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INTERCULTURALIDAD Y MISIONARIEDAD

Estimados,

                  Josefinos, Murialdinas, Consagradas del Instituto Secular, Laicos que pertenecen al carisma de san Leonardo Murialdo, ¡a todos un cordial saludo!

            Con alegría y confianza, compartimos con todos vosotros la reflexión sobre el tema: INTERCULTURALIDAD Y MISIONARIEDAD.

            Algunos acontecimientos y experiencias recientes nos han sorprendido como una BENDICIÓN del Señor en nuestra vida personal, de  nuestras Congregaciones y en la entera familia de Murialdo.

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            Recordemos algunos momentos particularmente significativos: la apertura de la nueva comunidad josefina en Nigeria, el centenario de la presencia del carisma de Murialdo en Brasil, las nuevas profesiones religiosas en las dos Congregaciones y en el Instituto secular, los laicos que renuevan su promesa con perseverancia (recordamos los 25 años de la CLdM en Italia, de Instituto Secular Murialdo en Brasil). ¡Todo esto sin olvidar que personalmente cada uno de nosotros podrá narrar las maravillas que el Señor realiza en su propia vida porque su Amor es infinitamente grande y generoso! Por todo, damos gracias a Dios.

 

Somos relación

            Vivimos en un mundo multiétnico y multicultural. Asistimos a un fenómeno migratorio sin precedentes. Realidad que a veces desencadena violencia e intolerancia a causa del miedo al diferente.

            Somos una relación, originalmente no somos un yo, sino un tú: si alguien no me llama no existo. ¡He aquí la estupenda belleza de nuestra fe: yo soy el de Dios!

            Esta verdad del otro que me revela a mí mismo es el fundamento de las distintas  relaciones que entrelazamos en nuestra existencia. El otro me es necesario para conocerme, para identificarme: su diversidad respecto a mí puede confundirme o probarme, pero me ayuda a comprenderme  a mí mismo, a cuestionarme, a verificar mis certezas y a reconocer mis limitaciones.

            Está en juego la capacidad de construir relaciones humanas, de devolver significado a algunas palabras como respeto a la dignidad, la capacidad de aceptar a los demás en su modo diferente de ser, pensar o expresarse.

            Podemos y tenemos por tanto que comprometernos a construir la “cultura del encuentro” porque, como nos recuerda el papa Francisco: “Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción. La diversidad tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda del Espíritu Santo; sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad” (EG 131).

Interculturalidad: recurso y proyecto

            La interculturalidad va más allá de la multiculturalidad. Se trata del “inter”,  encontrarse, mezclarse, enriquecerse mutuamente. Es la conciencia de que mi riqueza cultural necesita ser ulteriormente enriquecida por el otro. Todos tenemos algo que aprender y todos podemos enseñar: es la lógica de la reciprocidad.

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            La interculturalidad, vista como una situación donde dos o más culturas se encuentran, nunca es algo fácil, ya que en realidad puede ser (y de hecho lo es siempre) algo comprometedor a cualquier nivel. Es necesario, por tanto, evitar toda forma de rigidez mental que inevitablemente lleva a enfatizar las diferencias personales y culturales. Hay que buscar siempre los valores positivos de cada persona y comunidad y ofrecer una escucha activa, con empatía. Con otras palabras: comprometernos en un diálogo que nos ayuda a conocernos mejor, a comprendernos y a aceptarnos recíprocamente.

Interculturalidad: una nueva posibilidad para la renovación carismática

            Nuestro carisma nos solicita a ser capaces de apreciar y bendecir, de saber convivir con las dificultades y los conflictos sin desanimarnos. Somos llamados, de hecho, a custodiar juntos el don recibido. Y para custodiarlo hoy tenemos que vivir la comunión e intentar nuevos caminos.

            Sentirnos Familia de Murialdo en el mundo requiere crecer en la capacidad de ver nuestra realidad a partir del mundo, y no tanto el mundo desde nuestro punto de vista.

            La interculturalidad es un paradigma nuevo, un modo diverso de leer la realidad, una nueva forma de encuentro y de camino de conversión porque exige de todos mayor apertura, diálogo, aceptación de las diferencias, capacidad de acogida y perdón.

