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VIDA DE S. L. MURIALDO. 6-11

6.- EDUCADOR CONSUMADO

 

1. TRABAJABA Y CALLABA

Efectivamente trabajaba en silencio. No ambicionaba la publicidad. Los éxitos del colegio procuraba que no trascendieran al público y menos le gustaba que de él se ocupase la prensa. En todo y por todo procuraba seguir las directivas de sus consejeros, renunciando a su propio juicio y dando así muestras de exquisita prudencia. Entre sus más fieles consejeros podemos anotar los Tratados de Pedagogía Cristiana que leía y anotaba prolijamente. También le servirían mucho las visitas que, con alguna frecuencia, hacía, en Italia o en el extranjero, a Instituciones educativas, con el fin de aprovechar sus aciertos.

pequenoszapaterosSiendo y viviendo únicamente para sus jóvenes, los amaba con ternura, mas nunca cayó en la debilidad de predilecciones, Su cortesía y amabilidad para con todos, indistintamente, hacían que cada cual estuviera seguro de ser amado por su Rector. Nadie se quejó jamás, ni lo hubiera podido, de la menor injusticia. Se interesaba con solicitud del estado de las familias de sus jóvenes con el fin de saberse regular en su trato. Algunos niños provenían de familias moralmente destrozadas, o también malas: para éstos se agigantaba su caridad. Sin embargo pocos sabían el verdadero estado moral de tales padres, pues su extrema delicadeza velaba cuidadosamente para no menoscabar la honra de sus pupilos. 

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7. TRABAJO APOSTÓLICO FUERA DEL COLEGIO

1. APRENDIÓ MUCHO EN FRANCIA

      Tanto trabajo no era bastante para el Siervo de Dios. Cuando aceptó la dirección del Colegio Artigianelli ya venía siendo desde un año atrás rector también del Oratorio de San Martín. Ahora, aunque su principal preocupación habría de ser la buena marcha del Colegio, sin embargo, quiso continuar trabajando en el susodicho Oratorio.

   
sanjuanbosco Este Oratorio fue fundado por Don Bosco, en 1845, al lado de unos molinos municipales llamados vulgarmente
 Molassi. Dejó de funcionar por algunos años, pero en 1852 lo reactivó Don Juan Cocchi, confiándolo al celo en verdad apostólico del sacerdote Pedro Ponte, entonces limosnero de la Marquesa de Barolo.     Desgraciadamente Don Pedro Ponte debía atender a un sinnúmero de compromisos, y así, en 1866, declinó la dirección disciplinar confiándola a la Sociedad de San Vicente de Paúl y la espiritual al Rector del Colegio Artigianelli, el Teólogo Berizzi. Este celoso sacerdote no pudo atender personalmente a tal cometido, ni tampoco lo podían los sacerdotes del Colegio, dadas sus múltiples ocupaciones, pero pudo hacerlo mediante un joven y ejemplar sacerdote. Don Alejandro Lana. Este buen eclesiástico, más que no deseaba trabajar por la gloria de Dios, tomó de muy buena gana la dirección del Oratorio, pero la muerte lo arrebató repentinamente, truncando de una vez, las más halagüeñas esperanzas que de él se habían concebido. Fue entonces cuando san Leonardo Murialdo, secundado por otro sacerdote del mismo Colegio, comenzó a trabajar en el Oratorio y lo hizo con el santo anhelo que nace de una ilusión largo tiempo acariciada y finalmente hecha realidad: trabajar con la juventud. En sus varios viajes por Francia, la cuna de geniales empresas, había visitado y admirado excelentes oratorios tanto en París como en Marsella. 

     sjuanboscoEn la capital había tenido la oportunidad de observar la maravillosa marcha del Oratorio de Montparnasse, que con inmenso provecho de la juventud parisiense, dirigían los Hermanos de San Vicente de Paúl; en Marsella, en cambio, había admirado el floreciente desarrollo de los oratorios del Padre Allemand y del Abad Timon David. En esos Institutos, modelos en el género, se forjaban juventudes fuertes y aguerridas contra el mal, gracias a una organización sin par, a un espíritu muy equilibrado y a un método admirable.

     Ante semejantes ejemplos, y enardecido por los sazonados frutos que producían dichos oratorios, S. L. Murialdo hubiera querido que el de San Martín no fuera segundo en el trabajo y en la piedad. Así se lo comunicó a los hermanos de San Vicente de Paúl, por otra parte dignos de todo encomio por su celo y su sacrificio en bien de la juventud, y los exhortó a que imitaran los ejemplos de los excelentes educadores franceses. Entre dichos hermanos merecen una especial mención el Ing. Juan Bautista Ferrante y su hermano el Abogado Pedro Ferrante, el Banquero Musso, el Geómetra Vaccarino y el futuro hermano Coadjutor Josefino Alberto Miniggio.


2. ANTE TODO, LA CATEQUESIS 

   sjuanbosco02  San Leonardo Murialdo predicaba en el Oratorio los domingos y también confesaba a los alumnos; tomaba parte, siempre que lo podía, en la labor catequista, no solamente los domingos, sino también todo el tiempo de cuaresma, no importaba cual fuese la hora, y, como lo hacía en el Colegio Artigianelli, tomaba para sí a los niños retardados o menos preparados o más díscolos. Esta labor la ejerció por muchos años, sin desatender, por supuesto, al Colegio Artigianelli. Pero cuando tuvo a su disposición un mayor número de sacerdotes, S. L. Murialdo confió el Oratorio a estos últimos, reteniendo solamente la alta dirección e interesándose vivamente de su desarrollo y progreso. De entonces datan ciertas Reglas Pedagógicas para conducir con fruto una clase de Catequesis, reglas que se difundieron amplísimamente, tanto que se transformaron en código obligado de todos los catequistas no sólo en San Martín, sino en muchas regiones de Italia.

     Se interesaba, sobre toda ponderación, por la enseñanza del Catecismo. No sólo en sus Oratorios deseaba que tal enseñanza se impartiera, sino que su celo abarcaba a todos los niños de Turín, pues, le dolía desgarradoramente que tantos niños crecieran completamente ayunos de nuestra religión.

   murialdo40  Cuando el párroco del Carmen, Teólogo Domingo Cumino, y futuro Obispo de Biella, en 1882 había preparado una pequeña capilla en un sótano para dar Catequesis durante la cuaresma a unos 150 niños, el santo me escribió con fecha 17 de octubre:«Debemos imitar la iniciativa del Párroco del Carmen. Ayer recibimos a "X" en el Colegio. Me parece un buen niño, frisa en los trece años, pero en cuanto a Catequesis no sabe ni el Credo. Bueno sería tomar el desquite contra el diablo, él publica libros y periódicos y nosotros enseñamos Catecismo. Machaquemos el hierro mientras está caliente, y, con la prudencia necesaria, veamos si, mediante Ia ayuda de algunos seglares, o de las juntas parroquiales, o de los mismos párrocos, podemos organizar catequesis nocturnas. Nuestro pequeño teatro es un buen local para este fin, y deberíamos imitar a Don Bosco, quien, so pretexto de atender a un internado no ha descuidado las Escuelas para externos. Lo que podemos, debemos hacerlo: por lo menos enseñar Catecismo. Lo más urgente tal vez, por el momento, es encarrilar a los catequistas o a los monitores para que se dé bien la clase de Catecismo o siquiera lo menos mal posible. Encomiende Ud. el asunto a Nuestro Señor, y estúdienlo in Domino".


3. PROYECTO DE CATEQUESIS NOCTURNA

     Cuando la "Unión de Obreros Católicos" fundó esa misma cuaresma las catequesis para aprendices y solicitó al Rector de nuestro Colegio Artigianelli abrir una sección en su seno, S. L. Murialdo, en seguida, dispuso y arregló personalmente para el efecto la sala de teatro. Por varios años siguió dando, corno era su costumbre, las clases a los más atrasados en una aula separada y, antes de que los catequizandos volvieran a sus casas, les dirigía a todos una alocución afectuosa, a pesar de de todo un día exorbitante y cuando parecía que le era indispensable ya algún descanso.


4. FIEL AL MINISTERIO SACERDOTAL

     Desplegó también su ardiente celo en el oratorio de San Félix. Dicho oratorio fue concebido inicialmente por el P. Filipino Castelli y luego tomó una forma definitiva gracias a la intervención de Mons. Eduardo Bosia, custodio de la Sábana Santa. Dispuso S. L. Murialdo que cada domingo un sacerdote del Colegio celebrase la Santa Misa allí y distribuyera la divina palabra. Muchos domingos lo hacía él mismo en persona y se congratulaba con sus fundadores por la armonía y sencillez que allí reinaban y por los grandes frutos que se cosechaban. Cada vez que S. L. Murialdo se dirigía a San Félix, sus dirigentes y catequistas lo recibían alborozados. El santo les dirigía la palabra con su proverbial unción y afecto, dejando a todos muy satisfechos.


5. LAS FIELES COMPAÑERAS

     Además, ya lo dijimos antes, desde los albores de su vida sacerdotal, a saber desde 1860, prestaba sus servicios en el Instituto de las Fieles Compañeras de Jesús que tenían su asiento en la "Villa de la Reina" en donde era particularmente estimado y honrado por las numerosas jóvenes de las clases elevadas que allí se educaban.

     Cierta vez S. L. Murialdo predicó allí los Santos Ejercicios espirituales con tanto fruto y consuelo de sus maestras y alumnas, que de inmediato la Rda. Madre Superiora le rogó que continuara visitándolas y dirigiendo espiritualmente a sus alumnas.

     San Leonardo Murialdo aceptó modestamente este trabajo apostólico más. Acudía al Instituto con frecuencia para predicar y confesar a las alumnas. Más tarde tuvo también a su cargo la instrucción religiosa de las mismas.

     A su regreso de S. Sulpicio continuó este apostolado y lo retuvo por muchos años aun siendo ya Rector del Colegio Artigianelli; pero al cabo, cohibido por las circunstancias debió renunciar a él, con indecible pesar de las religiosas. Para sus lecciones de Catecismo se preparaba con mucha diligencia y especialmente a las jóvenes de los cursos superiores, por estar ya próximas a salir definitivamente al seno de sus familias, las instruía y preparaba contra las acechanzas del mundo o de doctrinas exóticas. Sus dudas procuraba dilucidarlas con claridad y maestría y dispuso que las lecciones escuchadas fueran puestas por escrito.

      Esas jovencitas trabajaban durante las horas de la Catequesis con desusado entusiasmo e indecible placer, imprimiéndoseles imborrablemente para toda la vida las doctrinas impartidas. A propósito vale la pena copiar aquí el testimonio de una de aquellas religiosas. Dice así: "Su mera presencia nos adoctrinaba, exclamaban en coro aquellas buenas alumnas que experimentaban un verdadero placer en escucharle. Se esperaba con ansias durante toda la semana la hora en que Leonardo Murialdo se presentaba para la clase, siempre sereno y alegre. Con tal profesor las verdades de nuestra santa fe se asimilaban con la mayor facilidad, y aquellos mismos ánimos todavía tiernos, no obstante su natural irreflexión, se admiraban de su afabilidad y paciencia apostólicas. Cuando lo veíamos extraer de su manteo el atado de las tareas escritas, nos imaginábamos que buena parte de la noche se habría pasado corrigiéndolas, pues en cada una había indefectiblemente observaciones precisas y también las respuestas claras y exactas a las preguntas formuladas: todo la cual dejaba la mente bien instruida y el espíritu satisfecho. Efectivamente, cada semana debía revisar un gran número de páginas que contenían el resumen de la lección escuchada o las preguntas a las cuestiones propuestas por el Maestro. dipinti3 murialdo 01

¡Quién sabe cuánto sacrificio no le costaría preparar y corregir esas lecciones! Sólo Dios puede haberlo calculado y aquilatado, ya que ni sombra de tedio o cansancio dejó transparentar jamás en su porte exterior, pues tan perfecta era su mortificación para sacrificarse en bien de las almas. El único consuelo que nos queda, es pensar que desde el cielo él verá el cúmulo de frutos dulcísimos que siguen produciendo su sacrificio y su apostolado.

     ¡Cuántas jovencitas pueden agradecer su perseverancia en el bien, únicamente a las firmes bases religiosas echadas por San Leonardo en sus almas! ¡Cuántas madres pudieron enjugar sus lágrimas viendo regresar al buen camino a un pródigo, gracias a la oportuna intervención de una hija, discípula de Leonardo Murialdo, que, valiéndose de los apuntes de Religión del Colegio, devolvía al seno de Dios a un alma presa del enemigo!”

