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14. SAN LEONARDO MURIALDO, SUPERIOR DE LA CONGREGACIÓN DE SAN JOSÉ

San Leonardo Murialdo fue, hasta su muerte, el Superior de nuestra Congregación: la gobernó con extrema dulzura, pero más que todo con la oración y el ejemplo de sus virtudes. Alma y guía de su gobierno era la mansedumbre del Corazón de Jesús, cuya devoción procuró promoverla en toda coyuntura. Con los defectos de sus hijos no se dejaba llevar por un celo indiscreto; peor aún le dominaba la pasión de la ira, ni siquiera se mostraba impaciente por extirparlos. Su secreto, antes de corregir, era consultar detenidamente el caso ante el Sagrario, luego con extrema delicadeza, procedía a la corrección, que siempre obtenía el resultado apetecido, gracias a su heroica paciencia. 

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Refiere un hermano nuestro que él tenía cierta repugnancia en recibir las amonestaciones del P. Rector. Notándolo el buen Padre, le solía pedir humildemente disculpas por la reprensión y le invitaba a decir un Ave María juntamente con él. «Al cabo - dice el referido testigo - ya no tenía ningún resentimiento y salía de donde el Padre Fundador con mi alma inundada de dulce consuelo".

San Leonardo Murialdo, con la sabiduría de los santos, esperaba la enmienda de sus hijos, más de la gracia de Dios y del tiempo, que de la fuerza de los argumentos humanos. Por eso rara vez alzaba la voz o adoptaba posturas autoritarias. Esto era fruto de un encendido amor a sus religiosos y de un sentimiento profundísimo de humildad, que le hacía creer el más indigno de los Josefinos y totalmente inepto para su cargo de Superior. Por eso su autoridad no nos pesaba pues vivía como uno de nosotros. Tenía facultad para mandar En virtud de Santa Obediencia, pero no se sirvió de ella casi nunca. La única vez que, si mal no recuerdo, usó de este expediente, fue, no para humillar a su hermano, sino más bien para salvarlo de una gran confusión. Por lo mismo no le gustaba imponer penitencias ni en privado, tanto menos en público. Tenía una atención exquisita para no herir el amor propio de sus hijos y hermanos, por eso rarísima vez reprendía en público. Jamás se le oyó herirles con sátiras o ironías. Notable cosa es, por supuesto, que nunca religioso alguno se haya quejado contra el gobierno del Santo.

Cuando se le presentaba el doloroso caso de amputar algún miembro infecto de la Congregación, deliberaba, tomaba tiempo para considerar una y otra vez el caso, y sólo se inducía a ello tras faltas gravísimas, y cuando se desvanecía toda esperanza de enmienda.

Como se anotó arriba, San Leonardo Murialdo se reputaba inepto para el cargo de Superior, si bien tal cosa pensaba para sus adentros, más bien que propalarla con los labios, por esto leía muchos libros espirituales para formarse cada día un mejor criterio sobre las obligaciones de la Vida Religiosa. Leía con fruición algunas vidas de Padres Jesuitas del tiempo de la supresión de la Compañía, tales como del P. Sellier, del P. Verin, anotándolas al margen. Sus normas o enseñanzas las tenía a flor de labios para inculcarlos a sus hermanos pero especialmente para su propio provecho espiritual. Entre sus maestros predilectos se contaban el P. Icard, Superior de S. Sulpicio, y otros eminentes sacerdotes del mismo Seminario. Este acopio de sabiduría eclesiástica lo meditaba en su cámara o ante el Smo. Sacramento; resultando así él mismo un maestro consumado de Religiosos, a quienes instruía con frecuentes y muy bien estudiadas conferencias, de preferencia los días viernes por la tarde, teniendo siempre ante sus ojos los apuntes que había tomado previamente.

Si no intervenían causas en verdad imposibles de superar, no omitía la conferencia espiritual. Duraba media hora y más, y se caracterizaba por el orden, unción y solidez de la doctrina. El argumento lo tomaba de los varios tiempos de la Liturgia Católica o de una festividad de nuestro Patrono o alguna circunstancia inesperada; pero generalmente tomaba su punto de partida de los libros ascéticos que los meditaba con atención. Era su costumbre, por modestia y seguridad, exponer más bien las doctrinas de los libros y llevarlos a la conferencia para que los Padres viesen cuáles eran las fuentes de sus lecciones espirituales. Los principales tratados que usaban eran: Le Jeune, Scúpoli, alguna obra de S. Francisco de Sales o de Santa Juana de Chantal.

En los últimos años de su vida su argumento preferido era El Amor de Dios. Tal vez presintiendo su próxima partida de este mundo, quería dejarnos inflamados en este santo amor. Cuando visitaba las casas de la Congregación, siempre reunía a la Comunidad para tenerles una breve pero inflamada exhortación espiritual.

