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6.- EDUCADOR CONSUMADO

 

1. TRABAJABA Y CALLABA

Efectivamente trabajaba en silencio. No ambicionaba la publicidad. Los éxitos del colegio procuraba que no trascendieran al público y menos le gustaba que de él se ocupase la prensa. En todo y por todo procuraba seguir las directivas de sus consejeros, renunciando a su propio juicio y dando así muestras de exquisita prudencia. Entre sus más fieles consejeros podemos anotar los Tratados de Pedagogía Cristiana que leía y anotaba prolijamente. También le servirían mucho las visitas que, con alguna frecuencia, hacía, en Italia o en el extranjero, a Instituciones educativas, con el fin de aprovechar sus aciertos.

pequenoszapaterosSiendo y viviendo únicamente para sus jóvenes, los amaba con ternura, mas nunca cayó en la debilidad de predilecciones, Su cortesía y amabilidad para con todos, indistintamente, hacían que cada cual estuviera seguro de ser amado por su Rector. Nadie se quejó jamás, ni lo hubiera podido, de la menor injusticia. Se interesaba con solicitud del estado de las familias de sus jóvenes con el fin de saberse regular en su trato. Algunos niños provenían de familias moralmente destrozadas, o también malas: para éstos se agigantaba su caridad. Sin embargo pocos sabían el verdadero estado moral de tales padres, pues su extrema delicadeza velaba cuidadosamente para no menoscabar la honra de sus pupilos. 

Se interesaba minuciosamente por cuanto atañía a legados, herencias o haberes en general, de sus alumnos. Para aquellos que se hallaban completamente abandonados por sus padres, él les fue padre y protector. ¡Cuántos dolores de cabeza no soportó por administrar pacientemente los escasos dineros de sus jóvenes! Cuántas juntas se tuvieron para resolver ciertas posiciones particulares! ¡Cuántas idas y venidas a donde Abogados y Procuradores o Apoderados para recaudar sustancias familiares de sus protegidos, quienes, a veces, le pagaban con la falsa moneda de la ingratitud!

Aún fuera del colegio, los alumnos eran protegidos con su asistencia paternal: son incontables los casos en los cuales S. L. Murialdo, conforme lo permitían su tiempo y sus recursos, seguía siendo para ellos el gran tutor o apoderado.


2. LA HUELLA DE SU TERNURA
 

Cualquiera que trataba con san Leonardo Murialdo quedaba convencido de su amabilidad.

Apenas los jóvenes entraban en el colegio, adivinaban que debían habérselas con un buen padre, cosa que les ensanchaba el corazón y les hacía menos doloroso el separarse de su familia. He aquí cómo se expresó un colegial que llegó a ser sacerdote josefino.

«Ingresé en el Colegio a las 10:30 de la noche, después de un largo viaje desde Vicenza. A la puerta me esperaba el excelente hermano coadjutor Miniggio, quien me condujo a donde el padre Rector. El buen padre no hubiera demostrado más cariño y mayor bondad si se hubiera tratado de un hijo propio. Me llevó enseguida al comedor, en donde me sirvió personalmente la cena y finalmente me condujo al dormitorio con tanta gracia y gentileza que literalmente me robó el corazón".slmconninosnapolesagrfamnap

Para confirmar lo dicho, citaré otro testimonio más; es de un hermano josefino: «El día de mi ingreso en el Colegio, el Teó1ogo Murialdo me trató tan fina y cortésmente que me olvidé de mi madre, de quien debía separarme. Me tomó consigo y me hizo pasear a lo largo y ancho de la sala del recibidor, contándome cosas tan interesantes y hermosas que, pensaba en mi corazón: Oh, cuán bueno es este sacerdote. De manera que empecé mi vida de colegial con inmensa alegría».

