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5.- RECTOR DEL COLEGIO ARTIGIANELLI


1. FUNDACIÓN DEL COLEGIO "ARTIGIANELLI" EN 1849

Dejamos apuntado cómo en 1894, el celoso sacerdote Don Juan Cocchi entregó al cuidado de Don Bosco su Oratorio de los Ángeles Custodios. Lo hizo con el objeto de fundar el Colegio Artigianelli  de Turín. Este celoso sacerdote fundó dicho colegio impulsado por la caridad, pues algunos niños del Oratorio, en su calidad de huérfanos o abandonados de sus padres, no tenían ni casa donde vivir, ni un mendrugo de pan para alimentarse, y así le imploraban un remedio para su situación.aratigianelli1866pluma

Los situó, para empezar, en una salita que servía de modesto teatro en el Oratorio. Más tarde pudieron conseguir algunas habitaciones en la casa Moncalvo en Vanchiglia y les dio el nombre de Artigianelli (= pequeños artesanos): nombre que fue adoptado como oficial por todo instituto análogo que surgiera en Italia. Don Cocchi, para salir adelante en la empresa comenzada, hizo circular una hoja volante apelando a la caridad de las personas de buen corazón, a fin de que vinieran en auxilio de la incipiente obra, no sólo con dinero, sino también con el contingente de sus propias personas, en cuanto fuese posible. Se presentaron algunas beneméritas por su generosidad y desinterés, con las cuales D. Cocchi fundó una Asociación de Caridad Pro Niños Pobres, Huérfanos y Abandonados, tomando como señuelo las palabras de Isaías: Egenos vagosque induc in domum tuam. La Asociación recibió aprobación Oficial del Gobierno, como era de rigor en la época. Los estatutos respectivos aparecen aprobados en el 11 de Marzo de 1850 para lo cual sirvió desde una sala de la casa parroquial de la Anunciación y las cuatro primeras firmas que aparecen son las de Don Cocchi, el Teólogo Jacinto Tasca, el Teólogo Roberto Murialdo y el Teólogo Antonio Bosio.

En el mes de Abril de 1850 el Instituto pudo conseguirse un local algo mejor, en la calle de la Zecca; para 1855 pudo conseguirse un local más amplio a las faldas de los montes turinenses, a saber, la Villa de la Reina y finalmente para 1863 se inauguró el nuevo edificio, elegante y espacioso, construido en la Avenida Palestro.

Don Cocchi no pudo permanecer por mucho tiempo al frente del Instituto por él fundado. Hacia fines de 1852 se dirigió a Cavoretto para fundar una Colonia Agrícola o Granja Escuela, una de las primeras fundaciones del género en Italia. Dejó el Colegio Artigianelli en manos de los Sacerdotes Jacinto Tasca y Pedro Berizzi, quienes, con fervor y celo admirables, continuaron la obra de su fundador.

En un principio los niños iban a trabajar en los talleres de la ciudad, pero luego se establecieron talleres internos en el mismo Colegio; talleres que rápidamente te fueron aumentando en número e importancia convirtiéndose en verdaderos centros profesionales. De esta manera los alumnos recibían instrucción religiosa y al mismo tiempo aprendían un medio para ganarse, más tarde, honestamente la vida.


2. QUIÉNES ERAN LOS "ARTIGIANELLI"

Condición indispensable para entrar en el Colegio era ser huérfano o desamparado de sus familiares. Algunos, inclusive, provenían de las escuelas correccionales del Estado, otros eran conducidos directamente por la policía, que los había encontrado vagando sin rumbo fijo, con evidente peligro de ser infortunadas víctimas de los vicios más execrables. Empezaron como unos 50 asilados, pero muy pronto su número subió a unos 150 y a 180 en el edificio del Corso Palestro.

Los Sacerdotes Tasca y Berizzi se multiplicaban para atender a sus jóvenes obreros, hasta no instalarlos en su propio edificio, como dijimos arriba. Mas, como el edificio fue construido con un préstamo considerable, no hubo fondos para subsanar, por lo pronto, una falta casi total de adecuaciones y comodidades a veces en verdad indispensables.artigianelli

Por esos mismos días, para colmo de desgracias, el Teólogo Tasca, tuvo que abandonar el Colegio, quedando solamente el Teólogo Berizzi al frente del mismo. Las condiciones materiales y económicas no mejoraron para nada; más bien se entabló una verdadera lucha por la existencia.

