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11. PRIMERAS FUNDACIONES: EL INSTITUTO SAN JOSÉ DE VOLVERA Y EL HOGAR

1. VOLVERA, UNA CASA PARA ESTUDIANTES

La sección de alumnos «Juniores» del Colegio de Turín se había incrementado tanto que ya no podía vivir holgadamente junto con la sección «Mayores». Era pues urgente separarlas buscando para los primeros un local diferente en las afueras de Turín. El aire saludable del campo y un prudente apartamiento del bullicio de la ciudad harían que los jóvenes asimilasen magníficamente la educación que se les quería impartir. Sin duda tal providencia formaría excelentes trabajadores para la sociedad.

Estando en estas diligencias, he aquí que acaecieron simultáneamente dos inesperados acontecimientos: primero fue la muerte del Profesor Teólogo Francisco Barone, quien en su lecho de muerte puso en manos de nuestro Fundador la suma de 20.000 liras facultándole disponer a su talante para cualquier obra de beneficencia; el segundo que, por esos mismos días, en las inmediaciones de Volvera, se ofrecía una casa precisamente por la suma de 20.000 liras. Tal coincidencia pareció la señal evidente de la voluntad del cielo. chiesa del carmine

Se cerró el trato y el generoso legado cubrió totalmente la compra. Se acondicionó debidamente la casa y la sección de juniores, en número de 37, lo ocupó el 21 de mayo de 1881.

Con esta ocasión el Teólogo Murialdo dio muestras de la gran cuenta que hacía en la Divina Providencia. Si el dinero legado por el Prof. Barone, como lo hemos dicho, se lo invirtió totalmente en la adquisición del local, mayores gastos requería el acondicionamiento del mismo. Del Colegio de Turín nada se podía esperar, pues tenía en su contra un déficit considerable y, por otra parte, había que mantener a más de cincuenta personas, pero nuestro Santo Fundador, puesto en la voluntad de Nuestro Señor, reposaba tranquilo y sereno.

Él mismo en persona, trabajando febrilmente, como era su costumbre, dirigió la mudanza de casa y todo dejó bien dispuesto principalmente para que allí reinara la piedad. A tal fin recabó oportunamente la autorización para conservar el Santísimo Sacramento, pues deseaba que el buen Jesús se hospedara en nuestra casa para defender a nuestros niños del pecado y hacer germinar entre ellos numerosas vocaciones religiosas. El número de niños siguió subiendo, y subiendo tanto, que hubo necesidad de ampliar los patios y de adquirir más terreno.

Para su formación integral, muy pronto se les proveyó de un solar cercado convenientemente, en donde los jóvenes podrían llevar a cabo sus prácticas de Agricultura. La misma casa sufrió no pocas transformaciones, con la creación de nuevos locales, como: dormitorios, comedores y salas de clase, todo lo cual demandaba gastos no siempre exiguos, pero la Divina Providencia, infaliblemente, subvenía todo con oportuna y maternal solicitud.

La nueva fundación procedía sin mayores tropiezos. Las pequeñas deudas no eran motivo de preocupación. No escaseaba el sustento diario, si bien siempre condimentado por la santa pobreza. No cabía duda de que la mano del Señor se abría generosamente para alimentar y velar por sus humildes siervos.

Lo que más contentaba a los Superiores y que seguramente ante Dios era grato holocausto, era el avance de los niños en el bien. Día tras día iban creciendo en su formación moral con la práctica de las virtudes cristianas. La contraseña era el temor de Dios que entre ellos reinaba y la frecuencia sencilla y devota de los Santos Sacramentos. Muchos de entre ellos podían emular las virtudes de San Luis Gonzaga o de San Juan Berchmans. Nuestro Señor, seguramente complacido de tan hermosas flores, bajaba de vez en cuando a arrancar algunas para trasplantarlas a los jardines del cielo y su fragancia no se desvaneció en la casa de Volvera por muchos años.


