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9. LA CONGREGACIÓN DE SAN JOSÉ

1. SEMILLA HEREDADA DEL CANÓNIGO BERIZZI

El nombre de Leonardo Murialdo, más que a cualquiera otra, está ligado a su obra cumbre: La fundación de la Congregación de S. José, que se dedica particularmente a la educación de la niñez pobre, desvalida o descarriada.

diapo murialdo 37La idea de tal fundación la heredó, con el Rectorado del Colegio, de su ilustre Predecesor el Teólogo Berizzi, quien tenía la aspiración de ligar al personal docente del colegio, con el vínculo de la profesión religiosa. Ello hubiera tenido las incalculables ventajas de moldearlos en un Reglamento Común, de garantizar su permanencia en el Colegio, disponerlos al sacrificio de sus aspiraciones meramente personales, por más legítima que fueren y aún, disponerles a renunciar a sus condiciones y a su vida misma, en pro de la niñez menesterosa, amén de un apreciable ahorro de recursos económicos para el paupérrimo Instituto, pues éste no se vería obligado a pagar sueldos a profesores contratados para las escuelas y talleres.

Esta era, cabalmente, la idea del Teólogo Berizzi al fundar en 1864 la sección de Alumnos- Maestros, quienes más tarde fueron asociados al Cuerpo Directivo del Colegio, para formar la Congregación o Cofradía de S. José, que en aquel tiempo era filial de la Archicofradía Homónima, que tenía su sede en Roma, en la Iglesia de San Roque.

Berizzi le manifestó este carísimo anhelo al poner el Colegio Artigianelli en manos de S. L. Murialdo a raíz de su renuncia como Rector del mismo, más no lo consideraba ni fácil, ni mucho menos próximo a volverse realidad. La semilla, sin embargo, había sido arrojada al surco; permaneció mucho tiempo sin germinar y acaso dio señales de haber muerto, pero siempre S. L. Murialdo la regaba con las aguas de la oración y el sacrificio, en la esperanza de que, algún día, esa minúscula semilla hubiera echado raíces, flores y frutos convirtiéndose en el árbol frondoso que ahora es. Dio, pues, a la sección de Alumnos Maestros una organización capaz de fomentar en ellos el culto de la disciplina y de abrir sus corazones a la piedad.


2. CONGREGANTES Y AFILIADOS

Con el mismo fin, la mencionada Cofradía de San José, la subdividió en Congregantes y Afiliados. Formaban la primera, los Superiores y los Alumnos que aspiraban al sacerdocio o tenían capacidad para graduarse de maestros, y que luego servirían en las aulas escolares o en los talleres; la otra estaba compuesta por jóvenes obreros, quienes estaban dispuestos a cultivar mucho la piedad y en quienes se vislumbraba una posible vocación religiosa.

Hizo más: se procuró el Reglamento Directivo y Disciplinar del Seminario de San Sulpicio; extractó los párrafos que le parecieron más oportunos para su Colegio e invitó a los jóvenes congregantes a vivirlo. No fue defraudada su esperanza, pues, en esta escuela, casi sin saberlo, iban transformándose casi de tol forma, que pronto estarían dispuestos para alistarse en una Congregación Religiosa. Efectivamente, al cabo de algunos años, un grupo de estos jóvenes, con la venia del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Turín, fueron admitidos al estado clerical. Recibieron el hábito talar y se los declaró incorporados al profesorado del colegio para hacer vida de Comunidad propiamente religiosa y para vigilar y enseñar a los niños. Poco a poco se iban introduciendo en el horario frecuentes lecturas morales y ascéticas y el celoso y prudente Rector procuraba cultivar esas tiernas plantitas del Santuario, inculcándoles suavemente la frecuencia de los Santos Sacramentos.

De esta manera, S. L. Murialdo, con constancia tenaz y con cariño digno de un Fundador, iba preparando la soñada Congregación, sin que de ello nadie se percatara.

Sin embargo, el día de ver legalmente constituida la Congregación de San José, estaba aún lejano y el camino a salvarse parecía erizado de obstáculos.


