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4.- EN EL SEMINARIO DE SAN SULPICIO

1. EN PARÍS

Cuando San Leonardo Murialdo dirigía el Oratorio de San Luis, tenía su habitación en casa de su hermano Ernesto, abogado, esposo de la noble Sra. Doña Albertina Richetta de Valgoria. Ernesto, ya desde el otoño de 1865, deseaba pasar el invierno en París con toda su familia. Invitó a su hermano, Leonardo Murialdo, quien aceptó viajar a pesar suyo; mas una vez acptada la invitación, determinó emplear el tiempo en estudiar y cultivar la vida interior, para evitar los peligros y distracciones del mundo parisiense.

Se propuso, pues, pasar el año escolar en el Seminario de San Sulpicio. Desde allí hubiera podido observar la organización de los Oratorios y otras obras juveniles que florecían en esa gran metrópoli, teatro de tantas iniquidades y gimnasio glorioso de caridad cristiana en todos sus aspectos.

Partió de Turín el 28 de Septiembre, de 1865, precediendo a su hermano. Llegado a París, su primera preocupación fue presentarse al famoso Seminario. Fue inmediatamente aceptado, aunque provisionalmente, por el santo y docto Superior el Rdo. Padre lcard. De allí a poco, su aceptación fue definitiva. Era ya sacerdote desde 14 años pero adoptó la posición de un simple seminarista, y, como tal, empezó a cumplir el reglamento con tanta exactitud como el primero de ellos y con tanta humildad como el último.


2. EN SAN SULPICIO, SEMINARISTA DE NUEVO

El célebre Seminario de San Sulpicio, fue fundado, bajo especial inspiración de María Santísima, por el Venerable Juan Olier, en 1645, para la formación de los aspirantes al sacerdocio de toda Francia. Su santo fundador seguramente inspirado por Dios, escribió un sapientísimo reglamento y echó los cimientos de una educación tan completa que se hizo famosa en toda la nación, quedando como modelo y centro de otros seminarios, dando a la Iglesia, como se puede obviamente colegir, numerosos Obispos y Sacerdotes de altos quilates de ciencia y santidad.

Apenas San Leonardo Murialdo traspuso los umbrales del Seminario, le impresionó profundamente el espíritu eminentemente eclesiástico que allí reinaba: puntualidad ejemplar, seriedad de estudios, caridad sincera entre los seminaristas, aunque de partes tan diversas de Francia, o extranjeros. Pero lo que más gratamente le impresionó y cautivó su simpatía y veneración fue el cuerpo de Superiores y Profesores del Seminario.

church saint-sulpice

Eran ellos Religiosos Sulpicianos, dignos del Venerable Olier, consumados en la virtud y distinguidos maestros, muchos de los cuales habían escrito sus propios textos en las diversas ramas teológicas, y dieron pocos años después heroico testimonio de la fe confesando intrépidamente a Jesucristo en el destierro y en las cárceles durante el Régimen de la Comuna.

Sobre todos emergía el Sr. Icard, Superior del Seminario, cuya proverbial prudencia en la dirección de las almas, era universalmente reconocida. S. L. Murialdo le depositó en seguida una confianza filial y el Rvdo. lcard le correspondió con afecto y estima sobremanera cordiales, estima y afecto que crecían a medida que se le manifestaron sus excepcionales dotes intelectuales y su acendrada virtud y que continuaron imperecederos a través de la correspondencia, cuando ya S. L. Murialdo no estaba en el seminario.


3. MÁS HINCAPIÉ EN LA PIEDAD QUE EN EL ESTUDIO

La primera impresión, tan grata y profunda como anotamos arriba, se la comunicó por carta a su hermano, que después de un mes aún no había llegado a París. Consideraba el Seminario superior a toda alabanza. Le participaba su alegría al comprobar que se estudiaba intensamente y que junto con el estudio, y aún más que en él se hacía hincapié en la virtud. Más tarde expresaba maravillado su gratísima satisfacción por la tierna piedad de que se revestía el Seminario du rante la Semana Santa: "¡Qué pomposas las funciones religiosas! ¡Qué hermoso y solemne el canto, especialmente del Stabat Mater! ¡Qué ambiente de paz, de recogimiento, y por así decirlo, de santa melancolía, invadía el alma durante esos días sagrados!"