2. VOLVERA: EL NOVICIADO

Esta casa, harto distante del rumor de las grandes ciudades, flanqueada por sus cuatro costados por una población muy cristiana, que frecuentemente daba espectáculos muy edificantes de amor a Dios, parecía muy indicada para sede del Noviciado de Nuestra Congregación. Por lo pronto se trasladaron allá los estudiantes de Humanidades de la Escuela Agraria de Rívoli. En breve fueron aumentando en número y formaron un núcleo de aspirantes muy ejemplar. A ellos se consagraron exquisitos cuidados a fin de que la vocación religiosa, que en muchos se podía vislumbrar claramente, llegara a sazón, vistiendo el hábito josefino.

Con la partida de dichos estudiantes, el Noviciado de la Escuela Agraria pudo acomodarse con mayor holgura y emprender una vida de mayor regularidad. Mas, en agosto, de 1885, el Director de la Escuela abandonó la Congregación con cuánto dolor de San Leonardo Murialdo y demás hermanos, se puede colegir. Fue ésta una prueba que pesó mucho en la naciente Congregación, mas Nuestro Señor que acrisola a sus elegidos y que suele sacar bienes de los males, nos bendijo tanto, que aquel aparente descalabro dio frutos tan dulces e inesperados que nosotros no podemos sino bendecir los designios de su amorosa Providencia. Esta fue una causa porque el Noviciado no pudo seguir existiendo en la Finca de Rívoli.

Como una segunda causa puede señalarse el desarrollo normal de la obra, pues sus varias de pendencias hacían que la vida de los novicios se viera frecuentemente entorpecida por varias molestias. Se mudaron pues, éstos, definitivamente, al Instituto San José de Volvera. Allí esas tiernas plantitas del santuario encontrarían el clima apropiado y el terreno fértil para crecer fuertes y lozanas. Allá dispusieron, con la urgencia del caso, piezas para viviendas de los novicios, a fin de que estuvieran separados de la Comunidad. Más en breve el número de estudiantes y novicios creció, con la bendición del cielo, de tal manera que era de todo punto indispensable construir un edificio aparte, y propiamente para el Noviciado en los terrenos de la huerta adjunta. De esta manera se obtendrían dos ventajas: el Noviciado quedaría separado de la Comunidad y al mismo tiempo suficientemente cercano como para ser atendido por la misma.

Como siempre, Dios veló por sus hijos y vino en su socorro para echar los cimientos de la nueva construcción, pues, por aquellos días murió la más grande sostenedora de la Obra Josefina de Vicenza, la Sra. Teresa Caldonazzo, quien en su testamento dejó al P. Jerónimo Apolloni la suma de 10.000 liras para el Noviciado de la Congregación. A esta generosa donación debemos añadir la considerable suma de 5.000 liras proporcionadas por Mons. Brandolini Rota, Obispo de Ceneda, insigne bienhechor de nuestro Instituto de Oderzo.

Dibujó los planos respectivos nuestro hermano Juan Massoglia y el edificio comenzó a erguirse prometedor, amplio, con mucha luz y con capacidad para 40 novicios. A su lado se construyó también una hermosa y devota capilla, como parte integrante del Noviciado, en donde muy pronto vino a morar Jesús Sacramentado. S. L. Murialdo se preocupó de que dicha capilla fuese decorada artísticamente y adornada con un lienzo de gran valor artístico del Caballero Federico Siffredi, que representa la paz de la casita de Nazaret, pues el Noviciado Josefino estaba consagrado a nuestra Señora de Nazaret.


3. NACE EL HOGAR

San Leonardo Murialdo, a su paso por Francia, había tenido oportunidad de visitar los «Hogares» para obreros y estudiantes pensionistas. Dichas instituciones tienden a ofrecer a los mismos una casa que les brinde las ventajas de un Colegio y el calor de la casa familiar.

