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7. TRABAJO APOSTÓLICO FUERA DEL COLEGIO

1. APRENDIÓ MUCHO EN FRANCIA

      Tanto trabajo no era bastante para el Siervo de Dios. Cuando aceptó la dirección del Colegio Artigianelli ya venía siendo desde un año atrás rector también del Oratorio de San Martín. Ahora, aunque su principal preocupación habría de ser la buena marcha del Colegio, sin embargo, quiso continuar trabajando en el susodicho Oratorio.

   
sanjuanbosco Este Oratorio fue fundado por Don Bosco, en 1845, al lado de unos molinos municipales llamados vulgarmente
 Molassi. Dejó de funcionar por algunos años, pero en 1852 lo reactivó Don Juan Cocchi, confiándolo al celo en verdad apostólico del sacerdote Pedro Ponte, entonces limosnero de la Marquesa de Barolo.     Desgraciadamente Don Pedro Ponte debía atender a un sinnúmero de compromisos, y así, en 1866, declinó la dirección disciplinar confiándola a la Sociedad de San Vicente de Paúl y la espiritual al Rector del Colegio Artigianelli, el Teólogo Berizzi. Este celoso sacerdote no pudo atender personalmente a tal cometido, ni tampoco lo podían los sacerdotes del Colegio, dadas sus múltiples ocupaciones, pero pudo hacerlo mediante un joven y ejemplar sacerdote. Don Alejandro Lana. Este buen eclesiástico, más que no deseaba trabajar por la gloria de Dios, tomó de muy buena gana la dirección del Oratorio, pero la muerte lo arrebató repentinamente, truncando de una vez, las más halagüeñas esperanzas que de él se habían concebido. Fue entonces cuando san Leonardo Murialdo, secundado por otro sacerdote del mismo Colegio, comenzó a trabajar en el Oratorio y lo hizo con el santo anhelo que nace de una ilusión largo tiempo acariciada y finalmente hecha realidad: trabajar con la juventud. En sus varios viajes por Francia, la cuna de geniales empresas, había visitado y admirado excelentes oratorios tanto en París como en Marsella. 

     sjuanboscoEn la capital había tenido la oportunidad de observar la maravillosa marcha del Oratorio de Montparnasse, que con inmenso provecho de la juventud parisiense, dirigían los Hermanos de San Vicente de Paúl; en Marsella, en cambio, había admirado el floreciente desarrollo de los oratorios del Padre Allemand y del Abad Timon David. En esos Institutos, modelos en el género, se forjaban juventudes fuertes y aguerridas contra el mal, gracias a una organización sin par, a un espíritu muy equilibrado y a un método admirable.

     Ante semejantes ejemplos, y enardecido por los sazonados frutos que producían dichos oratorios, S. L. Murialdo hubiera querido que el de San Martín no fuera segundo en el trabajo y en la piedad. Así se lo comunicó a los hermanos de San Vicente de Paúl, por otra parte dignos de todo encomio por su celo y su sacrificio en bien de la juventud, y los exhortó a que imitaran los ejemplos de los excelentes educadores franceses. Entre dichos hermanos merecen una especial mención el Ing. Juan Bautista Ferrante y su hermano el Abogado Pedro Ferrante, el Banquero Musso, el Geómetra Vaccarino y el futuro hermano Coadjutor Josefino Alberto Miniggio.


2. ANTE TODO, LA CATEQUESIS 

   sjuanbosco02  San Leonardo Murialdo predicaba en el Oratorio los domingos y también confesaba a los alumnos; tomaba parte, siempre que lo podía, en la labor catequista, no solamente los domingos, sino también todo el tiempo de cuaresma, no importaba cual fuese la hora, y, como lo hacía en el Colegio Artigianelli, tomaba para sí a los niños retardados o menos preparados o más díscolos. Esta labor la ejerció por muchos años, sin desatender, por supuesto, al Colegio Artigianelli. Pero cuando tuvo a su disposición un mayor número de sacerdotes, S. L. Murialdo confió el Oratorio a estos últimos, reteniendo solamente la alta dirección e interesándose vivamente de su desarrollo y progreso. De entonces datan ciertas Reglas Pedagógicas para conducir con fruto una clase de Catequesis, reglas que se difundieron amplísimamente, tanto que se transformaron en código obligado de todos los catequistas no sólo en San Martín, sino en muchas regiones de Italia.

