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VIDA DE S. L. MURIALDO. 1-5

1.- PRIMEROS AÑOS DE SAN LEONARDO MURIALDO

1. NACIÓ EN TURÍN EN 1828

San Leonardo Murialdo, Fundador de la Congregación de San José, nació en Turín el 26 de Octubre de 1828, y fue bautizado al día siguiente en la Iglesia Parroquial de San Dalmazzo, recibiendo los nombres de Leonardo, Juan Bautista, Donato y María.

casa natal de S. L. MurialdoTambién su padre se llamaba Leonardo, y Teresa Rho su madre, ambos de distinguidas y acaudaladas familias, ilustres desde antiguo no sólo por su rango sino también por sus virtudes y acendrada piedad.

La Familia Murialdo tiene su origen en los Marqueses de Ceva, Señores de Murialdo, que es un antiguo castillo, situado cerca de Millésimo. El nombre de un tal Enrique Murialdo aparece en un Tratado de Paz celebrado el año de 1419 entre el Duque de Milán, el Marqués de Monferrato y la República de Génova. Desde entonces, sin interrupción hasta la primera mi- tad del siglo XIII, se conserva la memoria de los Murialdo en la ciudad Carmañola, en donde, en 1460 un tal Ferrero Murialdo se desposó con Catalina Provana, en quien tuvo dos hijos: Antonio y Jorge. Esta fue de las doce familias de Carmañola que, por singular protección de la Virgen Inmaculada, escapó a la muerte durante la terrible peste de 1522: protección reconocida oficialmente por esa hidalga ciudad medinte voto de ayunar la vigilia de la fiesta de la Inmaculada Concepción.

5de7hermanasLos Murialdo se contaron siempre entre los ciudadanos más insignes de la región, ocupando los primeros cargos. Uno de ellos, Lorenzo, fue el Primer Canónigo de la Iglesia Colegiata de Carmañola, erigida en 1474.

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3.- EL ORATORIO DE SAN LUIS GONZAGA

1. ORATORIO DE LOS ÁNGELES CUSTODIOS
 
 
El venerable sacerdote Juan Cocchi, en 1840, fundó un Oratorio en Moschino, sobre la orilla izquierda del Po, refugio de lo más pobre, miserabIe y peligroso de Turín. Lo bautizó con el nombre de Oratorio de los Ángeles Custodios y allí el venerable sacerdote reunió una buena porción de niños indigentes, tal vez los más abandonados y, por ende, los más necesitados de la ciudad. Al año de existencia, el Oratorio se transfirió a Vanchiglia en donde prosperó sin cesar hasta 1849. Al fundar la Casa de los Artigianelli (pequeños artesanos) el buen sacerdote confió el Oratorio a Don Bosco y al Teólogo Borel, quienes lo tomaron a su cargo a principios de octubre de ese mismo año. Su primer Director fue el Canónigo Juan Vola; le reemplazó el Teólogo Roberto Murialdo quién solicitó los servicios de su primo el Teólogo Leonardo para tan delicada y dificil empresa. De esta manera empezó nuestro santo, el mismo año de su ordenación sacerdotal, a catequizar a los niños y a vigilarlos durante los recreos, estrenando sus primeras armas en el apostolado de jóvenes.
 
 
2. ORATORIO DE SAN LUIS
 
 
El "Oratorio de los Ángeles Custodios", aunque dirigido por los dos Murialdo, dependía, en último término, de Don Bosco, quien, no satisfecho con su grandioso Oratorio de Valdocco, deseaba ampliar su radio de acción a otras partes de la ciudad de Turín. Impulsado por este santo ardor de ganar más y más almas a Dios, fundó un nuevo Oratorio en Puerta Nueva, precisamente donde ahora se levanta la Iglesia de San Juan Evangelista de los PP. Salesianos. Lo dedicó a San Luis Gonzaga.
Don Bosco nombró para su primer Director al Teólogo Jacinto Carpano, quien fue reemplazado por Don Juan Ponte, a quien le sucedió el Teólogo Pablo Rossi, amigo que al decir de la Escritura fue todo un tesoro para Leonardo Murialdo. El Teólogo Rossi, viendo que su salud iba de mal en peor, solicitó a L. Murialdo que le ayudara a atender a las Catequesis que se habían organizado en el Oratorio. San Leoanrdo Murialdo se prestó de buen grado, pero no pudo trabajar allí por largo tiempo, pues, el Teólogo Rossi, deshecho por tisis fatal, debió abandonar su dilecto campo de apostolado. Al poco tiempo voló al cielo, a recibir el galardón de los siervos fieles, es decir en 1856, en la flor de su edad y llorado por los jóvenes que le adoraban y por el pueblo todo que perdía a su insigne bienhechor.
Después de su muerte el Oratorio quedó sin director aproximadamente por un año. Hacía las veces el abogado Cayetano Belingeri, seglar y todo, pero de un alma de apóstol.
 
