasis al explicar aquella que dice: Bendeciré aquellas casas en las que se honre a mi Divino Corazón. Él era quien primero se beneficiaba de esta magnífica promesa, ya que, si bien la tormenta financiera le azotaba sin cesar, tenía por cierto que el Corazón de Jesús, algún día, le hubiera sido puerto seguro para su obra. Los eventos posteriores probaron que su esperanza no fue vana.

La primera casa josefina que abrió, fue en Rívoli, y quiso que llevara por nombre Corazón de Jesús. A pocos años de ello se abrió el Oratorio en la misma ciudad, pues bien, tanto el oratorio como su Capilla fueron bautizados con el nombre de Corazón de Jesús Y, por feliz coincidencia, o mejor, por disposición del Cielo, también la obra de Módena, la última que san Leonardo Murialdo erigiera lleva este dulcísimo nombre. Tal vez a ello se deba su felicísima prosperidad.

Igual amor guardaba para la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Era su argumento preferido de meditación y ordenó a los Directores de casas que los Domingos de Cuaresma predicaran obligatoriamente sobre la Pasión. El viernes era para L. Murialdo día de ayuno riguroso; no omitía el ejercicio de la Vía Crucis, al cual invitaba especialmente a los jóvenes del Apostolado de la Oración. Antes del Vía Crucis acostumbraba dirigirles un fervorín. Rezaba con frecuencia las Letanías de la Pasión, y solicitó que se las leyesen el propio día de su muerte.

¡Quién sabe de qué intimidades fervorosas habrá sido parte un hermoso Crucifijo que tenía en su aposento! Tenía un facsímil del Santo Clavo que se venera en Roma. De él se servía para meditar más prácticamente la Sagrada Pasión; el día de su muerte lo tenía devotamente entre sus dedos y se pinchaba con él, para recordar los dolores de su Maestro.

3. La Eucaristía

Capítulo aparte merecería su devoción a Jesús Sacramentado. Reservamos a propósito otro espacio en este libro para hablar de su tiernísimo fervor en sus frecuentes y prolongadas visitas a Jesús Sacramentado. Sin embargo ahora prefiero consignar lo siguiente:

Era Leonardo Murialdo un apóstol de la Comunión frecuente, pero preparada con todo esmero y devoción. Con intenso cariño preparaba Primeras Comuniones y especialmente en sus primeros años de Rector, quería exclusivamente para sí este privilegio.

¿Quién no recuerda de sus fervorines antes de la Sagrada Comunión de los niños? Se podría decir que eran obras maestras en el género, ¡cuánto servían para enardecer a esas almas inocentes o para apartar de la Sagrada Mesa a aquellos infelices que pretendían comulgar indignamente! Contra estos últimamente tenía apóstrofes de fuego, y con el mismo ímpetu llamaba a sus jóvenes a la Comunión Reparadora. ¡Cuán maravillosamente saturadas de devoción y ternura eran sus exhortaciones al respeto de la Eucaristía! Revelaban una fe ardiente, y calaban hasta lo más profundo en el alma de los niños. Uno de estos, ya hombre maduro, vuelto a mejor vida después de varios tropiezos morales, decía que nunca se había olvidado de la saludable impresión que le produjeron las palabras que san Leonardo Murialdo pronunciaba en la capilla. «Cuando comulgo - decía - y veo que alguien se acerca al altar con poca reverencia, me vienen a la mente las palabras que con tanta convicción repetía Leonardo Murialdo, a saber: "Jesús mismo está en este Sacramento y no otro, está vivo y verdadero; ni más ni menos que Él mismo en persona, con su Cuerpo, Sangre, etc..." Diré además - continúa - que Leonardo Murialdo se esforzaba con la voz, los ademanes y el rostro para esculpir en nuestras almas estas verdades... y entonces se aviva mi fe y poco me preocupo de la distracción y ligereza ajena».

Puso como artículo de las Constituciones que en todas nuestras Casas, aun las pequeñas, como la de Mottera, se reservara al Santísimo Sacramento, a fin que sus religiosos siempre gozasen de la Compañía de Jesús Eucaristía.dibujosmurialdo07

Era propagandista de las visitas a Jesús Sacramentado. Al efecto distribuyó ampliamente el librito relativo de San Alfonso M. de Ligorio.