S. L. Murialdo y su sobrino el Ingeniero Carlos Peretti, observaron con mucha atención dichos centros y se enardecieron tanto, que decidieron hacer algo semejante en Turín, en donde no se conocían aún, ni siquiera por el nombre, tales hogares; sin embargo había una imperiosa necesidad de tales instituciones en Italia. En efecto, jóvenes como los nuestros del Colegio Josefino de Turín, una vez terminados los cursos de capacitación, debían empezar su vida de obreros en los talleres públicos, pero lo tenían que hacer casi siempre lejos del techo familiar, muchos ni siquiera tenían su propia casa, en cambio estaban condenados a vivir en un ambiente saturado de malos ejemplos repleto, por doquier, de incentivos para el vicio. Ante tan doloroso cuadro, inflamados en un santo ardor apostólico, tanto S. L. Murialdo cuanto su sobrino, tomaron la resolución de fundar inmediatamente, y de cualquier modo que fuera, un «Hogar» sobre los modelos de Francia.

Las arcas estaban exhaustas, por la creación y organización de la Quinta de Rívoli, pero se abrió el Hogar a mediados de julio de 1878, en una casa baja, junto a la Iglesia de Santa Julia, adquirida por dicho Ingeniero. Los primeros que la ocuparon fueron solamente tres jóvenes. Se procedió el acondicionarla de manera que cada huésped tuviera su habitación particular, con el ajuar y mobiliario conveniente. Se construyeron, además, la capilla para la celebración de la Santa Misa y más funciones religiosas y salas para clases y recreo.

Semejante institución tuvo inmediata y encomiástica aceptación de parte de la juventud obrera, que así veía completada la educación del Colegio Artigianelli. diapo murialdo 16

Se recibieron solicitudes numerosas y al mes de la fundación ya vivían allí unos 14 residentes, que muy en breve aumentaron hasta el número de 50 y 60.

Por supuesto, no estaba el Hogar destinado exclusivamente a nuestros ex-alumnos josefinos, sino que muchos jóvenes, procedentes del campo, encontrándose en dificultades, lejos de su familia, y sin ningún amparo, solicitaban puestos en nuestro «Hogar». Fueron admitidos y con el correr del tiempo superaron en número a los jóvenes que provenían de nuestros propios Colegios. Peretti, con anuencia de nuestro santo Fundador, sin cuya venia nada emprendía, escribió un reglamento prudente y juicioso, mediante el cual los jóvenes gozaban de cierta independencia personal, pero al mismo tiempo estaban sometidos a una súper-vigilancia moderada y paternal en lo que a estudios y deberes cristianos respectaba, y más que todo para alejar de ellos ciertos peligros comunes a la juventud obrera.

De tal súper-vigilancia se encargó el Sacerdote e ilustre Prof. Don José Anfossi, quien duró en el cargo hasta la muerte del Ing. Peretti.


4. ORGANIZACIÓN MUY SENCILLA

He aquí cómo el Dr. Carlos Plácido Gariazzo, Presidente de la Junta Directiva del Hogar, se expresó en un informe acerca de la institución, a fines del año 1883:

«Muy sencilla es la organización de una casa que, llevando el nombre de Hogar, desea precisamente engalanarse con las prendas de una familia. Si se piensa en una familia obrera que tenga como timbre de honor el ser cristiana, nosotros habremos delineado suficientemente sus características. Se levantan los jóvenes temprano y acomodan convenientemente su alcoba, pues cada uno tiene la suya independiente. A continuación, acompañados del Director o Prefecto, únicas autoridades del Instituto, rezan las oraciones de la mañana. Sigue un desayuno frugal y luego cada cual se dirige al lugar de su trabajo. Si hay estudiantes, toman su puesto en el salón respectivo y se preparan para sus labores hasta la hora de clase.

«Todos están nuevamente presentes para el almuerzo. Por la tarde, una vez cumplidas todas las obligaciones de trabajos o estudios rezan las oraciones de la noche. En ciertos días de la semana se conceden salida libre, por el tiempo de una hora. Los demás días, todo el mundo puede divertirse en un patio interno, y cuando el tiempo no lo permite o durante la estación cruda, pasan al salón de recreo, surtido en variados y amenos pasatiempos. Se puede también asistir a las clases nocturnas que se dan fuera o dentro del Hogar.

