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3.- EL ORATORIO DE SAN LUIS GONZAGA

1. ORATORIO DE LOS ÁNGELES CUSTODIOS
 
 
El venerable sacerdote Juan Cocchi, en 1840, fundó un Oratorio en Moschino, sobre la orilla izquierda del Po, refugio de lo más pobre, miserabIe y peligroso de Turín. Lo bautizó con el nombre de Oratorio de los Ángeles Custodios y allí el venerable sacerdote reunió una buena porción de niños indigentes, tal vez los más abandonados y, por ende, los más necesitados de la ciudad. Al año de existencia, el Oratorio se transfirió a Vanchiglia en donde prosperó sin cesar hasta 1849. Al fundar la Casa de los Artigianelli (pequeños artesanos) el buen sacerdote confió el Oratorio a Don Bosco y al Teólogo Borel, quienes lo tomaron a su cargo a principios de octubre de ese mismo año. Su primer Director fue el Canónigo Juan Vola; le reemplazó el Teólogo Roberto Murialdo quién solicitó los servicios de su primo el Teólogo Leonardo para tan delicada y dificil empresa. De esta manera empezó nuestro santo, el mismo año de su ordenación sacerdotal, a catequizar a los niños y a vigilarlos durante los recreos, estrenando sus primeras armas en el apostolado de jóvenes.
 
 
2. ORATORIO DE SAN LUIS
 
 
El "Oratorio de los Ángeles Custodios", aunque dirigido por los dos Murialdo, dependía, en último término, de Don Bosco, quien, no satisfecho con su grandioso Oratorio de Valdocco, deseaba ampliar su radio de acción a otras partes de la ciudad de Turín. Impulsado por este santo ardor de ganar más y más almas a Dios, fundó un nuevo Oratorio en Puerta Nueva, precisamente donde ahora se levanta la Iglesia de San Juan Evangelista de los PP. Salesianos. Lo dedicó a San Luis Gonzaga.
Don Bosco nombró para su primer Director al Teólogo Jacinto Carpano, quien fue reemplazado por Don Juan Ponte, a quien le sucedió el Teólogo Pablo Rossi, amigo que al decir de la Escritura fue todo un tesoro para Leonardo Murialdo. El Teólogo Rossi, viendo que su salud iba de mal en peor, solicitó a L. Murialdo que le ayudara a atender a las Catequesis que se habían organizado en el Oratorio. San Leoanrdo Murialdo se prestó de buen grado, pero no pudo trabajar allí por largo tiempo, pues, el Teólogo Rossi, deshecho por tisis fatal, debió abandonar su dilecto campo de apostolado. Al poco tiempo voló al cielo, a recibir el galardón de los siervos fieles, es decir en 1856, en la flor de su edad y llorado por los jóvenes que le adoraban y por el pueblo todo que perdía a su insigne bienhechor.
Después de su muerte el Oratorio quedó sin director aproximadamente por un año. Hacía las veces el abogado Cayetano Belingeri, seglar y todo, pero de un alma de apóstol.
 
oratorio san luis
3. ¿QUIERE USTED PAGARME EL DESAYUNO?
 
 
A nadie se le escapaba, sin embargo, que la presencia de un sacerdote se hacía imprescindible en el Oratorio. Don Bosco puso los ojos en San Leonardo Murialdo, cuya labor tuvo oportunidad de conocer en el Oratorio de los Ángeles Custodios, y luego en San Luis, y cuyas prendas de modestia y bondad apreciaba altamente. Pensó, pues, que L. Murialdo era el hombre providencial y una mañana al encontrarse con él en la Avenida Dora Grossa, le propuso a quemarropa: "Señor Teólogo ¿quiere Ud. pagarme el desayuno?".
San Leonardo Murialdo no se hizo esperar e inmediatamente le invitó al café más cercano en donde, entre un donaire y una gracia el santo Fundador de los Salesianos le expresó que necesitaba de urgencia un sacerdote como él para su Oratorio de San Luis, y le rogó, con insistencia, aceptar su dirección. Nada mejor se le podía ofrecer a san L. Murialdo, que vivamente deseaba dedicarse en serio a la educación de la juventud. Huelga decir que su humildad se resistió a tomar su Dirección, como cargo superior a sus fuerzas, pero, por el bien de los jóvenes, la aceptó de buen grado y se puso inmediatamente a las órdenes de Don Bosco.
 