Demostró especialísimo interés por la formación de los novicios. Las virtudes que deseaba más arraigadas en ellos eran: la humildad, la oración y la mortificación. Robando tiempo a sus urgentísimas ocupaciones, en períodos regulares, visitaba el Noviciado. Huelga comentar el provecho que ganaba la casa con semejantes visitas.

De novicios y profesos exigía, además, una obediencia humilde y pronta. Le irritaban sobremanera los espíritus altaneros.

Los Ejercicios Espirituales

Durante los Ejercicios Espirituales, su solicitud por el bien espiritual de sus hijos se agigantaba. En los primeros tiempos de la Congregación, se acostumbraban ejercicios de poca duración, en dos épocas del año. Tal vez el fruto era más controlado, pero pronto se adoptó la costumbre universal de hacerlos una vez en el año por el lapso de diez días.

Cuando el número de religiosos había crecido considerablemente, y estando los mismos repartidos en muchas Comunidades, se optó por tener tres tandas de Ejercicios. El P. Fundador dirigía una o dos de ellas, y asistía a la tercera especialmente en los últimos días.

Durante los Ejercicios Espirituales, se entregaba de lleno y exclusivamente a sus hijos. Los primeros Ejercicios de la Congregación fueron predicados por el P. Fundador en persona. Tenía, para el efecto, un arsenal de meditaciones cuidadosamente preparado y meditado ante el Santísimo Sacramento. Cuando los empezaron a predicar sacerdotes de otras Congregaciones, él tomaba para sí la Conferencia, o Instrucción Peculiar a tenor de nuestro espíritu Josefino, la misma que se tenía a media tarde. Allí, con amor y cariño paternales, examinaba los defectos observados en las Comunidades o prendía el sagrado fuego de la devoción en sus oyentes. Un tema que nunca dejaba de tratar era el de La Tibieza, tomando como punto de partida el consabido texto del Apocalipsis:Utinam frigidus esses! Otro asunto de su preferencia era la observancia de los votos religiosos: ¡Qué unción no revelaban sus palabras! ¡Cuán profundamente calaban en el ánimo de los oyentes! Naturalmente el resultado eran propósitos eficaces y duraderos, pero nadie podía quedarse indiferente ante tanto ardor. No es exagerado decir que la semilla más fecunda de todos los Ejercicios consistía en sus «Conferencias». Hablaba en un estilo ajeno de vanas galas literarias, pero su corazón y sus labios despedían fuego de devoción, tanto más que sus enseñanzas tenían la contraseña del ejemplo esplendoroso de su vida.

Con esa ocasión solía también llamar a su aposento a todos los hermanos para conferenciar particularmente con cada uno de ellos. Escuchaba con paciencia sus dificultades y las procuraba resolver a satisfacción; les instruía sobre el justo concepto de la vida religiosa y especialmente sobre la responsabilidad y alcance de los santos votos. Su cortesía y amabilidad durante dichos coloquios eran tales, que algunos religiosos tornaban una o más veces para gustar de su conversación. Estaban seguros de que a cualquier hora, siempre que a bien tuvieren, el P. Fundador les acogería con todo el calor de su corazón.

No mostraba fastidio jamás, al contrario daba ánimo para hablar libremente, con su alegría y serenidad imperturbables; alentaba a los lánguidos, frenaba a los impetuosos, impartía normas inolvidables para el trabajo entre niños; en una palabra, remodelando a las personas, renovaba a la Congregación toda.

El día de clausura de los Ejercicios acostumbraba pronunciar un fervorín previo al pronunciamiento de la profesión religiosa. Así, todos se consagraban a Dios «Corde magno et ánimo volenti». Después de la función el Buen Padre radiante de felicidad, abrazaba cariñosamente a cuantos se habían entregado al Señor con la profesión de los Santos Votos.

A los hermanos que trabajaban en Comunidades distantes de Turín, los asistía con sus caritativas y frecuentes cartas. Sin adoptar poses de padre espiritual, en cada una de sus cartas dejaba caer una máxima o exhortación espiritual, que iba derecho a un determinado defecto o prendía fuego en un alma tibia.

Me place traer aquí algunos ejemplos de sus cartas. Al P. José Marengo, que trabajaba en Venecia le escribía así en 1890: -«Sé fiel a la meditación ya la visita al Smo. Sacramento. Sé ecuánime con todos y guíate siempre con la máxima que a Don Bosco le llevó a la Santidad: Quod aeternum non est, nihil est. A propósito, he encontrado una glosa acerca de esta máxima, la misma que te escribo, pues estoy seguro te servirá para la meditación de uno o más días. Hela aquí: Honores fugiunt, manet aeternitas; aurum te deserit, manet aeternitas; caro dilabitur, manet aeternitas. Et pro tam brevibus, aeterna aeternitas!»