«El reglamento prescribe, como es de esperarse, que los jóvenes cumplan con sus deberes religiosos en los días de fiesta. En esos días, una vez cumplidas sus obligaciones de buenos cristianos, pueden salir del Hogar durante todo el día, debiéndose acoger al mismo a una hora pre-establecida.

«Durante el año, aunque raramente, se permiten, y aun se proporcionan, diversiones considerables, conforme a la estación. En cambio fuera de éstas se halla prohibida cualquiera otra diversión y esto para salvaguardar el fin propio del Instituto que es: apartar a nuestros jóvenes de entretenimientos peligrosos».


5. TAMBIÉN PARA ESTUDIANTES

Hacia fines de 1878 ingresó en el Hogar un joven procedente de familia de obreros, sí, pero que seguía sus estudios secundarios y estaba próximo a matricularse en la Universidad. Fue aceptado únicamente por su precaria situación económica y a fin de que sus brillantes dotes intelectuales no se malograran. Se le puso entre los obreros, más de allí a poco se multiplicaron las solicitudes de estudiantes que deseaban tener su alojamiento en el Hogar.

Surgía pues la necesidad de fundar una casa exclusivamente para estudiantes, idea que se cristalizó en 1880. Esta rama importantísima del Hogar tuvo su etapa de espléndido florecimiento, aunque era un poco difícil conducir por los senderos de la buena disciplina a este grupo que en breve ascendió al número de 40, entre liceístas y universitarios.

Desgraciadamente el hogar para estudiantes no tuvo larga vida. La muerte del Ingeniero Carlos Peretti truncó en flor de la existencia de tan hermosa institución, que dejó de funcionar definitivamente en 1885. A algunos jóvenes, por especial concesión, se les permitió vivir junto con los obreros.

San Leonardo Murialdo prestaba su valiosísima cooperación en ambas secciones en calidad de Director. Huelga decir que sus funciones las cumplía con diligencia. El cúmulo de ocupaciones no le impedía cumplir exactamente sus deberes de caridad y de dirección, sin descuidar un punto el Gobierno de la Congregación.

Acudía infaliblemente a las sesiones de los Dirigentes del Hogar, visitaba por separado las secciones de obreros y estudiantes, y no pocas veces les dirigía su encendida y apostólica palabra. Sobre todo estaba al lado del Ing. Peretti para animarlo, dirigirlo y colaborar con él en la dirección material y moral del Instituto.


6. MUERTE REPENTINA DE PERETTI

Mas el 23 de diciembre de 1883 sobrevino al Hogar, y por reflejo a todas las obras de la Congregación, una irreparable pérdida. Murió en esa fecha el Ing. Carlos Peretti, en la flor de la juventud: Tenía apenas 38 años.

No me parece inoportuna la digresión de la vida de S. L. Murialdo para dar a nuestros lectores algunos rasgos biográficos de este su sobrino, que emulaba sus sacrificios, generosidad, celo apostólico, caridad sin límites y actividad maravillosa.

Carlos Peretti nació en Turín el 2 de marzo de 1846 y fue el único hijo con que Dios bendijo el matrimonio de Francisco Peretti y Diomira Murialdo, hermana de nuestro Santo Fundador. Ella era la Mujer Fuerte de que nos habla la Escritura. La caracterizaba una evidente rectitud de juicio, una inteligencia despejada y una piedad muy sincera: virtudes todas que supo inculcar desde la cuna en el ángel que Dios le diera.

Terminados sus primeros estudios, Peretti sintió gran inclinación a las ciencias exactas, para las cuales tenía una feliz y brillante disposición, de manera que a 22 años de edad recibió, con aplausos del jurado, el Título de Ingeniero. Ofreció inmediatamente sus servicios a un destacado Profesor y se hubiera empleado en aquella empresa, más he aquí que en 1870 se le murió su santa madre. Esta dolorosa prueba le hizo reflexionar profundamente sobre la caducidad de los bienes terrenos y así abandonándolo todo, decidió dedicarse más bien a las obras de caridad y al sublime apostolado entre la juventud.