     Se interesaba, sobre toda ponderación, por la enseñanza del Catecismo. No sólo en sus Oratorios deseaba que tal enseñanza se impartiera, sino que su celo abarcaba a todos los niños de Turín, pues, le dolía desgarradoramente que tantos niños crecieran completamente ayunos de nuestra religión.

   murialdo40  Cuando el párroco del Carmen, Teólogo Domingo Cumino, y futuro Obispo de Biella, en 1882 había preparado una pequeña capilla en un sótano para dar Catequesis durante la cuaresma a unos 150 niños, el santo me escribió con fecha 17 de octubre:«Debemos imitar la iniciativa del Párroco del Carmen. Ayer recibimos a "X" en el Colegio. Me parece un buen niño, frisa en los trece años, pero en cuanto a Catequesis no sabe ni el Credo. Bueno sería tomar el desquite contra el diablo, él publica libros y periódicos y nosotros enseñamos Catecismo. Machaquemos el hierro mientras está caliente, y, con la prudencia necesaria, veamos si, mediante Ia ayuda de algunos seglares, o de las juntas parroquiales, o de los mismos párrocos, podemos organizar catequesis nocturnas. Nuestro pequeño teatro es un buen local para este fin, y deberíamos imitar a Don Bosco, quien, so pretexto de atender a un internado no ha descuidado las Escuelas para externos. Lo que podemos, debemos hacerlo: por lo menos enseñar Catecismo. Lo más urgente tal vez, por el momento, es encarrilar a los catequistas o a los monitores para que se dé bien la clase de Catecismo o siquiera lo menos mal posible. Encomiende Ud. el asunto a Nuestro Señor, y estúdienlo in Domino".


3. PROYECTO DE CATEQUESIS NOCTURNA

     Cuando la "Unión de Obreros Católicos" fundó esa misma cuaresma las catequesis para aprendices y solicitó al Rector de nuestro Colegio Artigianelli abrir una sección en su seno, S. L. Murialdo, en seguida, dispuso y arregló personalmente para el efecto la sala de teatro. Por varios años siguió dando, corno era su costumbre, las clases a los más atrasados en una aula separada y, antes de que los catequizandos volvieran a sus casas, les dirigía a todos una alocución afectuosa, a pesar de de todo un día exorbitante y cuando parecía que le era indispensable ya algún descanso.


4. FIEL AL MINISTERIO SACERDOTAL

     Desplegó también su ardiente celo en el oratorio de San Félix. Dicho oratorio fue concebido inicialmente por el P. Filipino Castelli y luego tomó una forma definitiva gracias a la intervención de Mons. Eduardo Bosia, custodio de la Sábana Santa. Dispuso S. L. Murialdo que cada domingo un sacerdote del Colegio celebrase la Santa Misa allí y distribuyera la divina palabra. Muchos domingos lo hacía él mismo en persona y se congratulaba con sus fundadores por la armonía y sencillez que allí reinaban y por los grandes frutos que se cosechaban. Cada vez que S. L. Murialdo se dirigía a San Félix, sus dirigentes y catequistas lo recibían alborozados. El santo les dirigía la palabra con su proverbial unción y afecto, dejando a todos muy satisfechos.


5. LAS FIELES COMPAÑERAS

     Además, ya lo dijimos antes, desde los albores de su vida sacerdotal, a saber desde 1860, prestaba sus servicios en el Instituto de las Fieles Compañeras de Jesús que tenían su asiento en la "Villa de la Reina" en donde era particularmente estimado y honrado por las numerosas jóvenes de las clases elevadas que allí se educaban.

     Cierta vez S. L. Murialdo predicó allí los Santos Ejercicios espirituales con tanto fruto y consuelo de sus maestras y alumnas, que de inmediato la Rda. Madre Superiora le rogó que continuara visitándolas y dirigiendo espiritualmente a sus alumnas.

     San Leonardo Murialdo aceptó modestamente este trabajo apostólico más. Acudía al Instituto con frecuencia para predicar y confesar a las alumnas. Más tarde tuvo también a su cargo la instrucción religiosa de las mismas.

     A su regreso de S. Sulpicio continuó este apostolado y lo retuvo por muchos años aun siendo ya Rector del Colegio Artigianelli; pero al cabo, cohibido por las circunstancias debió renunciar a él, con indecible pesar de las religiosas. Para sus lecciones de Catecismo se preparaba con mucha diligencia y especialmente a las jóvenes de los cursos superiores, por estar ya próximas a salir definitivamente al seno de sus familias, las instruía y preparaba contra las acechanzas del mundo o de doctrinas exóticas. Sus dudas procuraba dilucidarlas con claridad y maestría y dispuso que las lecciones escuchadas fueran puestas por escrito.