Para educar, ningún método le pareció tan apropiado como el de la ternura. Amén de que trataba cortésmente a todos los jóvenes sin distinción, era además, suave en sus maneras, delicadísimo en sus expresiones, siempre muy modesto y grave en su comportamiento. Para tal proceder no era óbice la tardanza y a veces la grosería de algunos alumnos que no justipreciaban sus heroicas virtudes. No se piense que tal dulzura era connatural a su índole; al contrario, siendo de temperamento más bien colérico tal comportamiento constituía un perenne y generoso ejercicio de virtud. Jamás se le vio maltratar a sus jóvenes ni tampoco toleró que nadie lo hiciera en su presencia, en manera alguna. Imponía castigos rara vez, y en lns mismas reprensiones guardaba mucha prudencia y benignidad. Tenía por norma, y se lo inculcaba a sus colaboradores, que el joven debe llevar una saludable impresión de la corrección. A ello se debía el que antes de despacharlos de su aposento, siempre les dirigiera palabras de alabanza por alguna prenda que poseyeran o les animara paternalmente a mejorarse. Así, los niños ni se desalentaban ni, peor todavía, se empecinaban en el mal.


3. MÁS BENIGNIDAD QUE SEVERIDAD

El mayor castigo que infligía, antes de proceder a la expulsión, era el de el cuarto de reflexión el mismo que no era ningún antro oscuro a guisa de cárcel, sino una sala espaciosa y ventilada, en donde el joven podía reflexionar sobre su conducta, recapacitar y proponer mejorarse. En semejantes casos, S. L. Murialdo no dejaba de visitar al niño con frecuencia, para aconsejarlo y animarlo. Si se encontraba muy deprimido, le procuraba algún trabajito a modo de útil ocupación, y le exhortaba a admitir sus yerros y le inducía al arrepentimiento y consecuentemente a la corrección. En la mayoría de los casos el joven no tenía más que humillarse para no incurrir en el castigo. Excusas, a veces infantiles, le rendían a S. L. Murialdo, pues tan tierno era su corazón y tan predispuesto a la misericordia, más bien que al rigor.

No cabía en sí de alegría una ocasión que topó con un librito del Padre Jesuita Binet, en donde se hacía la apología de la mansedumbre, demostrando a los educadores con muchas y bien fundadas razones que ésta da mejores resultados que una mal entendida severidad. S. L. Murialdo leyó el tratadillo, lo estudió, lo anotó y aprovechó para dar varias conferencias a los maestros y superiores del Colegio a fin de que todos llevasen la misma forma de educación: la dulzura. Y tal como predicaba lo practicaba. En efecto, aunque bien impuesto de su autoridad de Rector, a la cual recurría haciéndola pesar debidamente en los casos necesarios, siempre la suavizó con un toque de benignidad permanente, de manera especial cuando se trataba de amonestar en público o también en privado. Su semblante tomaba un aspecto de seriedad que infundía respeto, pero sus pupilas estaban bañadas de bondad que predisponían al amor y veneración.

Algunos testigos han declarado que sus correcciones personales, en su alcoba por ejemplo, empezaban con una impresionante seriedad; pero al paso que procedía la reconvención, la iba temperando tan suave y eficazmente que los culpables solían salir de su presencia cautivados por su santo Rector y con infinita confianza en su propia corrección.


4. EL DRAMA DE LA EXPULSIÓN

Pero, en casos especiales, y solamente para salvaguardar la moralidad de los demás internos, tuvo que proceder a la expulsión de algunos alumnos. Sabía bien que el Colegio había sido instituido para la regeneración y reeducación de los niños que lo necesitaban; por ello, cuando se daba el caso doloroso de una purga, su rostro se velaba de una leve tristeza, pues ello significaba para él un fracaso.

En tales ocasiones tomaba consejo una y otra vez de las personas más autorizadas, y más que de ellas, lo tomaba de Dios, pues sus visitas al Smo. Sacramento menudeaban más que de costumbre. En estos trances primaba la misericordia y no el rigor. Las lágrimas de los jóvenes le desarmaban y casi nunca se arrepintió de haber condescendido. Sucedió una vez que cierto alumno tuvo la noticia de haber sido expulsado del Colegio por cuanto su conducta iba en menoscabo de la moralidad general. El infeliz se dirigió de inmediato a la dirección. Se echó a los pies del santo y bañado en lágrimas le imploró perdón, indicándole, además, que una vez fuera del Colegio, su propia madre le hubiera sido de grave escándalo. El santo Rector revocó la orden, le perdonó pero se hizo prometer un serio cambio de conducta. El joven se lo prometió y fue leal. Al poco tiempo, siendo ya proverbial su comportamiento, fue víctima de tuberculosis violenta y en 1os brazos del mismo S. L. Murialdo volaba al cielo con una muerte envidiable.