Desde muy tierna edad cultivó un admirable recogimiento; era muy dado a la oración, se confesaba cada semana, procuraba comulgar diariamente, también visitaba al Santísimo Sacramento; rezaba el Santo Rosario y el Oficio Parvo de la Virgen María. Su encanto era leer libros espirituales. Durante sus viajes en ferrocarril, después de cruzar breves palabras con algún pasajero vecino, sacaba una libreta de apuntes, en donde tenía escritas máximas ascéticas y las iba meditando, sin dar oídos a las conversaciones de los circunstantes. Siempre que entraba y salía de casa, solía arrodillarse ante la imagen de la Virgen de la Consolata (Consolación) que la tenía cabe su lecho, para pedirle su bendición. Era miembro activo de la Tercera Orden de San Francisco; tomaba parte en las procesiones públicas, y, en cuanto le era posible, acompañaba al Santo Viático por las vías públicas. murialdo11

En casa era un ángel: a sus padres no sólo les amaba sino que les prestaba veneración. ¿Quién podría describir los exquisitos cuidados que prodigó a su santa madre en su última enfermedad que fue larga y penosa? La llamaba con cariño «El Purgatorio viviente», y su solicitud era tal que mayor no se hubiera podido prodigar, ni por el hijo más tierno y amante de este mundo.


7. CONSEJOS, PLANOS Y DONACIONES

Temprano se dio a las obras de caridad fuera de su familia. A diversas iglesias e Instituciones auxilió no sólo con sus consejos y planos, sino también con generosas donaciones. A muchos jóvenes los dirigió camino del sacerdocio y a muchas jóvenes a la vida monástica.

EI sacerdote Don Baravalle, que por algún tiempo fue su confidente, pronunció la oración fúnebre en el día trigésimo de su muerte y en eIla tejió sus alabanzas de la manera siguiente: «¿Cómo podré yo callar y no encomiar su liberalidad? Yo mismo, innumerables veces fui el ejecutor de sus santas empresas, de sus apostólicos arrestos».

En cuanto a la guerra que Peretti había declarado al vicio y al ardor con que había levantado la bandera de la lucha en defensa del pudor cristiano, apuntaba: «Santamente indignado contra la perversidad de la prensa, que cada día se hacía más precoz, un año y medio antes de su muerte, promovió una campaña a través de los diarios, a fin de que las autoridades competentes frenaran el alud de retratos deshonestos.

La gran prensa, sin embargo, prestó oídos de mercader a tan noble causa, pero, aunque aparentemente seguía triunfante el infierno, a él le cupo la honra de haberle entablado la batalla. El fue un precursor de lo que luego surgió con el nombre de Liga Anti-pornográfica, que en la actualidad es no depreciable valla contra las fuerzas del mal.

Las obras de caridad le fascinaban más fuertemente cada día. Su único afán, diríase, consistía en sacrificarse por la juventud. Abandonó el ejercicio de su profesión y se puso de cuerpo entero a las órdenes de su santo tío, el Teólogo Leonardo Murialdo. Cualquier orden suya sería ejecutada de inmediato.

Comenzó por entregar al mismo, en calidad de préstamo una discreta suma de dinero, sin obligación precisa de restitución. En 1874 fue nombrado Miembro de la Dirección del Colegio Artigianelli de Turín. Merced a su generosidad se llevaron a cabo las funciones de que antes se habló a saber: la Escuela Agraria de Rívoli, el Oratorio «Sagrado Corazón» y el Hogar para obreros y estudiantes. También emprendió la fundación de una residencia nocturna para aquellos jóvenes cuyas condiciones económicas no les permitían alojarse en pensiones u hoteles.