3. OBSTÁCULOS

La primera de las dificultades radicaba en la naturaleza misma del Colegio, pues resultaba aventurado pensar que de entre tales educandos emergieran vocaciones religiosas. La segunda radicaba en el Personal Directivo y Técnico de la casa, pues, si resulta relativamente fácil fundar una Congregación Religiosa con personal seleccionado de antemano y con fines propiamente eclesiásticos, resulta sobremanera difícil transformar en religiosos a gente a la cual ni por asomo se les había venido a la cabeza tal idea, y hubiera tenido visos de paradoja querer mudar en casa religiosa un colegio con usos y costumbres inveteradamente diversos. A estos hay que sumar otro obstáculo más: el de la Dirección de la obra o Junta de Administración Seglar. El Colegio era obra pía y era axioma en aquel tiempo, que tales obras debían ser dirigidas por sacerdotes seculares. Los personeros de dicha administración, y también de la misma obra, eran eclesiásticos y seglares de rara virtud y caridad insigne, más no había uniformidad de pareceres en cuanto a un cambio brusco de métodos de gobierno en el colegio; algunos por considerarlo inoportuno, y otros porque pensaban que dichos cambios podrían ser vistos con malos ojos por los bienhechores de la casa.

Contra estos obstáculos se requería una prudencia singular y una circunspección a toda prueba. Se debía obrar sin precipitación y confiar en la Divina Providencia a fin de que ella misma moviera hombres y circunstancias propicias, si eran sus designios que de fundar una Congregación en el Colegio. Sobre todo existía una dificultad, digamos insuperable, que radicaba en la cuestión Fundador. S. L. Murialdo veía la oportunidad de la fundación. Cada día se hacía sentir más imperiosa su necesidad, pero no podía persuadirse que fuera él quien debía sacarla a luz, pues su humildad le hacía considerar a sí mismo del todo inepto corno para acometer semejante empresa, cuya extensión, significado, importancia y santidad comprendía en toda su impresionante realidad. De allí que, aunque la idea de Berizzi le deslumbró desde un principio, no la acogió sin embargo con la ilusión de realizarla; tanto más que, en los primeros años de Rectorado, esperaba con alguna seguridad al sucesor para tan delicado cargo. Pero cuando vio tan claramente que su porvenir, por disposición de Dios, estaba legítimamente ligado al Colegio Artigianelli, admitió la posibilidad de la fundación y, de cuando en cuando, cavilaba sobre el asunto; por supuesto, no descuidó los medios que en tales circunstancias hacen al caso: oró mucho y pidió consejo.


4. REZÓ Y SE ACONSEJÓ

Su piedad y fervor le impulsaron temprano a deshojar sus anhelos ante Jesús Sacramentado, en las largas y frecuentes visitas nocturnas al sagrario. Su deseo era únicamente conocer la voluntad de Dios y esperar con paciencia, sin apresurarse, la hora señalada por la Providencia. En cuanto a pedir consejo, lo hizo con los varones más prudentes, los que justamente podían ser considerados como intérpretes de la Divina Voluntad.

Era su confesor el Teól. Guillermo Blengio, Vicepárroco de San Dalmacio, hombre de reconocida santidad, Director Espiritual muy acatado y para quien S. L. Murialdo, más que estima, le profesaba veneración, tanto que nada emprendía sin su consejo y consentimiento. En un asunto tan transcendental no dejó de consultarle, como es evidente. Sus consultas menudearon durante algún tiempo. El prudentísimo Director, al ser informado por primera vez sobre el proyecto, lo juzgó tarea muy ardua en esas circunstancias; mas luego, recapacitando mejor, lo aprobó y luego, lo despachó por conveniente, advirtiendo, sin embargo, que se debía proceder con pies de plomo.

Pasados algunos meses, dio su consentimiento para la fundación de la Congregación de San José, tal como lo había planeado S. L. Murialdo, pero el Teólogo Blengio había dicho: «Se emitirán solamente votos anuales".