Cuando algún joven se marchaba del Colegio, aun cuando su formación fuera completa, S. L. Murialdo no dejaba de depositar en su corazón útiles consejos y algún recuerdo para su vida. Uno que jamás dejaba de darlo era éste: escuchar la Santa Misa todos los días y hacer una visita al Santísimo antes de ir al trabajo.


5. PREMIOS E INCENTIVOS

Los métodos educativos del Teó1. Berizzi 1os conservó todos y los perfeccionó. He aquí algunos: calificaciones semanales y, con mayor solemnidad, mensuales; notas de encomio por conducta, trabajo y estudio; estímulo de pequeñas propinas en dinero o varios otros premios: diversiones, paseos, etc. todo lo cual observado con puntualidad y regularidad y también con aquella solemnidad que valoriza a 1os ojos de los jóvenes la seriedad de la disciplina y la estima de la virtud, producía frutos muy hermosos en el Colegio.

Los jóvenes crecían con el culto del orden y con una filial reverencia para con los Superiores; reverencia que era índice de estima y amor hacia los mismos, considerando a su Colegio como un hogar y no como un recinto guardado por gendarmes.


6. ATENCIÓN PERSONALIZADA

S. L. Murialdo procuraba que los niños y jóvenes se encontraran como en sus propias casas y aún mejor. Visitaba la cocina a fin de que el alimento fuera, si no delicado y rebuscado, pero sí abundante, sano y nutritivo; otras veces, entrando en el comedor antes que los alumnos, comprobaba por sí mismo si las viandas eran suficientes y si estaban razonablemente sazonadas. Dicho esto no hay por qué maravillarse de su solicitud amorosa para con cada uno de los colegiales, especialmente en casos de enfermedad. El horario de trabajo estaba salpicado de suficientes tiempos de recreos, que los quería animados y alegres; y para conseguirlo, muchas veces se mezclaba con sus jóvenes para jugar a la pelota, a las bolitas y al trompo. En fin se hacía uno de ellos divirtiéndose y divirtiéndoles con santa alegría, como si no tuviera mayores preocupaciones.

Durante el año, con frecuencia se organizaban programas amenos, con esta o aquella circunstancia. Unas tres o cuatro de ellas constituían fiestas en verdad solemnes. En tales ocasiones no se preocupaba solamente del a1ma, quería que también el cuerpo fuese halagado, y esto, quién sabe con cuánto sacrificio, lo observó en todo tiempo, no queriendo restar a sus jóvenes las oportunas diversiones; ni aún cuando la crisis económica parecía amenazar seriamente al Colegio.


7. GIMNASIA, CORAL, ORQUESTA

slmmosaicoA fin de que sus jóvenes no añorasen los malsanos halagos del mundo, se empeñó el santo Rector, como ya lo hiciera Berizzi, en crear y estimular actividades sanas y alegres, tales como la gimnasia, el canto y la música instrumental y vocal, con todo lo cual se afinaban los sentimientos de los jóvenes y se criaban sanos y robustos.

Dichas actividades dieron tan buenos resultados que los alumnos tenían ya en la ciudad fama de buenos cantores; conquistaron muchos trofeos y menciones honoríficas en los certámenes de educación física, y sus representaciones dramáticas eran aplaudidas por la mejor sociedad de Turín. Sin embargo, tales diversiones eran supervigiladas, a fin de que, so pretexto de cultura o diversión, no se calara el vicio o al menos la disipación en el Colegio. La misma cautela mostraba el santo Rector en la censura de revistas y más lecturas recreativas, a cuyo propósito vale la pena anotar que en este punto tendía más bien a la severidad que a la inrlulgencia, pues no permitía ni siquiera ciertas novelas que, si bien escritas por autores católicos, más bien eran aptas para adultos o para gente mundana, que para los niños o jóvenes.


8. EXCURSIONES

Cada año había por lo menos una excursión para los alumnos, como aliciente para portarse siempre mejor. De ella sólo se excluían unos pocos por vía de escarmiento.