Y, ¡ Qué solicitud la de San Leonardo Murialdo para los Josefinos que debían enrolarse en el servicio militar! Los ponía sobre aviso acerca de los peligros del cuartel... Una vez lejos de su lado, les buscaba amigos, especialmente entre los Sacerdotes de las comarcas en donde estaban emplazados los cuarteles. A dichos sacerdotes les rogaba encarecidamente cuidaran de sus hijos, a fin de que frecuentaran los Sacramentos y no perdieran el espíritu religioso.

A los Directores de las Comunidades impartía sapientísimamente instrucciones para la buena marcha espiritual de la casa, pues eso era lo que más le importaba. Tales directivas, sin pensarlo, resultaban el espejo de su propia vida, pues nada inculcaba sin antes haberlo puesto por obra.

Lo que más le agradaba en un Director era la humildad.

«Veo, - decía al Director de Venecia - que tú desconfías de ti mismo, de tus prendas y tu prudencia; así las cosas, sin duda, marcharán mejor a condición de que:

1- sigas desconfiado de ti mismo; 2- pongas toda tu confianza en Dios, cuyo auxilio impetrarás rezando cada día el Veni Creator. ¿No oyes por ventura a San Pablo exclamar primero Nihil sum, y luego Omnia possum in eo qui me confortat?»

Al Director de Vicenza le decía: «Me ha encantado tu candor en admitir llanamente que la frecuencia de los jóvenes al patronato ha rebajado por el frío y la nieve de la estación. Comúnmente se suelen ponderar las propias cosas o por lo menos callar los tropiezos. Viva San Francisco de Sales y su sencillez y candor!»

Mas, como en la carta no había solamente noticias tristes, añadía:

«Muy bien, di siempre: ¡Bendito sea Dios! Cuando salimos adelante, en nuestras obras, digamos precisamente, como es de justicia, Bendito sea Dios - Atribuir el éxito de nuestras habilidades es sembrar aridez en nuestras obras. »

A otro Director, en igual forma, le recomienda la práctica de la humildad con estas palabras: «Si tienes a la mano el libro de oro titulado - La Humildad del Corazón- del P. Da Bergamo, léelo con frecuencia, lentamente; pide la humildad en las comuniones; reza el Breviario según esta intención de vez en cuando».

Otra dote que anhelaba ver en un Director era el buen ejemplo. Decía a uno de ellos: «Hazte valer con la palabra y el ejemplo. Con tu vida mantén viva la piedad, la caridad y cordialidad entre los hermanos. No te extrañes que debas ejercitar mucho la paciencia con los niños; sé humilde, vive contento, no te quejes con tus hermanos, ni por todo cuanto Dios tenga a bien mandarte. He leído en un libro: «Si no tomas con gusto las viandas que Dios te prepara, quién podrá complacer un gusto tan estragado? ¿Sabéis acaso vos más que Dios? Lo que Dios os manda, ¿no os parece que será lo mejor para vos? ¿Cómo sería posible que su sabiduría y bondad yerren?»

La siguiente máxima, digna de los más grandes Santos, se le cayó de la pluma en una carta: «El Director debe dirigir la casa especialmente por medio de la oración».

De la misma manera a todos los Josefinos decía: «Marchad a la luz de los principios de la Fe. »

«La voluntad de Dios se manifiesta: 1- por la voluntad de los Superiores; 2- por las circunstancias de la vida. Tú no puedes quejarte: conoces la voluntad de tus Superiores y vives los afanes de cada día. Mantente tranquilo, pero humilde».

Las virtudes de una Comunidad, según San Leonardo Murialdo, debían ser: La Puntualidad y el Recogimiento. Observó en cierta casa una exagerada condescendencia en lo que a diversiones de los jóvenes respetaba. He aquí su sentir:

«¡Figúrese uno: Catorce funciones de teatro en tan corto lapso: No puede ser ello sino un carnaval! Y ello después de lo resuelto en Turín acerca de la moderación. Lo secundario no debe suplantar a lo principal. ¿Me querréis luego persuadir que mejora el aspecto moral e instructivo de jóvenes y hermanos? ¡Es menester una fe heroica para creerlo! ¡Yo no creo tener tanta fe!»

En otro director, en cambio, observó que se dejaba arrasar por el celo algo indiscreto en los asuntos materiales. Nuestro buen Padre le viene a su encuentro con esta carta:

«La que me escribes sobre la marcha general de tu Comunidad está bien. Mas, ten presente: Age quod agis. Primero tu Comunidad y luego todo lo demás. No aceptes invitaciones sino por vía de excepción, o cuando te lo obligue una necesidad moral, o cuando por la negativa pudieran producirse puntillos, aún en los casos que te anoto procura imformármelo oportunamente a Turín, pues todo el mundo debe percatarse que tú no tienes facultad para prestar servicios fuera de casa, salvo que el asunto no sea urgente y de breve duración».