El santo, entre tanto, se había dirigido, en demanda de luz, también a su Confesor de París, a saber al P. Icard, Superior del Seminario de S. Sulpicio. Aún más, cierta ocasión que tuvo que viajar a París, S. L. Murialdo fue a verlo en el mencionado seminario para conversar sobre el asunto. Desgraciadamente el P. Icard había estado fuera de la ciudad, por haberse dirigido a su Pueblo Natal de Chatel Pertuis, cerca de Marsella.

goyosiguenzaNo consta que S. L. Murialdo fuera a buscarlo allá, pero sí consta en cambio que el docto Director del Seminario, no se sabe si verbalmente o por escrito, le aconsejara que llevase adelante el proyecto, pues lo consideraba una inspiración del cielo.

Estando de seminarista en París, S. L. Murialdo había tenido deseos de profesar de Sulpiciano. Consultando al Sr. Icard al respeto, éste le desaconsejó, pues vislumbró que sobre aquel hombre de Dios, el Divino Maestro quizá tendría arcanos designios de predilección.

Cuando S. L. Murialdo, en enero de 1867, le comunicaba su nombramiento para Rector del Colegio de Turín, el Sr. Icard lo consideró como una verdadera bendición para la obra. Le contestó por carta enviándole los parabienes y muchos votos de ventura. Entre otras cosas le decía: « Esta clase de trabajos son deslucidos, ingratos a la naturaleza humana, no nos dan lustre ante el mundo, pero en cambio, son los más indicados para nuestro aprovechamiento espiritual, lo cual, no cabe duda, es lo que más cuenta. Poned todo empeño para educar cristianamente a esos pobres niños; les aguardan innumerables acechanzas en la vida. Confío que trabajando por los demás no os olvidaréis de vos mismo: guardad fidelidad a los Ejercicios del Seminario, ya que estos son la fuente de vida en el trabajo apostólico».

De esta manera, percatándose el P. Icard, de que S. L. Murialdo no solamente mantenía su prístino fervor, sino que además, anhelaba formar una pléyade de continuadores de BU obra educativa, reconoció en el proyecto en tapete la mano de Dios. Le otorgó, pues, sin más, su elogioso consentimiento. Por esos mismos días el Santo Rector del Seminario Parisiense tuvo que viajar a Roma por asuntos inherentes a su Congregación. Tuvo a bien aceptar la hospitalidad que S. L. Murialdo le ofreció en Turín como a su muy amado Superior, gozando con su conversación siquiera por el brevísimo lapso de una noche. El año de 1872 tocaba a su término, mejor dicho, ya se había comenzado el de 1873; se ultimaban los preparativos para la fundación y S. L. Murialdo aprovechó la ocasión para pedirle su parecer por última vez. El Sr. Icard le puso a S. L. Murialdo en paz, asegurándole, en nombre de Dios, que a todas luces, el proyecto de la Congregación tenía el sello de la voluntad de Dios.

El Santo objetó: "¿Así que yo me convertiría el Fundador de una Congregación? Su Señoría sabe muy bien que Dios, para tal objeto, suele escoger a personas santas".

El P. Icard le dio la siguiente admirable respuesta: «He aquí una ocasión propicia para empezar a serlo de veras" .

S. L. Murialdo pidió también el autorizado parecer de su sobrino el Teólogo Roberto a quien, con buenas razones, le veneraba como a un santo. Era, por entonces, el nombrado Sacerdote, miembro de la Junta Directiva del Colegio, ya que había sido también uno de sus fundadores. El Teólogo Roberto, cuando se enteró del proyecto, no tenía palabras para encomiarlo suficientemente. El que estas líneas escribe, cree también fue consultado San Juan Bosco, quien tenía un puesto de preferencia en su corazón para S. L. Murialdo. Seguramente el Santo Fundador de los Salesianos habrá aplaudido la idea, pues se trataba del bien de la niñez y juventud, por las que él mismo tanto se desvelaba. Esto se deduce indirectamente, pues una vez fundada nuestra Congregación, San Juan Bosco desplegó enorme aprecio para ella y para su fundador.