oratorio san luis
3. ¿QUIERE USTED PAGARME EL DESAYUNO?
 
 
A nadie se le escapaba, sin embargo, que la presencia de un sacerdote se hacía imprescindible en el Oratorio. Don Bosco puso los ojos en San Leonardo Murialdo, cuya labor tuvo oportunidad de conocer en el Oratorio de los Ángeles Custodios, y luego en San Luis, y cuyas prendas de modestia y bondad apreciaba altamente. Pensó, pues, que L. Murialdo era el hombre providencial y una mañana al encontrarse con él en la Avenida Dora Grossa, le propuso a quemarropa: "Señor Teólogo ¿quiere Ud. pagarme el desayuno?".
San Leonardo Murialdo no se hizo esperar e inmediatamente le invitó al café más cercano en donde, entre un donaire y una gracia el santo Fundador de los Salesianos le expresó que necesitaba de urgencia un sacerdote como él para su Oratorio de San Luis, y le rogó, con insistencia, aceptar su dirección. Nada mejor se le podía ofrecer a san L. Murialdo, que vivamente deseaba dedicarse en serio a la educación de la juventud. Huelga decir que su humildad se resistió a tomar su Dirección, como cargo superior a sus fuerzas, pero, por el bien de los jóvenes, la aceptó de buen grado y se puso inmediatamente a las órdenes de Don Bosco.
 
 
4. DON BOSCO LE MANDA A SUS MEJORES ESTUDIANTES
 
 
Al tomar posesión del Oratorio, lo hizo con un discursillo de circunstancia, en que les informaba a los jóvenes del encargo de Don Bosco, declarándose satisfecho y aún gozoso de ponerse a su cabeza: satisfecho por proseguir su obra espiritual entre ellos y gozoso por tomar el puesto del Teólogo Rossi a quien le había ligado una grande y sincera amistad. "Me siento confortado, -dijo en conclusión-, pues veo en torno mío para colaborar en tan magnífica obra, a eclesiásticos y seglares beneméritos en la obra de los Oratorios", y en verdad no era para menos, pues entre los ayudantes y catequistas, se encontraba Miguel Rua que con el andar de los tiempos había de suceder a Don Bosco en el Gobierno de la Congregación Salesiana.Don Bosco
Rua a la sazón todavía estudiante se trasladaba cada domingo de Valdocco a San Luis y aquí prestaba a San Leonardo Murialdo humilde obediencia, cosa que nuestro Fundador recordará a lo largo de su vida. El ilustre sacerdote, por otro lado, no olvidará jamás a su Superior de entonces, profesándole eterno afecto con darle exquisitas y frecuentes muestras de veneración.
Poco después Rua fue reemplazado por Celestino Durando, entonces estudiante también, pero una futura lumbrera de los Salesianos.
En este lugar consignaremos además con legítimo orgullo, a algunos de los muchos Salesianos, que trabajaron con San Leonardo Murialdo en di- cho oratorio tales como: Don J osé Lazzero, Don Francisco Cerrutti, Don Francisco Dalmazzo, Don Savio, Don Pablo Albera, tercer Superior General de los Salesianos, y Don Juán Cagliero, apóstol de la Patagonia, Obispo Titular de Sebaste y, por fin, Cardenal de la Santa Madre Iglesia, quienes ensayaron sus primeras armas, o simultánea o sucesivamente, en el Oratorio de San Luis, desde donde emprendieron la marcha hacia campos más vastos, como laboriosísimos obreros del Señor.
 