Deseaba que se le diera minuciosa cuenta de las Comunidades.

«¡Bien! - decía a un Director.- Así me gusta. Noticias abundantes y minuciosas especialmente en cuanto a los hermanos. Les comunicaré en breve, que tengo de ti la información que quiero... pues soy padre y quiero velar por mis hijos». slmgrupo

Esta misma caridad quería ver en los demás Superiores. Escribía a uno lo siguiente: «En cuanto a la voz de mando, al tono, sé más melifluo que San Bernardo, más dulce que San Francisco de Sales».

Recomendaba bondad también con los menos observantes: «Ten paciencia, - decía a un Superior - que es la virtud de todo buen cristiano, y con mayor razón de un religioso. Es mejor, y aún conviene,

que Ud. vaya a «A», a pesar de los inconvenientes y dificultades de que me hablas. Hay que amoldarse a las necesidades y circunstancias peculiares de cada uno, en cuanto sea posible. ¿No te parece que, en vez de proceder a la expulsión de «A», se lo ponga en «B» y así se solucione este asunto?»

Mas, desgraciadamente, hay casos en que es fuerza despedir a algún religioso, y en tales casos solía decir: «Habrá que proveerlo de vestido y aun de algunas monedas... Sin encomiar su proceder, como el de un inocente, podemos paliarlo todo con la caridad y no lanzarlo a la desesperación. »

Un Superior le pedía consejo sobre cómo tener la conferencia semanal a la Comunidad. He aquí su respuesta: «Para dichas conferencias no temas usar libros y comentarlos. Es un método fácil para quien habla y agradable para quienes escuchan. Antes de presentarte a tus hermanos, ten buen cuidado de ir a la Iglesia a pedir gracia a Jesús Sacramentado y a María Santísima quienes Linguas infantium facit disertas. Ellos únicamente pueden concederte la gracia de rendir los corazones. »

Finalmente citaré la siguiente admonición que le envió a un Superior: «Procura que los hermanos sean en verdad buenos, que obren con espíritu religioso y no para lograr la estimación de los hombres. ¡Ay de ti! y ¡Ay de ellos!, si hacen las cosas ad oculos servientes. Que tu oración sea continua pero especialmente fervorosa, pues sólo Dios dat spiritum bonum. Tú, en el rezo del Breviario, pon la intención de salvar tantas almas como palabras pronuncias. »

No escribía circulares a toda la Congregación, sino rara vez, y por motivos de mucho peso; pero las cosas que escribió, y que nosotros las conservamos con veneración, son un verdadero tesoro hoy, como lo fueron para los Josefinos de su tiempo.

Encontrándose cierta vez en Lourdes en la fiesta del Sagrado Corazón de María escribió una de ellas a su Comunidad de Turín. Tomó como punto de partida una inscripción que leyera casualmente, la misma que decía: Non fecit taliter omni nationi. Su fin fue tejer un himno de alabanzas a Dios y a María Santísima por los innumerables beneficios que todo el mundo recibe de sus manos virginales y nuestra Congregación en particular.

Luego, hablando de la magnífica Iglesia que en su ciudad natal habían erigido a San Vicente de Paúl, escribía: ¡Oh! ¡Cuán conmovedor es encontrarse en la propia casa de este enorme santo, y arrodillarse a los pies de la Virgen Santísima, y bajo la misma encina donde solía arrodillarse también este santo de la Caridad! - Mucho aprendí de la visita a este orfanato modelo. Pero me equivoco al decir orfanato, pues aquí, en numerosos pabellones tienen su sede todas las obras de caridad que propugnara el Santo Paúl. El docto y santo Superior de la obra, R. P. Lacourt, me embelesó con su conversación durante medio día. No puedo eximirme de escribiros, para común edificación, algo de lo que él me contó, reservándome el derecho y la satisfacción de comentar esto mismo en público cuando ya esté yo entre vosotros: «Vuelto del África, la obediencia me mandó acá, para dirigir esta obra, mi Superior el P. Etienne me dio estas normas de gobierno: Haceos el muerto, no busquéis el vano rumor estima de este mundo; no os desesperéis por trabajar, y acabar pronto lo que tengáis entre manos.

Cuando el P, Etienne estaba agonizante, fuimos a verlo a París, y allí me dejó este testamento espiritual: Os recomendé haceros el muerto, y bien lo habéis hecho, he aquí que Dios ha demostrado en la casa de San Vicente que puede hacer milagros sin nuestra intervención. Seguid haciéndoos el muerto. Esta es la explicación de las maravillas que aquí se observan.