El mismo testimonio continúa ponderando la piedad que S. L. Murialdo prendió y alimentó en el Instituto, a pesar que no eran sino fugaces llamaradas que se desprendían de su corazón, abrasado todo en el amor divino. He aquí corno la misma religiosa habla cuando trata del amor de S. L. Murialdo hacia el Corazón de Jesús:

      "Cuando abordaba este tema su elocuencia se hacía fluida e inspirada, y el incendio interior, que entonces se hacía palpable, inflamaba nuestros corazones. Es particularmente inolvidable su transformación después de su primer viaje a Paray-le-Monial. Su bendita alma enardecía, mejor diré electrizaba nuestros corazones, y todas nosotras, sin excepción, nos sentíamos inflamadas en deseos de trabajar mucho por propagar la devoción al Divino Corazón. El amor a María Sma. no parecía ser menos ardiente. Un amor semejante al suyo procuraba inculcar en nuestros corazones. Cuando hablaba de María Inmaculada no era un sermón, era un cántico filial que entonaban sus candorosos labios. "El recuerdo de Lourdes, las apariciones de la Virgen a Bernardita por más de dieciocho veces, los milagros que allí se obraban, la Virgen de Issoudun, Nuestra Señora del Sagrado Corazón y la Santa Casa de Loreto eran temas que lo transportaban, y las almas juveniles de las oyentes se inflamaban tanto, que pendían de sus labios, sin jamás cansarse de escucharle.

     No menos admiración nos causaba verlo celebrar los Santos Misterios. Durante el Santo Sacrificio parecía arrebatado del todo de este mundo. En su rostro se dibujaban la veneración, el respeto, la devoción que inspiran las cosas santas. En una palabra, su santidad sacerdotal se hacía como visible durante la Santa Misa. ¡Oh sí! Jesús en la Eucaristía era sin duda una de sus devociones más tiernas!

     «Concluyamos pues que la venerable memoria del nunca suficientemente llorado Leonardo Murialdo quedará esculpida en nuestras almas y que su santidad y celo apostólico que nosotras hemos disfrutado, serán motivos para elevar al Altísimo un ferviente himno de acción de gracias, siendo como hemos sido, objeto de un envidiable privilegio.»

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9. LA CONGREGACIÓN DE SAN JOSÉ

1. SEMILLA HEREDADA DEL CANÓNIGO BERIZZI

El nombre de Leonardo Murialdo, más que a cualquiera otra, está ligado a su obra cumbre: La fundación de la Congregación de S. José, que se dedica particularmente a la educación de la niñez pobre, desvalida o descarriada.

diapo murialdo 37La idea de tal fundación la heredó, con el Rectorado del Colegio, de su ilustre Predecesor el Teólogo Berizzi, quien tenía la aspiración de ligar al personal docente del colegio, con el vínculo de la profesión religiosa. Ello hubiera tenido las incalculables ventajas de moldearlos en un Reglamento Común, de garantizar su permanencia en el Colegio, disponerlos al sacrificio de sus aspiraciones meramente personales, por más legítima que fueren y aún, disponerles a renunciar a sus condiciones y a su vida misma, en pro de la niñez menesterosa, amén de un apreciable ahorro de recursos económicos para el paupérrimo Instituto, pues éste no se vería obligado a pagar sueldos a profesores contratados para las escuelas y talleres.

Esta era, cabalmente, la idea del Teólogo Berizzi al fundar en 1864 la sección de Alumnos- Maestros, quienes más tarde fueron asociados al Cuerpo Directivo del Colegio, para formar la Congregación o Cofradía de S. José, que en aquel tiempo era filial de la Archicofradía Homónima, que tenía su sede en Roma, en la Iglesia de San Roque.

Berizzi le manifestó este carísimo anhelo al poner el Colegio Artigianelli en manos de S. L. Murialdo a raíz de su renuncia como Rector del mismo, más no lo consideraba ni fácil, ni mucho menos próximo a volverse realidad. La semilla, sin embargo, había sido arrojada al surco; permaneció mucho tiempo sin germinar y acaso dio señales de haber muerto, pero siempre S. L. Murialdo la regaba con las aguas de la oración y el sacrificio, en la esperanza de que, algún día, esa minúscula semilla hubiera echado raíces, flores y frutos convirtiéndose en el árbol frondoso que ahora es. Dio, pues, a la sección de Alumnos Maestros una organización capaz de fomentar en ellos el culto de la disciplina y de abrir sus corazones a la piedad.


2. CONGREGANTES Y AFILIADOS

Con el mismo fin, la mencionada Cofradía de San José, la subdividió en Congregantes y Afiliados. Formaban la primera, los Superiores y los Alumnos que aspiraban al sacerdocio o tenían capacidad para graduarse de maestros, y que luego servirían en las aulas escolares o en los talleres; la otra estaba compuesta por jóvenes obreros, quienes estaban dispuestos a cultivar mucho la piedad y en quienes se vislumbraba una posible vocación religiosa.

Hizo más: se procuró el Reglamento Directivo y Disciplinar del Seminario de San Sulpicio; extractó los párrafos que le parecieron más oportunos para su Colegio e invitó a los jóvenes congregantes a vivirlo. No fue defraudada su esperanza, pues, en esta escuela, casi sin saberlo, iban transformándose casi de tol forma, que pronto estarían dispuestos para alistarse en una Congregación Religiosa. Efectivamente, al cabo de algunos años, un grupo de estos jóvenes, con la venia del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Turín, fueron admitidos al estado clerical. Recibieron el hábito talar y se los declaró incorporados al profesorado del colegio para hacer vida de Comunidad propiamente religiosa y para vigilar y enseñar a los niños. Poco a poco se iban introduciendo en el horario frecuentes lecturas morales y ascéticas y el celoso y prudente Rector procuraba cultivar esas tiernas plantitas del Santuario, inculcándoles suavemente la frecuencia de los Santos Sacramentos.

De esta manera, S. L. Murialdo, con constancia tenaz y con cariño digno de un Fundador, iba preparando la soñada Congregación, sin que de ello nadie se percatara.

Sin embargo, el día de ver legalmente constituida la Congregación de San José, estaba aún lejano y el camino a salvarse parecía erizado de obstáculos.


3. OBSTÁCULOS

La primera de las dificultades radicaba en la naturaleza misma del Colegio, pues resultaba aventurado pensar que de entre tales educandos emergieran vocaciones religiosas. La segunda radicaba en el Personal Directivo y Técnico de la casa, pues, si resulta relativamente fácil fundar una Congregación Religiosa con personal seleccionado de antemano y con fines propiamente eclesiásticos, resulta sobremanera difícil transformar en religiosos a gente a la cual ni por asomo se les había venido a la cabeza tal idea, y hubiera tenido visos de paradoja querer mudar en casa religiosa un colegio con usos y costumbres inveteradamente diversos. A estos hay que sumar otro obstáculo más: el de la Dirección de la obra o Junta de Administración Seglar. El Colegio era obra pía y era axioma en aquel tiempo, que tales obras debían ser dirigidas por sacerdotes seculares. Los personeros de dicha administración, y también de la misma obra, eran eclesiásticos y seglares de rara virtud y caridad insigne, más no había uniformidad de pareceres en cuanto a un cambio brusco de métodos de gobierno en el colegio; algunos por considerarlo inoportuno, y otros porque pensaban que dichos cambios podrían ser vistos con malos ojos por los bienhechores de la casa.

Contra estos obstáculos se requería una prudencia singular y una circunspección a toda prueba. Se debía obrar sin precipitación y confiar en la Divina Providencia a fin de que ella misma moviera hombres y circunstancias propicias, si eran sus designios que de fundar una Congregación en el Colegio. Sobre todo existía una dificultad, digamos insuperable, que radicaba en la cuestión Fundador. S. L. Murialdo veía la oportunidad de la fundación. Cada día se hacía sentir más imperiosa su necesidad, pero no podía persuadirse que fuera él quien debía sacarla a luz, pues su humildad le hacía considerar a sí mismo del todo inepto corno para acometer semejante empresa, cuya extensión, significado, importancia y santidad comprendía en toda su impresionante realidad. De allí que, aunque la idea de Berizzi le deslumbró desde un principio, no la acogió sin embargo con la ilusión de realizarla; tanto más que, en los primeros años de Rectorado, esperaba con alguna seguridad al sucesor para tan delicado cargo. Pero cuando vio tan claramente que su porvenir, por disposición de Dios, estaba legítimamente ligado al Colegio Artigianelli, admitió la posibilidad de la fundación y, de cuando en cuando, cavilaba sobre el asunto; por supuesto, no descuidó los medios que en tales circunstancias hacen al caso: oró mucho y pidió consejo.


4. REZÓ Y SE ACONSEJÓ

Su piedad y fervor le impulsaron temprano a deshojar sus anhelos ante Jesús Sacramentado, en las largas y frecuentes visitas nocturnas al sagrario. Su deseo era únicamente conocer la voluntad de Dios y esperar con paciencia, sin apresurarse, la hora señalada por la Providencia. En cuanto a pedir consejo, lo hizo con los varones más prudentes, los que justamente podían ser considerados como intérpretes de la Divina Voluntad.

Era su confesor el Teól. Guillermo Blengio, Vicepárroco de San Dalmacio, hombre de reconocida santidad, Director Espiritual muy acatado y para quien S. L. Murialdo, más que estima, le profesaba veneración, tanto que nada emprendía sin su consejo y consentimiento. En un asunto tan transcendental no dejó de consultarle, como es evidente. Sus consultas menudearon durante algún tiempo. El prudentísimo Director, al ser informado por primera vez sobre el proyecto, lo juzgó tarea muy ardua en esas circunstancias; mas luego, recapacitando mejor, lo aprobó y luego, lo despachó por conveniente, advirtiendo, sin embargo, que se debía proceder con pies de plomo.

Pasados algunos meses, dio su consentimiento para la fundación de la Congregación de San José, tal como lo había planeado S. L. Murialdo, pero el Teólogo Blengio había dicho: «Se emitirán solamente votos anuales".

El santo, entre tanto, se había dirigido, en demanda de luz, también a su Confesor de París, a saber al P. Icard, Superior del Seminario de S. Sulpicio. Aún más, cierta ocasión que tuvo que viajar a París, S. L. Murialdo fue a verlo en el mencionado seminario para conversar sobre el asunto. Desgraciadamente el P. Icard había estado fuera de la ciudad, por haberse dirigido a su Pueblo Natal de Chatel Pertuis, cerca de Marsella.

goyosiguenzaNo consta que S. L. Murialdo fuera a buscarlo allá, pero sí consta en cambio que el docto Director del Seminario, no se sabe si verbalmente o por escrito, le aconsejara que llevase adelante el proyecto, pues lo consideraba una inspiración del cielo.

Estando de seminarista en París, S. L. Murialdo había tenido deseos de profesar de Sulpiciano. Consultando al Sr. Icard al respeto, éste le desaconsejó, pues vislumbró que sobre aquel hombre de Dios, el Divino Maestro quizá tendría arcanos designios de predilección.

Cuando S. L. Murialdo, en enero de 1867, le comunicaba su nombramiento para Rector del Colegio de Turín, el Sr. Icard lo consideró como una verdadera bendición para la obra. Le contestó por carta enviándole los parabienes y muchos votos de ventura. Entre otras cosas le decía: « Esta clase de trabajos son deslucidos, ingratos a la naturaleza humana, no nos dan lustre ante el mundo, pero en cambio, son los más indicados para nuestro aprovechamiento espiritual, lo cual, no cabe duda, es lo que más cuenta. Poned todo empeño para educar cristianamente a esos pobres niños; les aguardan innumerables acechanzas en la vida. Confío que trabajando por los demás no os olvidaréis de vos mismo: guardad fidelidad a los Ejercicios del Seminario, ya que estos son la fuente de vida en el trabajo apostólico».

De esta manera, percatándose el P. Icard, de que S. L. Murialdo no solamente mantenía su prístino fervor, sino que además, anhelaba formar una pléyade de continuadores de BU obra educativa, reconoció en el proyecto en tapete la mano de Dios. Le otorgó, pues, sin más, su elogioso consentimiento. Por esos mismos días el Santo Rector del Seminario Parisiense tuvo que viajar a Roma por asuntos inherentes a su Congregación. Tuvo a bien aceptar la hospitalidad que S. L. Murialdo le ofreció en Turín como a su muy amado Superior, gozando con su conversación siquiera por el brevísimo lapso de una noche. El año de 1872 tocaba a su término, mejor dicho, ya se había comenzado el de 1873; se ultimaban los preparativos para la fundación y S. L. Murialdo aprovechó la ocasión para pedirle su parecer por última vez. El Sr. Icard le puso a S. L. Murialdo en paz, asegurándole, en nombre de Dios, que a todas luces, el proyecto de la Congregación tenía el sello de la voluntad de Dios.