 

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2.- SUS PRIMEROS AÑOS DE SACERDOCIO

1. SACERDOTE PRIVILEGIADO
 
Una vez ordenado sacerdote, san Leonardo Murialdo se entregó con toda su alma a los santos ministerios. Ardía en un gran deseo de trabajar por la Gloria de Dios: se dispuso, pues, con arrestos de gigante, a recorrer íntegramente el inmenso campo que se le abría delante. Siendo, como era, de complexión robusta y clara inteligencia, con un envidiable acopio de conocimientos, poseedor de discreta fortuna que le permitía, acorde con los tiempos, vivir en su propia casa, junto con su hermano Ernesto; no tuvo ni por un momento la idea de un interés humano en entregarse al ministerio sacerdotal. Más bien en él vislumbró una carrera de fatigas y sudores, cuya recompensa no podían ser sino las santas delicias del espíritu y el galardón del Cielo.
 
2. SABIO Y SANTO
 
Comprendió de inmediato dos cosas importantes: la primera, que en esa época de luchas políticas y religiosas, el Sacerdote debía vivir de una santidad más robusta que en las pasadas; y la segunda, que una medianía en la ciencia ya no era suficiente para combatir a los enemigos de la Iglesia, entonces temibles y atrevidos, y que era deshonra de nuestra altísima misión no aceptar el reto lanzado al Clero en el campo de la Ciencia.
Por lo tanto, lejos de abandonar sus estudios o de aflojar en el empeño de alcanzar la perfección, por haber ya coronado su carrera sacerdotal, se entregó a ellos con mayor ahínco, proponiendo no desistir jamás mientras hubiera combate, o mejor, mientras le durase la vida.
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3. HOMBRE DE ORACIÓN ANTE TODO
 
 
Día a día iba ganando terreno en el campo de la oración. Comenzó por celebrar los Santos Misterios con angelical devoción y por reservar un largo tiempo para dar gracias. Frecuentemente acudía a la iglesia y era objeto de edificación su recogimiento y compostura exterior. Con el fin de dar mayor fervor a su devoción se propuso visitar los santuarios más célebres: volvió a Savona, a revivir siquiera por pocos iNstantes los días felices de su primera formación y también para avivar su confianza en la amorosa Madre de las Misericordias, pues Savona le recordaba sus infidelidades, por las cuales se consideraba un insigne pecador.
Para fortalecer mejor su espíritu con la piedad, no sólo leía detenidamente las obras ascéticas sino que también se propuso frecuentar y cultivar únicamente la amistad de aquellos sacerdotes que siendo de su misma edad, fueron al mismo tiempo dechados de virtud y talento.
Entre otros muchos, citaré por ejemplo a un tal Teobaldi, a un cierto Novello; luego también a Berteu, Berizzi, Pablo Rossi y Francisco Revelli.
 
 
4. EL AMIGO DE ROSSI Y LA LIGA SANTA
 
 
Especialmente los dos últimos merecieron una distinción en su amistad, que se resolvía en una dulce familiaridad, pues eran del todo dignos del aprecio y estimación de Leonardo Murialdo por su piedad, encendido celo y gran amor al estudio; pero la muerte segó sus vidas demasiado temprano.
Rossi por ejemplo, era un alma toda de Dios. Le había precedido con poco en el Sacerdocio, y bullían en su alma grandes anhelos de perfección que se los comunicaba a Leonardo Murialdo. Había formado el proyecto de fundar una Liga Santa de los eclesiásticos más píos y capaces ya que, con gran dolor, veía cómo a1gunos sacerdotes, apenas ordenados, se enredaban en los sucesos políticos de ese tiempo, olvidándose del servicio de Dios, para dedicarse a faenas muy ajenas a su carácter. Ardía en deseos de que, los más fervorosos se unieran, y bajo una activa, avizora y animosa dirección, irrumpieran en los campos del apostolado para salvar a las almas y dar gloria a Dios.
El Rdo. Rossi comunicó estas ideas a Leonardo Murialdo, discutiendo, inclusive, planes para ponerlas por obra, pero nada se llevó a efecto, pues en las mismas quizá había más fervor juvenil que sentido práctico de Pastoral. Tales conversaciones, sin embargo, encendían siempre más el ansia de trabajar mucho, y dedicarse sin descanso a la propia santificación. La correspondencia Murialdo-Rossi, abunda en fragmentos interesantes, con los cuales el primero le envía consejos al segundo. Ante la simpatía, por ejemplo, que Rossi comenzaba a profesar por las ideas de Gioberti, lo ponía en guardia de sus escritos fatales, condenados ya entonces por la Iglesia, y le descubría como pernicioso por el profundo odio hacia los Jesuitas y por sus sospechosas relaciones con la Joven Italia. Ello revela cuán sincero era san Leonardo Murialdo con sus amigos, lo mismo que su filial e incondicional acatamiento a las decisiones de la Iglesia.
 