Por Agosto de 1885 los médicos prescribieron a Murialdo tomar los baños de Allevard en Saboya, para que se restableciera plenamente de su primera enfermedad. Una vez allá, se le vino a las manos, casualmente, un tomito titulado: Le père Lacordaire, sa vie intime et religieux. Lo leyó una y otra vez, lo anotó, lo meditó y al cabo decidió escribir una circular: A todos mis dilectísimos hijos y hermanos de la Congregación de San José. Esta circular, es un himno a la vida religiosa, como encarnada en el célebre orador. Dice así:

«Al leer repetidas veces el librito, me decía para mis adentros ¿y por qué no podemos hacer lo mismo nosotros? ¿Qué nos impide imitar al P. Lacordaire, rígido consigo mismo, pero discreto y moderado con los otros? Urgía eficazmente la observancia de la Regla, pero su dulzura y mansedumbre en tratar a sus dependientes, que los consideraba como hijos, era tal, que su biógrafo puso en la portada de este libro el siguiente epígrafe, usado múltiples veces por el mismo Lacordaire: 'fuerte como diamante, pero tierno como una madre, fort comme le diamant, plus tendre qu'uae mère. Hoy día pudiéramos los Josefinos, de una vez por todas, resolvernos a imitar a los buenos Hermanos y Padres Dominicos. ¿De qué manera? Formulando un propósito eficaz de observar mejor nuestra Regla y de estrechar más íntimamente los lazos de la caridad que nos unen, no sólo entre los miembros de una misma casa, sino entre todos los hermanos de la Congregación. Pluguiera a Dios que los Superiores tomaran para sí esta norma de gobierno: Duro como un diamante, suave como una madre. Mas también los súbditos tuvieran que darse generosamente a la obediencia, haciendo cuenta que obedecen a Dios, a través de los Superiores; prestándoles por lo mismo una sumisión franca, sincera y alegre. ¿No os parece, amadísimos hermanos míos, que entonces nuestras casas fueran la morada de la paz, el asiento de la tranquilidad, la expresión de la alegría, un paraíso, en suma? ¡Oh entonces sí! ¡Qué fruto cosecharíamos en la educación de la juventud! ¡Mas ahora se pierde en gran parte ese fruto, porque no hay suficientes apóstoles que les tiendan la mano! ¡Qué gloria no se daría a Dios y qué premio se nos reservaría allá arriba! Creo yo que con sólo quererlo, podríamos transformar en celestial ambrosía la vida religiosa. Creo yo que así ganaremos tanto para el cielo que se habría cumplido exactamente la promesa divina: Qui fecerit et docuerit, hic magnus vocabitur in regno coelorum.

Ánimo, pues, amadísimos hijos. Sin emprender en nada extraordinario, empecemos a hacer con mayor perfección lo que ya hacemos. Si alguien tiene dificultades, que me las manifieste sin ambages, por escrito o verbalmente, no importa. El que esto os escribe no tiene sino una ambición: mostrarse realmente padre, o mejor, usando la hermosa frase de Lacordaire, tener y manifestar un corazón tierno de madre.

Que Dios Nuestro Señor se digne bendecirnos.

Creemos que nuestra humilde Familia Religiosa se haya fundado por su divina inspiración.

Nada hemos hecho sino corroborados por el parecer de hombres doctos y santos, y ahora los Superiores competentes nos han dado su aprobación.

Que nuestro amadísimo San José nos bendiga, pues en él tenemos cifradas nuestras esperanzas, después de Jesús y María.

En Septiembre del 1889 un considerable grupo de Josefinos se hallaban reunidos en la Quinta de Rívoli para los Ejercicios Espirituales. San Leonardo Murialdo, no pudiendo hablarles personalmente, les dirigió la siguiente carta, para avivar su fervor y renovar el buen espíritu de la Congregación.

«Bien conocéis, hermanos muy amados en Cristo, cuáles son las promesas del Sagrado Corazón a sus devotos; quiero decir las once promesas que suelen encontrarse impresas en sus cuadros. Por ahora me limitaré a comentaros solamente las que se refieren a Comunidades Religiosas que procuran honrarle.

Escribe Santa Margarita a la Superiora, Madre Saumaise, que cuantos se consagran al Divino Corazón, no perecerán jamás y que Él mismo derramará la suave unción de su caridad en las Comunidades religiosas que honran su Sagrada Imagen.

La misma promesa se lee también en una carta a la Rda. Madre Grey, pero allí se añade además, que se alejarían de dichas Comunidades los castigos de la Justicia Divina.

En una carta a su Director Espiritual escribe la Santa: Sobre todo (notadlo bien) sobre todo procurad que esta devoción la abracen los religiosos; pues está descontado que con sólo ello se restablecerá el fervor primero aún en 1as comunidades menos observantes: y los religiosos ya piadosos, llegarán al ápice de la perfección.