El Santo objetó: "¿Así que yo me convertiría el Fundador de una Congregación? Su Señoría sabe muy bien que Dios, para tal objeto, suele escoger a personas santas".

El P. Icard le dio la siguiente admirable respuesta: «He aquí una ocasión propicia para empezar a serlo de veras" .

S. L. Murialdo pidió también el autorizado parecer de su sobrino el Teólogo Roberto a quien, con buenas razones, le veneraba como a un santo. Era, por entonces, el nombrado Sacerdote, miembro de la Junta Directiva del Colegio, ya que había sido también uno de sus fundadores. El Teólogo Roberto, cuando se enteró del proyecto, no tenía palabras para encomiarlo suficientemente. El que estas líneas escribe, cree también fue consultado San Juan Bosco, quien tenía un puesto de preferencia en su corazón para S. L. Murialdo. Seguramente el Santo Fundador de los Salesianos habrá aplaudido la idea, pues se trataba del bien de la niñez y juventud, por las que él mismo tanto se desvelaba. Esto se deduce indirectamente, pues una vez fundada nuestra Congregación, San Juan Bosco desplegó enorme aprecio para ella y para su fundador.

S. L. Murialdo tomó también consejo de Mons. Eugenio Galletti, Obispo de Alba, reputado universalmente como un prudentísimo director de conciencia y venerado como un santo. Se le consideraba una figura estelar del clero turinés y orador incomparablemente fecundo. Era Rector del Convictorio de Turín y Vicerrector de la Casa de la Divina Providencia fundada por san José Cottolengo. Este hombre de Dios prudentemente se abstuvo de aprobar la fundación desde un principio. Pidió tiempo para reflexionar sobre el asunto; más tarde, en momentos en que urgía una respuesta, ya que se acercaba la fecha de decidir, Mons. Galletti respondió solamente: "Sí, sí, sí, tal es la voluntad de Dios». Exhortó además a no desmayar en la santa empresa: bendijo las intenciones del fundador y ofreció encomendarlas a Dios en el Santo Sacrificio de la Misa. La referida respuesta la dio Mons. Galletti en la alcoba del Beato Sebastián Valfré en cuya casa se encontraba dictando un curso de Ejercicios a los Padres del Oratorio.


5. AYUDA DEL PUEBLO Y DE LAS AUTORIDADES

Se mandaron también celebrar Misas en el Santuario de la Consolata con el fin de impetrar de María, luz y gracia para la naciente Congregación. Y se elevaron plegarias especiales por el mismo fin, por parte de numerosas personas seglares.

A este propósito, me place mencionar el caso de una señora muy devota que, víctima de una gravísima dolencia, pasó casi toda su vida postrada en su lecho. Pues bien, todas sus oraciones y sacrificios, por muchos años consecutivos, los ofreció por las intenciones del fundador en este sentido.

Mas S. L. Murialdo, si bien consultaba, oraba y hacía orar por la fundación, no hubiera realizado cosa de provecho, si oportunamente no hubiese acudido a la competente Autoridad Eclesiástica, dispuesto a abrazar incondicionalmente su dictamen. Tan temprano como en 1869 ya habían informado a Mons. Alejandro Riccardi di Netro, Arzobispo de Turín, sobre un proyecto de fundar una Congregación, que, bajo la especial protección de San J osé, hubiera tenido por objeto la educación o reforma de la niñez y juventud. Tal idea le pareció brillante al Santo Pastor y expresó: «¡Ea, pues, pongamos manos a la obra!», dando a entender claramente que él mismo hubiera querido tomar parte activa en la fundación, y bien lo hubiera hecho a no mediar la inauguración del Concilio Vaticano I para el cual el Venerable Arzobispo se dirigió a Roma, en donde le sorprendió la muerte en diciembre de 1870. Por otra parte, las urgentes atenciones al colegio de Turín y a la Escuela Agraria de Bosco Marengo absorbieron de tal manera la atención de nuestro Padre que nada se pudo hacer en este tiempo en pro de la fundación.

El año siguiente, 1871 en el mismo mes de diciembre fue elevado a la cátedra de Turín el nuevo Arzobispo, Mons. Lorenzo Gastaldi. San Leonardo Murialdo se apresuró a depositar a sus pies el proyecto ya presentado a su ilustre predecesor. Mons. Gastaldi lo aprobó, aunque sin examinarlo con detenimiento.


6. TURÍN, 19 DE MARZO DE 1873

Para 1873 se elaboró y aprobó un Reglamento Preliminar para el fundador y los tres sacerdotes que debían formar el primer núcleo de la nueva familia religiosa, el mismo que fue presentado al Exmo. Sr. Arzobispo. Éste aconsejó iniciar la Congregación el próximo 19 de marzo. «Emitiendo, decía el Santo Prelado, votos simples y temporales por un sólo año, por ser la primera vez».

Llegó al fin el 19 de marzo de 1873. Seis almas generosas: cuatro sacerdotes (comprendido el Fundador) y dos acólitos -las piedras angulares de nuestra Familia Religiosa-, en la pequeña capilla del Colegio Artigianelli y embargada el alma de celestial emoción, pronunciaron por primera vez la fórmula de su profesión religiosa. Allí mismo se nombró para Superior del nuevo Instituto al P. Murialdo.


7. INICIO HUMILDE Y LENTO
 

Así nació la Pía Sociedad de San José. Su ulterior desarrollo se caracterizó por una marcada lentitud. ¿La causa? La misma que retardó su aparición en el seno de la Iglesia: la humildad de S. L. Murialdo.

La Congregación vivió en un ámbito extremamente reducido sus primeros años. Proveía de personal a dos comunidades existentes: Turín y Bosco Marengo. Tal cúmulo de contingencias resultó ser favorable para imprimir a la naciente Congregación su propia fisonomía de humildad y ocultamiento, completamente ajena a auto-ensalzarse o mostrarse en público, pero fisonomía muy conforme a nuestro Protector San José, el humilde Artesano de Nazaret. De esta manera, sin distorsiones o amaneramientos, la Congregación Josefina adoptó, o mejor dicho, nació acunada por las dos virtudes que más brillantemente resplandecen en el Santo Patriarca: la Humildad y la Caridad, tal como rezan nuestras Constituciones.

No obstante esto, la Congregación desde sus albores empezó a recorrer un camino de continua y firme ascensión. Su forma externa se contorneaba mejor cada día, su peculiar espíritu se enraizaba más profundamente en sus miembros, según pasaba el tiempo; se podía perfectamente aplicar la fórmula de la Escritura: Filius accrescens Joseph, filius accrescens.

Al mantenimiento del espíritu de Humildad y Caridad contribuyó, en primer término, el mismo Padre Fundador, el cual, por cierta natural aversión a todo lo que fuera publicidad de sus obras, se mostraba siempre tan humilde y caritativo que con sólo su ejemplo esculpía en todos sus hijos esas excelsas virtudes.

Además que con su vida, procuraba cultivar dichas virtudes con las conferencias que regularmente dictaba para instruir a los miembros e incrementar el buen espíritu de la Congregación. Tales conferencias, no hace falta decirlo, producían un inmenso bien en sus oyentes Sus pláticas deleitosas y fáciles eran una erupción de amor, que brotaba fie su encendido corazón, y, al mismo tiempo, porque basadas en principios segurísimos de la ascética cristiana, poco a poco, iban imprimiendo la forma definitiva a la nueva Sociedad Religiosa.


8. LOS HERMANOS DE SAN JOSÉ DE CITEAUX

A fin de proceder con el mayor acierto en el modelado de su Instituto, S. L. Murialdo visitaba frecuentemente comunidades religiosas, especialmente de Francia. De ellas copiaba los reglamentos, ocupaciones y horarios. Más que con cualquiera otra, sus relaciones eran más frecuentes y cordiales con la Congregación de San José de Citeaux, la misma que, inclusive, estuvo a punto de fundirse con la nuestra, pero graves dificultades se interpusieron para ello.

En 1875 Murialdo visitó Citeaux, allí quedó gratísimamente impresionado por la disciplina, buen orden y piedad que reinaban en esa escuela agraria, no solamente entre los superiores, sino también entre los jóvenes, siendo de notar que éstos habían sido llevados allí por la policía, que los había aprehendido en las calles públicas, como sujetos sospechosos. Citaré un párrafo de la carta preciosa que S. L. Murialdo nos envió desde Citeaux: "No lo creería ni yo mismo, si no lo hubiera visto con mis propios ojos, como la virtud parece encarnada en estos buenos padres y hermanos. He tomado nota de algunos aspectos particulares y ya veremos si podremos aplicar algo en nuestro amado Colegio. Esto nos debe dilatar el corazón: ¡si san José ha hecho tantas maravillas en Citeaux, no vamos a suponer que su bendita mano se encoja en Turín! 'Les Péres et Frères de Saint Joseph' han trabajado tanto aquí, y los Hermanos Josefinos ¿no podrían hacer ni siquiera la mitad allá?, 'In Te Joseph speravo, non confundar!'»En Agosto del mismo año hizo una peregrinación al Santuario de 'La Salette'. Allí celebró la santa Misa 'Pro Congregatione' y por la misma ofreció un ex-voto de plata en el altar de San José con esta leyenda: "1874 - Congregación de San José en Turín, Colegio de los Artigianelli».

También encomendó a las oraciones públicas de los peregrinos que allá acudían a 'une Congregation naissante, et un college, une Oeuvre de Jeunesse, etc…'.

También dos años más tarde, o sea en 1876, ofrendó por la Pía Sociedad un corazón de plata a Nuestra Señora de Lourdes, en su propia Basílica; ya que la dulcísima Madre de Dios allí derrama abundantes favores a todos sus devotos, que bendiga también a nuestra Congregación.


9. EL NOVICIADO

En sus principios no había un Noviciado Josefino propiamente dicho. No obstante, todos los aspirantes pasaban dos años de probación antes de admitirlos a los votos. Estos jóvenes, durante los años de prueba ya servían en nuestras comunidades en calidad de vigilantes de los niños. Algunos se dedicaban al estudio. En el Colegio de Turín, de manera especial, se llegó a formar una sección de estudiantes de Humanidades, con los mejores del Instituto, los cuales llevaban una vida más ajustada a su aspiración de profesores Josefinos. Lo mismo se hacía con aquellos jóvenes que aun ejerciendo un arte manual, no entendían ya volverse al siglo.

En 1882 se abrió el Instituto de San J osé en Volvera. Como la casa se prestaba para recibir al Noviciado, se optó por construir una sala exclusivamente para este fin. Desde 1898 el Noviciado quedó instalado definitivamente en esta ciudad, con todos los requerimientos necesarios.sanleonardojoven


10. APROBACIÓN DIOCESANA

La Congregación Josefina, gracias al decreto de Mons. Lorenzo Gastaldi del 24 de febrero de 1875, tenía la Autorización Diocesana. En el texto del Decreto consta claramente la constitución y fin de la Pía Sociedad: una Congregación integrada por sacerdotes y hermanos coadjutores que tenían el fin primordial de educar cristianamente a la juventud abandonada; Congregación que había tenido oficialmente su principio el 19 de Marzo de 1873 con la emisión de los votos religiosos.

Mons. Gastaldi, visiblemente emocionado y entusiasmado, aprobó sin reservas, la erección de la Pía Sociedad. Aprobó sus Reglas, y la puso bajo la especial protección de San José, Esposo de María Sma. Al principio del Decreto se lee: «Invocando la gracia de Dios Altísimo y Omnipotente, de María Virgen Inmaculada, de San José, Patrono de la Iglesia Universal, sobre esta Congregación, y a fin de que se afirme y se propague cual válido instrumento en las manos de Dios, para la santificación de sus miembros y de innumerables almas, constituimos y nombramos como Rector de la misma al Rdo. Sr. Presbítero Don Leonardo Murialdo». «A1 mismo Rdo. Señor y a todos los estudiantes y hermanos ya congregados y a cuantos han dado su nombre a la Congregación, impartimos con todo amor nuestra paternal bendición».