A los que se distinguían por su buen comportamiento, solía llevarlos por el lapso de un día a una granja que poseía en las colinas turinesas. Allí les obsequiaba con honestos pasatiempos, les servía a la mesa en el almuerzo y la cena y regresaban al Colegio por la noche, rebosantes de alegría y cariño para con tan buen padre.

Estos arbitrios hacían que 1os jóvenes amasen entrañablemente a su Colegio, y S. L. Murialdo aprovechaba de esta estima para sembrar en sus corazones los más delicados sentimientos. Cuántos ex- alumnos una vez adultos o ancianos recordaban con nostalgia los años del Colegio que se dejó querer tanto, y ,a los cuales llamaban el período más feliz de su vida.

Mas, así como era muy condescendiente en procurar diversiones a sus educandos, así mismo se resistía a conceder vacaciones en el seno de sus familias. Bien sabía S. L. Murialdo que sus jóvenes, una vez en sus hogares, poco o nada tuvieran que ganar. En efecto, cuántas veces, jóvenes excelentes, al contacto de sus familiares poco religiosos o quizá escandalosos, volvían al Colegio herida el alma y mudado el corazón por 1os malos ejemplos.


9. FORMACIÓN RELIGIOSA

Empeño máximo de S. L. Murialdo era inculcar en sus almas una sincera piedad. También en esto se regu1ó por las normas de su predecesor. Se practicaban los ejercicios de piedad de todo buen cristiano, tanto en los días feriales como en los festivos; se exhortaba con prudencia y moderación a la frecuencia de los Sacramentos, con el fin de hacer amar la devoción y no forzarla, y peor aún imponerla, se explicaba el significado de las ceremonias y solemnidades del calendario litúrgico. En fin, en un ambiente de santa libertad, se procuraba saturar toda la vida de piedad. Ya se anotó cómo, antes de ser Rector, S. L. Murialdo era el confesor ordinario del Colegio; mas, una vez en el cargo, no quiso hacerlo ni siquiera por una vez, a fin de no coartar en lo más mínimo la libertad de sus jóvenes. En cambio regularmente acudían al Colegio varios confesores de la ciudad para que los niños pudieran elegir. Al principio su afán era conseguir de sus jóvenes que se confesaran cada mes, pero fue más afortunado, pues se estableció la confesión semanal en un número muy considerable de alumnos.

A los más reacios les animaba con dulces y bondadosas palabras; pero jamás usó violencia aunque fuera sólo moral, bien persuadido como estaba de que, un acto de esa naturaleza requería la máxima espontaneidad.

Casi siempre preparaba personalmente a sus jóvenes pura la confesión. Al respecto, Mons. Domingo Muriana, por un lapso de tiempo confesor del Colegio, escribió el siguiente testimonio: «El fruto de 1as confesiones de esos jovencitos dependía casi totalmente de las reflexiones tan ardientes que les tenía el Santo Sacerdote.»

Las modestas fiestas, a lo largo del año, eran una invitación tácita al Santo Sacramento de la Penitencia. Frecuentemente las mismas se resolvían en Comuniones generales, muy edificantes y muy fructuosas.


10. LE ESCUCHABAN PEQUEÑOS Y MAYORES

Predicaba S. L. Murialdo todos los domingos, lo mismo que las novenas o triduos, o cada vez que se le presentaba la ocasión de impartir la palabra de Dios.

Los sermones tenían la eficacia y unción de una fe profunda y una convicción que nacían de su misma vida. Su solidez se basaba en un consciente estudio tanto de la Teología moral como de la Dogmática, en la doctrina de los Santos Padres y la Sagrada Escritura, y su fruto, en una exposición atrayente y llena que cautivaban la atención aún de los más pequeños.

Habíase fijado una norma en sus sermones: enseñar, adoctrinar, instruir siempre; nunca deleitar solamente. Para mejor alcanzar su cometido, muchas veces no hacía más que ilustrar la materia de Catecismo, en donde se encuentra todo lo que un buen cristiano debe saber. Entre las verdades en que con más frecuencia insistía en sus sermones pueden contarse los novísimos, y de entre éstos, los temas del infierno y de la muerte. Con frecuencia trataba también el tema de la gracia y, por correlación, de la necesidad de orar para conseguirla.