Al célebre P. Crosiet, que escribió un tratado sobre la Devoción al Sgdo. Corazón, le decía la Santa: «Jesucristo me ha prometido que 1as llamas de su Caridad abrasarán a las Comunidades que le honraren y se pusieren bajo su protección: que fundirá todos esos corazones con el suyo propio, que se alejarán los castigos de Dios y que se recuperará la gracia divina si por desgracia se la hubiera perdido».

No cito más. Entiendo que ni son necesarias estas promesas para comprender que la devoción al Sagrado Corazón santifica igualmente a individuos y Comunidades.

¿Qué es pues, en fin de cuentas, esta devoción al Sagrado Corazón? ¿En qué consiste? No es otra cosa que un amor ardiente a Jesús Sacramentado con una doble característica: Reparación y Gratitud. Reparación por las ofensas nuestras y ajenas, y gratitud por el inefable don de la Eucaristía. Decidme ahora, ¿puede existir una devoción más santa, más deseable o más útil para el cristiano? No nos olvidemos que esta devoción es propia de nosotros los religiosos. Recordad las palabras ya muy bien conocidas: He aquí el Corazón que ha amado tanto, a los hombres... pero que en cambio no ha recibido de la mayor parte de ellos sino ingratitud, sacrilegios, frialdad, (notadlo bien - frialdad) y desprecio en la Eucaristía. Pero, lo que más me duele es que así me traten corazones consagrados a mí».

Y, ¿cuáles son estos últimos sino nosotros? Con sacrilegios quizás no, (así lo esperamos) pero sí con nuestra frialdad, olvido e ingratitud hemos contristado a su Dulcísimo Corazón.

Por lo tanto, hagamos nuestra esta devoción; amemos a Jesús Sacramentado, seámosle gratos y volvamos por su honor. Pidamos a El Mismo este amor ferviente a la Eucaristía. Sirvámonos de los medios eficaces para que nazca, crezca y se agigante este amor en nuestro corazón, como: Visitas particulares al altar, las Comuniones fervorosas y la lectura asidua de algún tratado relativo.

Y, ¿No tenemos alguna muestra especial de amor que darle? ¿Cómo demostraremos nuestro sincero anhelo de ser devotos de este Sagrado Corazón? He aquí, algunas ideas de que podéis echar mano, conforme a vuestro fervor. turinlagranmadre

He sabido que en la Quinta de Rívoli se ha constituido el Apostolado de la Oración y en Volvera la Guardia de Honor. Ambas Cofradías son formas de devoción al Sagrado Corazón. El Apostolado de la Oración se llama también Liga del Sagrado Corazón; porque el socio se compromete a llevar una vida de incesante oración: a saber, una oración unida a la de Cristo y por las intenciones de Cristo.

La Hora Santa de la Guardia de Honor no es menos meritoria, ni impone sacrificios o incomodidad alguna exorbitantes. Ambas devociones tienen de Reglamento la Comunión Reparadora del Primer viernes, a la que están reservadas innumerables promesas. Ahora bien, cada miembro del Apostolado o de la Guardia de Honor, procure crecer cada día en perfección. Quién no se haya inscrito todavía, ¡Ea! que se resuelva a hacerlo en cualquiera de las dos Asociaciones y prometa guardar fielmente sus estatutos; si bien no pena bajo de pecado. Así, el fruto de estos Santos Ejercicios lo habremos asegurado y habremos contribuido también a renovar el fervor en nuestra Congregación, Pensad en lo que la Santa de Paray escribía a su Director: ¡Oh! ¡Cuán dulce debe ser la muerte de quien habrá procurado servir fielmente a Aquel que nos ha de juzgar! Que el Divino Corazón bendiga a todos vosotros fecundando con su divina Gracia estos Santos Ejercicios»

En marzo de 1898 el teólogo Murialdo escribió otra Circular para pedir oraciones por las vocaciones Josefinas y en la Pascua de ese Último año, con el corazón rebosante de felicidad eso escribió de nuevo a todos; sus hermanos e hijos para comunicarles que "un enjambre de selectos" jóvenes, habían dado nombre a nuestra modesta Congregación de San José.

Dos meses antes de su muerte escribió la última Circular. Data del 2 de Febrero de 1900. El fin era precaver a nuestras Comunidades de las numerosas funciones teatrales, que a veces degeneran en disipación.

«El tiempo de carnaval – escribía - las funciones de teatro y sus relativos preparativos, suelen ser causas de graves pérdidas espirituales, si no hay un control estricto, Esta vez, dejando aparte los peculiares tropiezos que pueden encontrar los que ex profeso ensayan para las representaciones, o preparan cantos, músicas etc. ; me limitaré a señalar los peligros comunes a todos.

1° Ante todo os hablaré de la disipación. El Padre Faber dice que la mano derecha del diablo es la disipación, ya que ofusca aquella máxima salvadora: Memorare..., et non peccabis in aeternum. Ahora bien, ¿Quién no sabe que el tiempo de carnaval todo lo alborota y no deja pizca de tiempo para recogerse, cual conviene, en preparación a la Cuaresma?