 
4. DON BOSCO LE MANDA A SUS MEJORES ESTUDIANTES
 
 
Al tomar posesión del Oratorio, lo hizo con un discursillo de circunstancia, en que les informaba a los jóvenes del encargo de Don Bosco, declarándose satisfecho y aún gozoso de ponerse a su cabeza: satisfecho por proseguir su obra espiritual entre ellos y gozoso por tomar el puesto del Teólogo Rossi a quien le había ligado una grande y sincera amistad. "Me siento confortado, -dijo en conclusión-, pues veo en torno mío para colaborar en tan magnífica obra, a eclesiásticos y seglares beneméritos en la obra de los Oratorios", y en verdad no era para menos, pues entre los ayudantes y catequistas, se encontraba Miguel Rua que con el andar de los tiempos había de suceder a Don Bosco en el Gobierno de la Congregación Salesiana.Don Bosco
Rua a la sazón todavía estudiante se trasladaba cada domingo de Valdocco a San Luis y aquí prestaba a San Leonardo Murialdo humilde obediencia, cosa que nuestro Fundador recordará a lo largo de su vida. El ilustre sacerdote, por otro lado, no olvidará jamás a su Superior de entonces, profesándole eterno afecto con darle exquisitas y frecuentes muestras de veneración.
Poco después Rua fue reemplazado por Celestino Durando, entonces estudiante también, pero una futura lumbrera de los Salesianos.
En este lugar consignaremos además con legítimo orgullo, a algunos de los muchos Salesianos, que trabajaron con San Leonardo Murialdo en di- cho oratorio tales como: Don J osé Lazzero, Don Francisco Cerrutti, Don Francisco Dalmazzo, Don Savio, Don Pablo Albera, tercer Superior General de los Salesianos, y Don Juán Cagliero, apóstol de la Patagonia, Obispo Titular de Sebaste y, por fin, Cardenal de la Santa Madre Iglesia, quienes ensayaron sus primeras armas, o simultánea o sucesivamente, en el Oratorio de San Luis, desde donde emprendieron la marcha hacia campos más vastos, como laboriosísimos obreros del Señor.
 
 
5. EN EL ORATORIO, SEGLARES DE VALOR
 
 
Prestaba también sus servicios en el oratorio un tal Sacerdote Demonte, quien, no sólo colaboraba con sus valiosos servicios personales, sino además, con medios pecuniarios, dada su condición económica holgada. Entre los civiles en cambio fuera del ya nombrado Dr. Cayetano Bellingeri, se distinguían admirablemente el Conde Francisco Viancino di Viancino, proclamado con justicia el paladín del laicado católico del Piamonte; el Dr. Ernesto Murialdo, hermano de S. L. Murialdo; el marqués Scarampi de Pruney, el Conde Penza, el Profesor Mosca, que llegó a ser sacerdote, y un maravilloso ejemplo de celo y de fervor en el apostolado. Mencionaré también al ingeniero Juan Bautista Ferrante. Todos los mencionados se caracterizaban por un temple diamantino, acrisolada virtud y un espíritu de sacrificio admirable para trabajar con la juventud. Sola- mente así se podía con los niños del oratorio que, ya por el descuido de sus padres, o por una marcada inconstancia en acudir a las escuelas, eran mucho más ignorantes y groseros de los que actualmente sonl nuestros niños más pobres y humildes.
 