11. APROBACIÓN PONTIFICIA

Evidentemente a la Congregación Josefina, destinada a extenderse fuera de la Diócesis de Turín, no le bastaba la aprobación de su Obispo. Era necesaria la aprobación de la Santa Sede. S. L. Murialdo, sin embargo, no se atrevía a pedirla; pensando que nuestra Pía Sociedad era tan modesta y reducida que difícilmente se hubiera podido comparar a otras Congregaciones que, desde un principio, se habían caracterizado por un vigoroso desarrollo.

San Juan Bosco, interrogado al respecto, exhortó vivamente a pedir la aprobación apostólica para nuestra Congregación, poniendo por ejemplo la suya, que, después de ese paso, empezó a desenvolverse maravillosamente y a dilatarse sin dificultades. Aún más, el mismo Santo se ofreció a agilizar las gestiones ante la Santa Sede, basado en el favor que le dispensaba el Santo Padre. Nuestro Fundador, con todo, no creyó oportuno valerse de tan singular ofrecimiento y prefirió que la naciente Institución tomara más consistencia y ofreciera mayor estabilidad.

Por de pronto las circunstancias eran muy favorables. He aquí una: el Fundador fue a Roma con Don Julio Constantino en marzo de 1883. Pidió una audiencia con el Papa León XIII. Las Fiestas Pascuales estaban a las puertas y todo parecía que tal audiencia no se hubiera podido conseguir, mas cuál no fue su dulce sorpresa cuando recibieron la cita para el 18 de Marzo, vigilia de la fiesta de San José.

El Vicario de Cristo se dignó departir afablemente con los dos visitantes por más de 20 minutos durante los cuales les habló de la gran necesidad que hay de educar a la juventud, de las obras que sabía estaban confiadas a nuestra Dirección, y por fin concedió muy complacido una especial Bendición que S. L. Murialdo solicitara para la Buena Prensa. Su Santidad aceptó muy complacido también un minúsculo historial de nuestra Congregación y el Reglamento vigente en la misma. En suma, durante toda la audiencia, nuestro Superior fue objeto de singular benevolencia y cordialidad de parte del Sumo Pontífice. De esta manera nuestra flamante Pía Sociedad, por primera vez se dio a conocer ante el Vicario de Cristo.

A Raíz de esta audiencia sí se empezaron a mover los pasos necesarios para conseguir la aprobación apostólica. La solicitud respectiva aparece firmada en el mes de agosto de 1888, y dirigida a la Sagrada Congregación, que entonces se denominaba de Obispos y Regulares, y corroborada por recomendación de varios Obispos. Entre los cuales merece citarse al Emmo. Card. Cayetano Allimonda, Arzobispo de Turín; quien se dignó interponer el altísimo prestigio y consideración de que gozaba en Roma, para que la dicha solicitud surtiera buenos efectos. Cabalmente así sucedió. Con fecha de 7 de marzo de 1890, se publicó el Decretum Laudis donde se encomia ampliamente y se enaltece el fin principal de la Congregación Josefina. A raíz de este Decreto, el Santo, que hasta entonces no había permitido sino la profesión religiosa ad tempus, pensó que, para la estabilidad definitiva de la Congregación, ya propagada por diversas ciudades de las Venecias, se podían emitir finalmente los votos in perpetuum. Esta ceremonia, se llevó a cabo por la primera vez el 19 de marzo de 1891.

Enseguida se empezó a trabajar para obtener el decreto sucesivo o sea la Aprobación Oficial de parte de la misma Sagrada Congregación. Se elevó la solicitud respectiva, patrocinada, como la anterior, por valiosos testimonios de los Prelados en cuyas diócesis se hallaba establecida la Pía Sociedad. Tales diligencias se iniciaron por 1895 y, merced a una milagrosa intervención de San José, sin que fuera necesario ni siquiera la presencia de S. L. Murialdo en Roma, se firmó el Decreto de Aprobación de nuestra Amadísima Familia por el Card. Vannuttelli, Prefecto de la Congregación de Obispos y Regulares, Decreto que lleva la fecha de 17 de Junio de 1897, fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo.

Finalmente, gracias a la benévola ,y generosa intervención de Mons. Agustín Richelmy, nuevo Arzobispo de Turín, el Santo Padre León XIII, se dignaba asignar un Protector para la Congregación Josefina en la persona del Emmo. Card. Mariano Rampolla, quien personalmente se dignó comunicárselo al Emmo. Card. Arzobispo de Turín con un oficio que llevaba la fecha del 20 de Abril de 1898.

Este era el estado de la Congregación cuando Nuestro Señor dispuso que san Leonardo Murialdo fuera ya conducido a la Patria de los Bienaventurados. Nuestro Santo Fundador se despidió de este mundo viendo que su obra principal, el Instituto Religioso, quedaba aprobado y como consolidado en la Roca de Pedro por la autoridad de la Santa Sede: ya podía estar seguro que su anhelo de abrasar al mundo todo en el santo amor de Dios, que iba a realizarse plenamente por medio de sus hijos, a quienes la Santa Iglesia los había acogido cariñosamente entre sus batallones selectos, mediante su Aprobación Oficial.

La aprobación definitiva, sin embargo, no vendría sino pasados cuatro años, desde el feliz tránsito del Santo Fundador, es decir, cuando San Pío X aprobó solemnemente las Constituciones de nuestra Congregación, el primero de agosto de 1904.

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8. EN EL CAMPO DE LA ACCIÓN CATÓLICA

1. LA CLASE TRABAJADORA

      La amplitud de miras de san Leonardo Murialdo y el inflamado celo en que bullía su corazón, no se dieron por satisfechos con la labor apostólica que acabamos de indicar. Trabajaba por la juventud en el Colegio Artigianelli, prestaba su valiosa obra en varias otras Instituciones Religiosas y Educativas; mas veía en derredor de sí un campo vasto pero dominado por el enemigo, un campo tentador, el problema obrero. La clase trabajadora se hallaba a merced del poder de las tinieblas, es decir en manos de liberales y socialistas que la habían aherrojado por medio de una prensa procaz y corrompida. Era un enemigo nada despreciable que iba imponiéndose con mayor petulancia cada día, alentada por la complicidad de los gobiernos hostiles a la Iglesia y por las sectas secretas. Francia vislumbró el peligro antes que Italia, y para conjurarlo, las fuerzas católicas empezaron a organizar la ofensiva, uniéndose maravillosamente con un frente compacto y bien dirigido cual antes no se había visto jamás.

   sanleonardo Su estadía en San Sulpicio brindó a S. L. Murialdo la oportunidad de estudiar los movimientos católicos de Francia, y desde entonces tomó la resolución de visitar, de preferencia, las Organizaciones Obreras. En Italia ya se avistaba al enemigo aguerrido y enconado. Su enseña de reivindicación social era halagadora y tentadora, mas Italia no había puesto en juego ninguna providencia ante tamaño peligro. ¿Hubiera podido Leonardo Murialdo, engolfado hasta la coronilla de sus cabellos en los urgentísimos asuntos del Colegio de Turín, emprender un apostolado tan vasto y que requería no sólo energía sobrehumana sino también mucho margen de tiempo a su disposición? ¡Sí que lo pudo! ¡Su ardor zanjó ambos obstáculos! En cuanto a energía no la atenuó un punto, sino que la duplicó, la centuplicó: Unum facere et aliud non omittere.

    Sus niños del Colegio no sufrieron la mínima desatención mientras el Santo Rector se hallaba entregado a la labor de la Acción Católica. En lo que toca al tiempo, lo subsanó con la renuncia a sus vacaciones, pues el limitado tiempo que se había reservado durante el verano para un merecido descanso, al cabo de un año de indecibles fatigas y sufrimientos, lo dedicaría a viajar por Francia, no ciertamente por turismo o distracción, sino para presenciar, y no pocas veces para participar activamente en los Congresos Católicos, para visitar Colegios de Artes y Oficios y cotejarlos con el suyo, tomar apuntes y aprovechar sugestiones, en suma, para atesorar preciosas experiencias.

 

2. EN FRANCIA, UNO DE LOS POQUÍSIMOS ITALIANOS

     De sus Memorias consta que estuvo presente en los Congresos de Lyon, Tours y Poitiers en 1872, junto con Don Julio Constantino; en agosto de 1875 participó en el Congreso de Reims y en 1879 en el de Angers y en el de Burdeos en 1881. Estos congresos estaban organizados por los obispos franceses. En sus bancos aparecían los más destacados representantes del Clero y de los seglares católicos en general. Su fin era agrupar a todas las fuerzas vivas de la Nación para resolver el problema obrero a la luz de las normas emanadas de la Iglesia Católica y subvenir a la necesidad que de cultura religiosa necesitaba urgentemente la niñez.

  dipinti3 murialdo 10  Como fruto de tales congresos, surgía por doquier en toda la superficie de la gran nación francesa, un verdadero alud de obras católicas, tanto para obreros como para jóvenes, impulsadas todas maravillosamente por la poderosa fuerza de la Jerarquía y también de innumerables católicos conscientes, prudentes y sabios. A tales congresos acudían, por lo general, pocos extranjeros y de ellos poquísimos italianos. Entre estos últimos encontrábase casi indefectiblemente S. L. Murialdo, que, con visión acertada, los apreciaba en su verdadero valor y los encomiaba mucho, pues bien se había impuesto de que allí se planeaba una verdadera redención de los pueblos. Es notable que al Congreso de Burdeos de 1881, S. L. Murialdo acudiera en calidad de Representante de la Unión Obrera Católica de Turín. Pronunció un discurso sobre las obras católicas de Italia, expresando, en culto a la verdad, que estas no eran sino una imitación de cuanto se hacía en Francia.

    «La voz de alarma- dijo el orador- que se elevó en los congresos como el presente, para conjurar los males y peligros que en este tiempo amenazan dar al traste con las instituciones sociales católicas y aún con la Iglesia misma, ha repercutido allende los Alpes. Debemos confesar que nuestros Congresos Católicos de Venecia, Florencia y Bérgamo no han sido sino un eco de los vuestros de Nevers, Poitiers, Lyon y Angers. Vuestras asambleas han excitado a las nuestras y el torrente de obras católicas que ha inundado el suelo de Francia ha inyectado vitalidad también en las nuestras de Italia, que dormían bajo el calorcillo de la incuria, pero que el día de hoy retoñan lozanas y se multiplican a ojos vista. Escribiendo desde Francia a raíz del Congreso de 1872, en Poitiers, expresaba que su mayor anhelo era que también en Italia se juntaran tales asambleas, o siquiera que gran parte de los Directores de Oratorios de la Península, acudieran a Francia, pues «Había para todos no poco que aprender".

 

3. ITALIA SE DESPIERTA

     Sus deseos no tardaron en hacerse realidad. De allí a poco las Fuerzas Católicas Italianas empezaron a desperezarse para presentar un frente orgánico y vigoroso a la campaña del mal, y S. L. Murialdo con toda razón podía ufanarse de haber sido, en primer término, el abanderado de tan saludable movimiento y luego también su apóstol. En junio de 1881 se celebró en Mondoví uno de los Primeros Congresos católicos de Italia. S. Leonardo Murialdo, como especial invitado, pronunció un importante discurso sobre las Obras de Apostolado Juvenil, vistas desde dos ángulos de vista distintos: primero, el apostolado juvenil en sí mismo y segundo el problema obrero.

    Aquí expresó sus anhelos acariciados por tantos años. He aquí los párrafos principales de su discurso: «En el no lejano 1859 se reunieron en París seis dirigentes de Instituciones Juveniles para discutir en democrática mesa redonda los remedios más adecuados para la mejor conducción de su labor poniendo a disposición de todos el fruto de los estudios, y experiencia de cada uno. Allí les había convocado nuestro Señor, pues por su gloria deseaban trabajar: resultó ser el granito de mostaza. Tuvieron desde entonces reuniones sucesivas en Versalles, Angers y Nevers.

    A este último Congreso acudieron 900 miembros, pero los que se inscribieron fueron 1.050. A continuación se convocaron los Congresos de Poitiers, Nantes, Reims, Burdeos y Lyon. Así nació la Confederación de Instituciones Obreras de Francia y actualmente las Instituciones Confederadas pasan de 2.000 y propugnan la formación, educación o reeducación de centenares de miles de jóvenes. El provecho de tales Congresos ha sido poco menos que asombroso.