Los jóvenes todos, pero especialmente los mayores, le escuchaban con visible satisfacción y con mucho fruto y, al decir de los mismos, los sermones del santo les conmovía y les doblegaba. Comentando sus sermones, encomiaban no tanto su estilo y galas oratorias, cuanto ese misterioso poder de su palabra que los sacudía hasta lo más hondo del alma y los obligaba a abandonar el vicio por la virtud. El secreto de tal eficacia lo encontramos en dos puntos básicos: primero, S. L. Murialdo se preparaba siempre para predicar y segundo, ante el Santísimo meditaba de rodillas, por 1argo tiempo, lo que iba a decir.

Los domingos no se contentaba con predicar en la capilla, sino que también tomaba a su cargo una clase de Catequesis y de preferencia la de los niños más atrasados o traviesos. Cuando en Turín existía aún la sección de párvulos no consentía que nadie más que él se ocupase de ellos. Consideraba un privilegio suyo instruirlos y prepararlos para la Primera Comunión; y ¡Cómo le correspondían esas almitas inocentes! Los frutos de esas Primeras Comuniones duraban de por vida.


11. ATENCIÓN A LOS MENOS DOTADOS

Hé aquí, para confirmar lo que vengo diciendo, el testimonio de un ex-alumno : «Durante mi permanencia en el Colegio, que fue de algunos años, tuve oportunidad de observar que S. L. Murialdo infaliblemente tomaba a su cargo la instrucción y cuidado de los de escasa inteligencia o de los que adolecían de algún defecto físico. La atención a tales niños era para los demás profesores cosa molesta y aún enojosa, pues bien, ¿Qué hacía el Rector? Los invitaba a su cuarto con una caridad de predilección y una vez allí, con infinita paciencia les enseñaba la Doctrina Cristiana palabra tras palabra. Era con ellos muy condescendiente y así se contentaba con poco. Una vez que los tales niños habían aprendido cuanto podían, les brindaba una graciosa sonrisa, endulzada generalmente por algún confite; les aplaudía y se mostraba gozoso de que también aquellos pobrecitos hijos suyos, aprendieran a conocer y amar a Dios nuestro Señor".


12. UN RETIRO ANUAL PARA SUS PEQUEÑOS ARTESANOS

Cada año había en el Colegio un curso de Ejercicios Espirituales previo a la Comunión Pascual, que ordinariamente se efectuaba la Dominica in Albis. Daba la máxima importancia a este retiro, que duraba cuatro días. Su característica era la seriedad y la devoción, y para conseguirlas, remotamente los preparaba con conferencias o instrucciones apropiadas. Una vez llegado el tiempo del retiro, se suspendían todas las ocupaciones materiales, intervenía a todas las pláticas con el fin de darles ejemplo de atención y recogimiento, y a la Sección Mayores les dictaba conferencias muy prácticas e interesantes de manera que éstas producían más fruto que las mismas prédicas. El fruto de tales ejercicios era evidente. Al empezar de nuevo las actividades, parecía que un nuevo espíritu animara a todos los alumnos.

Su gran anhelo y satisfacción hubiera sido, además, conferenciar particularmente con cada uno de los jóvenes, especialmente con los recién llegados. Así lo hacía efectivamente apenas tenía un poco de tiempo disponible, pero sus múltiples y exorbitantes ocupaciones y el constante cuidado de la economía de la casa no se lo permitían.

Esto no obstante, muchas veces los recibía en su habitación por la noche, después de cenar, y recibía sus confidencias, con bastante sacrificio de su parte, pues para ello era menester cercenar las horas de un legítimo descanso.

Su paciencia y bondad en esas visitas eran sobremanera admirables pues escuchaba con infinita paciencia sus pequeños problemas y trataba de solucionarlos plenamente.


13. ORIENTACIÓN PERSONAL Y GRUPAL

Para remediar de alguna manera este afán que le devoraba de tratar familiar e individualmente con sus jóvenes, les daba conferencias frecuentes en la Capilla; para instruirlos o subvenir a sus peculiares "necesidades, aprovechaba las clases de Catequesis o también los reunía varias veces al año en una sala dispuesta para el efecto. Tales ocasiones se presentaban p. e. cuando se daba pública lectura de las calificaciones o a tiempo de nombrar a 1os monitores o reorganizar los varios departamentos o el primer día del año. Entonces era cuando el S. L. Murialdo discurría familiarmente con sus jóvenes y los animaba a mejorarse cada día.