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4.- EN EL SEMINARIO DE SAN SULPICIO

1. EN PARÍS

Cuando San Leonardo Murialdo dirigía el Oratorio de San Luis, tenía su habitación en casa de su hermano Ernesto, abogado, esposo de la noble Sra. Doña Albertina Richetta de Valgoria. Ernesto, ya desde el otoño de 1865, deseaba pasar el invierno en París con toda su familia. Invitó a su hermano, Leonardo Murialdo, quien aceptó viajar a pesar suyo; mas una vez acptada la invitación, determinó emplear el tiempo en estudiar y cultivar la vida interior, para evitar los peligros y distracciones del mundo parisiense.

Se propuso, pues, pasar el año escolar en el Seminario de San Sulpicio. Desde allí hubiera podido observar la organización de los Oratorios y otras obras juveniles que florecían en esa gran metrópoli, teatro de tantas iniquidades y gimnasio glorioso de caridad cristiana en todos sus aspectos.

Partió de Turín el 28 de Septiembre, de 1865, precediendo a su hermano. Llegado a París, su primera preocupación fue presentarse al famoso Seminario. Fue inmediatamente aceptado, aunque provisionalmente, por el santo y docto Superior el Rdo. Padre lcard. De allí a poco, su aceptación fue definitiva. Era ya sacerdote desde 14 años pero adoptó la posición de un simple seminarista, y, como tal, empezó a cumplir el reglamento con tanta exactitud como el primero de ellos y con tanta humildad como el último.


2. EN SAN SULPICIO, SEMINARISTA DE NUEVO

El célebre Seminario de San Sulpicio, fue fundado, bajo especial inspiración de María Santísima, por el Venerable Juan Olier, en 1645, para la formación de los aspirantes al sacerdocio de toda Francia. Su santo fundador seguramente inspirado por Dios, escribió un sapientísimo reglamento y echó los cimientos de una educación tan completa que se hizo famosa en toda la nación, quedando como modelo y centro de otros seminarios, dando a la Iglesia, como se puede obviamente colegir, numerosos Obispos y Sacerdotes de altos quilates de ciencia y santidad.

Apenas San Leonardo Murialdo traspuso los umbrales del Seminario, le impresionó profundamente el espíritu eminentemente eclesiástico que allí reinaba: puntualidad ejemplar, seriedad de estudios, caridad sincera entre los seminaristas, aunque de partes tan diversas de Francia, o extranjeros. Pero lo que más gratamente le impresionó y cautivó su simpatía y veneración fue el cuerpo de Superiores y Profesores del Seminario.

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Eran ellos Religiosos Sulpicianos, dignos del Venerable Olier, consumados en la virtud y distinguidos maestros, muchos de los cuales habían escrito sus propios textos en las diversas ramas teológicas, y dieron pocos años después heroico testimonio de la fe confesando intrépidamente a Jesucristo en el destierro y en las cárceles durante el Régimen de la Comuna.

Sobre todos emergía el Sr. Icard, Superior del Seminario, cuya proverbial prudencia en la dirección de las almas, era universalmente reconocida. S. L. Murialdo le depositó en seguida una confianza filial y el Rvdo. lcard le correspondió con afecto y estima sobremanera cordiales, estima y afecto que crecían a medida que se le manifestaron sus excepcionales dotes intelectuales y su acendrada virtud y que continuaron imperecederos a través de la correspondencia, cuando ya S. L. Murialdo no estaba en el seminario.

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