     El ardor y entusiasmo de que todo el mundo se contagia, es un incendio que abarca todas las latitudes de esa gran nación, gracias al entusiasmo y elocuencia verbigracia del Conde de Mun, y al apoyo oficial de los Obispos, que se dignan tomar la dirección aunque sea sólo moral de tales Asambleas. Estos movimientos prometen nada menos que transformar totalmente a Francia. Y ¿qué decir de la comunión de ideas entre el Clero y el Pueblo Católico? El anhelo común de dar la mayor Gloria posible a Dios, es, sin duda, la mejor prenda de las bendiciones del Cielo.

     Este fuego renovador y purificador, esta ansia de sacrificarse por Dios, el despertarse de los tibios ante tan imponentes manifestaciones por la causa de Cristo, no son el único fruto que se cosecha en tales Congresos. Aquí se plantea el problema de la educación de la Niñez y Juventud y se ponen las bases para resolverlo. ¡Qué cúmulo de obras sociales no surgieron de los mismos!: fruto sazonado, opimo, prometedor. "Estas obras sociales tienen buen cuidado de adaptarse cabalmente al medio ambiente donde se fundan. Tal fue la gentil preocupación de un Ángel de caridad, de un Apóstol del Obrero, de un modelo de Sacerdotes, quiero decir de Mons. de Segur, que dirigió estos Congresos por muchos años. «En los cinco días que dura el congreso, se suele discutir en sesiones separadas los puntos puestos a consideración por un Relator. diapo murialdo 39

    Si la propuesta es de aceptación general, se la toma en cuenta y se la somete a la aprobación de la Sesión General del Congreso que se instala por la tarde. Esta aprobación se la envía en forma de "Acuerdo" a un despacho central que tiene sede en París, el mismo que se encarga de ponerlo por obra. De esta manera las resoluciones del congreso no quedan en letra muerta, o en meras resoluciones sin sentido, sino que son siempre realidades, pues el Comité Central tiene suficientes medios económicos para actuar. Ahora bien, gentiles señores, he aquí una moción que me atrevo a lanzar en mi calidad de Enviado Especial. Propongo, pues, con la debida venia de nuestro muy amado Pastor, el Obispo de esta Diócesis, que todos los dirigentes de Obras Juveniles, ya sean Oratorios, o Seminarios, Talleres, Catequesis, etc. etc., nos congreguemos en fecha no muy remota para una "reunión", no quiero llamarla con el pomposo nombre de "Congreso", y que hoy mismo fijemos el tal día con precisión.

    Allí podríamos ex poner nuestras iniciativas, métodos, experiencias, proyectos y, en fin, todo cuanto de provecho podemos hacer por la juventud, que ocupa tan señalado puesto en nuestros corazones. «Si tal asamblea, en bien de las Instituciones Obreras se llevara a cabo, ¿No os parece, Señores, que sería el grano de mostaza que, transformado en frondoso árbol abrazaría todas nuestras Obras Sociales y que también quedaría cristalizado el anhelo de todos los buenos católicos? Al mismo tiempo habremos obedecido a un deseo -que para nosotros debe ser un mandato- de quien alabó, encomió y bendijo la labor de los Congresos, con aquellas palabras de Pío IX: "Haced, haced", el deseo, digo, de Su Santidad el Papa León XIII gloriosamente reinante». El año anterior S. Leonardo Murialdo ya había asistido al Congreso Regional de Mondoví en donde dio cuenta de nuestras Obras Juveniles: Escuela Agraria y Oratorio de Rívoli, y el Hogar para Estudiantes y Obreros en la misma ciudad.

    En dicha relación concluyó diciendo: «Todos, pues, sin excepción, pongamos mano a las obras de Dios. Quien puede trabajar, que trabaje, tomando en cuenta que quien puede, debe trabajar. Quien no puede contribuir con su obra personal, que contribuya con su óbolo o que colabore para reunir fondos. Hay que alimentar y alojar a tantos jóvenes que el día de hoy se sienten fascinados por el mal y traicionados por aquellos mismos que se declaran sus amigos. De esta manera, cuantos trabajamos en este mismo campo de la juventud, podremos oír en el día de las cuentas aquellas suaves palabras: "Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis. Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Venid, pues, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo."

 vocepopolo   Este discurso, y el aliento con que fue pronunciado, captó la admiración y simpatía de aquella selecta concurrencia. Se lo dio a la imprenta y fue a dar también a manos de los beneméritos hermanos Giuliano de Pinerolo, quienes, movidos por la elocuencia de S. L. Murialdo, tuvieron a bien aliviar la situación económica del Colegio Artegianelli de Turín donando dos grandes posesiones que poseían en None, para que allí se fundase una escuela agraria. Después del Congreso de Mondoví, asistió a otros muchos similares en toda Italia, especialmente cuando se realizaban en el período de vacaciones o cuando concordaban con los frecuentes viajes por asuntos inherentes a la Congregación. Es así como, en 1875 pudo asistir al Congreso Católico de Florencia; en 1883 a los Congresos Regionales de Génova y Nápoles. En Octubre de 1897 debía pronunciar un importante discurso en la Asamblea de la Diócesis de Motta di Livenza, pero dicha asamblea fue disuelta por las autoridades civiles bajo fútiles pretextos.

 

4. VIAJES CANSADOS Y PROVECHOSOS

     En tales viajes, además, no perdía ocasión de visitar todas las instituciones similares al Colegio de Turín. De estas visitas aunque «relámpago» surgían amistades valiosas y sinceras, como la de los Hermanos de S. Francisco Regis en Puy, que se dedicaban casi exclusivamente a la agricultura; también la de los Hermanos del Espíritu Santo; de los Hermanos del Corazón Inmaculado de María en Clermont y en particular de los Hermanos de S. J osé de Citeaux, el antiguo Císter de San Bernardo, a donde viajó repetidas veces con el fin de estudiar detenidamente la admirable organización de esa floreciente escuela agraria y sus filiales de Aullins y de Saint Leonard y en donde también trabó suavísima y sincera amistad con la persona del Superior General Rmo. P. Donat.

    Sin embargo, tales viajes no le dejaban de preocupar un tanto, pues, su delicadísima conciencia le obligaba a examinar si ellos eran precisamente para la gloria de Dios, lo mismo que sus peregrinaciones a los Santuarios más queridos de su corazón, como la Salette, Isoudun, Saint Anne d'Aurais, Lourdes y Paray-le-Monial. Y si en tal o cual circunstancia, estos viajes le parecían superfluos, renunciaba a ellos aunque mucho le costara. Cierta vez, a propósito de lo que vamos diciendo, me escribía lo siguiente desde Vernaison: "Ruegue Ud. a Dios por mí y diga que hagan lo mismo los hermanos, a fin de que la presente romería la efectúe con un corazón sinceramente cristiano y para la mayor gloria de Dios y así no resulte una simple distracción, o peor, una disipación según reza el adagio: "Qui multum perigrinantur, raro sanctificantur".

    Al echar un vistazo a mis peregrinaciones anteriores, veo que algún provecho he sacado en muchas cosas; pero compruebo, al mismo tiempo, que muchos buenos propósitos no han pasado de "pia desideria". Gozo, por ejemplo, que el «Hogar» se ha fundado ya, lo que jamás lo hubiera podido sin antes haber observado cómo marchan los similares de Mont-Parnasse y de Tolosa. De la misma manera, yo, inclusive, me hubiera opuesto a la creación de la Escuela Agraria, al no haberme hecho cargo de las grandes ventajas que tal obra produce en la juventud, por más que no dispongamos de los 80 Hermanos de Citeaux».

 

5. SOCIO Y ASESOR

    S. Leonardo Murialdo, desde muy joven, había mostrado avidez por lucrar los tesoros espirituales de que las Congregaciones o Hermandades piadosas suelen ser ricas. Se había inscrito a muchas de ellas y cumplía fielmente con sus reglamentos; mas, viendo que además de la oración, era preciso poner al servicio de la buena causa también las energías personales; no se contentó ya con sólo asistir a los Congresos de Italia y Francia, como queda anotado, sino que también se inscribió, y consecuentemente dio su valiosa cooperación, a las Asociaciones Católicas, bien convencido de sus enormes ventajas para la Sociedad. Hízose miembro de la Confederación de Obras Católicas de Francia, fundada en el Congreso de Nevers el 8 de Septiembre de 1873; y debemos anotar, con justo orgullo, que por su valioso aporte intelectual, la mencionada Confederación le otorgó dos diplomas de reconocimiento: uno el 5 de julio de 1873 y el otro el 15 de agosto de 1876.

    En Italia se adscribió temprano a la magnífica Obra de los Congresos, fundada por el Conde Juan B. Paganuzzi. Fue también miembro muy valioso del Comité Central de Piamonte. Apenas se fundó la Unión Obrera Católica, de Turín, el año de 1871, entró también a tomar parte en ella, y se puso a propagarla fervorosamente. Sus ponencias, pareceres o sugestiones en el seno de la dicha "Unión" encontraban siempre franca y leal acogida por parte de los miembros y directores, pues bien lo sabían que el san Leonardo Murialdo no pretendía nada más que la mayor Gloria de Dios y el bien del prójimo.

    Cuando más tarde Mons. Lorenzo Gastaldi fundó un Comité Organizador o Directorio para coordinar las actividades de dicha obra, S. L. Murialdo fue nombrado su Capellán Eclesiástico, cargo que desempeñó hasta febrero de 1878, año en que suplicó le relevaran a causa de los innumerables e importantísimos asuntos a que debía atender. Mas luego, reorganizado radicalmente el Directorio, con bases nuevas y firmes por mayo del mismo año, S. L. Murialdo fue nuevamente nombrado Capellán por su Presidente, el Canónigo Berta. Más tarde, cuando el Excmo. Ordinario del lugar ordenó la Función del Consejo Central de la Unión Obrera Católica, con el Directorio, S. L. Murialdo fue nombrado Vice-asistente General para el período de 1782 -1784. En 1886 el Emmo. Cardenal de Turín Mons. Cayetano Alimonda, lo nombró Asistente General del Directorio, sin que por ello S. L. Murialdo dejara de ser Miembro del Consejo General de la Unión Obrera Católica.

     El Presidente del Directorio, Conde César Balbo, le confirió el nombramiento con las siguientes palabras: «Le expreso mi complacencia por el nombramiento que el Emmo. Cardenal ha tenido a bien hacer en V. Señoría para Asistente Eclesiástico de este Directorio. Espero que V. Señoría se dignará iluminarme el camino con sus sabios consejos y directivas, y tenga por seguro que en mí sólo encontrará un respetuoso y sumiso hijo en N. S. Jesucristo". S. L. Murialdo, empezó y duró en este honroso puesto, dando siempre grandes pruebas de su proverbial diligencia. No pocas veces las sesiones le imponían el sacrificio de su tiempo, de su descanso y hasta de su cena, y cuando surgían desavenencias en las determinaciones, su palabra conciliadora se la acataba con veneración y, podríamos decir, sin discusiones. Otra obra meritoria de S. L. Murialdo fue también las catequesis vespertinas para los oficiales aprendices.

    Así consta en el Boletín de las Asociaciones Obreras Católicas Italianas, en donde se lee que San Leonardo Murialdo lanzó mociones prácticas y concretas y que dio a los congresistas sapientísimas sugerencias y fervorosas exhortaciones, dejando en la concurrencia las más favorables impresiones. S. L. Murialdo colaboró también para la fundación de La Voz del Obrero que fue una nueva serie del «Boletín» de marras pero ampliamente mejorado.

 

6. ELECTOR Y MILITANTE POLÍTICO

    En este punto quiero también poner de relieve el enorme empeño que demostró para orientar las elecciones municipales. Por supuesto, tuvo buen cuidado de inscribirse a tiempo en los registros públicos para poder usar de su derecho al sufragio. En segundo lugar, con edificante actividad procuraba multiplicar los electores, especialmente entre sus familiares o dependientes, pues lo consideraba un genuino apostolado. Para los indecisos, perezosos o simplemente indolentes o apáticos tenía palabras de fuego y los inducía al deber de votar. Este denuedo por la buena causa renacía en S. L. Murialdo lozano y vigoroso, cada año, aunque el resultado a veces fuera muy inferior a las esperanzas.

 favaro1detalle   En el día de las elecciones, tomaba un puesto en el Tribunal Electoral y cumplía su cometido con escrupulosa diligencia, posponiendo, por un lado, sus gravísimas ocupaciones y por otro, exponiéndose a descortesías y quizá a malos tratos de los contrarios y, en fin, a un sinnúmero de privaciones y mortificaciones, todo y solamente por bien de las almas. En aquel tiempo algunos personajes tenían el privilegio de votar en varias mesas del Distrito: pues bien, S. L. Murialdo, siendo uno de ellos, se dirigía a todas las mesas en donde podía depositar un voto, convencido de que una administración, inspirada en fuentes católicas, hubiera sido de innumerables bienes para la sociedad, y convencido también de que, los católicos en aquellos momentos debían depositar todos sus votos posibles, sea cual fuera el éxito final de los escrutinios. Si todos los que tenían derecho a votar lo hubieran hecho, pisoteando el respeto humano y sin miedo a las consecuencias, si todos hubieran imitado tan santo valor, abnegación y generosidad, ciertamente no hubiéramos tenido que lamentar tantos desastres, tantas derrotas.