            Dice el papa Francisco que “el pueblo de Dios es un pueblo con muchos rostros” y que “en los distintos pueblos, que experimentan el don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad y muestra «la belleza de este rostro pluriforme” (EG 116). Añade también que “no podemos pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la historia” (EG 118).

            El carisma, en su integridad, es como el agua de un manantial que permanece fresca y pura oxigenándose en el continuo movimiento y recogiendo los sabores de la tierra de donde mana. Así también el carisma: vive y se renueva yendo incesantemente hacia las periferias existenciales y enriqueciéndose de las propiedades de las tierras que atraviesa y de los pueblos que encuentra.          

            Acostumbrémonos con alegría a vivir la riqueza de la comunión en la diversidad cultural de nuestras relaciones cotidianas, en el modo de rezar, cantar, expresar alegría, amor, dolor, capaces de captar lo esencial para enriquecernos recíprocamente.

            Para nosotros es una experiencia de interculturalidad, se puede decir, también la comunión de vocaciones que nos constituye en fraternidades en torno al carisma: historias de vida, opciones vocacionales  diferentes se encuentran y reconocen, se aprecian  y se enriquecen mutuamente.

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La misionariedad: opción fundamental y camino de cada día

            La interculturalidad se concreta también en la misionariedad, en el contexto de una mutua responsabilidad entre los unos y los otros.

            Se trata de un ulterior reclamo a la universalidad, a vivir con creatividad, a armonizar las diferencias, a leer la realidad desde las periferias.

            Es una mentalidad nueva que nos empuja a abrir el corazón y a caminar sobre caminos inexplorados, aceptando, si necesario, los riesgos, con el compromiso de ser profecía que despierta al mundo.

            A las palabras del papa Francisco que invita a “salir hacia los demás para ir a las periferias humanas” (EG 46) resuena en nuestro corazón el “ne perdantur(“para que no se pierdan”) de Murialdo que nos invita, como Familia de Murialdo, a preguntarnos: ¿nuestros ojos son capaces de ver las necesidades de quien vive al margen de la sociedad?

            ¿Cómo vivimos la misionariedad en nuestra cotidianidad, comunidad, familia, lugar del trabajo, parroquia, escuela, obra, asociación? Y recordando la invitación de Jesús “dadles vosotros mismos de comer” (Mc 6,37): ¿somos capaces de ver la necesidad material y espiritual de los jóvenes y de las familias pobres?

Estamos en el Año de la Vida consagrada

            Este “año especial”, querido por el papa Francisco (30 de noviembre de 2014 – 2 de febrero de 2016), no puede dejarnos indiferentes. Y realmente implica a toda la Familia de Murialdo al ser una oportunidad única para revitalizar nuestra propia vocación.

            El verdadero desafío de todos consiste en “partir de Cristo” para ser en nosotros mismos lugares y espacios del Evangelio. Es interesante notar como ya en el “Mensaje” de reciente Sínodo se presentaron de manera especular dos “lugares” donde el Evangelio se encarna: la vida familiar y la vida consagrada.

            La vida familiar es definida como lugar donde el Evangelio entra en la cotidianidad y muestra su capacidad de transfigurar la vida en el horizonte del amor. La vida consagrada revela con antelación el cumplimiento del camino de la existencia y es el signo del mundo futuro.

            Familia y vida consagrada son por tanto dos espacios de la experiencia donde se vive la gracia del amor con dos énfasis complementarias e inseparables.

            Comprometámonos pues en crear armonía y comunión entre nosotros y con todos para transformarnos en un solo corazón y una sola alma: ¡seremos verdaderos hijos e hijas de Murialdo, en la alegría de pertenecer a Cristo que nos ama infinitamente!

Un cordial saludo y BUENA FIESTA  a todos

P. Mario Aldegani – padre general de los Josefinos de Murialdo

Sor Orsola Bertolotto – madre general de las Murialdinas de San José

Moema Muricy – responsable del Instituo Secular

Roberto Frison – representante de las Comunidades Lacios de Murialdo de Italia

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