      Esas jovencitas trabajaban durante las horas de la Catequesis con desusado entusiasmo e indecible placer, imprimiéndoseles imborrablemente para toda la vida las doctrinas impartidas. A propósito vale la pena copiar aquí el testimonio de una de aquellas religiosas. Dice así: "Su mera presencia nos adoctrinaba, exclamaban en coro aquellas buenas alumnas que experimentaban un verdadero placer en escucharle. Se esperaba con ansias durante toda la semana la hora en que Leonardo Murialdo se presentaba para la clase, siempre sereno y alegre. Con tal profesor las verdades de nuestra santa fe se asimilaban con la mayor facilidad, y aquellos mismos ánimos todavía tiernos, no obstante su natural irreflexión, se admiraban de su afabilidad y paciencia apostólicas. Cuando lo veíamos extraer de su manteo el atado de las tareas escritas, nos imaginábamos que buena parte de la noche se habría pasado corrigiéndolas, pues en cada una había indefectiblemente observaciones precisas y también las respuestas claras y exactas a las preguntas formuladas: todo la cual dejaba la mente bien instruida y el espíritu satisfecho. Efectivamente, cada semana debía revisar un gran número de páginas que contenían el resumen de la lección escuchada o las preguntas a las cuestiones propuestas por el Maestro. dipinti3 murialdo 01

¡Quién sabe cuánto sacrificio no le costaría preparar y corregir esas lecciones! Sólo Dios puede haberlo calculado y aquilatado, ya que ni sombra de tedio o cansancio dejó transparentar jamás en su porte exterior, pues tan perfecta era su mortificación para sacrificarse en bien de las almas. El único consuelo que nos queda, es pensar que desde el cielo él verá el cúmulo de frutos dulcísimos que siguen produciendo su sacrificio y su apostolado.

     ¡Cuántas jovencitas pueden agradecer su perseverancia en el bien, únicamente a las firmes bases religiosas echadas por San Leonardo en sus almas! ¡Cuántas madres pudieron enjugar sus lágrimas viendo regresar al buen camino a un pródigo, gracias a la oportuna intervención de una hija, discípula de Leonardo Murialdo, que, valiéndose de los apuntes de Religión del Colegio, devolvía al seno de Dios a un alma presa del enemigo!”

El mismo testimonio continúa ponderando la piedad que S. L. Murialdo prendió y alimentó en el Instituto, a pesar que no eran sino fugaces llamaradas que se desprendían de su corazón, abrasado todo en el amor divino. He aquí corno la misma religiosa habla cuando trata del amor de S. L. Murialdo hacia el Corazón de Jesús:

      "Cuando abordaba este tema su elocuencia se hacía fluida e inspirada, y el incendio interior, que entonces se hacía palpable, inflamaba nuestros corazones. Es particularmente inolvidable su transformación después de su primer viaje a Paray-le-Monial. Su bendita alma enardecía, mejor diré electrizaba nuestros corazones, y todas nosotras, sin excepción, nos sentíamos inflamadas en deseos de trabajar mucho por propagar la devoción al Divino Corazón. El amor a María Sma. no parecía ser menos ardiente. Un amor semejante al suyo procuraba inculcar en nuestros corazones. Cuando hablaba de María Inmaculada no era un sermón, era un cántico filial que entonaban sus candorosos labios. "El recuerdo de Lourdes, las apariciones de la Virgen a Bernardita por más de dieciocho veces, los milagros que allí se obraban, la Virgen de Issoudun, Nuestra Señora del Sagrado Corazón y la Santa Casa de Loreto eran temas que lo transportaban, y las almas juveniles de las oyentes se inflamaban tanto, que pendían de sus labios, sin jamás cansarse de escucharle.

     No menos admiración nos causaba verlo celebrar los Santos Misterios. Durante el Santo Sacrificio parecía arrebatado del todo de este mundo. En su rostro se dibujaban la veneración, el respeto, la devoción que inspiran las cosas santas. En una palabra, su santidad sacerdotal se hacía como visible durante la Santa Misa. ¡Oh sí! Jesús en la Eucaristía era sin duda una de sus devociones más tiernas!

     «Concluyamos pues que la venerable memoria del nunca suficientemente llorado Leonardo Murialdo quedará esculpida en nuestras almas y que su santidad y celo apostólico que nosotras hemos disfrutado, serán motivos para elevar al Altísimo un ferviente himno de acción de gracias, siendo como hemos sido, objeto de un envidiable privilegio.»

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