Escribía así a un hermano: «¡Laus Deo! Sé que allá hay frecuencia de Comuniones. Según el P. Barry, Dios bendice a toda la familia si un miembro de ella frecuenta la Comunión; lo mismo que se retira de las familias cuyos miembros no frecuentan la Sagrada Mesa. No hay para qué repetirlo: hay relación directa entre la vida espiritual y la Comunión: frecuencia y fervor son una misma cosa».

Desde Allevard les Bains escribía, en cambio, a un hermano coadjutor de Venecia: «¿Sufres de Siroco? Pues bien, sábete que aun aquí en las alturas hace mucho calor; ¡me imagino en Venecia!.. Pero, ahora dime, ¿Hace calor también allá dentro? ¿Cómo vamos de fervor? ¿Te abrasas en el amor de Dios? Espero que sí, ya que es tan cómodo juntarse al brasero que tenéis en casa... Aún más, espero que metas el fuego en el mismo seno... en el corazón con la frecuente Comunión... si hay esto, sin duda habrá lo otro».

En la misma Venecia se había instituido una piadosa Asociación con los niños más pequeños y devotos del Oratorio: se llamaban Los amigos de Jesús. No bien tuvo noticia de ello escribió al Director de esa casa que le enviara los estatutos y, visto que el fundamento de la tal asociación era el amor al Corazón de Jesús y a la Eucaristía; tuvo palabras encomiásticas para el Director. Y le aseguró de parte de Dios las más selectas bendiciones, con tal que se cumpliera fielmente con el Reglamento. Y cada vez que iba a Venecia, quería asistir a la reunión de Los Amigos de Jesús,... con ellos hacía la visita al Santísimo y la Vía Crucis y los dejaba enardecidos en santa devoción. Los niñitos, por su parte, no cabían en sí de felicidad al saber que había llegado a Venecia, pues, bien sabían que él era el modelo de Los Amigos de Jesús y un imitador perfecto del fundador del Patronato: Don Ángel Bortoluzzi.

4. El Espíritu Santo

Es digno de nota, además, que nuestro Fundador fue muy devoto del Espíritu Santo. No sólo lo invocaba frecuentemente en su propio favor y en el de sus hermanos y jóvenes, sino que también a menudo predicaba sobre este argumento, sirviéndose de preferencia del tratado relativo de Gaume que lo anotaba cuidadosamente. Profunda angustia mostraba al ver que el pueblo cristiano tan poco honrase particularmente a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

5. Devoción a la Virgen María

Y ¿qué diremos de su devoción a María Santísima? Diremos, ante todo, que era tiernísima: era su consuelo, su gloria y su paz. Con fruición leía los tratados que de ella hablaban, principalmente los del P. Pacciucchelli, Las Glorias de María de San Alfonso y las obras de S. Bernardo. Profesó particular devoción a la VirgenConsolata, de Turín. La visitaba largamente todos los sábados y rogaba a los Josefinos de Turín que lo imitasen, en cuanto pudieren, y así mismo a los que vivían fuera de Turín. «No regreséis - les decía - sin visitar a la que da todo Consuelo». Dispuso, además que cada sábado se celebrara una Misa por la Congregación en el Santuario de la Consolata, Misa que luego pudo celebrarse solamente los primeros sábados.

A su Consolata acudía en cualquier necesidad de la Congregación o del Colegio. Por ello no sólo los sábados iba a postrarse a sus pies, sino cada vez que se le presentara la oportunidad.

También profesó tierna devoción a la Virgen de las Misericordias que tiene un altar particularmente consagrado a ella en la Iglesia Parroquial de Santa Bárbara. El Canónigo José Antoniotti consignó por escrito que el santo, después de la Santa Misa, hacía la acción de gracias en aquel altar, y que, cuando lo necesitaba, lo encontraba sin falta en su lugar preferido. Entre las oraciones que honran a María Sma. le gustaba sobremanera el Angelus Domini. En sus últimos años de vida escribió una Circular a los Directores de nuestras Casas recomendando expresamente el rezo devoto y constante de esta salutación a María.

Era un viejo anhelo suyo propagar entre los cristianos la verdad, cuyo mayor defensor es San Bernardo, a saber: Deus totum nos habere voluit per Mariam. En Septiembre de 1898, por inaugurarse en Turín el nuevo Templo del Sgdo. Corazón de María, se realizó un Congreso Mariano. San Leonardo Murialdo aprovechó esta coyuntura para lanzar a la Comisión Organizadora y Directiva la siguiente propuesta:

«El que suscribe, animado únicamente por el deseo de ver siempre más honrada a la Madre de Dios, se ofrece a auspiciar la publicación de un folleto que exponga con claridad, para inteligencia de los fieles, la verdad enunciada por San Bernardo que reza: Deus totum nos habere voIuit per Mariam».