"Se nos recomendó -escribía - que durante el Jueves y el Viernes Santo, nuestra mente no se ocupase sino con pensamientos de la Pasión. El Viernes no tuvimos recreo y lo pasamos casi íntegro en la iglesia, desde las cinco de la mañana, hora en que nos habíamos reunido para la adoración al Santo Sepulcro. De almuerzo no hubo sino un plato, y la cena fue servida por los Superiores, inclusive el Superior de 61 años y otro Superior de 65, ceñidos con un humilde delantal."

Las funciones de domingo de Pascua se prolongaban cerca de las diez horas y con igual solemnidad se celebraban las demás fIestas religiosas, entre las que ocupaban sitio preferencial la tiesta Patronal: la Presentación de María Santísima en el Templo.

Los seminaristas tenían cada día meditación, lectura espiritual, examen de conciencia y otros oficios a voluntad. Todo ello se observaba fielmente, aun en el periodo de vacaciones, las que pasaban en lssy, en una hermosa villa de primorosos jardines y hermosos pórticos, sembrada de innumerables y artísticos cuadros, estatuas y monumentos muy oportunos para elevar el alma.


4. ESTUDIOS SERIOS

Ya dejamos apuntado que en el Seminario no sólo se daba la debida importancia al conocimiento y práctica de la virtud, sino que el estudio era objeto de mucha preocupación: "Aquí se ora y se estudia seriamente", escribía Leonardo Murialdo.

En la Universidad de Turín S. L. Murialdo había echado sólidos cimientos en el estudio de las disciplinas eclesiásticas: en San Sulpicio quiso profundizarlas, y lo hizo con toda diligencia, bajo la guía de tan excelentes profesores.

Repasó el Tratado De Sacramentis con el P. Tivière, y con el P. Hogan algunos tratados de Moral; el estudio de la Historia de la Iglesia lo realizó con el P. Brougère y el de Sagrada Escritura con el P. Bacuez, coautor del "Manual Bíblico" con el P. Vigouroux; estudió Derecho Canónico bajo la dirección del Superior Icard, que publicó las doctísimas Praelectiones. Durante sus lecciones tomaba copiosos apuntes que, inclusive, los aprendía de memoria y los conservó con veneración.

murialdo en s sulpicio

Por el volumen de manuscritos, asombra comprobar como, en un solo año, haya podido aten- der a tantas materias y tan profundamente. Esto revela una ejemplarísima diligencia en ocupar aún más las migajas de tiempo disponible. Entre sus manustritos hay también un interesante Sumario del Pontifical Romano, cuyas lecciones las recibía del P. Sire, y otro Sumario de Estética Eclesiástica del Profesor de Moral P. Hogan, y también uno de Ascética, dictado por diversos maestros de espíritu y principalmente por el p . Icard.

Las conferencias de este último sobre el Método de Oración sobre los Ejercicios Espirituales le quedaron tan profundamente impresos en el alma, que no se borraron jamás. Los apuntes tomados sobre esta materia fueron un precioso arsenal durante toda su vida ya para su propio provecho espiritual como para el de sus hijos y jóvenes. Los llamaba su tesoro y, especialmente después de fundada la Congregación, para sus conferencias espirituales, no había más que tomar como punto de arranque una máxima del P. Icard; más aún, en el desarrollo del tema, seguía al Maestro con toda fidelidad. Se puede decir que su alma quedó saturada de la doctrina espiritual de tan cotizado Maestro, y también que, por la intensa aplicación prestada en la escuela de recogimiento de San Sulpicio, ese sólo año le valió como todo un curso de Formación Eclesiástica.