S. L. Murialdo tomó también consejo de Mons. Eugenio Galletti, Obispo de Alba, reputado universalmente como un prudentísimo director de conciencia y venerado como un santo. Se le consideraba una figura estelar del clero turinés y orador incomparablemente fecundo. Era Rector del Convictorio de Turín y Vicerrector de la Casa de la Divina Providencia fundada por san José Cottolengo. Este hombre de Dios prudentemente se abstuvo de aprobar la fundación desde un principio. Pidió tiempo para reflexionar sobre el asunto; más tarde, en momentos en que urgía una respuesta, ya que se acercaba la fecha de decidir, Mons. Galletti respondió solamente: "Sí, sí, sí, tal es la voluntad de Dios». Exhortó además a no desmayar en la santa empresa: bendijo las intenciones del fundador y ofreció encomendarlas a Dios en el Santo Sacrificio de la Misa. La referida respuesta la dio Mons. Galletti en la alcoba del Beato Sebastián Valfré en cuya casa se encontraba dictando un curso de Ejercicios a los Padres del Oratorio.


5. AYUDA DEL PUEBLO Y DE LAS AUTORIDADES

Se mandaron también celebrar Misas en el Santuario de la Consolata con el fin de impetrar de María, luz y gracia para la naciente Congregación. Y se elevaron plegarias especiales por el mismo fin, por parte de numerosas personas seglares.

A este propósito, me place mencionar el caso de una señora muy devota que, víctima de una gravísima dolencia, pasó casi toda su vida postrada en su lecho. Pues bien, todas sus oraciones y sacrificios, por muchos años consecutivos, los ofreció por las intenciones del fundador en este sentido.

Mas S. L. Murialdo, si bien consultaba, oraba y hacía orar por la fundación, no hubiera realizado cosa de provecho, si oportunamente no hubiese acudido a la competente Autoridad Eclesiástica, dispuesto a abrazar incondicionalmente su dictamen. Tan temprano como en 1869 ya habían informado a Mons. Alejandro Riccardi di Netro, Arzobispo de Turín, sobre un proyecto de fundar una Congregación, que, bajo la especial protección de San J osé, hubiera tenido por objeto la educación o reforma de la niñez y juventud. Tal idea le pareció brillante al Santo Pastor y expresó: «¡Ea, pues, pongamos manos a la obra!», dando a entender claramente que él mismo hubiera querido tomar parte activa en la fundación, y bien lo hubiera hecho a no mediar la inauguración del Concilio Vaticano I para el cual el Venerable Arzobispo se dirigió a Roma, en donde le sorprendió la muerte en diciembre de 1870. Por otra parte, las urgentes atenciones al colegio de Turín y a la Escuela Agraria de Bosco Marengo absorbieron de tal manera la atención de nuestro Padre que nada se pudo hacer en este tiempo en pro de la fundación.

El año siguiente, 1871 en el mismo mes de diciembre fue elevado a la cátedra de Turín el nuevo Arzobispo, Mons. Lorenzo Gastaldi. San Leonardo Murialdo se apresuró a depositar a sus pies el proyecto ya presentado a su ilustre predecesor. Mons. Gastaldi lo aprobó, aunque sin examinarlo con detenimiento.


6. TURÍN, 19 DE MARZO DE 1873

Para 1873 se elaboró y aprobó un Reglamento Preliminar para el fundador y los tres sacerdotes que debían formar el primer núcleo de la nueva familia religiosa, el mismo que fue presentado al Exmo. Sr. Arzobispo. Éste aconsejó iniciar la Congregación el próximo 19 de marzo. «Emitiendo, decía el Santo Prelado, votos simples y temporales por un sólo año, por ser la primera vez».

Llegó al fin el 19 de marzo de 1873. Seis almas generosas: cuatro sacerdotes (comprendido el Fundador) y dos acólitos -las piedras angulares de nuestra Familia Religiosa-, en la pequeña capilla del Colegio Artigianelli y embargada el alma de celestial emoción, pronunciaron por primera vez la fórmula de su profesión religiosa. Allí mismo se nombró para Superior del nuevo Instituto al P. Murialdo.