 
6. ATRAYENDO LA ATENCIÓN CON UNA CAMPANILLA
 
 
Era en extremo difícil mantenerlos con alguna disciplina en el ámbito del Oratorio: su costumbre era vagar por calles y plazas y su disposición una cerril resistencia a todo buen orden. ¡Qué tino y cuánta paciencia no eran necesarios para atraerlos al oratorio! El método era: visitarlos en las veredas o campos cercanos al Po; atraer su atención con una campanilla e invitarlos a la casa de Dios, a aprender la Ciencia y Moral Cristianas, y a corregirse poco a poco de sus extravíos.
Una vez en el oratorio, ¡cuán difícil era inducirles a la recepción de los Santos Sacramentos! Solamente una constancia diamantina y un fervor apostólico como los de aquellos educadores, podía vencer tanta resistencia.
San L. Murialdo comenzó su trabajo con el propósito de entregarse enteramente a estos pobrecitos jóvenes y con un incontenible optimismo de alcanzar grandes frutos con la gracia de Dios. Los domingos los pasaba íntegramente en el Oratorio; celebraba la Santa Misa, predicaba, distribuía el trabajo a los catequistas, vigilaba las clases y él mismo daba una catequesis. Durante los recreos jugaba con mucho ánimo, hecho niño con los niños, con tal de ganarlos a Dios. Con el mismo objeto surtió el Oratorio de variados juegos y procuró también subsanar muchas necesidades: los locales eran pobres y desprovistos, la capilla muy estrecha y todas las construcciones estaban en estado ruinoso; ésta, pues, fue una hermosa ocasión para que él erogara no solamente caridad espiritual sino también material.con campanilla
 
 
7. SU DINERO SE AGOTABA
 
 
Don Bosco, efectivamente, al poner bajo su dirección el oratorio, todo esto lo había previsto sagazmente: contaba con su bolsa para el mantenimiento del oratorio y S. L. Murialdo secundó eficientemente sus intenciones. De su peculio hizo construir, en mármol, el tabernáculo y las gradas del altar, que antes eran de pobres tablas, mal conexas, y su dinero abastecía también para la entrega de premios a sus jóvenes. A veces, a imitación de Don Bosco, optaba por llamar a las puertas pudientes en demanda de limosna, mas desgraciadamente, pocas veces la fortuna le fue propicia. Lo único que frecuentemente sacaba en limpio, era una gran mortificación de su amor propio. Así, pues, mal que le pesara, debía acudir a sus arcas que iban ya acortándose a ojos vistas.
 
 
8. ESCUELA DE CANTO
 
 
Para encender siempre más el afecto que para el Oratorio iba naciendo en el corazón de algunos jovencitos, especialmente entre los mayores; se acordó, a una con el Dr. Bellingeri, crear una escuela de canto que tuviera lugar las tardes de los días laborables. Fue adoptado el método melopeico del famoso maestro Rossi. Esto significó más gastos y no leves. La dirección de la escuela mencionada la tomó el maestro Elzeario Scala, entonces en los albores de su carrera, el mismo que compuso un himno para el onomástico de nuestro santo, quizá su primera producción. Dichos jovencitos, hábilmente amaestrados, cantaban Misas Solemnes en la estrecha y pobre capilla existente, dando, como resultado, el gusto por las funciones sagradas y un imponderable aprecio para el Oratorio. También se organizó una Banda de Música, financiada siempre por Leonardo Murialdo y por el Dr. Bellingeri, quienes personalmente acudían a los ensayos, remediaban las necesidades que se presentaban y era un aliciente moral tanto para el Director como para los improvisados músicos. Desgraciadamente, esta iniciativa no dio los frutos apetecidos, al contrario, produjo más molestias que edificación. Se resolvió pues clausurarla.
 