Con ocasión de la muerte de algún alumno, infaliblemente les dirigía cálidas exhortaciones a estar siempre listos para aquel trance, especialmente con la fuga del pecado y el atesoramiento de muchos méritos ante Dios.


14. LA FIESTA DEL PADRE RECTOR

Entre sus papeles se encuentran frecuentemente esquemas de estas platiquillas, pues ni aún éstas solía improvisar. Estos apuntes, reunidos en un solo cuerpo, son ahora un acervo edificante de consejos prácticos, índice de su enorme solicitud por el provecho de sus hijos espirituales. Sobre todo se llena el alma de una santa emoción al recordar las palabras que dirigía en su fiesta onomástica cada año. Esta fiesta constituía un verdadero triunfo y siempre un éxito en todo sentido y por lo mismo era el centro de las aspiraciones de todo el mundo en el Colegio. S. L. Murialdo, aunque ajeno a toda lisonja, aceptaba gustoso el homenaje que en aquel día le ofrecían sus pequeños artesanos, pues constituyendo una fiesta de familia, contribuía grandemente a estrechar los amorosos lazos que unían a Superiores y alumnos. Aquel día todos, Superiores, maestros y alumnos ofrecían la Santa Comunión por el Rector, y era el don único que él aceptaba complacido.

Los niños hubieran querido demostrar su amor y aprecio para con su padre por medio de algún don material y significativo; mas S. L. Murialdo jamás lo hubiera aceptado, por ser grandes las necesidades que padecían los mismos alumnos, y por la grave molestia que les ocasionaría al permitir gastos, por pequeños que fuesen.

En lo material el único don que aceptaba contento y satisfecho era un ramillete de flores, por su significado delicado y por su natural simbolismo. Con el ramillete, los niños le ofrecían las protestas de un acrisolado amor y los cálidos juramentos de superarse siempre más, tanto en conducta como en aprovechamiento. Contestaba el Santo Rector a esas sinceras manifestaciones de amor con palabras siempre frescas, nuevas y oportunas que encontraban sin tropiezos la vía del corazón de cuantos le escuchaban. El punto de partida era una de las expresiones que se le había dirigido, o alguna circunstancia conocida de todos, o la presencia de algún benefactor insigne, modulando los sentimientos de sus oyentes de manera que todos se sentían enardecidos en la lucha por el bien para el próximo año, es decir, hasta la próxima fiesta de San Leonardo. Esta fiesta, como queda dicho, en los primeros años revestía un carácter netamente familiar, pero conforme pasaban los años, crecía en importancia y solemnidad. Así es como en los últimos años de S. L. Murialdo, su fiesta onomástica significaba el concentrarse de los bienhechores de la Obra de Turín, de los alumnos de la Escuela Agraria de Rívoli, de Volvera y de los Oratorios de San Martín y de Rívoli.

Para terminar lo haré con las palabras de un testigo que así testificó en el Proceso Diocesano: «El Teól. Murialdo era un Rector modelo. No era posible condenarlo aunque fuera por el mínimo defecto. Jamás fue infiel a su deber de vigilancia a sus jóvenes, vigilancia que en sus primeros años de Rectorado era más asidua y personal. En los años posteriores no lo era tanto, ya por sus achaques, ya por la multiplicación de las secciones del Colegio y de las Casas Josefinas y también por la valiosa colaboración del personal ya preparado; mas, lo puedo atestiguar, S. L. Murialdo jamás faltó a su deber».


15. EXCELENTES RESULTADOS

En los largos años que tuvo a su cargo el Colegio Artigianelli, es posible que hayan pasado por sus manos como unos dos mil jóvenes, por los cuales se sacrificó, trabajó y oró. ¿Y los frutos? ¿Acaso fueron todos fervorosos cristianos, honor de su pueblo y del Santo Maestro que los formó? No podemos asegurarlo. Pero sí nos consta que un alto porcentaje de los mismos, fueron su consuelo y su corona. La educación tan recta y concienzuda que habían recibido en el Colegio, les fue guía segura en toda la vida.