Lastimosamente la muerte truncó su obra. Por estas instituciones de caridad que embargaban toda su vida, renunció a la paz y tranquilidad de su propio hogar, a las legítimas ganancias de su profesión, a varios partidos matrimoniales con doncellas ilustres tanto por nobleza como por riquezas. Conduciendo en el siglo una vida más bien de religioso que de seglar, iba perfilándose claramente el designio de profesar de Josefino una vez muerto su señor padre. 


8. DIO SU VIDA POR EL HOGAR

Su día estaba enteramente consagrado a obras de bien y empresas de caridad, excepto el lapso de tiempo que dedicada a sus devociones particulares. En su escritorio trabajaba largas horas, para satisfacer las exigencias de su profesión; visitaba frecuentemente sus empresas para dar directivas y proveer a todo, con actividad admirable. En la Escuela Agraria de Rívoli era profesor de Dibujo, Física, Química, Botánica y Agricultura, debiéndose preparar oportunamente, ya que muchos de estos aspectos apenas habían sido tratados en sus años de estudiante, y lo hizo tan profunda y concienzudamente que llegó, inclusive, a escribir para sus alumnos, tratados escolares tan claros como exhaustivos.

Mas hay que notar que para todas estas actividades, no era suficiente su trabajo mental y material: hacía falta dinero. Algo subsanaba la caridad pública a la que no tenía empacho en recurrir personalmente, pero, más que todo, a todas las necesidades proveía su propio peculio. Efectivamente no pocas veces hizo donaciones que ascendieron a varios miles de liras. Aún más, viendo que su señor padre aprobaba tal liberalidad, acudía regularmente a las arcas familiares, haciéndose bien cargo de que, un día no lejano, todas las sustancias de la familia hubieran sido de él, como único y exclusivo heredero.

El Hogar ocupaba casi todo su tiempo, especialmente en los últimos años de su vida. Todas las tardes se dirigía allá para departir alegremente con esos jóvenes a quienes amaba con ternura y de quienes recibía también el testimonio cálido y sincero de afecto. Los corregía, los amaestraba en los deberes cristianos, los exhortaba a practicar las virtudes, para cuyo fin únicamente había instituido el Hogar. Si las tardes de invierno se tornaban largas y enojosas, para que sus jóvenes no se vieran asaltados por el espejismo de las diversiones del mundo, les daba clases de francés en las cuales intercalaba exhortaciones morales tan convincentes y fervorosas, que mejor no lo hiciera un celoso sacerdote. La muerte le sorprendió precisamente al cabo de uno de aquellos sermones, como al soldado en la lucha.

Su complexión era más bien grácil y enfermiza, pero rara vez se resignaba a guardar cama: sólo Dios sabe cuáles y cuántos achaques velaba con una sonrisa, multiplicando sus méritos ante Él. Nadie tampoco pensaba que tan presto nos hubiera abandonado.

Era el 22 de diciembre de 1883, domingo. Se levantó muy de madrugada y se dirigió a la Iglesia del Carmen, para escuchar la Santa Misa y recibir la Sagrada Comunión. Su compostura al recibir el Pan de los Fuertes era proverbial, mas aquella mañana, parecía un Serafín. Recibía el Viático. ¿Lo sabía tal vez? Fue a casa, trabajó hasta las once, luego se dirigió al Colegio Artigianelli, en donde se entretuvo algún tanto con su santo tío.