 
9. ORATORIO CON ESCUELA
 
 
Se pensó que obra más eficaz hubiera sido una Escuela Primaria para los niños que frecuentaban el Oratorio los domingos, y que el resto de la semana lo pasaban errando por las calles.
Con este objeto se construyó un modesto edificio, de acuerdo con los escasos recursos, y que constaba de una sala bastante amplia y de un tabique de madera en la mitad, el mismo que se levantaba cuando era menester para transformarla en Salón de Actos.
Así es como se establecieron las clases de enseñanza elemental, con el mobiliario y útiles escolares necesarios. Dicha Escuela acogía a un centenar de alumnos, por lo general el desecho de otras Escuelas y, por ende, los más necesitados de asistencia educacional, de alimentos y aún de vestuario. En cambio aquí se consecharon sazonados frutos morales y el florecimiento de esta escuela siguió siempre adelante aun después de que san Leoanrdo Murialdo dejara la Dirección del Oratorio.
Otra incalculable ventaja ofrecía dicha Escuela. Por esos mismos días, y en torno del Oratorio, se habían establecido los protestantes, quienes envalentonados por las leyes hostiles al Papado, no sólo habían construido un templo, para vergüenza de la católica Turín, sino que aún habían fundado escuelas en la avenida "El Arco" para atraer a los niños católicos y socavar su Fe. La Escuela del Oratorio, pues, era un reto a la Escuela de los Valdenses, y S. L. Murialdo, además de su empeño por mantenerla en el máximo esplendor, debía también socorrer económicamente a muchas familias de los alumnos, a fin de que no se dejaran conta- giar por la herejía.
 
 
10. CONSUELO DE LOS POBRES
 
 
Dichas limosnas no solamente las hacía a las familias en peligro, sino también a cuantos acudían a él. Su liberalidad no conocía límites, y puede decirse que jamás, pudiéndolo, escatimó la caridad.
Él en persona quería darse cuenta de la indigencia de aquellas pobres gentes, con visitarlas frecuentemente, y haciendo las veces de Vicepárroco, ya que de allí distaba no poco hasta la Iglesia parroquial. Su predilección era para los enfermos, a quienes asistía no sólo durante el día sino también durante la noche. La gente se disputaba el honor de tales visitas, pues sabían por demás, que con el auxilio espiritual les vendría también el material. Es así como nuestro santo tuvo el consuelo de disponer para una santa muerte a muchos de esos buenos parroquianos, entre los que frecuentemente se encontraban alumnos o antiguos alumnos del Oratorio, a quienes los introducía como de la mano a la eternidad. Cierta vez S. L. Murialdo asistía en su último trance a una pobre viuda, madre de dos hijos. Éstos, una vez fallecida su madre, quedarían completamente abandonados a su suerte en este valle de lágrimas. La pobre viuda, pues, con sollozos encomendó a S. L. Murialdo sus pobres hijitos. El Santo Sacerdote no se hizo esperar mucho, y tomando los niños bajo su personal cuidado, los educó y los preparó debidamente para enfrentarse con la vida. Es grato apuntar que los beneficiados, llegados a adultos, no olvidaron jamás la bondad del buen padre.
 
 
11. LA VALÍA DE L. MURIALDO Y DON BOSCO
 
 
San Leonardo Murialdo, en la dirección del Oratorio de San Luis, tomaba por norma el Oratorio de Don Bosco en Valdocco. Allá los niños, bajo tan santo Director, crecían disciplinados y piadosos. S. L. Murialdo anhelando los mismos resultados, inducía suavemente a los suyos a la confesión y comunión y, si era necesario, no reparaba en gastos para premios o estímulos.
No es pues de admirar que su obra haya quedado por largo tiempo bendecida. Aún después de la muerte del santo, los Superiores Salesianos recordaban con satisfacción los años transcurridos bajo su dirección; los consideraban época de gran fervor y mucha actividad, época de gran provecho espiritual para los niños y para la población toda, que tenían alto concepto de S. L. Murialdo.
Aún más, la semilla de piedad echada con tanto cariño y paciencia dio óptimos frutos de buenas y numerosas vocaciones para el sacerdocio. Los niños que no llegaron a coronar la carrera sacerdotal, honraban a su Santo Educador con una vida sinceramente cristiana, en un mundo proceloso o en el cúmulo de negocios seculares, ya formando excelentes familias o manteniendo una cariñosa correspondencia, pues grande necesidad sentían de tan santos y sabios consejos.
 