 

7. LA ASOCIACIÓN DE LA BUENA PRENSA

    Este cúmulo de actividades que hemos analizado, no parece sino que era una muestra, en comparación de la obra transcendental que, como miembro del Comité Regional de Piamonte promovió exitosamente, a saber, la de la Buena Prensa. Su convencimiento de que era necesario zanjar de alguna manera el alud de periódicos y libros perversos que se venían publicando, le obligó a convocar a varios sacerdotes y a seglares de mérito para fundar un órgano periodístico de las actividades católicas. Es así como en febrero de 1883 se fundó una Asociación o Liga para la Impresión y Difusión de Buenos Libros.

    Tal empresa se puso bajo la protección del Apóstol de la Edad Media que se llamó Carlos Borromeo y su fin era: "Juntar las fuerzas del pensamiento y acción católicos para oponer un frente único y fuerte a la despampanante difusión del error, a través de la propagación de las sanas doctrinas, pues el catolicismo no es incompatible con la verdadera ciencia". Los fundadores de dicha Liga lanzaron un llamamiento, a fin de que todo buen católico prestara su concurso a la obra. tav4 1

    Los medios para combatir el mal serían la mayor difusión posible de libros, periódicos, opúsculos, revistas, ensayos de carácter netamente católico; la impresión de cuanto material apto se tuviere a la mano, y la creación o incremento de bibliotecas populares, fijas o ambulantes.

    Esta clase de apostolado, nuevo pero muy eficaz, obtuvo no sólo la aprobación sino también el aplauso del Arzobispo de Turín, Mons. Lorenzo Gastaldi, quien, como prenda de su benevolencia, se designó euviar una especial bendición a la obra el 12 de febrero de 1883. No menos encomiástico se portó el sucesor de Mons. Gastaldi, Mons. Alimonda. Para el 16 de abril del mismo año se convocó una asamblea general de todos los dirigentes de la obra con el fin de nombrar dignatarios y comisiones. A una de éstas se le confirió plenos poderes para que pusiera por obra inmediatamente algunas conclusiones de la asamblea.

 

8. BIBLIOTECAS AMBULANTES

     Dicha comisión se componía así: el Teól. L. Murialdo en calidad de Presidente, el ingeniero Alberto Buffa, el Barón Alberto De La-Tour, el abogado Jacinto Bricarelli y el notario Sr. Roberto Castelli. La primera actividad de la Comisión fue crear bibliotecas ambulantes y populares en cada uno de los Comités de la Unión Obrera Católica; y fue tal su empuje, que a principios de 1884 se habían constituido nada menos que veintiocho bibliotecas en diversas localidades de Piamonte con incalculable provecho para las almas y grandísimo consuelo para sus Pastores como pueden ver por las cartas laudatorias y conmovedoras que éstos enviaban a la Liga.

   El número de volúmenes llegó a alcanzar unos 3.000, sobre variadísimos aspectos: religiosos, morales, amenos o instructivos; libros que la Liga había adquirido con dineros propios o a título de donaciones. Todo este ingente material de lectura estaba a disposición del público de manera gratuita.

    En los años sucesivos su número aumentó considerablemente y no cabe duda de que tal apostolado, entonado a nuestra época, y llevado a cabo con perseverancia y buen método, contrarrestó la marcha del mal, pues, entrando los libros en las familias cual enérgicos y sinceros consejeros, instruían por una parte y por otra desalojaban las lecturas malsanas. 

 

9. SE CONVOCA A LAS MUJERES

    Para acosar cada día mejor al enemigo tuvo la Liga la feliz idea de llamar al campo de batalla también a las mujeres católicas. Con vibrante mensaje las convocó a una asamblea general para el 22 de febrero de 1884 en la Iglesia de San Juan Evangelista, la misma que culminó con el más brillante de los éxitos. Las señoras de la más culta sociedad de Turín acudieron en tan gran número que no cabía una más en el amplísimo templo. La asamblea fue presidida por el Cardenal Alimonda y asesorada por los Dignatarios de la Liga de la Buena Prensa, y por algunas personas conspicuas del Clero y de la Sociedad. S. L. Murialdo tomó por primero la palabra. En un hermoso y felicísimo discurso discurrió sobre la importancia de la Obra de la Buena Prensa, indicando que la cooperación de las damas católicas sería de imponderable valor para la misma.

    Con acopio de doctrina y argumentación sólida trazó un cuadro completo del deber que tiene la mujer de ser apóstol en la familia y en la sociedad. Les instó a que su apoyo no fuese tan sólo moral sino que bajaran al terreno de la práctica, donando, si fuese necesario, su aporte económico para promover las buenas publicaciones.

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10. L. MURIALDO EDITA UN BOLETÍN MENSUAL

      Se estableció en esa asamblea la publicación de un boletín para orientar mejor el trabajo de la Liga, coordinándola con los Comités Regionales. S L. Murialdo fue el encargado de editar dicha publicación y la cumplió con su proverbial seriedad. Para ello pidió consejo y dirección a la Obra S. Pablo, cuyo Rector era el Canónigo Schorderet, a quien había conocido durante un espléndido Congreso que se llevó a cabo en Mans.

      Pidió y aprovechó los consejos del Abad Bonnot quien en Burdeos editaba los célebres Tracts, o sea folletos de ilustración católica, destinados a una distribución gratuita en el pueblo. Se dirigió también al Conde de Beaucourt, Presidente de la Sociedad Bibliográfica de París, al Sr. Godofredo Kurthg, director de una sociedad similar de Lieja (Bélgica); a la Dirección del Apostolado de la Oración en Tolosa, a la Asociación Primaria de San Carlos Borromeo, canónicamente erigida en Roma para la difusión de la Buena Prensa y favorecida de muchas indulgencias por el Papa con Breve del 15 de Octubre 1871; a la Sociedad Católica Seglar para la Impresión de Buenos Libros de Palermo y finalmente al celosísimo sacerdote Don Locatelli de Milán, Miembro de la Sociedad de S. Pablo, antes mencionada.

     A este benemérito sacerdote le puso al tanto, además, de un designio suyo de convocar a un Congreso especial a todas las Organizaciones Católicas que se ocupaban de la difusión de la Buena Prensa. Dicho Boletín vio la luz pública, por primera vez, el 15 de enero de 1884. A continuación aparecería cada mes en forma de folletos de 20 páginas, impresos en los talleres tipográficos del Colegio Artigianelli. Allí se daba cuenta de la marcha de la Liga, se incluían algunas noticias de interés general y se procuraba atizar el entusiasmo por esta santa causa. Contenía además artículos valientes y sesudos contra las publicaciones destructoras, se ponía en el sitial que les corresponde a las buenas lecturas, se recordaba sin ambages, los deberes que tienen los católicos de observar las leyes de Dios y de la Iglesia, en fin, todo cuanto viniere bien para la defensa e instrucción del pueblo cristiano. Es excusado decir que entre los redactores de mayor valor y experiencia se contaba nuestro santo Fundador. Así se llegó a publicar, en forma indirecta, una especie de índice de libros buenos o malos. Este trabajo, sin embargo, resultó exorbitante para S. L. Murialdo y no pudo colaborar sino por un tiempo muy limitado. Desgraciadamente esta circunstancia bastó para que, casi de inmediato, el mencionado boletín, que tan brillante papel había desempeñado durante dos años, viniera a menos y luego, en 1885 dejara de publicarse definitivamente.

     La obra de la Buena Prensa, sin embargo, siguió adelante. En 1.893, es decir en el décimo aniversario de su fundación, se editó un Número Único en el cual se daba cuenta de las actividades de la obra en todo aquel tiempo. Por él sabemos que las bibliotecas fundadas habían subido a 94, que el número de volúmenes era entonces de 15.000 y que se habían distribuido gratuitamente, entre libros y revistas, como 40.000 ejemplares. Los gastos por otra parte sumaban 18.000 liras. Hé aquí cómo terminaba la susodicha memoria: En cuanto a nosotros, continuaremos en nuestro puesto. Procuraremos seguir regando la semilla en el campo del Padre de Familia, sin mayor pretensión que la que debe tener toda buena asociación u obra católica, tomando para nosotros la insignia de un eminente católico «Procuremos hacer un poco de bien mientras se hace tanto mal».

     La Liga sobrevive hasta el día de hoy, luchando modesta pero firme y constantemente a pesar de sus recursos económicos muy limitados. Su afán es difundir siempre más ampliamente los buenos libros entre las Familias Cristianas y, oponer a medida de sus posibilidades, una barrera a la inundación del mal. De esta manera, esta obra que le costó a S. L. Murialdo trabajo tan recio y enervante, le sobrevive, cual monumento a su celo y caridad sacerdotales.

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10. PRIMERAS FUNDACIONES: LA ESCUELA AGRARIA Y ORATORIO "SAGRADO CORAZÓN" DE RÍVOLI

1. LA PRIMERA EXPANSIÓN

La Congregación josefina, al momento de su fundación no contaba sino con dos Comunidades: conviene a saber la de Turín, en donde residía S. L. Murialdo con unos pocos hermanos, y la de Boscomarengo. Aquí se dictaron por primera vez los santos Ejercicios Espirituales en marzo de 1875, dirigidos por el mismo P. Fundador. Desde aquel año se observó un ininterrumpido incremento de religiosos, aunque no muy apreciable, en ambas Comunidades, con gran provecho de la regularidad y también con evidente acreditación ante el público.

dipinti3 murialdo 05Mas era común deseo de fundar una comunidad estrictamente religiosa. Nuestro amable Santo, San José, con su nunca desmentida generosidad nos la estaba preparando en una escuela agraria cerca de la ciudad de Rívoli.

Corría el año de 1877. La Junta Directiva del Colegio Artigianelli, por varias y graves razones, había decidido clausurar la granja escuela de Moncucco, fundada por el celoso Don Juan Cocchi, bajo cuya dirección había alcanzado un espléndido desarrollo.

Decretada la clausura, dicha granja fue vendida en el otoño del mismo año de 1877. Con el producto se pudo colmar una parte siquiera del enorme déficit que pesaba sobre el Colegio Artigianelli.

La granja se clausuró por razones de economía y nadie pensaba en abrir otra casa de la misma naturaleza. Mas, he aquí que la Divina Providencia, por aquellos mismos días, suscitó a un hombre caritativo y rico, joven, piadoso e inteligente, el cual tuvo la feliz idea de restaurar la obra de las escuelas agrarias.

Para llevar a cabo su intento pensó que los Josefinos eran los más indicados y así les propuso la dirección de una Quinta de Agricultura en Rívoli. San Leonardo Murialdo pensó que bien la podía aceptar, pues, dos enormes ventajas se derivarían de inmediato: la primera, que los niños del Colegio Artigianelli volvían a tener una granja escuela y la segunda, que los josefinos venían a tener una Comunidad propia.


2. EL ADMIRABLE INGENIERO PERETTI

El gran bienhechor se llamaba Carlos Peretti, ingeniero, sobrino de S. L. Murialdo. Contaba a la sazón solamente 31 años, pero por sus generosas donaciones y por su habilidad en despachar asuntos financieros se le había sumado a los miembros de la Junta Directiva del Colegio Artigianelli. S. L. Murialdo, le tenía en gran estimación, más que por razones de parentesco, por sus eximias virtudes. El mismo P. Fundador le había indicado el sendero de la caridad, mostrándole el colegio de niños obreros y le animaba a que consagrara todas sus energías a la santa causa de la educación de la juventud desvalida.

El proyecto de Peretti era: comprar de su peculio un terreno apto para fundar allí una granja y cederla a los niños obreros a precio de costo, pagadero cuando las condiciones del Colegio se lo permitiesen.