En 1866 el Teólogo Berizzi recibió de Mons. Pedro Losanna, a cuya diócesis pertenecía, el nombramiento de Arcipreste de la Catedral de Biella.

Numerosas circunstancias de peso le obligaron a aceptar el cargo, mas no se le escapaba tampoco, ni a él mismo, ni a sus colaboradores, que su partida del Colegio, en esos angustiosos momentos, significaría su derrumbamiento irremediable.

No hay duda de que Berizzi amaba tiernamente a lo que llamaba "su Colegio" pero al verse con tal nombramiento como salvado milagrosamente de un seguro naufragio, se sintió libre de un peso insoportable y respiró a todo pulmón el aire Ligero y delicioso de una próxima liberación. Había, empero, en tal nombramiento un "quid". Debía antes buscarse un sucesor. Ahora bien. ¿En dónde encontrar un sacerdote de tal magnanimidad, de un cariño tan acendrado a la juventud, como para tomar a su cargo la educación de tantos pobres niños?

Había una deuda exorbitante de colmar. Se debía mendigar el pan de cada día, y, lo que es más, no se veía por ningún lado, alguna perspectiva, próxima o remota de solución. En una palabra, ni un fugaz relámpago parecía querer iluminar esa lóbrega noche. Todo el mundo, en la Administración, conocía el estado desastroso del Colegio: La caja exhausta y un ininterrumpido sucederse de acreedores, no siempre comprensivos y menos aún benignos, que justamente reclamaban sus haberes.

El soñado Rector, además, tenía que sobrellevar tan tremenda responsabilidad, sin retribución alguna, antes al contrario, procurar llenar con su dinero, si lo poseyera, los enormes vacíos, y dividir su jornada entre la dirección moral o profesional de sus pupilos y el lanzarse a las calles en demanda de la caridad pública para mantenerlos.


3. RECTOR PROVISIONAL HASTA EL FINAL

Dando Berizzi una mirada en torno suyo, de entre todos sus amigos y benefactores ninguno le pareció más indicado que el Teólogo Leonardo Murialdo, a quien amaba y veneraba con altísima estimación. Había sido su compañero en los años de estudios previos al sacerdocio; siempre se encontraron juntos en las santas iniciativas que los buenos sacerdotes emprendían en aquella época.

Por otra parte, San Leonardo Murialdo no era del todo ajeno a la vida del Colegio, pues, desde 1855 solía confesar todos los sábados a aquellos alumnos, ya en la Villa de la Reina, ya en el suntuoso edificio de la Avenida Palestro. Era, por ello, muy amado y estimado por alumnos y profesores, y su labor espiritual había imprimido en el Colegio una sentida piedad, madre de todas las virtudes. Al partir D. L. Murialdo a San Sulpicio, el Teólogo Berizzi sintió grandísimo dolor, temiendo perderlo para siempre; mas su promesa formal de que regresaría, lo consoló. Regresó efectivamente, mas en condiciones que, ni por asomo, se las habría podido imaginar. Había apenas puesto su pie en Turín, con el alma inflamada en un ardiente celo por la gloria de Dios y el bien de los niños pobres, cuando el Teólogo Berizzi se apresuró a visitarle y rogarle que aceptara la dirección del Colegio de los Artigianelli.

Sin exageración, podemos afirmar que la propuesta desconcertó a S. L. Murialdo. Esgrimió todos los argumentos que estuvieron a su alcance para evadir tal responsabilidad, aduciendo hasta una supuesta imposibilidad moral, ya que, analizando el estado del colegio, su humildad le convencía de una evidente incapacidad y su prudencia hubiera querido salir por los fueros de su familia. talleres

Mas todo ello nada valió ante las súplicas y la insistencia del Teólogo Berizzi, quien, conocedor de la tierna devoción que le profesaba S. L. Murialdo, puso de por medio la protección de María Sma. de Oropa. Así es como S. L. Murialdo accedió con una condición: que el ex-Rector buscara, con la brevedad posible, a otro sacerdote para que definitivamente se hiciera cargo del Colegio. Él sería, pues, el Rector Provisional, ¡provisional, que Dios mediante duró nada menos que 34 años!