¡Cuánto mejores hubieran sido los frutos, si la pesadilla de la economía, no hubiera robado un cúmulo de energías al Santo Rector!

Si se tiene en cuenta que muchos jóvenes provenían de casas estatales de reprensión policial, con el alma en jirones por los malos hábitos; si se tiene en cuenta también que muchos abandonaban el Colegio cuando su formación era aún incipiente o en todo caso incompleta, puedo asegurar que los resultados fueron superiores a las perspectivas. Para confirmar este aserto basta decir que con estos jóvenes y de entre estos jóvenes vino a formarse una Congregación Religiosa; y que en el Colegio Artigianelli de Turín se elevó la perfección a tan alto grado que florecían los consejos evangélicos.

De ese alumnado salieron como ochenta sacerdotes que, emulando el ardor y celo del Maestro, trabajaron y siguen hasta hoy trabajando por el bien de las almas.

verrifrancoslmysucaridadEn cuanto a los demás, que retuvieron su condición de obreros, mantuvieron firmemente, a lo largo de su vida, los principios religiosos recibidos de S. L. Murialdo, con ser buenos ciudadanos y excelentes padres de familia. No cabe duda que uno que otro, quizá por el ardor de los años juveniles, se desviaron un tanto del recto camino; pero en su edad provecta, recordando los buenos principios de su amado Colegio, retornaron sobre sus pasos y acabaron siempre con una muerte edificante. Otro de los frutos dulcísimos, y por lo mismo, fuente de suavísimo gozo para S. L. Murialdo, fue el ambiente de disciplina, orden y bondad que se vivía en el Colegio de Turín. Esta magnífica experiencia fue molde en que se vaciaron las demás obras de la Congregación, en las cuales se ha perpetuado el corazón y el espíritu de nuestro Santo Fundador.


16. CINCUENTA ANIVERSARIO DEL COLEGIO

La semilla del bien, al decir de la Escritura, se riega casi siempre con dolores y lágrimas y raramente es dado al sembrador ver la mies dorada y lista para la siega. San Leonardo Murialdo verá desde el cielo los frutos que se siguen cosechando por sus hijos. Dios, sin embargo, en su infinita bondad, quiso darle una muestra de los mismos aquí en la tierra, poco antes de darle el premio de los siervos fieles en el Cielo, con una explosión de afecto y reconocimiento universal en el Cincuenta Aniversario de la Fundación del Colegio; afecto y reconocimiento que tuvieron ribetes de grandiosidad y fueron por lo mismo inolvidables para S. L. Murialdo y para cuantos tuvimos la dicha de presenciarlos.

Este jubileo se celebró el 18 de Junio de 1899. En aquel día, S. L. Murialdo, como rey de la fiesta y con la alegría que le desbordaba del corazón,  se vio rodeado de los cuatrocientos alumnos de nuestras casas josefinas, con sus profesores y maestros, de un número igual de ex-alumnos de diferentes edades y de todos los sectores sociales, venidos de los lugares más apartados de la Nación para obsequiar a su Padre y Maestro, para estrecharse una vez más con un abrazo mutuo y fraternal, para revivir viejos recuerdos siempre frescos y hermosos, para, en fin, resucitar siquiera en unas pocas horas la vida del Colegio, al que todo lo debían.

¡Cuán sinceras y ardientes eran las demostraciones de afecto y veneración de aquellos hombres, cuya gratitud se agigantaba conforme era su edad y la comprensión de los beneficios recibidos! A sus pies depositaban sus corazones aún piadosos y buenos, a pesar de los años transcurridos.

S. L. Murialdo, con el gozo pintado en sus pupilas y una franca sonrisa acentuada por la santidad de su alma, andaba aquel día más alegre y expansivo que de costumbre, estrechando las nudosas manos de sus hijos de siempre, electrizando sus corazones y enardeciéndolos con una buena palabra.

Bien merecida tenía esta cordial demostración de afecto, después de tantas amarguras, después de tanta abnegación y sacrificios conocidos casi únicamente por Dios, quien en esta ocasión le decía como con un suave susurro: Has confiado en Mí y no has quedado confundido.

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