«El autor, si a bien tuviere, puede ampliar el tema propuesto tomando materia del Cap. V de Las glorias de María, de S. Alfonso M. de Ligorio, a saber: De la necesidad que tenemos del auxilio de María Santísima para salvarnos.dibujosmurialdo12

«¿Qué himnos de acción de gracias no se entonarán a la Virgen Madre, cuando los fieles cristianos se percaten de que, cuántas gracias reciben, se las deben a su poderosa intercesión? ¿Cuál generosa confianza no se despertaría en los corazones cristianos, sabiendo que Madre tan buena es la tesorera de todas las gracias?

El folleto debe ser breve, ya que debe costar poco, pero eso sí, exacto en su razón teológica, y apoyado en la doctrina de la S. Iglesia, la cual, si bien no ha proclamado esta verdad como dogma de fe, pero la considera cierta; sin sombra de dudas, pues la cree fundada en la Doctrina de los Teólogos.

A nosotros los turineses nos toca poner de relieve esta fúlgida gloria de María, ya que la misma Iglesia nos enseña a profesar cada año esta misma verdad en el Oremus de la Consolata: Domine Jesu Christe, qui ineffabili providentia per Genitricem tuam Mariam, omnia nos habere disposuisti, concede propitius, etc.Así pues, como dije antes, el que suscribe estas líneas, pide que la Comisión Directiva de este Congreso Mariano invite a alguno de los sacerdotes aquí presentes, particularmente devoto de María a escribir el mencionado tratadillo.

Ello será con seguridad una garantía de bendiciones para el piadoso autor, ya que, como canta la Iglesia: Qui elucidant me vitam aeternam habebunt.

Teól. Murialdo,

Rector del Colegio Artigianelli».

La propuesta se puso a consideración del Congreso y fue aprobada por la subcomisión en la tercera sesión. San Leonardo Murialdo por su parte, de inmediato, puso manos a la obra. Su primera idea fue que cada Director mandara hacer en su Comunidad un estudio sobre este tema con la intención de publicar una síntesis de todos los trabajos. Escribió personalmente a un sacerdote josefino, encareciéndole con estas palabras: «Así se aumentará la devoción a la Madre de todos los Directores».

Dado que la enunciada Circular no tuvo gran éxito, Leonardo Murialdo volvió a insistir ante el ya nombrado sacerdote josefino, - quien no tenía otra ambición que complacerle -, a fin de que en la mayor brevedad posible, se pusiera al trabajo: «Qui elucidant me vitam aeternam habebunt, - le decía -, colabora también tú a extender en el mundo la devoción a tan tierna Madre».

Más tarde, hablando personalmente, le explicó sus aspiraciones: «El librito debe constar de dos partes: la una, teológica, sobre el aforismo de San Bernardo y la otra, popular y fácil, de manera que resulte más una obrita ascética que puramente doctrinal. Un opúsculo de tan exigua magnitud se pudiera distribuir al precio de pocos centavos y el pueblo cristiano podría adelantar inmensamente en el amor de María».

El santo había allegado algún material de estudio sobre el tema. Se lo entregó al mencionado josefino y a otros más de nuestra misma Congregación, a fin de que, cada uno de su propia cuenta, hiciera estudios distintos. Tuvo suerte san Leonardo Murialdo en su piadoso intento y así fue que, pocas semanas antes de su última enfermedad, los manuscritos estaban en sus manos. Tuvo tiempo de corregirlos y ordenó que se imprimiesen bajo la dirección de nuestro P. Julio Costantino, segundo superior general de los Padres Josefinos.

Su anhelo era que la devoción a María Santísima fuese la devoción distintiva de sus hijos. He aquí como escribió a un acólito próximo a recibirse de subdiácono: «¡Te felicito por cuanto has puesto tus Ejercicios Espirituales bajo la protección de la Consolata! No hay para qué dudarlo: el fruto será copioso pues totum nos habere voluit per Mariam. Pon también en sus manos el asunto de la perseverancia y de modo particular el de tu santificación. María no solamente es omnipotente, sino también misericordiosa. Te hablo de santidad porque los religiosos, y mucho más los sacerdotes, aut sancti sint, aut non sint. No olvides, sin embargo, que iugis conatus ad perfectionem, perfectio reputatur».