 
12. LA MEDALLA DEL SOLDADO
 
 
Mantenía copiosa correspondencia con quienes se encontraban lejos de él. Como muestra transcribo una carta de un ex-alumno del Oratorio, quien habiéndose enrolado en la milicia, y habiéndose olvidado las antiguas normas cristianas, se había echado en brazos de vergonzoso libertinaje. Enfermó a consecuencia de sus desórdenes y en el hospital recibió una carta de S. L. Murialdo, que, sin saber nada de sus desaciertos, le escribió para exhortarle a vivir cristianamente en el servicio de las armas. Las expresiones cariñosas e inflamadas de la carta, corroboradas por una muerte edificante de un soldado vecino de cama, despertaron los olvidados sentimientos. Reconoció su miseria, solicitó un confesor y propuso cambiar de vida.
El mismo da cuenta a su Superior de su conversión en esta forma: "Tenía al lado de mi cama a un soldado moribundo de la Guardia de Isernia. Observé cómo el capellán le dio la Extremaunción, después de lo cual murió. Yo, desde mi cama, con su hermosa carta en las manos, veía esa escena patética y me decía: efectivamente es así: si me encontrara yo también agonizando y en estas circunstancias, con la multitud de pecados que llevo, no hay duda de que mi puesto estaría en los infiernos. A las tres horas resolví confesarme de una vez; mandé llamar al capellán, quién bondadosamente me confesó "¡Oh! si supiera Ud., Padre, qué peso eché de mí con aquella confesión! ¡Qué alegría me invadió! ¡Qué dicha, después que tuve el consuelo de comulgar! ¡Cómo he bendecido a su Reverencia con esta carta con la que me ha visitado; y ahora, una vez en gracia de Dios, le ruego encarecidamente me siga escribiendo a fin de poner en práctica las inspiraciones que bullen en mi pobre corazón. Me pregunta su Rcia., si aún llevo la medalla de la Virgen. Efectivamente tenía la misma medalla que su Rvcia. gentilmente me regaló, bendecida por el Papa; pero le comunicaré que la perdí, sin saber cómo, en la batalla de Capua de 1860".
 
 
13. LA MERIENDA QUE OFRECIÓ EL PAPA
 
 
La medalla mencionada fue distribuida por S. L. Murialdo, a su retorno de Roma, a todos los alumnos del oratorio, en abril de 1858, cuando tuvo el privilegio de participar en una audiencia priva da que el Santo Padre Pío IX concedió a Don Bosco y a Don Rua.
S. L. Murialdo conservó imperecedera memoria de esta audiencia, que fue el día 6 Abril a las 9 de la noche. El Santo Padre los recibió con muestras de exquisito amor paternal, y tocándole en suerte a S. L. Murialdo el dirigir la palabra a Su Santidad, le pidió solamente una especial bendición para el Oratorio a cuya dirección le había colocado Don Bosco. El Papa le contestó que era buena cosa ocuparse de los niños. "No faltan apóstoles -continuó-, que más bien quieren apartar a los niños de Jesús, pero Él sigue repitiendo: Dejad que los niños se acerquen a mí. Así debemos hacer también nosotros. Dios bendice sobremanera las obras de quienes trabajan en pro de la niñez y no cabe duda que será satisfactorio salvarnos en compañía de muchos. Salvarnos sólo sería poltronería. A lo cual contestó S. L. Murialdo: "Grandes son las necesidades de la niñez especialmente en nuestra ciudad".
"-Sí, -interrumpió el Papa-, en verdad son grandes las necesidades en todas partes, especialmente en vuestra ciudad, en donde el desenfreno de la imprenta está causando estragos en la sociedad. Aunque se publican los libros en un solo lugar, pero esas publicaciones todo lo invaden; no hay murallas chinas para impedirlo. El año pasado, durante mi viaje a Florencia y Boloña, tuve que secuestrar miles de folletines que procedían de Turín y de Milán". San Leonardo Murialdo salió de la presencia del Papa con más bríos que nunca, para proseguir su obra y para multiplicarse, si fuere necesario, con tal de salvar a todas las almas que abarcaba su celo. A este respecto vale la pena anotar que, cuando Don Rosco visitó de nuevo al Papa, al cabo de diez años, el Santo Padre se recordó del sacerdote que le acompañara la primera vez; pidió informaciones y se interesó de él con singular dignación.
Pío IX, con exquisita delicadeza, había donado en aquella audiencia a Don Bosco 200 escudos de oro para una "meriendita" de sus jóvenes oratorianos, y S. L. Murialdo, al retorno de su viaje en el mes de mayo sucesivo, hizo lo posible a fin de de que también a su jóvenes del San Luis, alcanzara la liberalidad pontificia y a fin de que dicha meriendita ofreciera la ocasión para una comunión general de sus jovencitos, precedida de una buena confesión.
Cuando debía ausentarse del Oratorio, de preferencia durante el verano, lo hacía siempre por brevísimos días, proveyendo oportunamente de todo lo necesario, a fin de que no hubiera ninguna falta en lo espiritual ni en lo material. Una vez fuera de Turín, su principal preocupación era el Oratorio, preocupación que sin embargo no le impedía dedicarse al estudio, a la predicación y a la instrucción catequística. Escuchaba también confesiones no solamente en San Dalmacio sino también en varios otros Institutos, dando así ejemplo de inmenso amor al trabajo y sacrificando por Dios su salud, comodidades y dinero.
 