Todo lo pondría en su punto, entre tanto, y dispondría que, apenas lo pudieran la ocupasen los niños que quisieren dedicarse a la agricultura. Después de algunas diligencias y tentativas, finalmente el mencionado Ingeniero, de acuerdo con S. L. Murialdo, eligió un buen lote en las cercanías de Rívoli, cerca de Alpignano. Lo compró y siguió adquiriendo más terreno hasta llegar a una extensión de 40 hectáreas más o menos. Como los edificios existentes eran estrechos y mal acondicionados, él mismo mandó construir pabellones modernos y confortables, de manera que se pudiera instalar una granja modelo en todo aspecto, semejante a la que había organizado el venerable don Juan Cocchi, y capaz de competir con las similares que había visitado en Francia en unión de su santo tío Leonardo.


3. EN HONOR DEL CORAZÓN DE JESÚS

Cuando todavía la tal colonia o granja no era más que un sueño dorado, S. L. Murialdo, en testimonio de su tierna y encendida devoción al Corazón de Jesús, había expresado su voluntad de que la nueva institución se llamaría "Escuela Agraria Sagrado Corazón de Jesús". Contigua a la vieja casona había una capilla de poca capacidad, en donde ya no se decía Misa desde un año a esa parte. Pues bien, S. L. Murialdo mandó restaurarla. Colocó en el ábside un cuadro del Sagrado Corazón, que más tarde se la cambió por una estatua, y eligió para celebrar allí de nuevo la Santa Misa el primer viernes del mes de abril de 1878. Por la tarde hubo Exposición y Bendición con su Divina Majestad, y de esta manera, con tan felices auspicios se daba comienzo a esta nueva fundación.


4. EL NOVICIADO SE TRASLADA A RÍVOLI

Sin embargo, la comunidad no tomó posesión de la quinta hasta el 16 de mayo subsiguiente, cuando en ella se alojaron diez niños de corta edad, procedentes de la casa de reeducación de Boscomarengo.

AIlí se acogieron también algunos otros hermanos profesores y novicios que, viviendo lejos del bullicio del mundo y sin personal externo que interfiriera sus tareas, y con un clima envidiable, pudieron inaugurar una comunidad religiosa en el sentido más estricto de la palabra.rivoli exterior

S. L. Murialdo, sin abandonar su puesto de Rector del Colegio Artigianelli de Turín, asumió también la dirección de esta quinta agrícola.

La visitaba con frecuencia y los hermanos gozaban enormemente con su presencia, pues no solamente tenían oportunidad de ver a su buen padre, sino que éste con su solicitud maternal proveía para la buena marcha tanto de los hermanos como de los jóvenes. El Ing. Peretti en cambio quedó encargado de la administración y organización externa de la quinta. No hace falta decirlo, en manos tan expertas, la quinta navegaba con velas desplegadas hacia metas prometedoras siendo evidente, el progreso que hacía, a ojos vista.


5. VERDADERA JOYA ENCLAVADA EN RÍVOLI

De esta manera, por una parte la comunidad seguía su ritmo regular y crecía en formación religiosa, y por otra, la quinta era el orgullo de la ciudad de Rívoli en cuya jurisdicción se encontraba. Frecuentemente era visitada por curiosos, extranjeros y nacionales que dejaban testimonios muy halagüeños y estimulantes a causa de los hermosos frutos que allí se cosechaban siendo por todo ello admirada y muy encomiada por la población en general.

Este espléndido resultado de la fundación era un justo premio a la labor y sacrificio que le costó a S. L. Murialdo y Peretti. Cuando se celebró el Congreso de Mondoví el P. Fundador tuvo a bien hacer mención especial de la Quinta en un discurso que sobre escuelas agrarias allí pronunció. Hé aquí al algunos párrafos del mismo: «¿Con qué fin una escuela agraria?, pues, 1º.- Porque si en la ciudad los niños huérfanos o abandonados abundan por doquier, lastimosamente los hay también en el campo. A tales niños que provienen de familias agrícolas, no conviene arrancarlos del noble trabajo del campo para agruparlos en talleres ya atestados de niños y adolecentes.

2º.- Porque la vida en el campo cuesta menos. Las estadísticas revelan efectivamente que, con recursos económicos para cien alumnos en la ciudad, se pueden mantener perfectamente 120 en el campo, diferencia no despreciable, especialmente cuando se trata de hijos de Dios que educar y de almas que salvar.

3º.- También lo aconseja la higiene. La niñez debe criarse en aire sano de la campiña; su salud necesita del aroma de los cultivos, de los bosques y prados. A los tales niños más les encanta un moderado ejercicio manual intercalado por ratos de estudio para ahuyentar el tedio y dar calor a la vida, que estarse inclinado todo el día sobre un banquito en un ambiente falto hasta del aire necesario.

4º.- Lo aconseja además la moralidad. Pues cuando se dispone de personal capaz y suficiente, la virtud es más fácil conservarla en los jóvenes. Allí no hay las innumerables acechanzas de las ciudades. La maravilla de la naturaleza fascina sus facultades y los excita a nobles sentimientos. Allí más fácilmente descubren a Dios, el Supremo Hacedor que profusamente ha regado de perlas esta tierra.

5º.- Finalmente, a qué fin escuelas agrarias. ¿Sabéis para qué? El lamento general es que cada día queda el campo más desierto. Turbas compactas de campesinos abandonan las campiñas e inundan las ciudades en busca de un placer más atractivo o de un medio de subsistencia más fácil, o también por el ansia de una elevación social. Frecuentemente no encuentran lo que soñaron, pero sí las cadenas de la miseria y del vicio, y el fenómeno queda sin solución, amén de la fortísima corriente de emigrantes que buscan las tierras de Francia, Suiza o América. Estas emigraciones dejan inmensos vacíos en la agricultura. Nuestra Patria, que es eminentemente agrícola, pierde cada día más y más hectáreas de tierra cultivadas y los infortunados o incautos peregrinos, una vez llegados a su destino, envueltos tal vez en las turbulentas olas de la miseria y de la inmoralidad, añoran la feliz campiña, la casita que les vio nacer: en una palabra, el campo cariñoso que les brindó los días más felices de su vida en la sencillez y la inocencia.

Ahora bien, Señores, una granja agrícola no sólo enseña, sino crea el amor a la más útil, y me atrevo a decirlo, a la más noble de las artes: la Agricultura. Tal amor no se enfriará si en dichas granjas no se limita únicamente a ensayar los trabajos mecánica y materialmente, sino que al mismo tiempo se procura dotar a los jóvenes de un competente acervo de conocimientos teóricos y científicos que los capaciten más tarde para poner en juego métodos inteligentes en el cultivo de la tierra: así podrían extraer a manos llenas los tesoros que Dios ha escondido en su seno, pues nadie trabajaría inteligentemente si no se cultivara la inteligencia".


6. LA ESCUELA AGRARIA: UN LUGAR ENCANTADOR

Con estas palabras, S. L. Murialdo estaba trazando el programa a seguirse en nuestra granja agraria de Rívoli. Efectivamente, el día estaba repartido entre el trabajo material y el estudio de disciplinas agrícolas. De esta manera los niños iban resultando hábiles jardineros, se encontraban orgullosos de sus parcelas cultivadas bajo las normas de la ciencia y se criaban con un cuerpo robusto y una mente moralmente sana; mucho mejor que en una ciudad.

Parecía que se encontraban en su propia familia: aprendían con gusto la Doctrina Cristiana, profesaban un tierno y sincero amor a ese pequeño Edén, a sus Superiores y Dirigentes, y finalmente, se deshojaban en frecuentes y firmes vocaciones religiosas.

Al poco tiempo, la Sección de Estudiantes del Colegio de Turín se trasladó a Rívoli, pues estos hacían vida común con los jóvenes obreros.

Dos incalculables ventajas trajo esta medida: eliminaba el peligro de deserción y se imprimía una insospechada seriedad en los estudios, pues la hermosura del paisaje y la paz de que gozaban los jóvenes, invitaban a ello.

Los mismos Padres y Hermanos de Turín, frecuentemente se dirigían a la Quinta para gozar del aire puro del campo y de los bosques, pero especialmente para disfrutar de la paz de Nazareth que allí reinaba. ¡Qué provechosas eran esas visitas a Rívoli! Los corazones se fundían en uno solo en ese ambiente de paz; el fervor se renovaba y las dudas de los pusilánimes se disipaban. Ese mismo año de 1878 (y desde ese entonces todos los años) se empezó a celebrar en Rívoli una solemnidad religiosa, exclusivamente familiar, en honor del Sagrado Corazón de Jesús. Ese día, los hermanos de Rívoli y de Turín, lo pasaban en adoración delante del Santísimo Sacramento, expuesto con la mayor solemnidad posible en la humilde pero devota capillita de la Quinta. ¡Quién sabe cuántas bendiciones y favores celestiales no recibió la Congregación durante esos años de fervor. Desde 1879 allí mismo se inició el ciclo de Ejercicios Espirituales para los hermanos. Se reunían en dos tandas. En primavera la una y en otoño la otra. La primera vez que allí se recogieron los religiosos fue el 23 de abril del mencionado año. ¡Oh, qué hermosos eran aquellos días de santo regocijo, en compañía de religiosos hermanados por la misma Regla, libres siquiera por breves días del trabajo de cada día para atender a los propios intereses, y con un solo ardiente anhelo, tender a la santidad!

Lo encantador de la naturaleza, el parque florido, la sombra de los añojos castaños, todo en fin envolvía esos días en un halo de felicidad, de manera que al salir del hermoso recinto, no se pensaba sino en el remoto o próximo retorno. Entre tanto cada cual había hecho pasos de gigante en los caminos del Señor y en el amor para la Congregación a la cual se sentían ligados más que nunca con encendido e inquebrantable amor.


7. UN TRABAJO PARROQUIAL

A poco trecho de la quinta se asienta un pueblecito que se denomina Bruere. Cuando se instaló la granja en Rívoli ya no había Párroco en él. Fue enviado el Superior de la Comunidad para hacer sus veces. Los sacerdotes de la Granja prestaban atención espiritual conforme eran las necesidades, y aquellas buenas gentes acudían indistintamente tanto a su iglesia propia como a la Capilla de los Padres, razón por la cual se tuvo que ampliar sucesivamente en diversas ocasiones. El santo Fundador, se interesaba vivamente a fin de que la población estuviera atendida con gran celo sacerdotal. Se iniciaron las visitas a los enfermos, se fundó catequesis y una escuela para niños; fuera de ella se preparaba a los niños pata la Primera Comunión; en una palabra, se atendía a toda clase de ministerios espirituales. La fundación de la quinta fue, pues, gracia del Cielo para Bruere. A veces el mismo S. L. Murialdo en persona cumplía con las obligaciones parroquiales con edificante piedad y generosidad. A propósito recuerdo de un magnate que, llegado su último trance, se negó rotundamente a arreglar su conciencia y recibir los Santos Sacramentos. Más, ante la insistencia que se le hizo, al fin respondió: «Me confesaré con el Teól. Murialdo». Se mandó un correo por él a Turín. El santo, no digo corrió, sino voló al lecho del moribundo. Lo confesó, lo asistió amorosamente y recibió su último suspiro, como el de un fervoroso cristiano.

Además, con el andar del tiempo, las granjas y campos en general que lindaban con la nuestra, comenzaron a interesarse de los nuevos métodos adoptados allí y los imitaron incrementando notablemente el rendimiento agrícola de toda la región.


8. SURGE EL ORATORIO DE RÍVOLI

Era mucho lo obtenido, mas S. L. Murialdo nunca se tenía por satisfecho y dado que Bruere no distaba de Rívoli concibió la idea de fundar un Oratorio, el mismo que tuvo su origen de la manera siguiente:

En 1879 el celoso párroco de Santa María de Rívoli Teólogo Lucas Alasia invitó a los Josefinos a organizar por lo menos en parte las catequesis durante la Cuaresma. San Leonardo Murialdo ofreció sus servicios de buen grado, más también se dio cuenta de que siendo pocos los catequistas y la turba de niños numerosa, y mal disciplinada, poco fruto se podría sacar. El día de Pascua fue un mar revuelto: los niños asistieron a los Divinos Oficios sin devoción aún más sin respeto, no era culpa ciertamente de nadie pues quien era responsable hacía lo humanamente posible, pero, al cabo, todo era una maraña. S. L. Murialdo pensó en un Oratorio que funcionara los días festivos, dirigidos por nuestros hermanos de Rívoli. Mas, solucionado el problema de los catequistas, quedaba en pie el del local. S. L. Murialdo, puestos sus ojos en la Divina Providencia empezó a buscarlo. Dio con uno muy central que pertenecía al Conde Antonielli. Lo arrendó y, destruyendo paredes y uniendo aposentos improvisó una capilla bastante decorosa y capaz.