7. INICIO HUMILDE Y LENTO
 

Así nació la Pía Sociedad de San José. Su ulterior desarrollo se caracterizó por una marcada lentitud. ¿La causa? La misma que retardó su aparición en el seno de la Iglesia: la humildad de S. L. Murialdo.

La Congregación vivió en un ámbito extremamente reducido sus primeros años. Proveía de personal a dos comunidades existentes: Turín y Bosco Marengo. Tal cúmulo de contingencias resultó ser favorable para imprimir a la naciente Congregación su propia fisonomía de humildad y ocultamiento, completamente ajena a auto-ensalzarse o mostrarse en público, pero fisonomía muy conforme a nuestro Protector San José, el humilde Artesano de Nazaret. De esta manera, sin distorsiones o amaneramientos, la Congregación Josefina adoptó, o mejor dicho, nació acunada por las dos virtudes que más brillantemente resplandecen en el Santo Patriarca: la Humildad y la Caridad, tal como rezan nuestras Constituciones.

No obstante esto, la Congregación desde sus albores empezó a recorrer un camino de continua y firme ascensión. Su forma externa se contorneaba mejor cada día, su peculiar espíritu se enraizaba más profundamente en sus miembros, según pasaba el tiempo; se podía perfectamente aplicar la fórmula de la Escritura: Filius accrescens Joseph, filius accrescens.

Al mantenimiento del espíritu de Humildad y Caridad contribuyó, en primer término, el mismo Padre Fundador, el cual, por cierta natural aversión a todo lo que fuera publicidad de sus obras, se mostraba siempre tan humilde y caritativo que con sólo su ejemplo esculpía en todos sus hijos esas excelsas virtudes.

Además que con su vida, procuraba cultivar dichas virtudes con las conferencias que regularmente dictaba para instruir a los miembros e incrementar el buen espíritu de la Congregación. Tales conferencias, no hace falta decirlo, producían un inmenso bien en sus oyentes Sus pláticas deleitosas y fáciles eran una erupción de amor, que brotaba fie su encendido corazón, y, al mismo tiempo, porque basadas en principios segurísimos de la ascética cristiana, poco a poco, iban imprimiendo la forma definitiva a la nueva Sociedad Religiosa.


8. LOS HERMANOS DE SAN JOSÉ DE CITEAUX

A fin de proceder con el mayor acierto en el modelado de su Instituto, S. L. Murialdo visitaba frecuentemente comunidades religiosas, especialmente de Francia. De ellas copiaba los reglamentos, ocupaciones y horarios. Más que con cualquiera otra, sus relaciones eran más frecuentes y cordiales con la Congregación de San José de Citeaux, la misma que, inclusive, estuvo a punto de fundirse con la nuestra, pero graves dificultades se interpusieron para ello.

En 1875 Murialdo visitó Citeaux, allí quedó gratísimamente impresionado por la disciplina, buen orden y piedad que reinaban en esa escuela agraria, no solamente entre los superiores, sino también entre los jóvenes, siendo de notar que éstos habían sido llevados allí por la policía, que los había aprehendido en las calles públicas, como sujetos sospechosos. Citaré un párrafo de la carta preciosa que S. L. Murialdo nos envió desde Citeaux: "No lo creería ni yo mismo, si no lo hubiera visto con mis propios ojos, como la virtud parece encarnada en estos buenos padres y hermanos. He tomado nota de algunos aspectos particulares y ya veremos si podremos aplicar algo en nuestro amado Colegio. Esto nos debe dilatar el corazón: ¡si san José ha hecho tantas maravillas en Citeaux, no vamos a suponer que su bendita mano se encoja en Turín! 'Les Péres et Frères de Saint Joseph' han trabajado tanto aquí, y los Hermanos Josefinos ¿no podrían hacer ni siquiera la mitad allá?, 'In Te Joseph speravo, non confundar!'»En Agosto del mismo año hizo una peregrinación al Santuario de 'La Salette'. Allí celebró la santa Misa 'Pro Congregatione' y por la misma ofreció un ex-voto de plata en el altar de San José con esta leyenda: "1874 - Congregación de San José en Turín, Colegio de los Artigianelli».