2° Esta turbación o irreflexión, para decir lo menos, acarrea el abandono, o por lo menos la apatía en los ejercicios de piedad, ya que, por un lado, el tiempo para la oración escasea, y el espíritu queda cansado para la oración. Pero es así que la piedad es la vida del espíritu; faltando la piedad, el alma languidece.

3° El malestar espiritual que produce la disipación da, por lógico corolario, la abstención de la Sagrada Comunión. Repito, pues, amadísimos hermanos, lo que en otras ocasiones os tengo dicho: Por nuestra condición de educadores, debemos entretener a nuestros niños, pero no con menoscabo de nuestros intereses espirituales. Cuando el trabajo externo apremia, más bien debe Dios pertrecharnos, si fuera posible, mayormente de piedad.

Ea, pues, hermanos míos, carísimos, reflexionemos seriamente sobre este punto basilar y vosotros, Superiores, haceos cargo de que tenéis doble responsabilidad: la salvación vuestra y la de vuestros súbditos.» 

Con ocasión del Año Santo, algunos hermanos habían expresado el deseo de visitar Roma. He aquí el sentir de Murialdo al respecto:

«Aunque el deseo es laudable, pues el mismo Santo Padre lo estimula, sin embargo, las razones que aducís no me parecen convincentes como para complaceros en este punto. No me pidáis las razones por las cuales tomo esta medida, pues vendría a desvanecer la excelencia de vuestro sacrificio. Obedeced alegremente, que ésta es una de las condiciones de nuestra felicidad. Os digo solamente que muchas Congregaciones, que se encuentran en nuestras mismas circunstancias, han adoptado esta misma medida mía. Con todo, si alguien cree tener razones de mucho peso, puede exponerlas, y no será imposible que haya algunas, aunque raras, excepciones. »

Por fin, estando para entrar en el mes de San José, es decir, el 17 de Marzo de 1.900, San Leonardo Murialdo se dirige a toda la Congregación para que se lo celebre con mucho fervor: «¿Quién no se percata de que nosotros los Josefinos debiéramos ser más fervorosos en honrar a nuestro Santo, en este mes que vamos a comenzar, que cualquiera otra Congregación que no ostenta el glorioso nombre de Josefina?» Así comienza la Circular.

A continuación insinúa a los Directores a formular algún programa especial en honor de San José, y tiene buen cuidado de proponer como práctica común en todas nuestras casas, una frecuencia más devota y más nutrida al Banquete Eucarístico, «Pues esto -dice- es lo que más agrada a Jesús y, consecuentemente, a San José».

«Como recompensa de este nuestro ferviente anhelo de honrar a nuestro Santo - decía por fin -, hemos de implorarle bendiciones copiosas sobre nuestra Pía Sociedad, y de modo particular sobre el Noviciado, que es en donde tenemos puestas nuestras esperanzas. »

Al recibir esta Circular, ni por pienso, nos imaginábamos que hubiera sido la última. El único consuelo que nos queda es, comprobar que su última preocupación ha sido inculcarnos la devoción a nuestro querido Santo.

Si San Leonardo Murialdo era consumado maestro de religiosos por su palabra y sus escritos, mayormente lo era por el ejemplo. Su vida era elocuente sermón: para los fervorosos, acicate, y para los tibios, reproche. Su porte exterior no lo pomponeaba para granjearse la estimación del mundo, ni tampoco adoptaba afección de conventual, pero en cambio, su porte era la expresión más cabal de religioso.

Los votos religiosos los observaba celosísimamente. La fragancia de su castidad era como una aureola que le embellecía sobremanera. No podía soportar cosa que fuese menos pura y casta, no toleraba que en su presencia se pronuncien palabras vulgares, o que bromeando se nombrasen los animales inmundos. Cuando debía, por su carácter de Superior, aludir a alguna falta grave de esta naturaleza, lo hacía con cierta cautela y diríamos timidez, característica de los santos y bajando bastante el tono de la voz.

Con las mujeres su reserva rayaba en escrúpulo. No simpatizaba con el uso de que las señoras besaran las manos de los Sacerdotes y él, siempre que podía, lo evitaba. Teniendo que tratar con mujeres en el locutorio, mantenía la puerta abierta o entreabierta.

No menos edificante era su observancia de la pobreza, por su cargo y otros varios motivos, tenía que administrar dinero, pero en todas sus gestiones no perdía de vista su carácter de religioso. Como administrador recibía y disponía, dando luego cuenta hasta de los centavos; como religioso no gastaba de por sí ni un centavo. Los presentes que muchas veces recibía, los pasaba inmediatamente al ecónomo. Así pues, aunque San Leonardo Murialdo era Superior de la Congregación, y por ende, hubiera podido administrar bajo su propia responsabilidad el dinero, prefirió que otros lo hicieran en su lugar. Por consecuencia, al religioso encargado se dirigía para cualquier necesidad personal, como el más pobre de la comunidad.