Una vez habido el consentimiento, la Dirección de la Junta extendió oficialmente el nombramiento con las palabras más halagadoras de estima y gratitud, con fecha 6 de noviembre de 1866, onomástico de S. L. Murialdo. La Carta tuvo contestación en fecha 13 del mismo mes y año, aceptando el cargo con estas palabras llenas de delicadeza, y al mismo tiempo de nobleza, que son el espejo de su alma:

"Muy gentiles Señores: Me habéis honrado con el nombramiento de Rector del Colegio Artigianelli de esta Ciudad. Tal nombramiento es para mí un legítimo timbre de orgullo por una parte, honor ciertamente inmerecido. Por otra parte, me es satisfactorio aceptarlo, pues, de esta manera podré trabajar en bien de los niños pobres que vosotros tan solícita y caritativamente educáis. Aprovecho la oportunidad para expresaros mi profunda gratitud por el nombramiento y no puedo menos de aceptarlo, dado el nobilísimo fin que el mismo tiene.

Lo único que siento es que la elección no haya sido condigna del ilustre y celosísimo Rector cesante, quien, con amor más que paterno y con tino y pericia consumados, ha venido proveyendo a la educación integral de estos buenos niños. Sin embargo, mi corazón está lleno de optimismo porque de propósito la Divina Providencia elige instrumentos viles, para que su gloria sea mayor y para que la supervigilancia y la alta dirección sea siempre, como lo espero, de la Junta, ya tan benemérita en la educación de la Niñez desvalida".


4. LA TOMA DE POSESIÓN EL DÍA DE LA INMACULADA

La toma de posesión del colegio quiso que se llevara a cabo el 8 de diciembre del mismo año, con la celebración de la Santa Misa de la Virgen inmaculada y el sermón de circunstancia.

El Teólogo Berizzi prefirió permanecer a su lado por un corto lapso de tiempo, para encarrilarlo con sus consejos y su presencia. Entre tanto se daban los últimos toques para su ingreso a la Catedral de Biella, ingreso que se realizó el 7 de Mayo de 1867, con lo que Berizzi abandonó definitivamente el Colegio y S. L. Murialdo empezó a gobernarlo solo.

El nuevo Rector revisó la economía del colegio, y, como ya lo apuntamos, la encontró en escombros. En cambio el saldo moral era aceptable; se podría describirlo así: Un himno a la piedad del ex-Rector. He aquí como san Leonardo Murialdo se expresó al respeto cuando elevó a la Junta un informe de su gestión a fines de 1867:

"¿Queréis saber cual era el estado de educación moral que yo encontré al hacerme cargo del colegio? Señores, no dudo en afirmarlo: era tal que por sí solo constituía un elocuente encomio tanto de quien lo dirigía cuanto del excelente sistema formativo que se adoptara, sistema que se fundamenta en una sólida y sincera piedad cristiana, en una enérgica y equilibrada disciplina externa y en un afecto paternal, sin límites, de quien se había tomado la tremenda responsabilidad de educar.

"El fervor espiritual que envolvía el ambiente del colegio, era satisfactorio: la virtud tenía sitio de honor y el vicio el estigma del mal, de manera que la virtud crecía serena y sin cortapisas como en el campo que le corresponde, mientras el vicio, si bien se callaba hipócrittimente, tenía miedo de mostrarse en público, pues no habría quedado impune".

"Puede señalarse como fundamento de tales tado moral del Instituto una piedad sincera y alegre, libre de temor servil hacia los superiores, a quienes se les estimaba sobremanera por su prudencia y tino pedagógico, libre también del respeto humano, ruina de los alumnos e índice inequívoco del descalabro moral de un Colegio".favaro detalle


5. REFFO, CONSTANTINO, LOS ALUMNOS-MAESTROS Y LOS COADJUTORES

S. L. Murialdo desplegó todos sus recursos para continuar y perfeccionar esta obra tan estimable de Berizzi. No era él el único sacerdote en la institución; colaboraban también otros dos jóvenes sacerdotes, a saber, Don Julio Constantino, y el autor de estas líneas, ambos ordenados en el año 1866. Era intención de Berizzi proveer de personal al Colegio con ex-alumnos del mismo, ya que nadie mejor que ellos hubieran podido trabajar allí con fruto, toda vez que tenían conocidas su índole y necesidades. Para el objeto había fundado una sección especial de Alumnos-maestros con los jóvenes más crecidos y que se caracterizaban por su buen comportamiento.