También encomendó a las oraciones públicas de los peregrinos que allá acudían a 'une Congregation naissante, et un college, une Oeuvre de Jeunesse, etc…'.

También dos años más tarde, o sea en 1876, ofrendó por la Pía Sociedad un corazón de plata a Nuestra Señora de Lourdes, en su propia Basílica; ya que la dulcísima Madre de Dios allí derrama abundantes favores a todos sus devotos, que bendiga también a nuestra Congregación.


9. EL NOVICIADO

En sus principios no había un Noviciado Josefino propiamente dicho. No obstante, todos los aspirantes pasaban dos años de probación antes de admitirlos a los votos. Estos jóvenes, durante los años de prueba ya servían en nuestras comunidades en calidad de vigilantes de los niños. Algunos se dedicaban al estudio. En el Colegio de Turín, de manera especial, se llegó a formar una sección de estudiantes de Humanidades, con los mejores del Instituto, los cuales llevaban una vida más ajustada a su aspiración de profesores Josefinos. Lo mismo se hacía con aquellos jóvenes que aun ejerciendo un arte manual, no entendían ya volverse al siglo.

En 1882 se abrió el Instituto de San J osé en Volvera. Como la casa se prestaba para recibir al Noviciado, se optó por construir una sala exclusivamente para este fin. Desde 1898 el Noviciado quedó instalado definitivamente en esta ciudad, con todos los requerimientos necesarios.sanleonardojoven


10. APROBACIÓN DIOCESANA

La Congregación Josefina, gracias al decreto de Mons. Lorenzo Gastaldi del 24 de febrero de 1875, tenía la Autorización Diocesana. En el texto del Decreto consta claramente la constitución y fin de la Pía Sociedad: una Congregación integrada por sacerdotes y hermanos coadjutores que tenían el fin primordial de educar cristianamente a la juventud abandonada; Congregación que había tenido oficialmente su principio el 19 de Marzo de 1873 con la emisión de los votos religiosos.

Mons. Gastaldi, visiblemente emocionado y entusiasmado, aprobó sin reservas, la erección de la Pía Sociedad. Aprobó sus Reglas, y la puso bajo la especial protección de San José, Esposo de María Sma. Al principio del Decreto se lee: «Invocando la gracia de Dios Altísimo y Omnipotente, de María Virgen Inmaculada, de San José, Patrono de la Iglesia Universal, sobre esta Congregación, y a fin de que se afirme y se propague cual válido instrumento en las manos de Dios, para la santificación de sus miembros y de innumerables almas, constituimos y nombramos como Rector de la misma al Rdo. Sr. Presbítero Don Leonardo Murialdo». «A1 mismo Rdo. Señor y a todos los estudiantes y hermanos ya congregados y a cuantos han dado su nombre a la Congregación, impartimos con todo amor nuestra paternal bendición».


11. APROBACIÓN PONTIFICIA

Evidentemente a la Congregación Josefina, destinada a extenderse fuera de la Diócesis de Turín, no le bastaba la aprobación de su Obispo. Era necesaria la aprobación de la Santa Sede. S. L. Murialdo, sin embargo, no se atrevía a pedirla; pensando que nuestra Pía Sociedad era tan modesta y reducida que difícilmente se hubiera podido comparar a otras Congregaciones que, desde un principio, se habían caracterizado por un vigoroso desarrollo.

San Juan Bosco, interrogado al respecto, exhortó vivamente a pedir la aprobación apostólica para nuestra Congregación, poniendo por ejemplo la suya, que, después de ese paso, empezó a desenvolverse maravillosamente y a dilatarse sin dificultades. Aún más, el mismo Santo se ofreció a agilizar las gestiones ante la Santa Sede, basado en el favor que le dispensaba el Santo Padre. Nuestro Fundador, con todo, no creyó oportuno valerse de tan singular ofrecimiento y prefirió que la naciente Institución tomara más consistencia y ofreciera mayor estabilidad.

Por de pronto las circunstancias eran muy favorables. He aquí una: el Fundador fue a Roma con Don Julio Constantino en marzo de 1883. Pidió una audiencia con el Papa León XIII. Las Fiestas Pascuales estaban a las puertas y todo parecía que tal audiencia no se hubiera podido conseguir, mas cuál no fue su dulce sorpresa cuando recibieron la cita para el 18 de Marzo, vigilia de la fiesta de San José.