El oratorio convenía que funcionase antes de empezar la cuaresma de 1880. Efectivamente todo estaba a punto para el primero de febrero. Aquel día S. L. Murialdo bendijo la nueva capilla, y celebró allí la Santa Misa con la asistencia de los primeros cinco niños. La noticia voló por la ciudad y se multiplicaron las solicitudes para matricularse en el oratorio: por la tarde se habían aceptado 72 alumnos, y se habían rechazado otros muchos por motivo de orden.

Los niños fueron inmediatamente divididos en dos secciones. S. L. Murialdo comenzó a dirigir el oratorio encargándose de la instrucción de los mayores hasta cuando el Hermano Coadjutor Juan Reyneri, ordenado de sacerdote tomó la dirección definitivamente.

El santo consagró al Sagrado Corazón también esta nueva obra, y no sin grande consuelo, pues el Divino Corazón muy pronto empezó a manifestarse complacido del nuevo campo de apostolado.dipinti3 murialdo 16

Los niños aumentaban gradualmente en número y acudían regularmente al oratorio, allí pasaban muy contentos, y a las pocas semanas las clases de catequesis eran modelos de orden. Su compostura en la capilla inspiraba piedad y devoción, era difícil reconocer a los mismos que antes se habían mostrado tan indisciplinados y revoltosos. Por supuesto no faltaron las contrariedades desde los comienzos: si por una parte los Oratorianos se mostraban obedientes y devotos, fuera, en la calle, se había formado una banda de jovenzuelos que pretendían impedir su asistencia, llegando inclusive a poner sitio a las puertas. Otros arrojaban piedras y ladrillos al patio interior del oratorio: una vez uno de aquellos guijarros pasó rozando la persona del santo Fundador, quien por poco no quedó malamente herido.

La tormenta en vez de amainar, se tornaba cada domingo más furiosa y se tuvo que recurrir a las autoridades civiles para la seguridad de alumnos y maestros. Con esto, sea que la Policía hubo cumplido eficazmente su deber, o sea que los descabellados jóvenes se cansasen de su irracional comportamiento, vino repentinamente una calma total, de manera que el oratorio pudo proseguir en su obra de educación sin más tropiezos.

Pronto los locales se volvieron estrechos, dado el gran número de niños que acudían. Durante el invierno llegaban a 120.

La preocupación del santo Fundador era nuevamente buscar otro local que pudiera dar alojamiento a nuestros jóvenes, y que posiblemente fuera de propiedad de la Congregación. El Ingeniero Carlos Peretti, visible Providencia de entonces para su ilustre tío, se desveló encomiásticamente por encontrar el sitio buscado, y al cabo dio con una casa y patio en los arrabales de Rívoli, junto al polígono para prácticas de tiro.

El generoso Ingeniero la compró, y puesto que no existía aún una Iglesia, mandó derribar un cobertizo allí existente para construir en su lugar, y bajo su propio diseño, una mediana Iglesia que serviría tanto para los niños como para el público. Los vecinos de Bruere, por otra parte, no dejaron de manifestar su enorme complacencia por dicho evento, dado que todas las Iglesias en la ciudad se encontraban muy distantes de allí.


9. ORATORIO: REZAR, APRENDER Y JUGAR

La primera piedra la bendijo y colocó el Rvdmo. Canónigo Juan Alasia, el 30 de Septiembre de 1883. San Leonardo Murialdo en esa circunstancia pronunció un interesante discurso donde, con encendida palabra encomió la importancia de un «Oratorio Festivo». He aquí algunos párrafos del discurso:

«A este gran Oratorio acudirán los domingos y fiestas de guardar los niños y jóvenes, especialmente trabajadores o campesinos, comprendidos entre los 10 y 20 años de edad: para recibir adecuada instrucción religiosa, para guardarse de los peligros morales que abundan en las plazas y calles, desde el romper del día hasta muy entrada la noche, salvo la hora del almuerzo... Habrá funciones religiosas intercaladas con honestas diversiones. Los juegos comenzarán después de haber escuchado la Santa Misa; después se impartirá la instrucción religiosa para dar paso nuevamente a las diversiones. Habrá una segunda sesión de cultura religiosa, la Bendición Eucarística y continuarán los juegos. La vida del oratorio se reduce pues a las siguientes cosas: rezar, aprender y jugar. Así los jóvenes pasarán el día honesta y alegremente, santificando las fiestas, parte no exigua de la vida cristiana; aprendiendo las máximas de la Religión, semilla de virtudes y entregados a una sana alegría, bajo la cariñosa mirada de sus maestros. No tendrán necesidad de intervenir en corrillos de adolescentes esclavos del vicio; cuyo triste empeño parece ser únicamente relajar las conciencias y saquear la inocencia y la virtud de los niños que, en breve, con tales ejemplos, han de tornarse irreligiosos, corrompidos, ladronzuelos y sólo Dios sabe qué amenaza son para la sociedad. «Ahí tenéis, señores, delineado un Oratorio. ¿No os parece que un Oratorio como éste, del Sagrado Corazón, merece todo el apoyo y cariño de vosotros, los bienhechores del mismo?

«Este oratorio, amén de la complacencia con que lo mira Dios, porque aquí se combate el vicio y se estimula la virtud, es un imponderable beneficio para la sociedad. Se suele decir: abrir una escuela es cerrar una cárcel, mas muy otra cosa nos dice la experiencia respecto de las escuelas sin Dios: se ha generalizado la instrucción pero no han disminuido los delitos; al contrario se han multiplicado, y se han tenido que abrir nuevas cárceles.

«Con cuánta mayor razón debería decirse: Abrir un sólo Oratorio significa cerrar diez cárceles. No hace muchos días que un ilustre italiano, decía a alguien que se mostraba impresionado por la anarquía, o mejor dicho por la devastación y saqueo que reina en ciertas regiones de la península: " Valeos de hombres profundamente religiosos y de ardiente fe a fin de que en cada región o ciudad de la Patria se abran uno o más Oratorios festivos y a la vuelta de pocos años surgirá una generación moderada, respetuosa del orden y de la autoridad; en una palabra, una generación más virtuosa porque más cristiana".

El discurso continúa tratando de la cuestión económica del oratorio, el cual tenía urgente necesidad de limosnas; apelando a la generosidad y caridad de los señores rivoleses, de los veraneantes o turistas de la ciudad, y recalcando los grandes bienes que acarrearía un nuevo oratorio.

Como conclusión dijo: "Muy amables señores, bien veis vosotros mismos que a nuestro lado y en torno nuestro pobres niños se extravían por centenares. ¿No será tal vez para nosotros un delito no tenderles la mano para que no se despeñen? ¡Sí! ¡Hay que salvarlos! Si nosotros no los socorremos, ¡Cuántos pobrecitos perecerán miserablemente! ¡Infortunados niños! ¡Se hallan obligados a vivir los seis días de la semana en un ambiente corrompido y corruptor; trabajan en talleres, tiendas y en talleres que son escuelas de inmoralidad y ateísmo! Si no tienen por lo menos un día en la semana para respirar un aire más sano, para elevar su espíritu con la oración y el recuerdo del Cielo, para desembarazarse del alud de blasfemias u obscenidades, para tonificar, en suma; su alma con la palabra de Dios y el Pan de los fuertes,  cómo, señores, podrán conservar por mucho tiempo el inapreciable tesoro de la fe? ¿Cómo salvaguardarán su pureza? ¿Cómo, al contrario, no convertirse en disolutos, mal acostumbrados; más aún, digámoslo con claridad, en rufianes y criminales?

«¡Ea, pues, Señores, a la obra!, quien no abunde en recursos, pues ¡que dé las dos monedas de la pobre viuda del Evagelio!; quien, por el contrario, ha sido favorecido por el cielo con riquezas, pues que abra su mano con liberalidad. Quien aún no se ha inscrito que se inscriba para colaborador del Oratorio, y quien ya ha dado su nombre por determinada suma, ante los nuevos y urgentes requerimientos, que mude su oferta por una más generosa. Yo espero, señores, que no me vais a decir que no. Y ahora, aunque no estamos en el recinto sagrado del templo, y aunque indigno de mi carácter sacerdotal pero sin embargo Sacerdos in aeternum, permitidme concluir estas breves palabras con una exhortación religiosa: para nosotros, como para cualquier mortal, vendrá un día en que se decidirá nuestro destino eterno. ¡Oh, cómo aquel día inclinarán el fiel de la balanza del Juez Eterno nuestras obras de caridad! Mil veces bienaventurado aquel que, llegando al punto extremo de su vida, y dando una mirada retrospectiva a los años transcurridos en esta tierra, encuentre en su haber alguna insigne obra de caridad que le congracie con el Buen Pastor que dijo: "Cuanto habéis hecho por mis hermanos pequeñitos, a mí en persona lo habéis hecho".

Se levantó la iglesia con elegante arquitectura, y el pintor Enrique Reffo pintó en el ábside la imagen del Corazón de Jesús en medio de San José y el Ángel de la Guarda. Decoró así mismo el techo con ángeles portando los símbolos de la Pasión. El patio fue nivelado y acondicionado convenientemente con un modesto gimnasio y juegos varios para los niños; el local se amplió con un nuevo salón adquirido posteriormente. Desde entonces el Oratorio siguió una trayectoria siempre gloriosa. Entre aquellos niños germinaron buenas vocaciones al estado religioso, y unos cinco inclusive, llegaron a ordenarse de sacerdotes.

La Dirección del Oratorio, según se dijo antes, la tenía Don Reyneri, y luego otros sacerdotes josefinos. San Leonardo Murialdo no omitía sus visitas frecuentes a Rívoli y allí daba ejemplo de laboriosidad y fervor a sus hermanos.


10. CIERRE INESPERADO DEL ORATORIO

Tal era el estado de cosas cuando el Oratorio tuvo que afrontar una dolorosa prueba. Muerto, en medio del llanto general, el Canónigo Lucas Alasia, (pues amaba y estimaba sinceramente a nuestra Congregación), su sucesor mandó una Comunicación en la cual decía no ser de su agrado la existencia del Oratorio por razones que consideraba bien fundadas.

San Leonardo Murialdo, visto que las cosas iban en serio, optó por presentarse ante el nuevo Pastor y explicarle con calma las razones por las que convenía la existencia de un Oratorio. Mas el nuevo Canónigo se mostró inconmovible en su posición: S. L. Murialdo, pues, cerró el Oratorio, y los niños mal de su grado, se desbandaron para vagar, como antes, por las calles y plazas. Pero los padres de familia no se conformaron ante semejante decisión. Se dirigieron a la Autoridad Eclesiástica para que se revocase la orden y los mismos niños, como pajarillos arrojados violentamente de su nido, golpeaban las puertas del Oratorio con la esperanza de ser admitidos de nuevo. Mas nuestro santo Fundador que nada emprendía ni realizaba sino por la gloria de Dios, daba esta inmutable y prudentísima respuesta: «Hablad con el Arcipreste. Él sabe cómo conducir a su rebaño".

Quedó, pues, cerrado el Oratorio; pero los domingos un sacerdote de la Congregación celebraba en su iglesia la Santa Misa y oficiaba en las demás funciones religiosas. El público concurría en gran número, especialmente en verano.

La conducta obsecuente de S. L. Murialdo hacia el Arcipreste no se limitó a aceptar orden tan recia, sino que le honró con toda clase de atenciones conforme prescribe la caridad. Puso a disposición de la parroquia su misma persona y la de todos sus hijos. Así, por ejemplo, tomó parte muy activa en las fiestas del Santuario de la Virgen de la Estrella promovidas por dicho Arcipreste, que, aunque se mostraba inmutable en su negativa de abrir el Oratorio, sin embargo, para nuestro Fundador le guardaba profunda veneración y aún gran reconocimiento. El Sagrado Corazón, de quien S. L. Murialdo esperaba únicamente el progreso del Oratorio de Rívoli, quiso, más bien, hacerle partícipe de su cáliz de amargura. Después de la tempestad brillaría un cielo terso y sereno pero S. L. Murialdo murió sin ver abierta de nuevo la obra que quizá era la más querida de su corazón.

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