Estos jóvenes atendían más al estudio que al trabajo y se ejercitaban en la vigilancia y aún en la enseñanza de los demás alumnos, asesorados por los dos sacerdotes mencionados. Esta sección esmeradamente preparada, tenía la finalidad de volverse en "Pía Sociedad de San José" en la misma mente del Teólogo Berizzi. Era ya floreciente a la entrada de S. L. Murialdo y prestaba apreciables servicios a la Casa, pues ahorraba el pago de sueldos a profesores externos y llevaba los estudios con seriedad.

S. L. Murialdo vislumbró de inmediato los grandes beneficios que se derivarían de esta sección, bien conducida y preparada. Así pues puso el máximo empeño a fin de que tales jóvenes se distinguieran por el amor a la disciplina, al estudio y especialmente a la virtud.reffo

Escribió para ellos un reglamento espigando en sus recuerdos de San Sulpicio. Convocaba a reuniones frecuentes a todo el personal docente, en las cuales, previas algunas advertencias tocantes a la pedagogía cristiana, de común acuerdo se tomaban normas para la buena marcha de la Institución.

De allí a poco se incrementó este cuerpo docente con otro grupo de jóvenes que, una vez obtenido el diploma correspondiente a su arte u oficio, deseaban continuar su vida en el Colegio prestando sus servicios en el mismo. A este grupo Berizzi lo denominó "Coadjutores" y también para ellos escribió un reglamento: he aquí la historia de nuestros Hermanos Coadjutores Josefinos.

Estos dos grupos rindieron, si bien indirectamente, un precioso servicio al colegio, pues eran la fuerza moral y, por así decirlo, la fuerza cohesiva del mismo, por lo cual los alumnos no consideraban al Instituto como una casa de detenidos o cosa parecida, sino como su segundo hogar en donde era un premio permanecer.

Para que los grupos mencionados florecieran y dieran lozanos frutos de santos ideales, Berizzi, y luego S. L. Murialdo, los consagró a San José, Padre Nutricio de Jesús, el primero y más Santo Niño Obrero del mundo. Además, ambos acordaron formar una como Compañía de San José sin tomar aún el nombre de Congregación Religiosa; pero sí con la perspectiva de hacerlo algún día.


6. RECORDAR EL 24 DE MARZO DE 1867

Es así como el año 1867, la Fiesta del Glorioso Patriarca fue precedida por un mes entero de preparación, y el día 24 de marzo del mismo año, Superiores, Profesores y Coadjutores pronunciaron solemnemente su Acto de Consagración a San José ante Mons. Juan Bautista Balma, Oblato de María Stma., Obispo Titular de Tolomaida y, más tarde, Arzobispo de Cagliari. Gracias sean dadas por siempre a nuestro amado San José por esta fecha de eterna recordación, pues de esta manera quedó concebida ya nuestra amada Congregación Josefina.

Poco después, a petición personal de San Leonardo Murialdo, dicha Compañía fue oficialmente aprobada por Mons. Alejandro Ottaviano Riccardi, Arzobispo de Turín, mediante un decreto del 30 de mayo de 1868 en cuyo texto se leen estas textuales palabras: "Mi más grande deseo de Prelado es que el santo fuego de la Religión se inflame cada día más especialmente en el corazón de la juventud obrera, a fin de que formemos una generación de trabajadores no sólo hábiles e instruidos, sino también honrados e íntegros, dignos de la Patria y solícitos cumplidores de la moral cristiana". Finalmente con Breve Pontificio fechado en 19 de enero de 1868, dicha Compañía fue adscrita a la Archicofradía de San José, que tiene su sede en la Iglesia de San Roque en Roma, con derecho a lucrar las indulgencias a ella anexas y gozar de todos sus favores espirituales.


7. DECIDIÓ ENTREGARSE TOTALMENTE

Al tomar S. L. Murialdo la dirección del Colegio, los internos eran unos 150, divididos en dos grupos: los más grandecitos o "artesanos", y los "juniores", de 9 a 12 años.

Esta última sección fue creada por el Teólogo Berizzi con el objeto de empezar más oportunamente la educación de los niños huérfanos, habiendo demostrado la experiencia que el niño de más de 12 años casi nunca llegaba a curarse de sus taras morales.