El Vicario de Cristo se dignó departir afablemente con los dos visitantes por más de 20 minutos durante los cuales les habló de la gran necesidad que hay de educar a la juventud, de las obras que sabía estaban confiadas a nuestra Dirección, y por fin concedió muy complacido una especial Bendición que S. L. Murialdo solicitara para la Buena Prensa. Su Santidad aceptó muy complacido también un minúsculo historial de nuestra Congregación y el Reglamento vigente en la misma. En suma, durante toda la audiencia, nuestro Superior fue objeto de singular benevolencia y cordialidad de parte del Sumo Pontífice. De esta manera nuestra flamante Pía Sociedad, por primera vez se dio a conocer ante el Vicario de Cristo.

A Raíz de esta audiencia sí se empezaron a mover los pasos necesarios para conseguir la aprobación apostólica. La solicitud respectiva aparece firmada en el mes de agosto de 1888, y dirigida a la Sagrada Congregación, que entonces se denominaba de Obispos y Regulares, y corroborada por recomendación de varios Obispos. Entre los cuales merece citarse al Emmo. Card. Cayetano Allimonda, Arzobispo de Turín; quien se dignó interponer el altísimo prestigio y consideración de que gozaba en Roma, para que la dicha solicitud surtiera buenos efectos. Cabalmente así sucedió. Con fecha de 7 de marzo de 1890, se publicó el Decretum Laudis donde se encomia ampliamente y se enaltece el fin principal de la Congregación Josefina. A raíz de este Decreto, el Santo, que hasta entonces no había permitido sino la profesión religiosa ad tempus, pensó que, para la estabilidad definitiva de la Congregación, ya propagada por diversas ciudades de las Venecias, se podían emitir finalmente los votos in perpetuum. Esta ceremonia, se llevó a cabo por la primera vez el 19 de marzo de 1891.

Enseguida se empezó a trabajar para obtener el decreto sucesivo o sea la Aprobación Oficial de parte de la misma Sagrada Congregación. Se elevó la solicitud respectiva, patrocinada, como la anterior, por valiosos testimonios de los Prelados en cuyas diócesis se hallaba establecida la Pía Sociedad. Tales diligencias se iniciaron por 1895 y, merced a una milagrosa intervención de San José, sin que fuera necesario ni siquiera la presencia de S. L. Murialdo en Roma, se firmó el Decreto de Aprobación de nuestra Amadísima Familia por el Card. Vannuttelli, Prefecto de la Congregación de Obispos y Regulares, Decreto que lleva la fecha de 17 de Junio de 1897, fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo.

Finalmente, gracias a la benévola ,y generosa intervención de Mons. Agustín Richelmy, nuevo Arzobispo de Turín, el Santo Padre León XIII, se dignaba asignar un Protector para la Congregación Josefina en la persona del Emmo. Card. Mariano Rampolla, quien personalmente se dignó comunicárselo al Emmo. Card. Arzobispo de Turín con un oficio que llevaba la fecha del 20 de Abril de 1898.

Este era el estado de la Congregación cuando Nuestro Señor dispuso que san Leonardo Murialdo fuera ya conducido a la Patria de los Bienaventurados. Nuestro Santo Fundador se despidió de este mundo viendo que su obra principal, el Instituto Religioso, quedaba aprobado y como consolidado en la Roca de Pedro por la autoridad de la Santa Sede: ya podía estar seguro que su anhelo de abrasar al mundo todo en el santo amor de Dios, que iba a realizarse plenamente por medio de sus hijos, a quienes la Santa Iglesia los había acogido cariñosamente entre sus batallones selectos, mediante su Aprobación Oficial.

La aprobación definitiva, sin embargo, no vendría sino pasados cuatro años, desde el feliz tránsito del Santo Fundador, es decir, cuando San Pío X aprobó solemnemente las Constituciones de nuestra Congregación, el primero de agosto de 1904.

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