Allí se les juntó el P. Julio Constantino y, por fin, el que estas líneas escribe. Peretti se mostraba excepcionalmente alegre, y aunque jamás su rostro se le vio nublado, aquella mañana parecía tan contento y radiante que no cabía en sí de la alegría. Nos hablaba con filial amor y cordialidad. A la hora del almuerzo nos separamos con un no sé qué de tristeza o pesar, no probado antes. Terminado el almuerzo acompañó a su padre a paseo por la ciudad, luego se fue al Hogar, donde despachó varios asuntos. Dictó la consabida lección de francés y cenó en medio de sus jóvenes, desplegando mayor cordialidad y cariño que de costumbre. Como estaban cercanas las fiestas de Navidad, aprovechó para dirigirles un discursillo, provocándoles a todos a recibir los Santos Sacramentos a fin de que Dios bendijera copiosamente sus propias intenciones, la casa y la Residencia Nocturna que se estaba organizando. Era conmovedor ver al piadoso ingeniero, casi desfallecido por tanto trabajo. Se le cubría el rostro de copioso sudor, más no cesaba de hablar: «Ah, hijos míos, - les decía- la muerte puede sorprendernos cuando menos lo pensemos. Preparémonos y tengámonos siempre listos para el gran paso. Así el cielo puede ser nuestro a cualquier momento.» En este punto la emoción ahogó sus palabras y un tierno llanto bañó sus mejillas.

A la hora señalada se dijeron las oraciones de la noche, al cabo de las cuales interrumpió la marcha del horario diciendo: «Una palabra más, solamente una palabra les quiero añadir», pero aquella palabra no la pudo pronunciar. Una palidez mortal opacó sus mejillas, un malestar indefinido se derramó por todos sus miembros, tomó el coche y a las diez y media de la noche llegó a su casa. Encontrando que su padre estaba aún en pie, le preguntó: «¿Papá, tiene Ud. necesidad de alguna cosa?» «No, le dijo el padre, no necesito de nada, puedes acostarte».

De allí a poco Peretti se sintió desfallecer. Se le prestaron los auxilios más precisos; se mandó por el médico y por el Teól. Murialdo: mas éstos llegaron demasiado tarde. Un ataque al corazón le había quitado la vida. Eran las once y media de la noche.

El dolor de san Leonardo Murialdo y de cuantos conocieron a Peretti, ante muerte tan imprevista, casi fulmínea, es más para suponer que para describirse. Más que todos, se hicieron cargo de la magnitud de la pérdida, los mismos jóvenes del Hogar, a quienes había dejado como testamento de cariño. Ninguno jamás olvidaría aquella tarde, aquella lección de francés y su última, encendida exhortación. El Dr. Plácido Garizzo, para exaltar la figura del Fundador del Hogar, escribió estas palabras recogidas de los labios de los mismos jóvenes: «Ha muerto el ingeniero, cual valiente soldado, en el campo de batalla. Ayer tarde dirigiéndonos su paternal exhortación por Navidad y Año Nuevo, nos hablaba con el corazón en la mano, hasta que ya no pudo más. Bien decíamos ayer que algo le pasaba al ingeniero. Se diría que estaba fuera de sí, y no obstante hablaba tan bien. Era un ángel. Creemos que se ha unido a los ángeles para festejar al Niño Dios. Era nuestro padre, era nuestro amigo, era nuestro consejero. Nos quería tanto que bien puede decirse que murió por nosotros y entre nosotros.»


9. PIZARRÓN ACRISTALADO

«Parecerán estas expresiones pura retórica -continúa el Dr. Garizzo, - Mas no. Eran solamente las flores que los hijos transidos de dolor deshojaban en la tumba de su idolatrado padre». Peretti había escrito algunas frases en el pizarrón durante su última lección de francés. Pues bien, los jóvenes del hogar, en homenaje a un venerado maestro, dispusieron no borrarlas y más bien cubrirlas con un cristal, teniéndolas por muchos años, en el salón de estudio, como una preciosa reliquia.

El abogado Garizzo termina: «Si el hogar fuera obra meramente humana, hubiera para desahuciarla con semejante pérdida. Mas nosotros esperamos que sea obra de Dios y que nuestro buen ingeniero nos mande, ahora que goza en el cielo, un sucesor cuanto antes».

Efectivamente el sucesor estaba listo. Habiéndose cerrado la Casa de Reeducación de Boscomarengo, su Director, Don Julio Constantino, se encontraba a la sazón en la Casa Madre de Turín. Fue inmediatamente destinado para regir el Hogar, y así lo hizo, hasta la muerte de nuestro santo fundador.

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