Su aposento era espejo de pobreza. Si bien hubiera sido justificable un adecentamiento relativo al cargo de Rector del Colegio y Presidente de la obra, jamás se lo permitió. No se veían allí objetos de lujo ni delicadezas de ninguna clase; al contrario, prefirió desprenderse hasta de unos recuerdos personales de cierto valor, para no dar, como decía, escándalo a sus hermanos.

La obediencia practicaba principalmente con su confesor, de quien dependía en lo más mínimo. Prestaba dependencia a los hermanos que él mismo había puesto al frente de alguna sección y lo hacía con mucha naturalidad. Las Reglas de la Congregación las tenía siempre presentes no solamente en su corazón sino aún materialmente, pues procuróse una edición portátil, que llevaba siempre consigo. Los puntos que, a su parecer, eran más importantes los anotaba al margen con una o varias líneas verticales. Solamente para él no había dispensas: procuraba no salir nunca de casa, y cuando lo hacía, visitaba al Santísimo Sacramento, al salir y al volver a ella. Siempre estaba presente con la Comunidad en todos los rezos y más ejercicios de piedad, pues, cuanto hacía por su propia cuenta no le parecía bastante. Los tiempos de recreo los pasaba con sus hermanos y el silencio, a su debido tiempo, lo observaba rigurosamente. En suma diré que era un espejo de observancia de nuestras Constituciones y Reglas. No era posible tacharlo de falta alguna voluntaria.

Cuando llegaba de visita a alguna de las Comunidades, su observancia era la admiración de todos, pues parecía la personificación misma de la Regla. Sin embargo, esta perfección nada tenía de rústico ni de petulante; todo era suavidad y llaneza, de manera que, quien lo deseaba, podía imitarle con facilidad.

Otro aspecto interesante en su vida es el siguiente: antes de ordenar algo a sus hermanos, consultaba siempre con Dios. Por una repugnancia natural a aparecer como Superior, y más aún como Fundador, no hablaba de la Congregación, o de sus miembros, ni con los extraños a la misma y ni siquiera con los de Casa.

A veces parecía que el asunto de la Fundación fuese tan baladí como uno de los más ordinarios que trataba todos los días, y si alguna vez, al fin, hablaba de ella, lo hacía con cierto recelo y como cosa insignificante, prefiriendo, en cambio, ponderar los méritos de otros Institutos Religiosos.

Por este mismo espíritu de modestia no se preocupaba por la expansión de nuestra Congregación. Cada vez que se ofrecía abrir una nueva casa, se resistía cuanto podía, conformándose con ello, al fin, por la fuerza de las circunstancias, o mejor dicho, por cumplir con la voluntad de Dios claramente manifestada.

Al presentarse una propuesta de una nueva fundación, la recibía con una son risa de modestia, pensando que era cosa superior a nuestras fuerzas y así, la primera respuesta era infaliblemente una negativa. Hay algo más. Nuestro Santo Fundador ni siquiera se preocupaba por incrementar las vocaciones a su Instituto; y así cuando se presentaba alguna, la aceptaba con extremada ponderación. Sólo en sus últimos años exhortó a algunas Comunidades en favor de alguna propaganda pro Vocaciones Josefinas.

Todo ello, humanamente hablando, hubiera acarreado un languidecimiento y hasta la muerte de la Congregación, en su misma cuna; más si nuestra amadísima Congregación se propagó en varias regiones, tuvo la aprobación de la S. Sede, sobrevivió al Fundador y va cosechando hasta el día de hoy algún fruto en las almas, se debe sin duda a las oraciones prolongadas de San Leonardo Murialdo, que, trabajando arduamente de día, pasaba gran parte de la noche ante Jesús Sacramentado. Hablaba de la Congregación más con Dios que con los hombres. Allí sí trataba profundamente de sus intereses y futuro destino. Allí echó los cimientos que le hacen sobrevivir en muchas naciones de la tierra.

Para mí no hay duda que la Congregación Josefina se modeló a los pies del Altar; allí se resolvieron las innumerables dificultades provenientes de los hombres; allí se trazaron los planes para su vitalidad y propagación; allí, a ocultas de nuestras miradas, tomó esta forma definitiva de Congregación Religiosa.

Es hora, pues, de reconocer que, cuanto de bien hay entre nosotros. Todo se lo debemos a aquel Santo, que, con su acertada dirección, con su vida ejemplarísima, pero especialmente con su fervorosa oración, creó esta Familia Religiosa, colocándola entre los ejércitos de la Iglesia Católica.

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