 
14. TIEMPO DE DESPEDIDAS
 
 
Retuvo la Dirección del Oratorio hasta Octubre de 1865, cuando, como luego se dirá, se dirigió a San Sulpicio de París. Calculaba el santo que su ausencia no se prolongaría más allá de un año, y que luego tomaría las riendas del Oratorio con mayor ahínco hasta el fin de sus días. Mas, Dios dispuso de otro modo. Salió del Oratorio en dicha ocasión, no volvió sino para hacer una fugaz visita y después renunciar del todo a su dirección y ponerse a las órdenes de Dios, quien le llamaba a trablajar en otro campo. Sin embargo, el recuerdo de su amado Oratorio le acompañó imperecedero a lo largo de su vida. Sus alumnos y antiguos alumnos le rodearon peremnemente de un sincerísimo afecto, no pudiendo jamás olvidar los beneficios de un padre tan bueno. Más aún, después de algunos años un grupo de los más fervorosos tuvieron la feliz idea de festejarlo, reuniéndose en el Oratorio de Rívoli; reunión que se convirtió en cita anual; y es digno de notar que en la primera de las mencionadas fiestas, que lo fue en 1894, estuvo todavía presente el mismo Dr. Bellingeri que había luchado junto a San Leonardo Murialdo en los primeros años de vida del Oratorio. El feliz anciano, viéndose rodeado de una multitud de antiguos alumnos que le brindaban con su cálido y sincero afecto, revivió toda una vida de vicisitudes y méritos amasados en el campo del apostolado juvenil y no cabía en sí de felicidad, la cual debía ser prenda de la gloria, ya que apenas 20 días después, voló al cielo.
Más numerosa aún y por ende más hermosa resultó la reunión postrera, de 1898, al celebrarse las Bodas de oro del Oratorio. Se encontraron presentes unos 50 simpatiquísimos veteranos representando todas las clases sociales, a cuya cabeza, junto a S. L. Murialdo estaba Don Miguel Rua, entonces ya Rector Mayor de los Salesianos. Muchos otros Superiores de la misma Congregación estuvieron también presentes, como Don Celestino Durando y Don Francisco Cerruti, otrora catequistas en el Oratorio de San Luis. Fue un día inolvidable, lleno de emociones y recuerdos. San Leonardo Murialdo con íntimo gozo debía comprobar que sus primeras fatigas apostólicas habían dado frutos tan abundantes y tan duraderos. De las manos de San Leonardo Murialdo el Oratorio pasó a las del celoso y docto Abate Teodoro Scolari di .Maggiate. En lo sucesivo fue dirigido exclusivamente por salesianos y dura hasta el día de hoy, bajo el nombre de "Oratorio de San Juan Evangelista", titular de la respectiva Iglesia.
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