A un Director, en cambio, le escribe: «El sujeto que firma abajo, recomienda que ruegues por él a la Virgen de Monte Berico. Yo, por mi parte, te ruego que me hagas el mismo favor. No te olvides de nuestros niños. ¡Oh! si la Virgen no nos da su mano cuán poco se consigue».

A otro Director: «¡Muy bien, por los hijos de María! ¡Qué fecundas son las congregaciones cuando se cumplen sus estatutos!»

En otras ocasiones se dirigía a los superiores de las comunidades diciéndoles: «La única forma de sembrar bien duradero en los niños y jóvenes, es infundirles la devoción a la Virgen».

Especialmente el asunto de su santidad personal solía encomendar, sin ambages, a María: «Más que en las gárgaras - decía - más que en las inhalaciones y otras curas, confío en la Virgen de Lourdes, en cuyo honor hoy día comienzo una novena. Confío que ésta será eficacísima, si vosotros queréis uniros a mí para pedir a la «Virgo Potens» lo que más convenga a la Gloria de Dios».

Así como él confiaba en María por su salud, lo mismo deseaba que lo hicieran sus hijos:

Un hermano nuestro estaba postrado ya desde hacía 6 ó 7 meses, con cierta llaga incurable que padecía en una pierna. San Leonardo Murialdo le aconsejó hiciera una novena a Nuestra Señora de Lourdes, rezando la tercera parte del Rosario cada día, y rociando la llaga con el agua milagrosa de la Virgen. Le ofreció rezar también él mismo por esa intención. Se terminó la primera novena y no se notó ninguna mejoría, pero al comenzar la segunda, la llaga empezó a cicatrizar visiblemente. De allí a pocos días, el médico declaró franca convalecencia con estas palabras «Ya puede Ud. ir a agradecer a la Consolata». En efecto sanó por completo y una vez ordenado sacerdote, fue un magnífico obrero de la viña del Señor.

 

6. Devoción a San José

No puedo acabar el siguiente capítulo sin hablar de la devoción de san Leonardo Murialdo a San José. Basta decir que la Congregación nuestra la puso bajo su tutela y que su mayor empeño, era imitar sus virtudes principales, infundiendo igual empeño en sus hijos.

Apenas tomó a su cargo el Colegio de Turín, cuando se dio cuenta que su antecesor (Berizzi) había establecido una Congregación en honor de nuestro Santo. Leonardo Murialdo puso todo su corazón en darle vida y el máximo desarrollo. Esta devoción procuró extenderla y encenderla a lo largo de toda su vida y por todos los medios a su alcance.

Conforme crecían las necesidades, y la tempestad rugía siempre más amenazadora, San José era su tabla de salvación: se multiplicaban las novenas y súplicas en su honor, y no pocas veces, hasta con milagros, mostró el grande Santo que no se le invoca en vano.

Su confianza era filial, rayana en infantil. De San José esperaba todo y descansaba tranquilo, pues que no le dejaría faltar el necesario sustento.

Sobre el cepillo de los ahorros del Colegio, había colocado una estatua de San José. Se le preguntó el motivo, y L. Murialdo, con la mayor ingenuidad respondió: «A fin de que San José vea que no hay nada y provea».

San José parece que por su parte, nunca le quedó mal. Leonardo Murialdo pudo asegurar que no había celebrado ninguna novena sin recibir pruebas tangibles de su bondad.

Promovió también el Culto Perpetuo de San José. He aquí como escribió, al respecto a un Director de la Región Véneta: «Nosotros ya hemos comenzado a practicarlo aquí en Turín, Volvera y nuestra querida Quinta Agrícola. Ustedes pueden también empezar, federándose a las Casas del Véneto. Lo podéis hacer con la intención de aumentar las vocaciones a nuestra Congregación, cuya carestía allá lo experimentáis más que nosotros, pues continuamente se nos alargan muy buenas ofertas para abrir nuevos Patronatos, mientras tanto el personal escasea».

Finalmente consignaré que en su postrer circular, fechada en Febrero de 1.900, casi dos meses antes de su muerte, como último recuerdo a sus hijos, recomendó que el mes de San José, próximo a iniciarse, se lo celebrara con particular solemnidad en nuestra Congregación que se gloría de llamarse Josefina.

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