5. COMO UN NOVICIADO

Si bien es verdad que Murialdo pasó los años de seminarista y los primeros del sacerdocio en el seno de su familia, nunca se mostró mundano en su comportamiento. Procuraba emplear todo el tiempo ya en el recogimiento ya en obras de apostolado sacerdotal. Al encontrarse, pues, en un paraíso de piedad y de observancia como San SulIpicio, sintió que su alma se sumergía en la paz: tomó por norma de su vivir la obediencia y la docilidad a toda prueba; se hizo un seminarista como los demás; se apuntó en el turno de servicios de casa y ponía el máximo empeño en la observancia de aquella disciplina severa y benigna al mismo tiempo, que se caracterizaba por el culto del silencio y la puntualidad.francois etienne villeret st sulpice paris acuarela papel

Se puede decir que aquel año feliz fue el verdadero Noviciado de Leonardo Murialdo para la vida religiosa que, con eI correr de los años debía profesar, convirtiéndose en maestro de Religiosos. S. L. Murialdo ni siquiera se lo imaginaba, pero el Espíritu de Dios lo condujo al retiro de San Sulpicio para preparlo al cumplimiento de sus designios. Todo sucedió como lo quería el cielo, gracias a la correspondencia fidelísima de nuestro santo.


6. IMPRESIONÓ A TODO EL SEMINARIO

En poco tiempo S. L. Murialdo fue un dechado de perfección en el Seminario. Quien admiraba su humildad, quien su profunda piedad; su afabilidad y gentileza agrupaban en su torno un verdadero enjambre de seminaristas durante los recreos, y si, por una parte nuestro santo conservó gratísima memoria de San Sulpicio, por otra, en el Seminario también se conservó su recuerdo muy vivo por muchos años.

 

El autor de estas líneas tuvo la oportunidad de visitar París en 1872. Se presentó al P. Icard en la villa de lssy con una carta de recomendación de S. L. Murialdo. No fue menester más para que me colmaran de atenciones, tanto el Superior como los demás dirigentes del seminario; quienes recordándole exclamaban a una: " Aquel sacerdote era un santo".

A este propósito me place copiar una carta que, casualmente la he hallado entre su correspondencia, digo casualmente, porque todo cuanto podía redundar en su honor lo destruía sin contemplaciones. La carta es del Abad Philibert, párroco de Loyes, compañero de seminario de L. Murialdo y que data del 22 de noviembre de 1884. Constituye el mejor testimonio de su virtud, a la distancia de 18 años de su estadía en San Sulpicio.

He aquí el texto: "Me parece aún veros en el Seminario. ¡Cómo nos érais de edificación por vuestro talento, modestia y piedad! Paréceme veros en la capilla, alto y endiosado; ejemplo maravilloso para todos, especialmente cuando íbamos a unir nuestros corazones al de Cristo en la Sagrada Comunión, etc."


7. SORPRESA EN TURÍN

Al terminar el año escolar sus familiares habían ya regresado a Turín, mas Leonardo Murialdo quiso prolongar su permanencia en París, por pasar con los seminaristas las vacaciones en Issy, "Pues: -así escribía a su hermano- esa demora la juzgo sobremanera útil por la siguiente razón: Me parece que desde no mucho a esta parte Dios Nuestro Señor me favorece con un poco más de buena voluntad. Creo, que con un poco más de entrenamiento espiritual en Issy, -cosa que no podré conseguir en otra parte- volveré a casa siendo un sacerdote un poquito mejor; no tanto como para hacer los milagros de San Gregorio Taumaturgo o para emular la mortificación de San Juan Bautista sino, simplemente, como para llevar una vida mejor ajustada a nuestra condición de sacerdotes. Si a esto añadimos la gran comodidad que hay aquí para estudiar, la oportunidad de dominar el francés, de prácticar el canto gregoriano et similia, ya ves si no me conviene quedarme".

Mas la tal demora en Issy no tuvo lugar. En el mes de agosto se embarcó para Inglaterra y a los pocos días ya estuvo de vuelta en Turín, dueño de un verdadero cúmulo de conocimientos, de un renovado espíritu eclesiástico, listo para regresar a la arena a luchar infatigablemente por la gloria de Dios. Pero cabalmente por aquellos días la Divina Providencia había decidido modificar sus planes y mostrarle la nueva ruta a seguir para su propia santificación y la de sus hijos.

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