Como decíamos antes, algunos buenos sacerdotes visitaban periódicamente la Escuela Correccional del Estado , y allí encontraban a algunos niños o adolescentes que eran más bien dignos de lástima que de castigo. Así pues, Don Cocchi concibió la idea de arrancar de este antro infame a los que él consideraba susceptibles de regeneración.

Pensaba colocarlos en la Escuela Agraria de Moncucco o en el Colegio Artigianelli por él fundado. A este fin solicitó v obtuvo del Ministerio el correspondiente permiso para llevarse consigo a los mejores niños o adolescentes del Correccional. Esta elección la solía hacer en compañía de S. L. Murialdo, para quien era una fiesta hacer tan gran obra de misericordia. En adelante esos pobrecitos niños quedarían incorporados a la sociedad, libres del ignominioso estigma de encarcelados, y se restablecerían a su condición de hijos de Dios, mediante la educación cristiana que iban a recibir.

No cabe duda que estos niños, apenas entrados en el colegio, eran objeto de la mayor preocupación de S. L. Murialdo, estando como estaban minados sus corazones por los gérmenes del vicio y de la corrupción y, por ende, dueños de un temperamento rebelde y pendenciero.murialdoartig

La sección de "juniores" vivía en un departamento separado de los "artesanos", cuando las circunstancias lo comportaban. Los ya nombrados Alumnos-maestros les dictaban clases y los vigilaban. La sección de artesanos, en cambio, pasaba el día trabajando en los diversos talleres que ya existían en tiempo de Berizzi, los mismos que fueron mejorados y ampliados por san Leonardo Murialdo. El mejor taller era la imprenta, fundada en 1864 y puesta bajo el patrocinio de San José.

S. L. Murialdo, con gran humildad y prudencia, tomó por modelo el sistema educativo del Teólogo Pedro Berizzi a quien amaba y estimaba no sólo como a cordial y sincero amigo, sino también como a maestro muy experimentado.

Ante todo determinó entregarse de lleno y exclusivamente a la tarea que se había asumido. Fue liberándose poco a poco de todos los ministerios que no concernían directamente al Colegio. Se apartó de su queridísimo hermano, quien al mismo tiempo que admiraba su celo por los huérfanos no dejaba de preocuparse por las posibles consecuencias.

Como era de suponer, el santo, oriundo de familia muy distinguida, sufrió no poco debiendo convivir con los pobres: condición tan ajena a su elevado rango.

En el trato con los jóvenes optó por una dulzura y benignidad a toda prueba. Su vigilancia era permanente, ininterrumpida, en la cual parecía incansable, pues, si era el primero en levantarse por la mañana, era el último en tomar descanso por la noche.

Los turnos de vigilancia más pesados, p. e., en los recreos, los tomaba para sí y cuando algún Maestro o Superior se hallaba ausente era él quien lo suplía indefectiblemente. También solía hacerles compañía a los vigilantes de turno para animarlos y dirigirlos paternalmente.

Los domingos y otros días entre semana, predicaba con gran ardor. Tomó exclusivamente para sí las catequesis, que las impartía de aula en aula o también colectivamente por secciones. Para con los enfermos su solicitud era indescriptible, y si algún jovencito llegaba a morir, cosa que especialmente en los comienzos era frecuente, él lo asistía personalmente hasta el último trance, aún a trueque de velar noches enteras.

El tenor de vida en el colegio, ya tan complejo de por sí, venía cada día haciéndose más y más arduo, pues las atenciones y providencias a las que había que atender, crecían sin cesar. Hoy eran los grandes, mañana los pequeños; ora eran los profesores, ora los alumnos, una vez lo requerían las escuelas, otra los talleres, y así una cadena interminable. Mas, sobre todo ello, era una montaña en su corazón el asunto de la economía, que, si la encontró en quiebra a su ingreso, el andar del tiempo no parecía traer ninguna solución.

Este cúmulo de preocupaciones y sinsabores le consumía día y noche sin descanso, haciendo de su vida un holocausto, rico eso sí, de méritos a los ojos de Dios.

Su alivio era la oración: allí encontraba el consuelo y la calma de que necesitaba. Encontraba, más que nada, el valor para proseguir en empresa tan erizada de dificultades y para procurar tener en alto el honor y la estima del Colegio ante la opinión pública. De esta manera, en el silencio de su propia ofrenda a Dios, empezó a practicar lo que más tarde sería el lema de su Congregación: "Trabajar y Callarse".

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